ignarodriguez Ignacia Rodríguez

En este país de terremotos, el más reciente ha venido de manos de la ciudadanía y no de la naturaleza. Gabriela vive los cambios más profundos del país en las últimas décadas y refuerza la idea que tiene de su pueblo: luchadores que jamás se rinden y que siempre están para ponerle el hombro a quién los necesite. Historia creada para la Copa de Autores 2020 #TheAuthorsCup #TheMacroCountry ©2020 Todos los derechos reservados


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Estallido Social

No era nacionalista, le resultaba imposible decir que amaba a su país, incluso las costumbres de otros chilenos le parecían muchas veces un fastidio. Pero había algo que sí amaba de su gente, ese rasgo característico que, se arriesgaba a pensar, había sido heredado de la sangre nativa que todavía corría por las venas de los habitantes de esa extensa franja de tierra llamada Chile: eran luchadores. Guerreros y guerreras que a pesar de la adversidad nunca se rendían, seguían dando la pelea sin importar los golpes entregados por la vida y la naturaleza. También amaba ese sentido de comunidad frente a la adversidad que se hacía presente sin importar religión, etnia, creencias políticas, género, ni condición social.


Era una adaptación necesaria para los habitantes de un país constantemente azotado por la naturaleza, un lugar en donde se puede ser arrancado de la cama por terremotos que destruyen ciudades en una o más regiones y, en las zonas costeras, después de un sismo de intensidad considerable hay que huir a los cerros para no ser tragado por el maremoto; los chilenos también saben de avalanchas, volcanes durmientes que se despiertan de pronto, ríos que salen de su cauce provocando inundaciones varias, e incendios forestales. Hasta 2019 el único desastre natural que faltaba era un tornado, pero eso se solucionó cuando la madre naturaleza envió uno al sur de Chile. Aunque, la verdad, ninguno de esos eventos sorprendía demasiado a Gabriela ni a otros compatriotas, en particular los temblores o terremotos. Después del megaterremoto de 2010 la cultura sísmica del país terminó de arraigarse y ya eran muy pocos los chilenos huyendo a causa de un sismo de intensidad menor a Richter 7. Pero, incluso ante esa tolerancia desarrollada, ella estaba segura de que ante un golpe de la naturaleza que dejara a cientos de chilenos damnificados la sociedad civil se organizaría para recibir y repartir donaciones, hacer colectas en dinero para las familias afectadas, y reunir manos dispuestas a ayudar a quién lo necesitara. Porque nunca se esperaba el pronunciamiento de la autoridad, así eran las cosas, el chileno iba en ayuda del compatriota caído sin necesidad de órdenes.


Para Gabriela, Chile era su gente, su sentido de comunidad ante la adversidad, esa fuerza con la que se levantaba después de cada desastre y esa hermandad que salía a relucir ante la desgracia. Lo veía a diario, sus vecinos vivían peleándose como animales por culpa del fútbol: uno del «Colo» y el otro de la «U» [1]. Pero cuando al vecino albo le dio un ataque al corazón, el chuncho fue el primero en responder al grito de auxilio de la hija del colocolino y, cuando el azul perdió su cocina en el terremoto, el del cacique le prestó la suya. Después del terremoto se insultaban como siempre, hasta terminaron en el hospital después de pelearse por un clásico, pero las riñas eran solo para los buenos tiempos, porque cuando había una desgracia apoyarse entre todos era un deber. Un compromiso implícito. Una ley no escrita.


Y ese día, ese 25 de octubre de 2019, ese sentido de unidad ante la adversidad se hizo más fuerte que nunca. Su piel se erizó con los cánticos, los gritos, la música, los bailes y la energía de miles de chilenos que repletaron la Alameda, más de un millón de personas marchaban con ella por la Avenida Bernardo O’Higgins en Santiago de Chile. No marchaban por una victoria de la selección de fútbol, ni para dar la bienvenida a una celebridad o a algún compatriota galardonado en el extranjero. No. Marchaban para exigir mejoras a un sistema que había abusado de los chilenos durante los últimos 30 años. Más de un millón de personas recorriendo la arteria principal de Santiago de Chile hasta llegar a Plaza Italia, renombrada Plaza Dignidad por la masa de protestantes (tanto por los que estaban allí como por los que apoyaban a distancia), porque esa era la demanda: dignidad.


