irenemacia Irene Maciá

El actor más famoso y admirado de la historia del cine mudo, el italiano Rodolfo Valentino, falleció el 23 de Agosto de 1926 a los 31 años, a consecuencia de una peritonitis provocada por complicaciones de un apendicitis mal atendida. Tras su muerte empezaron a circular las más extravagantes historias que se acumularon como parte del prematuro final de un mito convertido en leyenda. En este FanFic nos metemos 89 años después en la piel de Bill, personaje inspirado en los vigilantes de seguridad que custodiaron el cementerio que albergaban los restos mortales de la estrella, para conocer mejor estas historias. Cotilleos fraudulentos o relatos paranormales, Rodolfo Valentino no deja de formar parte de la etapa dorada de los inicios de la cinematografía.


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#hollywood #cine #Rodolfo-Valentino # #fanfic
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La dama de negro

Mucha gente no ha parado de preguntarme en tantísimos años que estuve trabajando de vigilante de seguridad en California qué fue lo mejor y lo peor de mi empleo. Tengo la suerte de contestar a ambas preguntas: lo mejor, haber podido poseer el privilegio de ser el guardián y custodio de los lugares donde pasaron las grandes estrellas de Hollywood; y lo peor, que cuando estas personas ya no se encontraban físicamente con nosotros, tuvieron sus peculiares formas de agradecerme el favor de mi compañía.

Mis experiencias en el trabajo se podrían considerar más o menos regulares, teniendo en cuenta que toparte con algún tipo de rastro de las leyendas del celuloide es prácticamente obligado en la meca del séptimo arte. Pero dentro de ese ritmo hay que hacer paréntesis en lo más sorprendente, por no decir espeluznante, que se puede vivir en Hollywood. Mucho se ha hablado de que si allí ocurre una tragedia con alguno de sus miembros, los límites se sobrepasan hasta tal punto que las consecuencias repercuten hasta muchos años más allá. Ahora lo habitual es ver correr ríos de dinero cuando un cantante deja este mundo de la peor forma posible, porque el morbo como excusa para conseguir nuevos productos suyos en un intento de inmortalizarlo, vende. No me vais a creer, pero yo soy uno de los pocos que se atreve a decir que, aunque ahora la tecnología está avanzando más rápido, los años veinte donde empecé a trabajar de vigilante fueron de los más salvajes, cuando los protagonistas de los escándalos fueron las caras del cine clásico, que en aquellos tiempos todavía daba los últimos coletazos en su etapa muda, poco antes de la llegada del cine sonoro.

Todo empezó el martes 24 de agosto de 1926, cuando acudí por la mañana a comprar el periódico para leerlo durante el desayuno, poco antes de empezar mi jornada laboral. Era concretamente un ejemplar de Los Angeles Records, un diario que a principios del siglo XX era de los tradicionales que se anunciaban en mano de un muchacho vestido con boina y abrigo al clásico grito de "¡Extra, extra!", mas la noticia más sobresaliente del momento, aunque en el caso de los dominios de Hollywood se podía rozar el sensacionalismo cuando de artistas se trataba. Desligué los cordones que ataban y envolvían el periódico en cuatro pliegues. Podría haber sido un ejemplar de otros tantos que ya había adquirido de no ser porque mi atención era llamada a él como ninguna antes. La diferencia con respecto a los que había comprado anteriormente consistía en que la foto de la portada la protagonizaba el actor estrella del momento, que casualmente había estrenado su última película ese mes y se hallaba en tarea de promoción de ésta hasta los días anteriores. A pesar de que la imagen mostraba el natural atractivo físico del hombre de perfil, poco tenía que ver la noticia con alabanzas a su hermosura. Las letras del titular, bien grandes y remarcadas en negrita, eran claras: VALENTINO HA MUERTO.

La úlcera provocada por un apendicitis pudo finalmente con él. Rodolfo Valentino había acudido unos pocos días antes a Nueva York para el estreno de "El hijo del caíd", secuela de la famosa "El caíd", que había consagrado al italiano como el mayor deseo de las fantasías de las mujeres. Al igual que en el estreno de la primera parte, Nueva York estaba abarrotada de policía para contener las oleadas de histeria entre sus seguidores. Cuando todo parecía que no podía ir mejor con el éxito en la recepción de "El hijo del caíd", Valentino salió un par de horas después de entrar en el cine llevándose las manos a la tripa mientras ponía muecas de dolor y profería quejidos parecidos a los de un animal enviado al matadero. Según la prensa reaccionó bien a la operación, pues ya le habían intervenido por la dicha apendicitis y se había pasado los momentos siguientes hablando de próximos proyectos con su celador. Pero pensar en su futuro que nunca existiría no le salvó de caer en coma en sus últimas horas. Aquel martes 24 de Agosto por fin se hizo oficial la peor de las expectativas que le auguraban: Rodolfo Valentino falleció el día anterior por peritonitis surgidas a última hora por complicaciones de la post-operación. Solo tenía treinta y un años de edad.

