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Un guerrero en un jardín

Cuando vi aquel video en Facebook no podía dar crédito a mis ojos. En las imágenes se veía como tres o cuatro adolescentes golpeaban a un pobre chico indefenso en el suelo. El video había sido grabado en un colegio y el padre de la víctima había tomado la complicada decisión de compartirlo en las redes sociales para denunciar lo ocurrido. Su hijo, la víctima de la brutal agresión, era un niño de quince años con gafas, sobrepeso y un aspecto que podría definirse fácilmente como friki. Al final del video el padre del chico exponía lo ocurrido, entre lágrimas y gestos de impotencia. Decía que se había decidido a hacer publico todo aquello después de que su hijo le confesara que habia llegado a plantearse el suicidio como via de escape al infierno que vivía a diario en el colegio. Los padres lo habían cambiado de instituto después de lo ocurrido. Pero eso evidentemente no era suficiente para que el chico superara el tremendo trauma por el que había pasado.


Poco después me enteré en otro post en Instagram que el chaval vivía en mi ciudad, no muy lejos de mi barrio. Decidí entonces aprovechar el poder de las redes sociales para ponerme en contacto con el padre del niño. Lo encontré tras pocos minutos de búsqueda y le envié un mensaje privado. Básicamente le conté que aquel video me había dejado sin palabras y que quería ayudar a su hijo ofreciéndole seis meses de entrenamiento gratuito de Jiu Jitsu en nuestro gimnasio. El padre aceptó quedar conmigo al día siguiente. Cuando conocí la familia, me encontré con unas personas humildes y trabajadoras. Una pareja joven con dos hijos adolescentes, Kevin, el chico del video y Erika, su hermanita de diez años. Hablé con Kevin y le pregunté si estaba dispuesto a cambiar su vida. Le dije también que aquello iba a ser extremadamente difícil, que probablemente llegaría a odiarme, que tendría que pasar por lesiones y que derramaría sudor y lágrimas durante horas encima del tatami antes de ver un mínimo resultado. Me contestó enseguida que sí, sin embargo quiso subrayar que él no tenía ningún talento para los deportes. Yo me reí y le contesté que lo único que le iba a pedir a cambio de aquello sería su constancia y que viniese a entrenar tres veces por semana. Siempre. Con lluvia, con sol, verano, invierno, sin excusas ni mentiras. Me miró durante unos segundos como para decirme que eso sí que podía prometérmelo. Luego me extendió su mano. La apreté con fuerza. Como lo hace un maestro.

Fue así que Kevin empezó a entrenar con nosotros y se convirtió en un miembro más de nuestra familia. Los seis meses pasaron volando. Kevin no faltó ni un día y decidió quedarse en el gimnasio. Además, poco tiempo después, su hermana y su padre también empezaron a entrenar con nosotros. Con el tiempo el físico y la actitud de Kevin han cambiado mucho. Ahora ya no es un chico que baja la mirada y sabe como contestar y cómo actuar en múltiples tipos de situaciones que pueden llegar a ser complicadas de gestionar. Siempre le dije que me encantaría que todas las técnicas que ha aprendido conmigo en el gimnasio, no tenga que utilizarlas nunca en la vida real. Espero que siempre logre mantener la calma y evitar cualquier tipo de encuentro físico con otra persona. Pero también le dije muchas veces que “es mejor ser un guerrero en un jardín que un jardinero en una guerra”. Y él sabe muy bien lo que quiero decir con eso.

21 Mayıs 2023 19:31 0 Rapor Yerleştirmek Hikayeyi takip edin
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