fiorelacoronel Fiorela Coronel

La llama de una vela puede apagarse con una simple brisa, pero, cuando esta llama es la fuerza vital que te mantiene con vida, aun cuando te falta el corazón, mientras ese corazón siga latiendo, la llama... seguirá ardiendo.


Fantastik 13 yaşın altındaki çocuklar için değil.

#witches #brujas #vampiros #227 #hombres-lobo #mansion
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okuma zamanı
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Bienvenido a Silentgate

La habitación acogedora, pero con un aire antiguo y desgastado, habitación que había sido testigo de numerosos inquilinos a lo largo de los años, despedía a quien la había ocupado por dieciocho años. Las paredes descascaradas extrañarían a su ocupante por un tiempo, así como éste las extrañaría a ellas.

Tenía las maletas sobre la cama. Sus manos doblaban las últimas prendas de ropa y estaba a punto de cerrar aquellas desgastadas maletas color marrón. No olvidó guardar exclusivamente en una de las maletas su ropa de invierno para usarla en su nuevo destino, allí hacía más frío del que pudo haber estado acostumbrado y el clima rara vez regalaba un sol a media asta acompañado de nubes que lo cubrían por ratos. Tomó con sus manos un recuerdo de aquel lugar. Sin preguntar si podía llevárselo con él, lo apretó entre sus manos y lo guardó en la última maleta que quedaba sin cerrar. Era un rosario que estuvo durante años sobre su mesa de luz, el cual había en cada habitación del orfanato, puesto por una de las monjas que se encargaba del lugar, no por ser religioso, más bien por el significado sentimental de aquel objeto.

—¿Estás listo para partir al fin, muchacho? —oyó la voz femenina que conocía tan bien desde que era un bebé.

—Sí, supongo que sí—respondió tristemente cerrando la última maleta que atesoraba aquel rosario.

Se dio vuelta para mirar a aquella mujer que vestía los hábitos propios de una religiosa, quien se le acercó y le ofreció un cálido abrazo, el cual fue correspondido con toda tristeza, tratando de aferrarse con sus últimos minutos todo lo que pudiese a aquel lugar que lo había visto transformarse en el joven que en aquel día era.

Miró aquellos ojos que solía ver diariamente, tal vez, por última vez. No sabía ciertamente si algún día podría volver a ver a esa única figura maternal que lo había acompañado desde muy niño cada día de su corta vida.

—Madre—le dijo con la mirada baja y amargura en su boca.

—Dime, Oliver—respondió la mujer entrada en años acariciando la mejilla del muchacho.

—Voy a extrañarte—la volvió a mirar a los ojos—y a todos aquí, Madre.

—Lo sé, mi pequeño niño, yo también voy a extrañarte—los ojos de aquella mujer se llenaron de lágrimas, pero no dejaba de sonreír.

—¿Te volveré a ver? —inquirió sumido en la agonía de la duda.

—Siempre—le respondió con la mayor de las sonrisas.

Oliver sabía perfectamente que las probabilidades de volver a ver a quien consideraba su madre, además del cargo que ella ocupaba, eran bastante escasas, pues la mujer estaba muy avanzada en años y él debía emprender un viaje muy largo y, además, del que llevaría mucho tiempo regresar, si es que, alguna vez, lo hacía. El dolor de la preocupación le inundaba el corazón hasta rebalsarlo en lágrimas que comenzaron a salir de sus ojos color verde.

Todos fueron muy amables con él en su despedida. El sacerdote que dirigía la capilla del convento, al cual pertenecía el orfanato que había acogido a Oliver durante su corta vida, se encargó de acompañarlo hasta la estación de trenes, de los cuales uno lo llevaría hasta su destino final. Aquel sacerdote era la única figura paterna que había tenido el muchacho. Por esto su despedida fue más que dolorosa. Lloró durante todo su viaje a sus hermanos también, tal vez más de lo que lo había hecho en el hombro de cada uno de ellos.

Durante su viaje, se la pasó con la cabeza recargada en la ventanilla del tren, triste y abatido en cierta forma por las terribles despedidas. A su vez, se sentía contento porque había conseguido notas excepcionales que le habían permitido obtener una beca para la universidad de Silentgate y, ciertamente, no contaba con casi nada de dinero disponible para estudiar en ningún lugar. Así que se esforzó durante muchos años en la escuela para lograr tener un buen futuro, aconsejado, como todos los demás niños del orfanato, por el Padre Louis.

En medio del agotador viaje, comenzó a notar ciertas cosas extrañas en algunos pasajeros, aunque había decidido en un principio no darles importancia, ya que, de todas formas, no eran situaciones tan fuera de lo normal, aunque un tanto excéntricas. Como, por ejemplo, algunos pasajeros, por no decir la mayoría, vestían de forma inapropiada para la época, un tanto absurda para el año 2021. Los pasajeros parecían haber salido de una fiesta de disfraces con temática victoriana y medieval. Pocos vestían de forma actual.

