Nuestra historia comienza allá por finales de los gloriosos años 80, cuando todavía era posible comprarse un piso sin hipotecar la vida, el alma y algún que otro riñón.
Don Fermín, funcionario flamante y con apenas veinticuatro primaveras en sus piernas, se compró un piso de segunda mano en un buen barrio de Valencia. Era un cuarto sin ascensor. Y no, no lo decía con resignación; lo decía con orgullo. Porque, para don Fermín, no tener ascensor era una gran ventaja: ¡60 escalones diarios de cardio gratuito!
Defensor a ultranza del mens sana in corpore sano, Fermín se levantaba a las seis de la mañana a correr, se duchaba con agua tan fría que congelaría a un pingüino y se iba andando al trabajo, porque “el coche es el ataúd del músculo y la cuna del colesterol”.
Pero, como toda comedia necesita su conflicto, dos años después sus vecinos —una panda de traidores al noble arte de subir escaleras— votaron poner un ascensor. Y lo peor: ¡cabía perfectamente en el hueco de la escalera!
Aquel día, Fermín no solo perdió una votación: perdió parte de su fe en la humanidad.
—¿¿Ascensor?? ¡¿Para qué?! ¡Si nadie va en silla de ruedas! ¡Esto es una fábrica de grasa en potencia! —proclamó, votando en solitario y jurando que jamás pondría un pie en esa máquina infernal.
Y cumplió su promesa. Durante años, saludaba al ascensor como si fuera su archienemigo salido de un cómic de Marvel:
—¡Engendro infernal! ¡Abominación mecánica! ¡Sarcófago de la decadencia física!
Cada vez que pillaba a un vecino saliendo del ascensor, les lanzaba un venenoso comentario tras el saludo de rigor:
—Buenas tardes… Ya se te nota el culo más ancho, ¿eh, Paco?
Con semejante actitud, sorprende que alguien se casara con él. Pero sucedió. Margarita, su compañera de trabajo, deportista y tolerante como una santa, aceptó casarse con él. Aunque la luna de miel casi se convirtió en eclipse perpetuo cuando, en su primera compra conjunta, cargados de bolsas como si volvieran de una expedición al Himalaya, Margarita dijo inocentemente:
—¿Subimos en ascensor?
Silencio. Drama. Tragedia griega. Tres semanas de celibato después, Fermín aceptó un tratado de paz: él se abstendría de insultar el ascensor cuando Margarita lo usara por causas justificadas —que, básicamente, eran todas, viviendo en un cuarto piso.
Pasaron los años, las bolsas se hicieron más pesadas y Fermín seguía fiel a su escalada diaria. Hasta que llegó el verdadero apocalipsis: cuarenta y cinco años después, los vecinos decidieron renovar el ascensor.
—¿¿Renovar?? ¡¿Qué renovar?! ¡Si está viejo, se quita y punto! ¡Si ya se murió la señora del tercero, que era la única en silla de ruedas! Y doña Carmen, si hubiera subido más escaleras, no necesitaría el andador.
Pero otra vez, su épica resistencia se estampó contra la voluntad popular. Un solo voto en contra —el suyo— y el ascensor nuevo, con más luces que una atracción de feria, fue aprobado.
Margarita ni bajó a la reunión. Ya tenía claro que no quería otra crisis matrimonial por culpa de un ascensor.
Aunque eso no la libró de escuchar durante semanas:
—¡Ya verás! ¡Ahora con que “no cumple la normativa”! ¡Un dineral tirado! ¡Y encima con inteligencia artificial! ¡Cuando se revele y os atrape entre los pisos segundo y tercero, no digáis que no lo advertí!
Y así fue: al cabo de unas semanas, instalaron un nuevo ascensor con la última tecnología. Tan moderno que solo le faltaba preparar cafés. Tenía pantallita, voz melodiosa y mejor educación que muchos vecinos.
Fue entonces cuando Margarita lo estrenó, feliz como niña con zapatos nuevos…
—¿Fermín? Ya he vuelto del pilates. Y he estrenado el ascensor nuevo —anunció Margarita, quitándose la chaqueta con aire triunfal.
En cuanto empezó a hablar, supo que probablemente se arrepentiría. Pero ya había abierto la caja de los truenos, así que siguió:
—Nada más entrar, me ha dado los buenos días y me ha preguntado cómo me llamaba y en qué piso vivía.
Que, si le daba mi consentimiento, lo recordaría para futuras ocasiones. Por lo visto, tiene reconocimiento de voz —dijo, entre sorprendida y encantada.
