mavi-govoy Mavi Govoy

De la noche a la mañana, los padres de Roldán se vuelven estupendos, pero no son lo que parecen...


Korku Teen horror Tüm halka açık.

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El último día


Nos han rodeado. No podemos escapar de ellos.

Les relucen los ojos. A uno de ellos le cae un hilo de baba por la comisura de la boca. Tienen los dientes increíblemente blancos e inusitadamente afilados.

Estamos perdidos.

Reconozco que aquella noche, antes de quedarme dormido, se me ocurrió pensar que mis padres eran unos plastas, anticuados, aburridos y sosos hasta decir basta y también pensé que yo sería un niño mucho más feliz si tuviese unos padres enrollados como esos de las series juveniles que echan por la TV. Y, puestos a soñar, imaginé que mi madre ideal habría de tener el pelo muy largo y ondulado y hoyuelos en las mejillas y mi padre de cine sabría jugar al tenis y al baloncesto y a los bolos...

¡Tonto de mí! ¡Con lo bien que yo vivía con mi padre barrigudo y algo calvo y mi madre gafotas!

Porque fue justo a la mañana siguiente cuando empezó todo.

La primera señal de que sucedía algo anómalo fue que me despertó la luz del sol. Normalmente quien me despierta es esa madre bajita, de pelo oscuro, corto y liso y gafas de culo de vaso que tengo... Bueno, que tenía antes. Pero aquel día mi madre morena no vino a despertarme, así que yo seguí durmiendo a pierna suelta hasta que la luz me molestó.

Me levanté muy sorprendido y miré a mi alrededor.

El uniforme del colegio me esperaba encima de una silla, como de costumbre, la mochila con los libros estaba al lado, el día anterior había sido miércoles y yo había estado más de tres horas haciendo deberes y estudiando. Después del miércoles siempre va el jueves y, que yo supiese, aquel jueves no era festivo. Entonces, ¿por qué no me había levantado mi madre para que no llegase tarde al cole?

Muy sorprendido me encaminé a la cocina.

Entré y me tuve que sentar en el taburete para no caerme.

Mi madre se había vuelto rubia y tenía el pelo largo y ondulado y no llevaba gafas, lo que me permitió descubrir que tiene los ojos verdes. Ella me sonrió y se le formaron hoyuelos en las mejillas.

–¿Qué te ha pasado? –acerté al balbucir.

–He ido a un estilista –dijo al tiempo que agitaba de un lado a otro su larga cabellera rubia esparciendo por el ambiente aroma a perfume–. ¿No te parece que me han dejado muy bien?

–¡Eh! Sí, desde luego, estás de cine, mamá pero... ¿Por qué no me has despertado? Voy a llegar supertarde a clase.

–¡Ah! ¿Sí? Bueno, no te preocupes. Pondré una nota en tu agenda para que te dejen llegar a la hora que quieras.

–¿Cómo dices?

Mi madre nunca ha sido una madre permisiva, te lo aseguro. Es la típica madre que revisa la agenda todos los días, comprueba que hayas hecho los deberes, te pregunta la lección, se informa de quienes son las familias de todos mis amigos, se empeña en que hay que comer más verdura, legumbres y fruta y menos dulces, te persigue para que te laves los dientes... Así que me quedé mirándola con la boca abierta, como un pasmarote.

En ese momento entró mi padre en la cocina. Pero yo tardé un momento en reconocerlo. Al principio pensé que se trataba de un bombero porque estaba cachas, pero cachas, cachas. Y no le faltaba pelo en la coronilla. Iba masticando algo, de hecho, colgaba algo oscuro de su boca.

Pero como yo sólo tenía ojos para el impresionante desarrollo muscular que se había producido en mi progenitor y como él sorbió hacia dentro y acabó de comerse lo que fuera, no fue hasta un rato después cuando comprendí qué era lo que el musculitos se había tragado.

–Buenos días, hijo –dijo mi padre, al tiempo que me palmeaba la espalda.

No fui capaz de contestar nada. Me quedé mudo de la impresión.

–Este niño está flaco –sentenció mi padre–. Dale algo sabroso y nutritivo.

Mi madre desplegó ante mí el contenido de su armario privado, que es donde guarda los bombones, dulces y chocolates que a mí no me deja probar.

–Coge lo que quieras –me dijo.

No se lo hice repetir. Me atiborré a donuts y palmeras glaseadas antes que tuviese ocasión de arrepentirse y entre bocados le pregunté a mi padre, que me miraba comer con un interés que entonces no supe interpretar, por su espectacular transformación.