Llegado a un punto del viaje, comenzó a sentir sobre él la mirada de varios pasajeros, aunque, cuando volteaba a mirar si era de esa forma o sólo era su impresión, comprobaba que nadie lo estaba mirando, pero, en cuanto volvía la vista a la ventanilla, de nuevo, sentía todas las miradas sobre su persona y un intenso frío comenzó a helar sus pies y a recorrer su espalda. La inquietud lo abrumaba. Todo comenzaba a parecer desencajado de la normalidad, aunque se decía a sí mismo en su mente que simplemente estaba ya bastante cansado. La noche se apoderó de aquel tren y, finalmente, se quedó dormido.

La noche transcurrió tan lentamente entre sobresaltos repentinos, imaginación y una ligera sensación de que varias de las cosas que oía y veía no eran parte de su imaginación, aunque, al pensarlo con más calma, concluyó que era parte del entresueño y realidad por haber dormido tan mal.

Se despertó antes del amanecer, sacando conclusiones de esa forma, viendo cómo aún casi todos los pasajeros dormían tranquilos en sus asientos. Había pasado una hora y el sol comenzó a alumbrar suavemente el paisaje boscoso y frío, aunque, inmediatamente, fue tapado por varias nubes bastante oscuras, trayendo la noche de nuevo. De esta forma, se dio cuenta de que ya no estaba en casa.

Una mujer elegantemente vestida con un vestido victoriano color rojo se sentó delante del joven con aspecto sobrecargado de cansancio y entumecido, pues todos los asientos a su alrededor estaban vacíos, como si se tratase de un apestado. Ésta le sonrió amablemente, pero Oliver no hizo expresión alguna, estaba demasiado cansado y confundido como para poder procesar una respuesta gestual o verbal, además, estaba tan entumido por el frío y la postura de viajar sentado en el tren que no podía moverse demasiado. La mujer parecía haberse ido a sentar a ese lugar con un propósito que tenía que ver con él precisamente.

—Hola, me llamo Laurel—le dijo sonriendo y extendiendo la mano.

Oliver tardó en procesar la información, pero pronto extendió su mano para tomar la de aquella mujer que no parecía pasar de los cuarenta años.

—Hola… mi nombre es Oliver.

Al instante en que pronunció su nombre, sintió la helada piel de la mano de aquella mujer y se despertó tan de repente como si se hubiese caído de la cama.

—¿De dónde eres? —inquirió la mujer soltándole la mano.

—Estás… helada—fue lo único que pudo decir y a lo que pudo prestar atención con su cabeza reiniciándose.

—Es que hace mucho frío—rio brevemente— Y bien, ¿de dónde eres?

—Eh… soy de… Warm City en Summer—respondió tiritando, pues el frío lo había calado hasta el tuétano.

—Summer—replicó Laurel— ¿Y hacia dónde vas? —preguntó curiosa.

Oliver no le quitaba la mirada de encima, como si sus ojos se hubiesen tildado en aquella cara que deslumbraba una belleza difícil de replicar en cualquier mujer que viera a partir de ahora. Intentaba encontrar un ápice de coherencia en todo lo que estaba viviendo en aquel viaje, si se trataba simplemente de cansancio o se había equivocado de tren y había tomado uno desbordado de locura. ¿Qué hacían casi todos vestidos así? ¿Por qué nadie usó los asientos de dos filas hacia adelante y atrás del suyo? ¿Por qué Laurel se acercó a hablarle tan amigablemente a averiguar sobre él? Tal vez todo era más simple de lo que pensaba. El problema era que jamás le había sucedido cosa parecida y no estaba acostumbrado a situaciones en lo más mínimo salidas de la realidad que le era conocida.

Todo le parecía tan extraño y más extraño aún que todos los invitados de una fiesta de disfraces decidieran tomar el mismo tren y ninguno se atreviera a acercársele hasta ese preciso instante, más aún… ¿Por qué había tenido la sensación casi todo el viaje de que lo observaban cuando él no los miraba y mientras dormía se sobresaltaba con la misma inquietante sensación?

Estuvo ausente haciéndose muchas preguntas en su interior sin hallar respuestas y comenzó a sentirse abrumado, inquietado y con un miedo naciente que había comenzado a mezclársele con el terrible agotamiento, la tristeza y el frío enloquecedor y desconocido, el cual no podía solucionar con las prendas invernales que había empacado.

—Te estás helando—le sonrió Laurel y enseguida le ofreció una manta polar que traía, aparentemente, desde un comienzo, específicamente para él.

Temeroso y desconfiado, Oliver la tomó. ¿Acaso ella no tenía frío? ¿Por qué ella estaba allí para ofrecerle esa manta? Sin embargo, estaba tan helado que no se negó al ofrecimiento.