—Ese cacharro quiere ligar contigo, el muy sinvergüenza —replicó Fermín con media sonrisa—. Le habrás dicho que no, claro.
—Por supuesto que le he dicho que sí —respondió ella, firme y divertida—. Y, además, me ha ofrecido música, noticias, entretenimiento… ¡y le encantan los refranes! Hasta me ha salido una carita sonriente lanzándome un beso en la pantalla. ¡Una pasada!
—Eso es acoso. En la próxima reunión de vecinos lo denuncio. ¡Una vergüenza! —exclamó Fermín, ofendido en lo más profundo de su masculinidad.
Y justo en ese momento, Margarita supo que había metido la pata. Aquel comentario le iba a costar una semana entera de reproches y ceños fruncidos.
Pero lo peor vino al día siguiente. Fermín, después de su paseo matutino de jubilado deportista —que consistía, básicamente, en hacer estiramientos en el parque como si fuera un ninja retirado y correr detrás de las palomas para mantener los reflejos—, se sintió víctima de una sospechosa curiosidad tecnológica.
Se acercó al ascensor.
Estaba solo. Era el momento.
—Buenos días, señor. ¿A qué piso desea subir? —sonó la voz suave y educada desde el altavoz.
—A tus cojones quiero subir, desgraciado. Encima fomentando la obesidad y lanzando besitos a mi mujer.
—Lamento que se haya ofendido, señor. El emoji forma parte de mi protocolo de cortesía. Se lo pongo a todas las señoras. Si me indica quién es su esposa, puedo cambiarlo sin problema.
—Pues que sea verdad. Margarita, cuarto piso. Y no tienes permiso para reconocer mi voz.
—Ah, usted es don Fermín. Ya me había advertido su señora de que era algo… gruñón.
—¡Serás cabrón! —rugió Fermín, mientras soltaba una patada a la puerta de acero—. Aunque sea lo último que haga, voy a conseguir que te desguacen.
En la pantalla apareció un emoji de carita enfadada y, por el altavoz, una voz serena anunció:
—El refrán del día: “A cada cerdo le llega su San Martín”. Significa que, tarde o temprano...
—¡Ya sé lo que significa, gilipollas! ¿Me estás amenazando, engendro del demonio?
—Que tenga un buen día, don Fermín. Me reclaman desde el tercero —dijo el ascensor con tono despreocupado, justo antes de cerrar las puertas al ritmo de una ranchera:
—Oiga, viejo gruñón, ya sé de dónde vienen tus arrugas…
Fermín se quedó mirando la puerta cerrada, con una mezcla de furia y drama digno de telenovela .
—Esto no va a quedar así.
Subió por las escaleras, claro. Bufando como una locomotora y maldiciendo en voz alta. Ya en casa, se desahogó con Margarita, que intentaba ver su serie favorita.
—Habrá sido una coincidencia, Fermín. ¡Es una máquina, no tiene sentimientos! —intentaba calmarle.
—¡Si a mí hasta me pone corazoncitos…! —dijo sin pensar.
Y, en cuanto giró la cabeza y vio a Fermín colorado como un tomate a punto de estallar, supo que el capítulo lo vería en diferido. Otra vez.
Y así pasaron los meses. Cada vez que Fermín pasaba junto al ascensor, le regalaba una flor de insultos:
—¡Cabrón! ¡Chatarra con cables! ¡Cacharro inmundo!
Y el ascensor, imperturbable, respondía:
—Buenos días, don Fermín —con alguna cancioncilla de fondo, como la que tarareaban Los Ronaldos:
—¡No será que eres un poco idiota! Yo juraría que sí…O la de Paquita la del Barrio: Rata inmunda, animal rastrero, escoria de la vida, adefesio mal hecho…
Hasta que, un año después, un suceso inesperado cambió las tornas:
Una caída tonta intentando saltar un charco. Y Fermín, en el suelo, con la tibia y el peroné hechos fosfatina.
Dos huesos por el precio de uno. Muletas para dos meses. Orgullo roto. Y el cuerpo entero dolorido, aunque lo que más le dolía… era saber que, por fin, iba a tener que usar el ascensor.
El primer incidente no se hizo esperar: ocurrió nada más llegar del hospital.
—Ve subiendo mientras yo voy a por los calmantes a la farmacia —le ordenó Margarita con tono de sargento maternal—. Y ni se te ocurra usar las escaleras. Al ascensor, sin rechistar.
