criseme Cris Eme

Leningrado 1965. Cuatro historias surgen y se entrecruzan de forma clandestina entre las calles de Leningrado, uniéndoles un destino común.


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Hasta los huesos


Leningrado, noviembre de 1965

Sasha

El viento helador procedente del oeste sacudía con fuerza la ciudad de Leningrado, haciendo aún más incómodo el transitar de los viandantes a su paso por el centro histórico de la ciudad. Ello, junto con la imagen acostumbrada del río Neva completamente congelado eran síntomas inevitables de la llegada del devastador invierno.

Aleksandr Volkov consultó su reloj y suspiró. Se encontraba en las inmediaciones de la residencia de estudiantes donde se hospedaba desde hacía tres años y en menos de un cuarto de hora debía prepararse para ir a trabajar:

—Me lo he pasado muy bien hoy, Sasha —oyó una voz a su lado que le sacó de sus pensamientos enseguida y se volvió hacia ella.

Irina era su novia desde hacía exactamente un año y, por ello, había decidido invitarla a ver una función de ballet representada por la Casa de Cultura del sindicato industrial y luego a cenar. No era un plan demasiado elaborado pero la dulce sonrisa en su rostro le bastó para saber que ella lo había disfrutado.

Se pararon enfrente de la puerta antes de despedirse sin decir nada. Irina le miraba con curiosidad mientras él rebuscaba en su cartera algo más que tenía preparado para ella, un regalo que sabía que sería muy especial.

—Antes de irme, quiero darte esto —dijo mientras le entregaba un paquete plano y en forma cuadrada— ¡Feliz aniversario, Irina!

Ella lo tomó entre sus manos y le miró confusa sin saber qué era. Pero, cuando quiso desenvolverlo allí mismo, él la paró tomando sus manos y, acercando sus labios a su oreja, le susurró suavemente:

—Espero que seas capaz de sentir el jazz hasta los huesos.

Entonces pudo ver en sus ojos cómo la comprensión la invadía y, súbitamente, sintió sus brazos rodeando su cuerpo con cariño mientras no dejaba de musitar contra la piel de su cuello lo agradecida que estaba por el regalo.

Se despidieron enseguida y acordaron verse al día siguiente otra vez antes de tomar cada uno su camino en dirección a sus hogares. Sasha entró por fin en la residencia sintiendo que flotaba de felicidad después de aquella cita. Estaba muy enamorado de ella y no podía esperar a que llegasen las vacaciones de invierno para poder realizar juntos aquel viaje a la península de Crimea que les había organizado el sindicato.

Pero su nube de alegría se disipó en cuanto puso un pie en la habitación en la que se alojaba. Igor Vasiliev, su compañero de habitación y también en el trabajo, estaba fuera de sí, moviéndose de un lado a otro por el lugar como si fuese un animal enjaulado. En cuanto posó sus furiosos ojos azules en él, le espetó:

—¿Por qué has tardado tanto? ¡Vamos a llegar tarde!

—¡Claro que no! He llegado justo a tiempo —se defendió Sasha mostrándole su reloj como prueba.

—Bueno, date prisa en coger las cosas —contestó mosqueado mientras se dirigía a la puerta de salida—. Estoy abajo esperándote. No olvides esta vez la Propiska, no quiero volver a interceder por ti.

Entonces se fue y Sasha sólo pudo chascar la lengua al ver su pasaporte interno una vez más olvidado encima de la mesa de noche. Había sido una suerte que nadie le hubiera hecho un control.

Asumiendo que su personalidad olvidadiza era inevitable, tomó el documento y lo guardó en la cartera después de enfundarse en su uniforme de trabajo para salir detrás de Igor a toda velocidad.

Ambos salieron de allí en dirección al metro que los llevaría al puerto de Leningrado, su lugar de trabajo. Los dos estudiaban en el Instituto Politécnico de Leningrado la carrera de Ingeniería Náutica y realizaban a la vez las prácticas laborales de sus estudios en dicho puerto.

Sentados en un vagón del metro, dejaron pasar las sucesivas estaciones hasta llegar a destino sin decirse ninguna palabra. Sasha estaba cansado y sólo esperaba que llegase el día de descanso semanal para poder dormir toda la mañana. Recordó de pronto a Irina y se volvió a su compañero para decirle:

—A Irina le ha gustado el regalo.