—¿Qué… está pasando? —atinó a preguntar con una voz leve y temblorosa.

—¿Eh? —Laurel hizo una mueca de confusión ante tan extraña pregunta.

—¿Tú… no sientes el frío con ese vestido tan descotado y de mangas cortas? —le preguntó con valor Oliver, con una expresión inexplicable en el rostro diferente a cualquiera que podría haber tenido alguna vez.

—Sí, hace un frío de locos, pero estoy acostumbrada. No es problema—respondió con esa sonrisa que no se le quitó en ningún momento del rostro.

Oliver no supo qué responder ante tal respuesta tan absurda y falta de lógica. Por más costumbre que un humano sienta a un clima así siempre va bien abrigado y en ese tren… todos vestían como si el frío no los tocara, como si un muro invisible hubiese alrededor de sus cuerpos impidiendo que el frío cortante atravesara sus huesos.

—¿Y… hacia dónde vas, Oliver? —reiteró la pregunta.

Oliver posó sus ojos en la ventanilla negándose a responder más preguntas. Estaba demasiado asustado de tantas casualidades y preguntas sin respuesta que rondaban como buitres en su cabeza, esperando para devorarlo en creciente y aterradora desesperación por llegar a su destino y deshacerse de tamaña, agotante y molesta inquietud de que toda la atención de aquel vagón se posara sobre él como si fuese… una presa.

Repentinamente y, luego de borrar la sonrisa que llevó por tanto tiempo, Laurel se levantó del asiento frente a Oliver y volvió a donde ella pertenecía. Oliver se sintió brevemente aliviado de no tener frente a sus ojos la inquietante y casi perturbadora sonrisa de aquella mujer que rozaba lo espeluznante en su forma de actuar tan extraña.

Soportó al menos dos horas más de tedioso y traumático viaje en tren antes de que aquella máquina se detuviera en la estación de la tan ansiada Silentgate.

La estación fue anunciada diez minutos antes de que las ruedas del tren comenzaran a frenarse. Se levantó rápidamente de su asiento y recogió sus maletas del cubículo del techo. Sus pies torpemente caminaban hacia la puerta de salida y, en la misma puerta abierta del vagón, pudo observar algo que no había visto por falta de atención desde la ventanilla. Llovía a cántaros, como si jamás hubiese llovido en aquella ciudad tan oscura y fría.

Bajó a tropezones de aquel tren y se refugió rápidamente en la galería de la estación. Metió las manos en los bolsillos de sus pantalones buscando en cuál de los dos había dejado la dirección de hacia dónde debía ir en ese instante. Quería llegar lo más rápido posible al lugar donde se hospedaría para poder descansar y apartarse de aquella estación repleta de disfraces antiguos y miradas acechantes.

“Witches' Street 666.

Sailing Mansion”

Manifestaba en el papel que sostenía con su mano derecha.

Sus ojos cansados y ojerosos buscaban con urgencia algún taxi que se acercara a la zona. De repente, vio al final de la larga galería cómo llegaban de a dos o tres y recogían pasajeros, así que apresuró sus pasos arrugando el papel dentro de uno de sus bolsillos para ocupar ambas manos con sus viejas maletas.

Al mismo tiempo que llegaba al final de la galería, un taxi alcanzó su ubicación. Oliver soltó una de sus maletas y extendió ligeramente su mano, haciendo que el taxista frenara junto a él. El muchacho recogió la maleta y se apresuró a subirse rápidamente al automóvil.

—Buenos días, jovencito—lo saludó amablemente el taxista mientras lo miraba por el retrovisor.

—Buenos días—respondió al saludo Oliver sintiendo un profundo alivio y cómo el cansancio se apoderaba doblemente de él por la relajación que llegó de pronto como un guantazo.

—¿A dónde vamos? —preguntó el hombre de mediana edad haciendo andar el vehículo bajo la intensa lluvia.

—A esta dirección, por favor—le dijo entregándole el papel abollado que había sacado de su bolsillo.

—Muy bien. Allá vamos.

La universidad de Silentgate no solamente le había entregado una beca por sus estupendas notas, sino que, además, estaba incluido el hospedaje por lo que durara la carrera en un sitio donde estaría viviendo por cuatro años con algunos compañeros. Lo que no sabía hasta ese momento era que era una mansión, como narraba el papel: Sailing Mansion.

La mansión se hacía esperar en esos interminables cuarenta y cinco minutos de viaje en taxi que estaba durando el trayecto desde la estación de trenes hasta Witches’ Street 666.

Durante el viaje, casi al terminar el recorrido, la lluvia menguó hasta casi detenerse, transformándose en una fina llovizna que a penas mojaba si una persona se quedaba parada durante un tiempo debajo de ella.