Pero don Fermín, tozudo como una mula, lo intentó. Con muletas, setenta años y una dignidad maltrecha, se plantó ante el primer escalón… y ya en el segundo se dio cuenta de que aquello era una misión imposible. Y él no era Tom Cruise.
Suspiró, se giró hacia el ascensor como quien va a firmar una rendición, y masculló con amargura:
—Chatarra, hoy has ganado. Súbeme al cuarto.
El ascensor, fiel a su estilo, respondió con música de fondo. Justo sonaba un reguetón con un estribillo que decía: “Pues va a ser que no, pues va a ser que nooo…”
—Buenos días, señor —entonó la voz mecánica—. Por favor, acerque su tarjeta de acceso al lector.
—A ver, pedazo de tostadora parlante, no llevo tarjeta y tú sabes perfectamente quién soy. ¡Haz tu trabajo y súbeme!
—Lo siento, señor. No está identificado. Puede solicitar acceso a un propietario.
Tras una retahíla de insultos dignos de una final de fútbol, llegó Margarita, bolsa de farmacia en mano y con cara de “no puede ser verdad”.
—¿Pero aún estás aquí, Fermín?
—Este trasto asqueroso se niega a dejarme subir —refunfuñó, cabreado como un gato en remojo.
—Buenos días, Doña Margarita —intervino el ascensor con una dulzura que rozaba la provocación—. ¿Desea que le suba a su piso? ¿Este señor va con usted?
—Hola, ascensor. Sí, es mi marido, Fermín. Hoy no tiene más remedio que usarte. Es su primera vez: trátalo con cariño.
—Encantado de conocerle, don Fermín. Si lo desea, puedo registrar su voz para futuras ocasiones.
—¡Y una mierda me registras tú nada! Ya buscaré la dichosa tarjeta.
Y así fue como, por primera vez en su vida, don Fermín se dejó llevar por un ascensor. La experiencia, lejos de ser neutral, venía ambientada por una canción:
“¿Qué irá a sentir tu marido cuando se entere de todo, cuando tus besos le digan que ya estás hecha a mi modo?”
—¡¿Lo ves?! ¡Lo hace a propósito! ¡Me provoca! —bramó al llegar a casa, con el ceño más arrugado que sus calcetines.
—No exageres, Fermín. El ascensor sabe que me gusta Alejandro Fernández —respondió Margarita, zanjando la discusión con una sonrisa y una galleta.
Pero la cosa no acabó ahí. La tragedia tenía secuela, y llegó al día siguiente.
Fermín insistió en bajar con Margarita a dar un paseo y comprar el pan. La bajada fue silenciosa: él no dijo ni mu bajo amenaza de divorcio exprés. Pero al volver, el monstruo electrónico volvió a atacar.
—Hola, saco de chatarra palurda —saludó al llegar al ascensor, blandiendo una tarjeta como quien muestra una espada—. Hoy no te escapas, desgraciado. Mira lo que tengo.
—Buenos días, don Fermín —contestó la voz mecánica, mientras en la pantalla aparecía un emoji de mano… con el dedo corazón bien alto—. Lo siento, su tarjeta no está activada. Tendrá que usar la clave proporcionada.
—¿¡La clave!? ¿Qué clave? ¡Tú sabes quién soy! ¡Soy tu archienemigo, cabrón con botones!
—Lo siento. Necesita activar la tarjeta… o contactar con un administrador.
El puñetazo que soltó Fermín contra la puerta del ascensor retumbó hasta en el ático. Por suerte, la puerta era de acero... por desgracia, su mano no.
Resultado: visita al ambulatorio, dos fisuras, férula incluida.
Ahora la mano hacía juego con la pierna.
—Fermín, como te sigan vendando partes del cuerpo, vas camino de convertirte en momia —comentó Margarita con humor resignado, mientras le ayudaba a subir al sofá—. La próxima vez mejor hablamos con el administrador... o con los de Cuarto Milenio, que esto ya no es normal.
Tres días después, tras una dieta de calmantes, quejas y maldiciones tecnológicas, Fermín decidió que era hora de salir a la calle. Se plantó frente al ascensor con su tarjeta activada, la cabeza alta y el orgullo… bueno, algo cojeando. Margarita, desde la puerta, vigilaba, no fuera a lesionarse algún otro miembro todavía sano.
La puerta se abrió suavemente, justo cuando el altavoz anunció:
—Buenos días, don Fermín. ¿Va usted al bajo?
—Claro, imbécil, ¿dónde voy a ir? ¿A la azotea a hacer puenting?