Vio a Igor sonreír al escucharlo y relajarse de forma instantánea, antes de contestar:

—Me alegro. Ese era el que mejor sonaba de todos los que nos ofreció Popova, aunque creo que está mejorando la técnica.

—Es toda una experta —comentó sin más, no queriendo seguir hablando de aquel tema. Era algo peligroso si llegaba a oídos ajenos.

Llegaron finalmente al puerto y mostraron sus Propiskas para poder acceder por la puerta de los trabajadores. A esas horas de la noche había poco tránsito por allí y fácilmente pudieron escabullirse del camino hacia donde tenían que trabajar.

Antes de fichar por su jornada tenían otro cometido que realizar y no podían llegar tarde al punto de encuentro. Cada minuto perdido era un riesgo a ser descubiertos y eso lo sabían ambos notando cómo sus corazones aumentaban sus latidos a medidas que iban acercándose.

Allí ya les esperaban. Era un estibador portuario que se encontraba dando vueltas por el lugar fumando de forma frenética y claramente nervioso. Cuando los vio llegar, lanzó el resto de la colilla lejos de allí y se acercó a ellos en dos zancadas.

—Acaba de llegar lo que pedisteis. Recién descargado de un buque procedente de Alemania que entró esta tarde.

Les mostró una caja que rápidamente procedieron a comprobar su contenido. Debajo de un kilo conservas de arenques encontraron su pedido y lo sacaron para inmediatamente guardarlo de forma ordenada en un bolsillo de su cartera que ambos habían cosido como doble fondo. No era la primera vez que realizaban esos negocios.

—Me temo que esta vez van a tener que ser dos rublos por cada unidad —les informó el estibador provocando que ambos se escandalizaran.

—La otra vez era un rublo —se quejó Igor indignado.

—Cada vez es más difícil introducir esto desde la RDA —contestó el estibador muy serio—. Lo tomáis o lo dejáis, vosotros veréis.

Igor y Sasha se miraron por un momento, pero finalmente recularon y sacaron el dinero que les pedía. Ya ajustarían cuentas con los demás.

El estibador aceptó el dinero de buen grado y se esfumó de allí en cuestión de segundos. Los dos estudiantes hicieron lo propio deshaciendo lo andado en dirección a su lugar de trabajo:

—Sasha, ¿tú crees que merece la pena lo que hacemos? —murmuró Igor a su lado muy serio— Nos estamos jugando la cárcel y además cada vez nos cuesta más dinero.

Sasha pensó en lo que su amigo decía y, en principio, llegó a la misma conclusión que él. Desembolsaban una cantidad importante de su salario de estudiante por algo que cada vez les reportaba menos beneficios y que, además, iba en contra de las leyes. Sin embargo, pensó en la sonrisa que su novia le había dedicado al saber lo que le había regalado y repentinamente olvidó todo lo demás. Sólo por ese remanso de libertad que sentía al realizar todo aquello, merecía la pena arriesgarse.

Mila

El calor se había acumulado en aquella pequeña habitación y el humo de su cigarro sólo hacía que la estancia en aquel lugar fuera más insostenible. Pero a ella no le importaba, siempre había creído que trabajaba mejor en lugares poco ventilados, aunque nunca nada le hubiera demostrado eso.

Mila Popova se encontraba inmersa en un complejo proceso de grabación que cada día perfeccionaba más. Era un trabajo casi artístico y que no admitía el más mínimo error, tenía que sonar tal cual al original.

Una vez finalizado, sacó la maqueta de la grabadora y la contempló impresionada por el poco tiempo que había tardado en plasmarla en el nuevo material de grabación. Con las tijeras comenzó a recortar una nueva lámina de material de forma redonda, siguiendo el patrón de un disco de vinilo original y con el resto de colilla que le quedaba del cigarro quemó el centro del círculo formando un agujero para que pudiera encajar en la grabadora. Llevaba tanto tiempo trabajando en ello que el proceso era prácticamente mecánico.

Con la guitarra de Elvis Presley sonando rítmica en su tocadiscos, no se percató de que alguien había entrado en su autodenominado estudio de grabación hasta que escuchó su voz de forma repentina:

—No sé cómo aún puede albergar vida este cuartucho infernal —esa voz cargada de reproches por su modo de vida le provocó una sonrisa.