–Ha sido cosa del estilista –dijo–. Un corte de pelo diferente y ropa con rellenos estratégicos hace maravillas.

–Y que lo digas –confirmé.

Debería haberme dado cuenta de que aquello no eran sólo rellenos y un cambio de posición en la raya del pelo. Debería haberme dado cuenta de que aquel tipo tenía unos dientes perfectos, blancos y brillantes, mientras que los de mi padre real eran feos y amarillos. Pero estaba obnubilado con el subidón de azúcar de los bollitos y, lo reconozco, deseando presumir del nuevo aspecto de mis padres.

–Deja que el niño coma tranquilo, que necesita alimentarse –dijo mi madre, relamiéndose.

–Bueno, vale. Me voy al trabajo –contestó mi padre.

Y, por un momento, se me ocurrió que era en verdad muy raro que mi padre estuviese en casa a aquellas horas. Pero otro pensamiento se superpuso al primero.

–Qué raro que Negro no venga a acompañarnos –dije.

Negro es mi gato, un gatito de ojos amarillos y pelo enteramente negro al que le encanta hacernos compañía en la cocina.

–¡Ah! ¡Qué rico estaba Negro! –musitó mi padre.

–¿Qué has dicho?

–Que ya aparecerá cuando quiera. Que tengas un buen día, hijo.

*

Por la calle me encontré con Ofelia, que es una niña de mi clase.

Ofelia es, sin exagerar, la última persona del mundo de quien sospecharían que planee hacer novillos. Ofelia nunca llega tarde, nunca lleva los deberes sin hacer, siempre se sabe la lección y siempre obedece al profesor, pero, por lo demás, es buena chica y nos llevamos bien.

Aquella mañana Ofelia parecía al borde de las lágrimas.

–No sé qué les pasa a mis padres –me dijo con un hilo de voz–. Están muy raros. Han ido al estilista, dicen, y se han puesto deslumbrantes, pero actúan de forma rara. No se han acordado de despertarme y querían atiborrarme a dulces en lugar de leche, y mi periquito ha desparecido, y mi madre no hacía más que hipar...

Estaba a punto de interrumpirla, porque lo de el estilista y el comportamiento anómalo me sonaba familiar, pero cuando mencionó el hipo de su madre pensé que también ella desbarraba, sólo que entonces añadió:

–Y cada vez que hipaba le salían plumitas verdes de la boca.

–¡¿Piensas que tu madre se ha comido el periquito?!

–Sí, esa..., quien sea, se ha comido a mi periquito –afirmó con rabia Ofelia.

Entonces me acordé de aquello negro, como un rabito de gato, que había visto colgando de la boca de mi padre. Recordé su comentario y comprendí por qué Negro no había ido a saludarme.

–No puede ser –negué débilmente. Yo no quería renunciar a unos padres fardones que era amigos de alimentar con dulces a los niños.

Llegamos al colegio a la hora del recreo y no fuimos los últimos en llegar.

El caos era absoluto.

La mitad de los niños vestían de calle porque sus madres no les habían preparado el uniforme. Algunos iban con ropas tan estrafalariamente grandes o tan escandalosamente cortas que era evidente que los habían vestido con prendas que no les correspondían.

Algunos iban en pijama. Otros con zapatillas en lugar de zapatos. Casi nadie se había peinado. Más de la mitad habían olvidado los libros en casa. Algunos habían olvidado traer a sus hermanos pequeños.

Los profesores no ayudaban a poner orden. ¿Por qué? Muy sencillo, porque todos estaban “transformados”. Estábamos, posiblemente, ante el cuadro docente más espectacular de la historia: profesoras altas, esbeltas, rubias o morenas, pero todas guapas y profesores musculosos de abundante cabellera, barriga plana y sonrisa deslumbrante.

Eran perfectos, pero se habían vuelto inútiles como profesores. Ninguno se acordó de llevar a sus alumnos a clase, ninguno tenía ganas de preguntar la lección ni de corregir los problemas. Se dedicaban a pasear su escultural anatomía de un lado a otro, dirigiendo blancas sonrisas a troche y moche.

Así que los alumnos hacían lo que les daba la gana.

Unos jugaban a la pelota en el pasillo; otros deshojaban libros en el vater, con el consiguiente atasco e inundación del aseo; otros jugaban al pilla-pilla por entre las mesas del aula; otros pintaban las paredes...

Yo empezaba a cansarme de rayar el cristal de una puerta con una piedra cuando oí que me llamaban.

–Roldán...

Ofelia señaló a una pareja de profesores que se paseaba por entre los alumnos de infantil.

–Están seleccionando a los niños –me dijo Ofelia con cara de miedo.