Estuvo somnoliento y adormilado durante al menos los primeros treinta minutos. El sonido de la lluvia al caer sobre el pavimento y sobre el techo y ventanillas del auto lo relajó hasta el punto de casi dejarse llevar hasta los brazos de Morfeo.

Prontamente, el auto entró en una calle de ripio rodeada de árboles y arbustos. El conductor le dio aviso de que se estaban acercando hacia la dirección anunciada en el papel. Entonces, abrió del todo los ojos para ver por la ventanilla del automóvil una imponente mansión que lograba verse con gran majestuosidad desde lejos, pero, cada vez, se veía más y más grande a medida que se acercaban lentamente antes de detenerse definitivamente ante un caminillo que conducía metros adelante a un, tan imponente portón con puntas de lanza en la terminación de sus barrotes. En metal, escrito por encima de todo, hacía de cartel de aviso: “Sailing Mansión”.

Pagó el viaje, se bajó junto a sus maletas y vio cómo el conductor se retiraba de aquel lugar que causaba una escalofriante sensación que abrumaba por tener delante una imagen tan impresionante que jamás sus ojos habían soñado con tener el derecho a observar. Jamás había imaginado que podría presenciar tamaña belleza arquitectónica de siglos pasados tan cercana a su cuerpo mortal y, sobre todo, jamás había imaginado que tendría el inmerecido honor de habitar allí.

Se acercó a aquel portón pintado de negro y miró si se hallaba cercano algún timbre de voz para avisar de su presencia y poder ingresar al maravilloso jardín delantero que ya observaba desde fuera, pero no halló nada. Posó curiosamente sus manos sobre aquel portón y, sencillamente, éste estaba abierto, como esperando ansiosamente el toque inimaginable de su mano. Se extrañó, pero, primeramente, se asustó y asombró de la falta de seguridad tras pensar lógicamente que algún descuidado encargado se lo había olvidado sin llave.

No quiso ser inoportuno, invasor e irrespetuoso, pero, al parecer, nadie iba a venir a abrirle y nadie escucharía que llamaba desde esa distancia, así que decidió caminar discretamente hasta la majestuosa y dos veces imponente puerta principal y allí anunciarse golpeando la puerta o haciendo sonar la melodía efímera de algún timbre.

Mientras caminaba, se maravillaba de lo que sus ojos presenciaban. Había un camino de ripio hasta la entrada principal y, a sus costados, un hermoso jardín bien cuidado, pero lo que lo estaba impresionando y casi aterrando era una maravilla de cuya existencia, la cual se creía incierta e imposible, jamás había pensado que podría ser testigo… El camino tenía a sus costados rosales a media altura, lo cual no era de impresionar demasiado, además de su gran y dedicado cuidado, sino que se hallaba ante la presencia inexplicable de rosas negras… negras, como la noche misma antes de extinguirse en el alba; negras, como el alma al ser tocada por el diablo; negras, como el alma… de una bruja.

Finalmente, llegó a las escaleras de la puerta de entrada y una brisa fría hizo que soltara una de las maletas y se aferró a su abrigo para tratar de tenerlo lo más cerrado posible en su pecho. Entonces, miró si se hallaba algún timbre, pero lo único que encontró fue una aldaba de hierro grande para ayudarlo a golpear el roble barnizado de aquella puerta. Realizó tres golpes seguidos y aguardó unos minutos antes de escuchar que unos pasos internos se acercaban lentos, pero seguros. Entonces, se escuchó el rechinido de las bisagras mientras daba paso a develar lo que se encontraba tras aquella gruesa puerta de roble.

Increíblemente, no pudo ver a nadie, como si aquella enorme y pesada puerta se hubiese abierto por su propia cuenta, pero eso… era imposible, aunque la lógica no ayudó a que el miedo no se presentase como un nudo en el estómago. Prontamente, detrás del roble, apareció una figura femenina, de piel casi pálida y ojos brillantes color oro que lo miraban distante, luciendo prendas informales que no combinaban con la elegante arquitectura que tenía delante. Sus cabellos color azabache le llegaban hasta los muslos cubiertos de unos jeans azules oscuros y se quedó cruzada de brazos al cerrarse la campera de buzo gris y rojo que traía abrigando su delgado torso.

—Buenos días. Disculpe que me haya acercado hasta la puer…—fue interrumpido bruscamente.

—Eres el muchacho que viene de Summer, Oliver Thomas, ¿no? —preguntó la joven dama informal.

—Sí, soy yo—contestó sorprendido.

—Nos avisaron hace una semana de tu llegada. Te dejamos el portón abierto. Ya veo que lo notaste—dijo antes de darle la espalda a Oliver—Entra. Habrá sido un largo viaje y querrás acomodarte rápido.

—Gracias—dijo y, tomando sus maletas, entró rápidamente tras la muchacha y con gran alivio al saber que todo tenía sentido.