Nunca se imaginó que el llamado a evasión de los estudiantes secundarios sería lo que destaparía la olla a presión que era Chile hasta ese momento. Los estudiantes llevaban una semana saltando el torniquete para evadir el pago del pasaje del tren subterráneo, poco a poco, el resto de la ciudadanía se fue sumando a la protesta evadiendo o con cacerolazos y bocinazos en las calles. Eso hasta el 18 de octubre. Estuvo allí ese día, aquel viernes cuando todo escaló y se le salió de las manos al gobierno en las estaciones de metro más concurridas. Ella también apoyó la evasión, al igual que muchos compatriotas, porque no se trataba de un aumento de 30 pesos en el pasaje del metro (eran menos de 5 centavos de dólar). No, no eran 30 pesos, eran 30 años de aguantar que todo subiera menos los sueldos, de aguantar abusos, de escuchar discursos vacíos de autoridades que no conocían la realidad del 80% de los chilenos, de agachar la cabeza y luchar contra la vida como era su naturaleza, disfrazando las injusticias de romanticismo. Ese día hubo desmanes, ella misma no pudo regresar a casa en metro, pero no le importó y percibía que a muchos compañeros de viaje tampoco, porque ya todos habían tenido suficiente y la violencia ejercida por carabineros en contra de algunos estudiantes también le había parecido demasiado. Comprobó que su percepción era acertada cuando en el noticiero entrevistaron a pasajeros que, como ella, tuvieron que caminar o tomar otro medio de transporte.


Todo había pasado muy rápido, ni siquiera se inmutó cuando en la televisión mostraron sectores de Santiago en llamas, sus padres tampoco. Los jóvenes que estaban allí haciendo barricadas eran la manifestación de esa ira reprimida en contra del sistema que muchos compatriotas, como ella y su familia, compartían, por lo que entendían el deseo de quemarlo todo. Y, tal como se dijo más tarde en redes sociales, les habían quitado tanto que les habían quitado el miedo. La sombra de la dictadura y la represión militar ya no estaba tan presente en la memoria de las generaciones más jóvenes, no estaban dispuestos a ver cómo subían los pasajes del metro, el coste de luz, agua, comida y vivienda, cuando en sus casas ya hacían malabares para comer a diario.


Claro que no todo el mundo estaba de acuerdo. «Esa no es la forma», decían y comentaban que compartían el fondo, pero no justificaban la destrucción de la ciudad. Gabriela rio de forma amarga cuando leyó esos comentarios en redes sociales y cuando aparecieron también en televisión. ¿Cuál era la forma entonces? ¿Cuántos años llevaban marchando pacíficamente por la Alameda y en regiones esperando a que los gobiernos escucharan las demandas ciudadanas? Porque el señor Piñera solo tuvo la mala suerte de que todo explotara en su mandato, pero el enojo era en contra de todos y cada uno de los gobiernos que habían pasado. Lamentablemente, en ese país tenía que, en buen chileno, «quedar la grande» para que las autoridades se dignaran a mirar al pueblo desde su castillo en las nubes.


La madrugada del sábado 19 de octubre, el presidente Sebastián Piñera anunció «Estado de Emergencia» por alteraciones al orden público, el primero después de la vuelta a la democracia. Los militares salieron a la calle y se estableció un toque de queda para la región metropolitana que luego se expandió a 15 de las 16 regiones del país porque en todos lados se habían sumado a la protesta. Los casos de compatriotas que sufrieron vulneración de sus derechos, torturas y pérdidas de uno o ambos ojos crecían día a día, pero no dejaron de marchar. No dejaron de luchar, de exigir respuestas reales en vez de las mismas promesas vacías de siempre, se mantuvieron firmes sin ceder hasta tener una propuesta que no se quedara dentro de un simple discurso. Pero, en vez responder a las solicitudes de la sociedad civil, el gobierno se enfocó en los desmanes, sin entender que los desmanes iban a parar cuando el presidente diera un discurso donde demostrara que estaba escuchando. Y, precisamente, uno de los grandes desaciertos del señor presidente había sido la polémica declaración «Estamos en guerra contra un enemigo poderoso». Gabriela y sus padres rieron cuando lo escucharon. Sí, un enemigo poderoso que tenía como armas ollas y cucharas de palo. Los memes no se hicieron esperar y, gracias a esas palabras, ella y otros 1.199.999 chilenos y chilenas se habían reunido para protestar de forma pacífica, y sobre su cabeza descansaba la bandera chilena gigante que citaba «Chile despertó» y «No estamos en guerra».