—Bueno, todo es posible. También creíamos que no se podía vivir en el espacio y mira Yuri Gagarin —contestó ella dándose la vuelta y encarando por fin a su hermana mayor Katia.

Su hermana, de apellido Lukina desde que se casó hacía dos años, había dejado una voluminosa caja sobre su mesa para, acto seguido, emprenderla a manotazos con el humo de tabaco que ya impregnaba cada rincón de la estancia. No podía evitar encontrarlo realmente divertido:

—Vas a acabar matándote, Mila —se quejó Katia—. El aire aquí es irrespirable.

—¡Bah, déjame! —contestó ella mientras rebuscaba en la caja que le había traído su hermana— Esta vez has traído un montón, muchas gracias.

—No me resulta muy difícil sacarlas del hospital, están como locos por deshacerse de ellas —repuso la otra sentándose en otra silla que había.

Mila sacó el contenido y descubrió ante sí un montón de radiografías usadas que ya no tenían ningún valor. Levantó una al azar para observarla a la luz de la única bombilla del lugar. Podía vislumbrar a la perfección la forma de una tibia seccionada de una forma que podía adivinar un accidente de esquí en ella, ese tal Mijail Smirnov había tenido una lesión de lo más aparatosa.

—¿Tienes nuevo material para grabar? —preguntó Katia observando la pila de radiografías enfundadas en plástico preparadas para ser distribuidas.

—Sí, esta mañana temprano unos trabajadores del puerto me trajeron los originales —le contó mientras volvía a encenderse otro cigarro y se decidía a apagar la música del tocadiscos—. Pero habrá que subir el precio de las copias, cada vez es más difícil conseguirlos.

—¿Puedo ver lo que tienes? —preguntó.

Asintió y se levantó para coger de una estantería una pequeña pila de discos de vinilo que dejó ante los ojos de su hermana. Katia comenzó a revisarlos tranquilamente mientras Mila caminaba por la habitación tratando de estirar los músculos después de tantas horas de estar en la misma postura trabajando.

Al momento escuchó a su hermana gritar emocionada y, cuando la vio mostrarle uno de los vinilos que le habían traído, no pudo evitar sonreír:

—¡No puedo creerme que te hayan traído esto! Creí que jamás volvería a escucharla.

La cara de tierna felicidad que le devolvía Katia con ese vinilo aún entre sus manos le provocó el impulso de estrujarla entre sus brazos con fuerza. No pudo evitar remontarse al pasado al ver el nombre del grupo y la canción que le estaba mostrando.

Verano de 1963 en la ciudad de Londres. Ella llevaba trabajando como periodista dos años en el diario Izvetia y había sido enviada a la capital británica para cubrir una noticia de especial trascendencia para el gobierno soviético. Viajó hasta el lado occidental junto con un cámara, su editor y su hermana mayor a la que habían permitido acompañarla y todo lo que vio allí le fascinó.

Pero lo que, sin duda, más marcó su vida a partir de aquel momento fueron los Beatles. Sólo escuchar All my loving en la radio de un coche que los llevaba al hotel de la prensa fue suficiente para que la banda se llevase parte del corazón de las hermanas y, cuando volvieron a Leningrado, Mila supo que era lo único que quería escuchar a partir de aquel momento.

Se acercó hasta donde estaba Katia y tomó el vinilo entre sus manos sin dejar de mirarla. Ambas sabían que el deseo de volver a escuchar aquella inocente canción occidental era lo que había iniciado aquel camino clandestino de grabación de música prohibida. Sabían que era peligroso y que iba en contra de toda la ideología que habían aprendido toda su vida, pero, ¿qué podía haber de malo en algo que causaba tanta alegría?

—Esa canción sólo la grabaré para nosotras, Katia —dijo finalmente sonriendo—. Es nuestra canción.

Vio a su hermana asentir, pero, de repente, comenzó a toser de forma desagradable, rompiendo toda la magia que se había creado entre ellas por los sentimientos de nostalgia y alegría. Mila contempló la habitación llena de humo y, por fin, pensó divertida, que quizá debería ventilar de una vez la habitación.

Georgi

Eran las seis de la tarde cuando salió por fin del colegio. Desde que era pequeño había tomado clases de violín de forma extra escolar y aquella era la hora que siempre había establecido con el profesor para ir.