Al ingresar, un hombre delgado y trajeado de edad dorada le arrebató las maletas, haciendo que Oliver se asustase y sorprendiese antes de poder entender lo que estaba ocurriendo.

—Oh, ah… muchas gracias, no hacía falta—le dijo, pero fue ignorado.

—El asunto es el siguiente. Aquí vivimos seis estudiantes en total. Tú eres el séptimo—comenzó a decirle la jovencita de ojos miel— Mi nombre es Minerva y soy la directora de la residencia.

—Mi nombre es Alice—oyó tras de sí una dulce y aniñada voz femenina.

Sorprendido, se volteó para poder contemplar la figura de una jovencita de cabellos dorados que alcanzaban su cintura y ojos dorados que lucía un vestido que le llegaba hasta los tobillos de color carmesí.

—M-mi nombre es Oliver Thomas—le respondió aún sorprendido.

—Mucho gusto, Oliver—le dijo dedicándole una sonrisa, aunque encantadora, algo inquietante.

—Dime, Oliver, ¿no has desayunado? —preguntó Minerva.

—Eh… no he comido nada desde que partí ayer por la tarde—contestó terriblemente agotado.

—Entiendo. No sé si viéndote mejor el rostro tú deseas… descansar o despertarte con una ducha antes de desayunar. Te ves fatal— dijo Minerva.

—¿Quieres conocer la casa, Oliver? —preguntó y, después, rio inocentemente Alice.

—Ahora no, Alice. Oliver conocerá la casa más tarde o mañana—contestó Minerva.

—Ahora el nuevo inquilino debe reponer fuerzas luego de un agotador viaje y alimentarse, antes que cualquier otra frivolidad, ¿no es así, Oliver Thomas? —dijo otra señorita acercándose hacia la recepción y poniéndose frente a Oliver—Bienvenido, querido, mi nombre es Cassandra. Es un placer poder tenerte al fin entre nosotras.

—El placer es mío, señoritas. Díganme… ¿Hay algún estudiante aquí de mi género para acoplarme a él? —preguntó el joven.

—Todas son señoritas aquí. No entiendo por qué te enviaron con nosotras, pero supongo que no será un problema. La casa es lo suficientemente grande, por si te sientes incómodo con nuestra presencia—contestó Minerva—Ahora ven conmigo.

Al oír la respuesta de Minerva, Oliver sintió que la incomodidad se apoderaba de él y los nervios subieron por el hecho de habitar solo con seis mujeres. Jamás había sido partícipe de una situación similar. En el orfanato donde él había vivido toda su vida, no había niñas ni ningún rastro de otras mujeres más que las hermanas del convento y su madre superiora, que no se hacían presentes allí más que para dar clases en la escuela que residía o por situaciones especiales. La mayor parte del tiempo, estaban solos y siendo acompañados por el Padre Louis. Se trataba de un orfanato que solamente se encargaba de niños y jovencitos.

Minerva se dispuso a caminar hacia un largo y poco luminoso pasillo que prontamente fue iluminado a través de las ventanas por un gran refusilo que anunció la llegaba de un estruendoso trueno, el cual desató el diluvio nuevamente.

—No quiero molestarlas. Sé que puedo llegar a incomodarlas. No estoy acostumbrado a estas situaciones, pero prometo que no se notará mi presencia y, si es posible, pediré la posibilidad de que me transfieran a otro hospedaje—sugirió Oliver tratando de ser cortés y no sonar ofensivo en ningún momento.

—No creo que un cambio sea posible y tampoco pienso que sea necesario. Nosotras estaremos bien, además, como dije… la casa es lo suficientemente grande como para no cruzarnos demasiado, si es que así lo prefieres—dijo Minerva mientras comenzaban a subir una gran escalera que daba hacia dos grandes pasillos opuestos—Puedes usar cualquier habitación que desees del ala izquierda. Nosotras usamos el ala derecha. En cada habitación, hay un baño personal, así que no tendrás problemas en encontrar uno—señaló hacia el ala correspondiente a Oliver y después señaló hacia la dirección en la que bajaba la imponente escalera, donde, más adelante, había una puerta enorme cerrada que a penas se veía por la increíble oscuridad que devoraba la mansión completa, pues, a duras penas, las lámparas de luz débil alcanzaban a iluminar ciertas zonas—Allí se encuentra el comedor.

—Muchas gracias, Minerva—dijo Oliver mientras veía como la joven ya se disponía a bajar las escaleras.

—No te pierdas. El desayuno ya está listo cuando desees bajar a comer algo—dijo por último y se desvaneció en la oscuridad de la enorme mansión.

Oliver caminó por el largo y, a penas, iluminado pasillo ignorando casi todas las puertas y parándose frente a la penúltima del lado izquierdo. La iluminación escasa develaba a duras penas el alfombrado rojo que cubría la madera rechinante.