–¿Para qué? –pregunté sin entender nada.

–Míralo. Les palpan en el bracito o en el muslo y se llevan a los que están más blanditos.

No me podía creer lo que escuchaba.

–No, espera, no. Eso si que...

Antes que añadiese una palabra más, un grito de espanto resonó por encima del considerable barullo que reinaba en el patio para apagarse casi en seguida.

Los seleccionadores acababan de escoger a una niñita. Uno de ellos se relamía, exactamente como se había relamido mi nueva madre rubia y guapa mientras me veía comer bollitos. Sentí que me quedaba blanco como la tiza.

–Se los llevan por allí –gimió Ofelia. Señalaba hacia la puerta que llevaba a las cocinas–. Y ninguno de los que han entrado ha vuelto a salir.

–¿Qué... qué podemos hacer? –pregunté.

–Tenemos que traer a la policía –dijo Ofelia con determinación.

Nos giramos a la vez. La puerta del colegio estaba abierta. A ninguno de aquellos falsos profesores se le había ocurrido cerrarla.

Corrimos los dos hacia la calle y, una vez en ella, seguimos corriendo por la acera, dando voces para llamar a la policía.

Los vimos de repente, en una esquina. Estaban fuera del coche patrulla. Uno de los policías sostenía en brazos a un chiquillo que lloraba e hipaba. A su lado había una pelirroja estupenda.

Ofelia se paró en seco y yo me paré también.

–Esta no es mi mamá –gritaba el niño.

–Claro que lo es –afirmaba muy sereno el policía– Y tienes que ir con ella, que va siendo hora de comer.

Entonces me di cuenta de que los dos policías también eran estupendos, rubios, altos, de ojos azules y dientes blanquísimos. Y comprendí que hablaban de la comida de la pelirroja, no de la del niño.

–Vámonos –musité.

Pero era demasiado tarde. El segundo policía nos había visto y se acercaba a nosotros.

–Tendríais que estar en el cole –nos dijo afablemente, dejándonos ver sus dientes blancos y perfectos.

Supongo que se me subió la adrenalina a la cabeza. No estoy seguro de eso, pero de lo que sí estoy seguro es de que algo se me subió a la garganta. El caso es que agarré a Ofelia por el brazo, pateé la rodilla del poli con todas mis fuerzas y de nuevo echamos a correr.

Empezaron a perseguirnos: el poli grande como un armario con el chiquillo lloroso bajo el brazo, la pelirroja despampanante y otra señora de muy buen ver que se les sumó. El otro poli, el que yo había pateado, se metió a la pata coja en el coche patrulla para pedir refuerzos.

¡Cómo corrían! Pese a que Ofelia y yo regateábamos por entre coches y viandantes, nos pisaban los talones. La pelirroja me agarró por el cuello del jersey, sentí su respiración en la nuca, pensé que me iba a arrancar la oreja de un mordisco. Me revolví como un loco y la dejé con el jersey en las manos... Mejor dicho, en la boca.

Lo escupió y siguió corriendo tras de mí.

Un coche de policía apareció de repente frente a nosotros. Se subió en la acera y casi atropella a Ofelia. A través de la luna delantera pude ver los rostros perfectos y los dientes acerados de sus ocupantes.

Nos han rodeado. No podemos escapar de ellos.

Les relucen los ojos. A uno de ellos le cae un hilo de baba por la comisura de la boca. Tienen los dientes increíblemente blancos e inusitadamente afilados.

Estamos perdidos.

¡AAAAAAAh!

27 Aralık 2020 00:00:10 5 Rapor Yerleştirmek Hikayeyi takip edin
12
Son

Yazarla tanışın

Mavi Govoy Estudiante universitaria, defensora a ultranza de los animales, líder indiscutible de “Las germanas” (sociedad supersecreta sin ánimo de lucro formada por Mavi y sus inimitables hermanas), dicharachera, optimista y algo cuentista.

Yorum yap

İleti!
John  Romero John Romero
Me gustó mucho esta historia. Tienes el don de mantener al lector pegado al libro de principio a fin de tu historia. Felicidades
September 26, 2021, 23:27

Jonathan Sanchez Jonathan Sanchez
😮😮 Semejante historia! Es increíble!
January 10, 2021, 08:07

  • Mavi Govoy Mavi Govoy
    Personalmente, me cuesta idear historia de suspense, pero creo que es una temática poco explotada para el público infantil y quise hacer una prueba. January 10, 2021, 09:39
  • Mavi Govoy Mavi Govoy
    Gracias por la reseña. Acabo de leerla y me ha dejado sin aliento. January 10, 2021, 09:41
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