No me impactó el hecho de que muriera tan joven por una apendicitis, porque no hay que ser muy listo para darse cuenta de que en una época sin la mitad de medicinas que ahora cualquiera se podía morir hasta de un resfriado con dar un solo paso en falso. Más bien me dio miedo la locura que irremediablemente habría empezado a extenderse entre sus fans femeninas. Si cuando Valentino estaba vivo las fanáticas ya removían el cielo y el mar por él en seco, ¿qué no harían en mojado?

Los funerales se celebrarían allí mismo, en Nueva York, lugar en el que Rodolfo había desembarcado con dieciocho años, él solo, cual buscavidas, después de que tanto en su natal Italia como en Francia, país de su madre, solo se dedicara a dilapidar dinero y a juntarse con malas compañías. Ha tenido la suerte de poder pasar a la historia como Valentino, el galán, el primer latin lover que logró el hasta entonces imposible hito de desplazar a los conquistadores caballerosos propios de América como John Gilbert o Douglas Fairbanks, el seductor de fuerte carácter pero débil ante el amor de una mujer. Eso era lo conveniente, pues probablemente todas las admiradoras que suspiraban por encontrarse entre sus brazos no hubieran querido acordarse ni saber nada de Guglielmi, su verdadero apellido: el problemático, el mendigo que vagaba por las calles de Nueva York, el jardinero y camarero que antes de llegar a bailarín estelar en las compañías itinerantes de opereta fue descubierto en uno de los lugares menos recomendados por la ética puritana y moralista de la época, el cabaret (y según las malas lenguas, burdel) Maxim's.

Era inevitable: su funeral se transformó en un auténtico circo. Más de 20.000 mujeres asistieron a la capilla ardiente, y prácticamente la mayoría chillaban y eran sacadas en brazos debido a los desmayos, incluso antes de entrar a despedirse de su ídolo. La cola de personas que se agolpaban en torno a la funeraria donde se encontraba Valentino dio la vuelta a la manzana durante tres días. Entre las actrices que acudieron se encontraba Pola Negri, que de no ser porque era la vampiresa más popular del cine mudo, cualquiera la habría confundido con las demás fanáticas. Totalmente vestida de negro de arriba a abajo, no paraba de posar para la prensa exclamando: "¡Íbamos a casarnos, íbamos a casarnos!", situación que se repitió hasta que el cortejo fúnebre llegó a Los Ángeles. Por si fuera poco, trajo a unos hombres vestidos con camisa negra que no paraban de hacer el saludo a la romana con el brazo en alto al lado del ataúd y de asegurar que venían enviados por el mismísimo jefe del gobierno italiano, Benito Mussolini. Poco después se descubrió que era impostores contratados por la propia Negri. Seguro que June Mathis, la productora que descubrió a Rodolfo, y Alberto, el hermano de Valentino, debieron pasar una vergüenza colosal. Durante toda la semana, la portada de los periódicos también la ocuparon los fans más enfebrecidos: suicidios alrededor de todo el mundo al no creerse que el centro de sus pensamientos había dejado de existir. A veces me ponía a pensar que la belleza seductora y galantería del italiano en las pantallas eran al mismo tiempo su maldición.

Durante muchos años circuló un rumor acerca de su muerte que hoy en día se ha comprobado que es verdad, aunque yo ya había empezado a intuirlo: preocupados por la reacción de la gente, la familia de Rodolfo Valentino escondió su cadáver en una habitación oculta de la funeraria y encargaron una figura de cera a un escultor de renombre de Nueva York para colocar en el lecho de la capilla ardiente. Si lo que pretendían era que no se desatara la locura, sus esfuerzos fueron en vano, pero al menos lograron que sus seres queridos tuvieran su oportunidad de velarlo en la más estricta intimidad.