No entendía aún por qué semejante mansión carecía totalmente de una iluminación que fuese suficiente para que la luz devorara hasta la más mínima sombra. Era algo que lo confundía bastante y lo llenaba de preguntas, como la mayoría de las cosas que le habían ocurrido desde que había tomado aquel tren que lo había conducido hasta Silentgate.

Abrió la puerta de la penúltima habitación de la izquierda. Encontró un interruptor en la pared a centímetros de la puerta por el lado de adentro y, para su increíble sorpresa, la habitación se iluminó maravillosamente, como si toda la luz que hacía falta en el resto de la enorme mansión se encontrara en una sola habitación. Se encontró con un suelo alfombrado de color gris y con un gran ventanal por el que se podía presenciar otro hermoso jardín lateral y frondosos árboles. También había dos puertas que aún no sabía qué había detrás de ellas. Se encontró con una cama matrimonial que, a la vista, parecía tan cómoda y confortable que llamaba a gritos al cuerpo cansado de Oliver. Al ver esa encantadora imagen, Oliver suspiró enamorado y, con una sonrisa en su rostro, caminó hacia la cama vestida de un cubrecama color rojo y, echándose sobre ella, se imaginó tumbado sobre la nube más cómoda de todo el cielo. El sueño lo abrazó y arrulló tan fuertemente que no pudo evitar cerrar los ojos y abandonarse al mundo de los sueños.

Ya fuera de la realidad, Oliver no se enteró de que la joven de cabellos rizados y rojizos y ojos dorados, Cassandra, lo observaba dormir desde la puerta de la habitación, la cual Oliver había olvidado cerrar, ya que aún permanecía abierta. Enseguida, tras comprobar que el joven dormía, ella cerró cuidadosamente la puerta para no importunar sus sueños y se dispuso a caminar por el oscuro pasillo hasta las escaleras.

Bajó las escaleras tan lentamente como si la prisa por llegar a donde fuera se hubiese esfumado de su persona y arrastrando por el alfombrado rojo que cubría también las escaleras un vestido muy largo color esmeralda mientras alumbraba su rostro con una vela encendida en sus manos. Casi parecía un fantasma antiguo vestido con ropas de la elegante época victoriana.

Cassandra se dirigió hacia el pasillo que llevaba a la recepción de la mansión y sus pasos se vieron interrumpidos por una joven dama vestida informalmente con jeans negros y una camisa a cuadros de cabellos castaños y ojos dorados, la cual también se detuvo frente a Cassandra.

—¿Cuándo bajará? —preguntó la muchacha a Cassandra con una voz calma y arrulladora.

—Paciencia, Morgana. Él yace durmiendo ahora. Más tarde, podrán terminar de presentarse—le contestó y siguió caminando mientras se desvanecía su cuerpo en la oscuridad y, a lo lejos, sólo se alcanzaba a ver la tenue luz de la vela que pronto fue devorada por la inmensa oscuridad.

Morgana se quedó detenida viendo cómo Cassandra era devorada por la lúgubre oscuridad del interminable pasillo que continuaba después de la enorme sala de recepción.

Finalmente, Morgana comenzó a caminar por el pasillo hacia la inmensa escalera y hacia el ala derecha.

La lluvia torrencial e incesante empañaba el parabrisas de un Audi e-tron plateado que conducía por la carretera en dirección a Silentgate en la oscura noche. Las luces de aquel auto no parecían suficientes para iluminar la oscura carretera y la lluvia impedía aún más la visibilidad.

—No es buena idea continuar en viaje, señorita Rouse, podría ser peligroso—sugirió quien conducía.

—Tonterías, Jacob. Tú sólo debes seguir conduciendo—dijo Rouse sentada en el asiento trasero mientras miraba por la ventanilla la simple oscuridad ciega—Quiero llegar a tiempo. No voy a hacer esperar a mis anfitriones sólo por el clima.

—Como diga, señorita—se resignó Jacob.

Se podía notar urgida de llegar al destino a la joven Rouse, sobre todo cuando la idea de alejarse de su casa pagando una costosísima universidad alejada de su ciudad y de su familia la llenaba de alegría. Desde que su padre había contraído nupcias nuevamente, luego de veinte años de matrimonio con su primera esposa, con otra mujer que no era santa de la devoción de Rouse por su insoportable carácter egocéntrico y soberbio.

Rouse no podía concebir la idea de que, luego de que el luto se hubiera apropiado de sus vidas, su padre hubiera podido volver a casarse tan sólo un año después del penoso acontecimiento familiar. Definitivamente, no aprobaba ese matrimonio, más aún con una mujer tan fastidiosa según la opinión de Rouse. La casa se había vuelto un autentico infierno para la joven de tan sólo diecisiete años en aquel entonces. Unos meses más tarde, luego de la boda, esos años que había estado esperando con ansias desde que su padre les había presentado a ella y a su hermano, Aidan, a la insoportable y ostentosa Rubí por fin habían llegado para salvarla.