La calle vibraba, era una fiesta, una fiesta de la ciudadanía, un llamado a la unidad y a la democracia. Un pueblo unido esperando a ser escuchado, esperando que las violaciones a los derechos humanos cesaran y esperando que el gobierno accediera a hacer cambios profundos para mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos y residentes. Era casi irreal ver tanta diversidad caminando por las calles, todos empatizando con todos, todos exigiendo lo mismo. Vio a los de la «Garra blanca» abrazados con «Los de Abajo» y «Los Cruzados» [2], marchaban juntos como hermanos y no como enemigos, ¡¿cuándo había pasado eso en la historia de Chile?! ¡Es que era casi un milagro! Había muchos adultos mayores incluso más motivados que los jóvenes, quizás nunca verían los cambios, pero marchaban por sus nietos. Había banderas mapuches ondeando junto a las banderas chilenas. Todas las consignas sociales, los diferentes credos, las diferentes etnias, los diferentes géneros; todos reunidos con respeto y como hermanos.


Gabriela estaba a punto de llorar de emoción porque allí, en ese mar de gente, no había ni hombres ni mujeres, no había ni jóvenes ni viejos, no había ni estudiantes ni profesionales, no había ni comunistas ni capitalistas, no había ni creyentes ni ateos; había personas, solo personas. Seres humanos exigiendo una dignidad robada, marchando bajo la consigna «Nos quitaron tanto que nos quitaron el miedo». En ese gentío, había personas que no tenían grandes necesidades, pero sabían que otros sí las tenían. Gabriela pertenecía al primer grupo, había estudiado a costa del sacrificio de sus padres y de endeudarse en un crédito universitario de por vida, tenía un trabajo, pero sabía que en el momento en que alguno de sus padres se enfermara era el fin de su tranquilidad. Como le pasaba a la vecina de al lado que gastaba cada peso que tenía en su madre, postrada y oxígeno dependiente, sabía que ella deseaba formar familia, pero no lo hacía porque eso era sinónimo de dejar de lado los cuidados de su madre.


Marchaba por ella, por los pacientes que atendía en el servicio de salud y por los tantos que esperaban por una atención en esa eterna lista de espera, marchaba por sus padres y las jubilaciones miserables que iban a recibir, marchaba por sus sobrinos y la esperanza de que ellos tuvieran acceso a educación gratuita y de buena calidad, marchaba por la belleza natural del país siendo destruida por manos ambiciosas, marchaba por esas personas que viven el día a día pensando en si tendrán para alimentar a sus hijos el día siguiente, por todos ellos y por muchos otros; y sabía que quiénes caminaban con ella por la Alameda tenían el mismo sentimiento. No se trataba de riñas absurdas entre ricos y pobres, ni de la eterna guerra entre capitalismo y comunismo (ambos sistemas habían fallado en su opinión), se trataba de justicia social, de equidad y de caminar juntos pensando en el país como un todo.


Ese día, todos los movimientos sociales que hasta entonces habían estado luchando por separado, se unieron en uno solo, en una gran voz que exigía a sus autoridades hacer su trabajo y preocuparse de todos, y no solo de algunos. El presidente no escuchó… Dio un discurso diciendo que había sido una bonita marcha, pero ningún atisbo de comprender las demandas de la ciudadanía.


—Parece que hay que dejar que lo rompan todo. Cuando se hacen las cosas de forma civilizada es como si escucharan menos —comentó su amiga Gabriela cuando llegó a su turno al otro día.


No faltó el que la criticó diciéndole que era comunista por unirse al movimiento. Todos los que no estaban de acuerdo con las protestas tachaban a quiénes sí las apoyaban de comunistas y vivían repitiendo que Chile iba a terminar como Venezuela. «Ridículos. Como si no existieran países con seguridad social en el mundo», pensaba Gabriela. Al principio intentaba explicarles que países como Finlandia no eran comunistas y que hasta la gente más pobre tenía una vida digna sin pensar en tener tres trabajos, pero luego se rindió porque entendió que no querían escuchar.