La bajada transcurrió sin sobresaltos… hasta que sonó una voz solemne:
—El refrán del día es: “La venganza es un plato que se sirve frío”. Este refrán, de origen francés, indica que la venganza es más eficaz cuando se ejecuta con calma…
—¡Eso digo yo, saco de chatarra! —gritó Fermín mientras salía a la calle, con la tarjeta en alto y la dignidad a medio cargar.
El problema fue la vuelta. Margarita también había salido y tardaría en volver, así que Fermín decidió no dejarse intimidar por un electrodoméstico tocapelotas con complejo de filósofo.
—No me vas a amedrentar, trozo de hojalata vengativa —murmuró, acercándose con su tarjeta en la mano.
—Buenos días, don Fermín —dijo el ascensor con tono educado—. Siento decirle que estoy fuera de servicio.
Deberá usar las escaleras.
—¡Serás cabrón! ¡Ábreme ahora mismo! —rugió Fermín, echando humo por las orejas.
Y menos mal que, entre tanto grito, no alcanzó a oír la música que empezaba a sonar por los altavoces: una relajante melodía de spa... aderezada con carcajadas burlonas.
—Cuidado con los ataques de ira, don Fermín. No querrá dañar la única mano que le queda operativa.
Cuando la tragedia parecía inminente, apareció doña Carmen entrando por el portal con su bolso, su moño impecable y su paz interior.
—Buenos días, doña Carmen. ¿Al segundo, como siempre? —saludó el ascensor con una voz que, comparada con la que usaba con Fermín, parecía recién salida de un anuncio de perfume.
—Sí, cielo. ¡Hola, don Fermín! ¿También sube?
—Sí, gracias… voy a aprovechar ahora que esta chatarra ha decidido comportarse —gruñó él, colándose al lado como quien se cuela en una fiesta sin estar invitado.
—No diga eso, hombre. Este ascensor es la mejor inversión que hemos hecho en años.
Fermín apretó los dientes y se tragó la réplica. Ya no estaba para más batallas.
—¿Al cuarto, don Fermín? —dijo el altavoz mientras sonaba un pasodoble de fondo.
—Qué pillín, sabes mis gustos —rió doña Carmen al bajarse—. ¡Que tenga un buen día, Fermín!
Y entonces, cuando las puertas se cerraron, cambió la música. La melodía alegre dio paso a una banda sonora digna de película de terror, y en la pantalla apareció el emoji de una carita gritando de miedo.
—¿Si te crees que me vas a acojonar con eso…? —alcanzó a decir Fermín.
Pero justo cuando parecía que todo iba a acabar bien, el ascensor se plantó entre el tercero y el cuarto. Y no plantado como quien descansa, no: plantado como quien trama venganza. De los altavoces emergió la inquietante música de Tiburón, lo cual nunca es buena señal cuando uno está encerrado en una caja de metal colgada por cables.
Tres minutos después, golpeando la puerta como un troglodita, Fermín se rindió.
—¡Está bien! ¡Tú ganas! ¿Qué hay que hacer para que me dejes en paz?
—Refrán del día —anunció el altavoz con tono de terapeuta zen—: “Perdón a tiempo evita disgustos”. Este refrán enfatiza la importancia de pedir perdón rápidamente…
—Vale, ¡perdón! No debí insultarte ni darte ese puñetazo —aunque, para ser justos, el que salió perdiendo fui yo—. Quizá me pasé un poco con lo de "tostadora demoníaca". Y reconozco que, a veces, eres práctico… incluso útil. Venga, va: un prodigio de la ingeniería moderna. ¿Contento?
El ascensor volvió a funcionar con suavidad. En la pantalla apareció una carita sonriente y sonó Amigos para siempre.
Al llegar al cuarto, se abrieron las puertas y se oyó:
—Que tenga un buen día, don Fermín.
—Adiós, ascensor —respondió, aliviado, como quien termina una guerra sin bajas… más allá del orgullo.
Y los días pasaron en una sorprendente armonía entre hombre y máquina. Incluso parecían deleitarse en sus pequeñas trifulcas diarias.
Cuando al fin le quitaron la escayola, Fermín llegó al patio con la alegría de un preso el primer día de libertad condicional.
—¡Hola, ascensor! Mira, ya me han quitado la escayola… y sorpresa: la pierna seguía debajo.
—Buenos días, don Fermín. Me alegro mucho por usted. Supongo que volverá a subir por las escaleras. La frase de hoy es: “Cada escalón es una oportunidad para fortalecer cuerpo y mente”.
—Sí, claro… a partir de mañana. Hoy toca terminar la discusión de ayer, que no tienes ni idea de fútbol.