La familia de la joven Rouse poseía una considerable fortuna, la cual le permitiría pagar la prestigiosa universidad de Silentgate, a la cual no cualquiera podía permitirse asistir, ya que reunir los requisitos no era tarea fácil. Había logrado convencer a su padre de asistir a aquella universidad, ya que contaba con el dinero suficiente para pagar la matricula de la misma, aunque a su padre le costaba creer que ella podría sobrevivir al primer período en tan aplicada institución, cuando había averiguado sobre aquella universidad, pues jamás había oído hablar de esa institución y tampoco de aquella ciudad residencial adornada de lujos. Silentgate parecía una ciudad que atraía a la alta sociedad. Igualmente, había aceptado porque era el deseo de su hija.

Había pocas maneras de poder entrar a aquella universidad: se debía pagar una costosa matricula o solicitar una beca contando con notas excelentes y aprobando el examen de ingreso, el cual era increíblemente dificultoso, o la universidad misma podía otorgar una beca si las notas le llamaban la suficiente atención como para considerarlo. También se podía ingresar a ella poseyendo ciertas habilidades, las cuales eran juzgadas por los profesores y directivos, aunque se desconocía a qué se referían en el folleto con “ciertas habilidades”. Rouse se imaginaba que podrían llegar a referirse a algún tipo de aptitud para ciertas carreras que te convirtieran en un prodigio en ciertas áreas o ser un joven genio que se había saltado años de secundaria por su increíble capacidad cognitiva y había podido entrar a la universidad sin haber cumplido los dieciocho años.

Un vuelo en avión de cuatro horas y, luego, desde el aeropuerto hasta aquella ciudad, un viaje en automóvil de, al menos, dos horas de viaje hasta la dirección que le habían otorgado era lo que, al final, tardaron en llegar. Una inmensa e imponente mansión rodeada de árboles frondosos era lo que apenas se podía divisar gracias a las luces encendidas en las habitaciones de dicha mansión. Se acercaban lentamente por un camino de ripio hasta la entrada. La lluvia era incesante. Jacob se bajó con un paraguas a tocar un timbre de voz que había en el portón enorme de entrada y tocó el timbre.

¿Quién es? —preguntó una voz masculina en el portero eléctrico.

—La señorita Rouse Evans ha llegado—anunció Jacob.

Enseguida, el portón corredizo comenzó a moverse hacia la derecha. Entonces, Jacob volvió a subir al auto para llevar a Rouse hasta la puerta principal, evitando lo más posible que la lluvia arruinara el equipaje y la ropa de la joven.

El camino de ripio que recorrió desde el portón hasta la puerta principal fue iluminado por las luces del automóvil que no lograban mostrar el evidente jardín que había hacia los laterales. La vegetación era apenas evidente. Solamente se dibujaban siluetas oscuras en la densa penumbra.

Finalmente, el auto se frenó y Jacob bajó para abrir la puerta trasera de este para que Rouse bajara. Jacob usó el paraguas para cubrir a la jovencita y acompañarla hasta el pequeño techo de la entrada, donde ella golpeó la puerta mientras Jacob sacaba las maletas del baúl. La puerta de entrada se abrió y develó a un adulto joven que aparentaba unos veinticinco años de edad, de piel pálida y ojos zafiro, cabellos negros y un elegante traje negro que parecía haber sido hecho a la medida.

—Buenas noches—saludó aquel joven— Mi nombre es Donovan. Soy el director de la residencia, ¿usted es Rouse? —preguntó.

—Soy yo. Él es Jacob, mi chofer—dijo Rouse con Jacob a su lado ya con las maletas.

—Un placer, Jacob—dijo Donovan.

—Igualmente—contestó Jacob—Entonces, ya debo irme, señorita Rouse.

—Nos volveremos a ver, Jacob—lo saludó Rouse con una sonrisa.

Jacob subió nuevamente al auto y lo puso en marcha para comenzar a dar marcha atrás y salir de aquel lugar dejando a Rouse con quien la había recibido.

—Por favor, pase—le dijo Donovan mientras tomaba las maletas de la jovencita y ella entraba a la gran mansión.

—Vaya, esta casa es más grande que la mía y la mía es grande—dijo asombrada mientras miraba hacia todas las direcciones.

A penas en la sala de recepción había una araña de cristal enorme que adornaba el techo e iluminaba toda la sala junto a otros candelabros de pared que parecían de oro. La iluminación era más que suficiente, podía observarse cada detalle.