Las protestas y desmanes siguieron. Le resultaba increíblemente frustrante escuchar las franjas con mensajes del gobierno, porque cada vez que el presidente hablaba era como si estuviera tratando de apagar un incendio con gasolina. Pero se consolaba al ver que al menos la revolución servía para que los parlamentarios comenzaran a trabajar en serio por primera vez en sus vidas, en menos de 3 meses habían aprobado más leyes que en los últimos 7 años, leyes que estuvieron durmiendo en el congreso por casi una década o más fueron tramitadas rápidamente en solo un par de meses. Las fallas en la constitución también quedaron en evidencia, cada vez que la modificación de una ley implicaba afectar algún gran negocio era «inconstitucional», cuando se quería beneficiar las pensiones de vejez con una modificación a las AFP era «inconstitucional», cuando se hablaba de acceso gratuito a educación de calidad ¡sorpresa! ¡Inconstitucional! Por lo que el pueblo comenzó a exigir una nueva constitución. Después de un largo tira y afloja, y del circo político de rigor con algunos partidos de oposición en plan de niño de cinco años que no quiere sentarse a la mesa con el que le cae mal, se estableció un acuerdo entre los diferentes partidos políticos del país y se agendó un plebiscito en abril, para votar si los chilenos aprobaban la creación de una nueva Carta Magna o no.


Entonces comenzó a aparecer la propaganda del apruebo y el rechazo, y a las marchas por motivos sociales se sumaron las consignas #apruebo y #rechazo.


En ese país de terremotos, hasta la naturaleza pareció comprender que esta vez los sismos venían de la mano de los ciudadanos que querían derribar las injusticias para heredar un mejor país a sus descendientes, también de quiénes comenzaron a oponerse por el miedo a una constitución completamente nueva. Lo extraño era que, a final de cuentas, todos concordaban en que los cambios eran necesarios para darle dignidad a muchos que vivían casi en la miseria, solo que hacer una nueva constitución sonaba demasiado radical para algunos.


—¿Y tú? ¿Qué vai a votar? [3] —le preguntó uno de sus compañeros mientras caminaban al trabajo, cubriéndose la boca y nariz para evitar aspirar los químicos de las bombas lacrimógenas.

—Sipo, apruebo[4]. Obvio.

—Comunacha tenía que ser —dijo con tono entre jocoso y ofensivo.

—Facho tenía que ser —respondió en el mismo tono.


La tensión entre ellos subió de golpe, se miraron casi con odio y la guerra de argumentos a favor o en contra que se avecinaba se olía en el aire. Pero ninguno de ellos dijo palabra porque en ese instante escucharon los gritos de auxilio de una joven, llevaba a rastras a un chico que había recibido el impacto de perdigones en sus ojos. Se olvidaron de sus prejuicios y de la opción que tomarían en el plebiscito, en ese minuto lo único importante era el joven que podía perder la vista si no actuaban rápido y no lo llevaban a un hospital. Ella no dijo nada acerca de la violencia policial, él no dijo nada acerca de la forma violenta de protestar. Un compatriota necesitaba su ayuda, no importaba el bando, las riñas no tenían lugar en momentos de desgracia.


Fotografía tomada por un dron en Plaza Dignidad/Italia el 25 de octubre de 2019.


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Notas:

[1] Colo-Colo y Universidad de Chile son dos de los clubes de fútbol más populares de Chile. Cuando se dice el albo o el del cacique se refiere a un hincha de Colo-Colo, mientras que chuncho o el azul hacen referencia a uno de Universidad Chile.

[2] «Garra blanca», «Los de abajo» y «Los Cruzados» son los nombres de las tres barras bravas más grandes de Chile. La primera corresponde a Colo-Colo, la segunda a Universidad de Chile y la tercera a Universidad Católica, respectivamente. En condiciones normales sus hinchas no pueden verse ni en pintura, pero durante las marchas de verdad caminaron juntos.

[3] Vai: chilenismo que quiere decir «vas».

[4] «Sipo, apruebo» es una frase que se repite en la propaganda del apruebo hecha en redes sociales.

15 Ekim 2020 01:17:22 2 Rapor Yerleştirmek Hikayeyi takip edin
4
Sonraki bölümü okuyun Pandemia

Yorum yap

İleti!
Lily Estrada Lily Estrada
Me encanta que te hayas animado a incursionar en este género. Es un excelente trabajo lo que lograste aquí.
October 15, 2020, 02:37

  • Ignacia Rodríguez Ignacia Rodríguez
    ¡Gracias! Este sí que ha sido un verdadero reto para mí y... Bueno, la verdad me dio un poco de miedo después de publicarlo 😅, porque es algo muy reciente y la opinión respecto a estos eventos está dividida. Incluso muchos podrían cuestionar esa solidaridad que sé tenemos los chilenos debido a eventos recientes. Pero es lo que veo a diario, de verdad tengo vecinos que no se pueden ni ver, pero si alguno necesita una mano eso pasa a segundo plano. En fin, mucho texto xD ¡Gracias por leer! :D October 15, 2020, 02:45
~

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