Se había despedido de todos y había guardado con cuidado su violín en la funda para llevársela a la espalda. Estaba contento con todo lo que había mejorado y, aunque nunca lo reconocería en voz alta, agradecía profundamente a su madre haberle animado a aprender a tocar algún instrumento.

En cuanto salió del recinto escolar, una ráfaga de aire helado le golpeó con fuerza en la cara, obligándole a afianzar su bufanda de lana en el cuello. Las temperaturas habían descendido a una velocidad que le había sorprendido.

Giorgi Babichev tenía quince años. Aquel era el último año que pasaría en el colegio antes de empezar la Escuela de Formación Profesional y no sabía muy bien cómo sentirse. No le gustaba estudiar, pero debía reconocer que las múltiples actividades que le ofrecían en el colegio le mantenían lo suficientemente entretenido como para pensar que lo echaría de menos.

Encogiéndose de hombros, abandonó el lugar internándose por calles menos transitadas. Aún tenía un encargo que hacer.

Desde hacía tiempo había estado pasando mercancía de contrabando, burlando la vigilancia de la policía a cambio de unos cuantos rublos. Trabajaba para un tal Durkin con el que le había puesto en contacto su amigo Alexis y ya había traficado con drogas de occidente e, incluso, una partida de pantalones Levi’s. La gente del bloque oriental se perdía por baratijas capitalistas y él estaba dispuesto a sacar tajada de ello. Desde siempre le había gustado el dinero, era lo único que le movía y sabía que, de forma legal, en aquel país sería incapaz de hacerse rico. Ganándolo de aquella forma tan poco honorable para su madre socialista, sería la única forma de salir de aquella prisión que para él era el paraíso comunista.

Por fin llegó al lugar que le había indicado Dunkin y se sentó a esperar a que llegase su cliente. Se llevó la mano al interior de su voluminoso abrigo y sacó una petaca para llevarse a los labios un buen lingotazo de vodka y tratar de combatir así el frío que ya sentía. Las leyes prohibían que un menor como él bebiese, pero ya había demostrado más de una vez que no era muy amigo de ellas.

Observó por un momento la mercancía que llevaba en la mochila. No era la primera vez que entregaba aquello, eran como vinilos, pero mucho más flexibles. Nunca se había atrevido a sacarlos en público, pero ya sabía que estaban muy cotizados en el mercado negro.

Sin embargo, no pudo seguir observándolos, porque en ese momento oyó el sonido de unas pisadas que le alertaron de su llegada. Se levantó y encaró a otro joven que no debía contar con más de dieciocho años, enfundado por completo en un abrigo negro y fumando un cigarrillo.

—¿Traes la mercancía? —preguntó aquel chico con un fuerte acento moscovita que le puso repentinamente nervioso, cualquier detalle extraño podría ser una trampa.

—Sí, aquí la tienes —contestó el adolescente sacándola de forma disimulada y dejándola envuelta en el suelo—. Dunkin dice que son tres rublos por todo el paquete.

—Mi amigo me dijo que eran dos rublos —protestó el otro hombre.

—Han surgido problemas —contestó sin más. A él no le importaba, sólo quería el dinero y largarse de vuelta a su casa.

—Entiendo… —dijo aquel hombre como indiferencia y, de pronto, le vio chascar los dedos.

No tuvo tiempo para reaccionar. Se vio repentinamente inmovilizado por unos fuertes brazos que le impedían cualquier tipo de huida a la vez que, frente a él, empezaban a aparecer más hombres de otras calles. Trató de resistirse, pero el que le mantenía preso era más fuerte que él y le obligo a permanecer quieto sin dejar de mirar confuso al hombre de acento moscovita. Le vio entonces removerse el abrigo para mostrarle firmemente sujeto en su jersey algo que le heló la sangre. Era un pin con la imagen de Lenin, símbolo de las Komsomol, las juventudes leninistas del Partido Comunista. Era una trampa.

El hombre moscovita se acercó a él, sintiéndose empoderado rodeado de los de su calaña y registró sus bolsillos hasta hallar su carnet de estudiante de la escuela. Tras un leve vistazo, se lo mostró a sus compañeros y le dijo con tono petulante:

—Muy bien, Georgi Babichev, de la Escuela estatal Lenin I, creo que tenemos un par de temas sobre los que hablar. Acompáñanos.