—La mansión es bastante espaciosa. Podrá sentirse cómoda aquí y no será molestada—le comentó Donovan mientras un mayordomo se acercó para tomar las maletas de Rouse y llevárselas.

—¿Por qué sería molestada? —se sintió curiosa—¿Hay mucha gente en este lugar?

—Para nada. Somos siete contándola a usted—respondió.

—No necesitas tratarme de usted. No creo que seas tantos años más grande que yo—rio un poco Rouse.

—Preferiría que sea así. No es mi estilo tratar de otra forma más cercana a las personas que acabo de conocer.

—Ya veo—contestó Rouse pensando en lo poco común que era encontrarse alguien tan formal en esa época.

—Acompáñeme. La llevaré a que elija una habitación donde instalarse y luego puede bajar a cenar. La comida ya está lista, pero puede comer cuando usted lo desee. Sólo debe pedirlo—dijo Donovan y comenzó a caminar hacia las enormes escaleras que había en la sala de recepción.

Rouse comenzó a seguirlo y a caminar por el rojo alfombrado que cubría las escaleras y se abría hacia dos alas.

—En el ala izquierda, están las habitaciones de mis compañeros y la mía. Usted puede usar el ala derecha si le apetece—dijo el joven deteniéndose en el ancho escalón que abría paso hacia ambos pasillos laterales.

—¿Toda una ala para mí? —preguntó confundida.

—Comprenderá. Somos seis caballeros y usted es la única dama aquí en toda la mansión.

Al oír esas palabras, Rouse sintió cómo la incomodidad la devoraba por dentro y se sintió muy nerviosa. Donovan pudo notarlo.

—Como dije, la mansión es lo suficientemente grande como para no sentirse molestada por nosotros—explicó—Créame. Nosotros también nos sentimos algo confundidos y sin saber qué hacer cuando nos informaron que una dama iba a convivir con nosotros, pero no pudimos hacer nada. No es que me moleste la presencia de una dama, pero entiendo que, para usted, puede ser incómodo. Lastimosamente, nada puede hacerse ya—el rostro de Donovan expresaba su descontento ante la situación e intentaba confortar a la recién llegada.

—Bueno, supongo que estará bien. Me sentiré un poco sola estando en esa enorme ala, pero creo que tampoco quiero incomodarlos con mi presencia—sonrió Rouse conforme.

—No será molestia. Por cierto, todas las habitaciones cuentan con un baño privado y puede tomar la que guste. Mañana por la mañana, podrán conocerla los demás huéspedes y podrá presentarse—le sonrió—Buenas noches, señorita Rouse. Si me necesita, solamente tiene que bajar las escaleras e ir hacia la puerta que está a la derecha de estas—concluyó y se dispuso a ir al lugar mencionado.

—Buenas noches, Donovan, y gracias—contestó.

Se encontró con un gran pasillo alfombrado de la misma manera que las escaleras, con doce puertas a cada lado. Caminó varias puertas y se detuvo en la sexta de la izquierda. Abrió la puerta y halló la habitación a oscuras, encendió las luces con el interruptor de la pared a centímetros de la puerta y la habitación se iluminó maravillosamente, dejando ver un hermoso alfombrado color violeta y una cama matrimonial vestida de cubrecamas blanco. La habitación contaba con un gran ventanal y dos puertas más en su interior, las cuales Rouse supuso que eran la puerta del baño y la puerta de un armario, nada diferente a lo que su antiguo cuarto poseía. También había cuatro sofás individuales con tapizado de terciopelo lila.

Encontró sus maletas a un lado de la cama y se dispuso a abrirlas para comenzar a acomodar su ropa y guardarla en el armario. Se dirigió a abrirlo para observar cómo era y, al parecer, era aún más grande que el armario que ella tenía en el cuarto de su antigua casa. Éste era el doble de espacioso. La habitación que había tomado para sí era increíblemente grande.

Se tomó un tiempo para acomodar toda su ropa en el espacioso armario, pero le sobraba mucho espacio. Cerró la puerta tras ella y miró hacia el gran ventanal, del cual no podía verse nada hacia el exterior por la inmensa oscuridad que había devorado todo fuera de la gran mansión y estaba totalmente decorado con las incesantes gotas que caían sobre el vidrio a cada segundo. De vez en cuando, un relámpago que otro develaba un jardín en blanco y negro por unos breves segundos y no daba oportunidad para apreciar los detalles. Tal vez, al día siguiente, pudiese tener la oportunidad Rouse de observar el increíble jardín que ocultaba la oscuridad de la noche.


Continuar…

18 Ocak 2021 20:48:34 1 Rapor Yerleştirmek Hikayeyi takip edin
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 Αθά νατος Αθά νατος
Estimada Fiorela Coronel, he leído el primer capítulo de su magistral historia y debo decir que es simplemente increíble. Espero el próximo capítulo.
January 18, 2021, 21:08
~

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