Entonces, el hombre que le había inmovilizado le obligó a comenzar a andar y no tuvo más remedio que obedecer, empezando a notar cómo la ansiedad se adueñaba de él. Abandonaron la solitaria callejuela, dejando atrás su cartera y su violín aún apoyados contra la pared, como si allí nunca hubiera pasado nada.

Irina

El fuerte y melódico sonido de una trompeta, seguido inmediatamente por una orquesta de instrumentos de viento inundó la habitación y se dejó llevar por el ritmo del swing que tanto le recordaba a su infancia.

Sus padres habían sido grandes fans de la música swing antes de la Guerra y habían insuflado en ella el amor por aquella música tan mundana y popular. Pero pronto fue prohibida y no tuvieron más remedio que destruir aquellos discos para no tener problemas con el gobierno. Aun así, nadie de su familia había sido capaz de olvidar aquellas melodías.

Irina Fradkova amaba la música y su sueño era convertirse en la pianista más reconocida de toda la Unión Soviética. Su gobierno la había apoyado desde que era pequeña y había ingresado en el Conservatorio más importante de la ciudad. Pero, a su pesar, sentía que algo faltaba en su vida sin aquellas melodías del otro lado del Telón que habían despertado en ella todo el amor por la música.

Por eso, a pesar de la baja calidad que proyectaba aquel vinilo creado a partir de una radiografía de una tal Natasha y la poca vida útil que aquella era capaz de soportar, ese vinilo había sido el mejor regalo que su querido Sasha podía haberle ofrecido. Porque él sabía muy bien que llevaba el ritmo hasta en los mismísimos huesos.

Sonriendo, volvió a colocar la aguja del tocadiscos sobre el vinilo dispuesta a volver a escuchar aquella canción. Pero no pudo hacerlo, en ese momento su madre entró en su habitación y la instó a coger el teléfono porque era algo urgente.

Ella se apresuró a tomarlo y, al momento, escuchó la voz de Igor Vasiliev, el mejor amigo de Sasha. Lo que le dijo, le heló la sangre:

—Irina, soy Igor. El Komsomol ha hecho una redada en la residencia y han detenido a Sasha, yo he logrado ponerme a salvo. Parece que nos han descubierto y han detenido a todos los que trabajábamos en la distribución de los discos de huesos. Tienes que destruirlo.

Y colgó, dejándola profundamente devastada. Su mente quedó en blanco, incapaz de encontrar una solución para liberar a su novio y sólo pudo romper a llorar incapaz de comprender por qué la música podía ser un delito tan grave.

18 Temmuz 2020 00:01:14 8 Rapor Yerleştirmek Hikayeyi takip edin
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Son

Yazarla tanışın

Cris Eme Madrileña. Escritora y opositora. A la deriva por la fina línea del mundo real y el mundo de los sueños

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İleti!
LANABETH LANABETH
No sabía que necesitaba regresar a Rusia hasta que leí esto. Muy bueno tu relato. Te atrapa desde el primer instante.
3 weeks ago
EC Emiliano Cea
Me gusto mucho, me sentí atrapado apenas empecé a leer
May 25, 2021, 04:22
Karasu Dioniso Karasu Dioniso
Me gustó mucho! Que lástima que no lo continuará :(
February 01, 2021, 04:20
María José R. Cons María José R. Cons
Muy interesante tu relato.
December 31, 2020, 01:07
Pozo Valenzuela Pozo Valenzuela
Muy bueno. Hasta te invade el pánico de la represión. Un gusto estar leyéndola. Saludos 😊😊🌹 😎
November 12, 2020, 19:29
Gabriel Mazzaro Gabriel Mazzaro
Muy bueno! por favor, revisá algunas palabras nomás pero en general sumamente interesante. Adelante!
October 25, 2020, 21:27
Aleia Daus Aleia Daus
Me encanta. Tienes mucho talento Cris. Tal vez acortaría los capítulos, en plan: Sacha un capítulo, Mila otro. Y así. ¿Vas a publicarlo de forma seria?
October 17, 2020, 11:21

  • Cris Eme Cris Eme
    ¡Muchísimas gracias por tu comentario! Sí, también habría sido buena opción así, la verdad. Iba para un concurso de relatos cortos pero no sirvió y de momento no había pensado nada más que tenerlo aquí publicado. Me alegro de que te haya gustado. ¡Un saludo! October 17, 2020, 22:56
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