Y aquí es cuando comienza mi intervención en esta historia. Cuando ya quedaba poco para que el féretro de Rodolfo Valentino llegara a Los Ángeles para recibir sepultura en el Hollywood Memorial Park Cementery, mi jefe me llamó a su despacho. Se me pusieron los nervios a flor de piel, pues perfectamente podría significar un ascenso o el despido. No fue ninguna de las dos opciones. Me miró y me habló directo y claro:

- Una tarea que jamás en la vida hubiéramos imaginado, Bill. Nos han encargado custodiar el entierro del ídolo masculino más grande del cine actual. No quieren más escenitas de radionovela dramática como en Nueva York para despedirle, así que si no podemos evitar el delirio de las jovencitas, por lo menos vamos a vigilar que los últimas exequias de Valentino salgan lo mejor posible. Id poniéndoos ya en camino.

¿Quién iba a pensar que yo, un humilde guardia de Oakland de veintiséis años, llegaría a recibir semejante honor? Yo no aspiraba a alcanzar el éxito mundial desde la nada como él, pero afirmar que un simple empleado anónimo como yo conseguiría estar a pocos metros de los restos del actor más grande del cine mudo me sonó como si estuviera viviendo mi propia película.

Muchas chicas seguían detrás del ataúd cuando llegaron a California, pero por estricta orden de los familiares y compañeros de profesión les impedimos la entrada al camposanto. Por fin Rodolfo Valentino descansaría en paz después de pasarse la vida y la muerte delante de los flashes y las cámaras. O por lo menos físicamente...

...Porque cuando recibí el encargado de custodiar en los años siguientes el mismo cementerio donde Valentino fue sepultado, fue también el mismo momento en el que comenzaron mis encuentros cara a cara con él. Suena descabellado, pero ya he dicho que en Hollywood todo es posible. Durante los primeros años me dediqué a dar vueltas por todo el recinto, asegurándome de que no iba a descubrir a pillastres intentando profanar las tumbas en busca de reliquias por las cuales pedir rescates al mejor postor o que los visitantes abandonaran el cementerio a la hora debida. Uno de esos días, cuando ya habían cerrado las puertas del cementerio al público, me acerqué a la cripta donde reposaban los restos de Rodolfo Valentino para cerciorarme de que sus fanáticas no andaban por ahí cerca desgarrándose en gritos y llantos con las mismas tentativas suicidas que las anteriores. Alrededor de allí vi a un hombre joven vestido con gabardina y sombrero, que además poseía un rostro y una mirada idéntica a los rasgos del bailarín de tango que había enamorado a millones de mujeres en "Los cuatro jinetes del Apocalipsis". Caminaba en silencio, como serio y pensativo. Pensando que era un visitante cualquiera que se había quedado rezagado o despistado, me acerqué a él sin miedo y le hablé.

- Disculpe, señor; pero será mejor que se vaya. El horario de visitas ya ha acabado y hace unos minutos que hemos cerrado.

El desconocido, esbozando una ligera sonrisa, se giró hacia mí, y después de saludarme con su sombrero, desapareció fugazmente. Estaría contento por su obediencia de no ser porque el extraño se fue atravesando una de las tapias del cementerio. Me froté los ojos al no creer lo que estaba viendo, por un momento pensé que eran imaginaciones mías de la impresión que me causaba estar cerca de la última morada de Rudy. Pero la visión había sido tan real que se me quedó grabada en la mente, y me convencí de que había sido una vivencia verdadera.

Hay que ser muy valiente para atreverse a contar estas cosas en público. Cuando se lo comenté a mis compañeros, la mayoría me tomaron por loco (quién no lo habría hecho, si no). Pero uno de ellos, cuyo trabajo de desarrollaba en los estudios de la Paramount y alrededores, me apartó del resto y me dijo:

- No me lo puedo creer, tío; has tenido exactamente la misma experiencia que yo, Bill. A mí se me apareció el mismo intruso cuando cerramos las instalaciones de la Paramount. Le llamé la atención, se despidió saludando con el sombrero y se largó atravesando la pared más cercana.

Mi compañero le dio un profundo sorbo a la taza de café que sostenía entre las manos, como con la intención de adquirir la suficiente energía que necesitaría para contarme la siguiente historia.

- ¿Todavía no te has enterado de la de chismorreos que se han extendido por aquí sobre él, Bill? Al poco de morir Rodolfo Valentino, los responsables de su patrimonio decidieron vender su mansión de Falcon Lair, la lujosa residencia en la que vivió durante un año. El actor Harry Carey se convirtió en el nuevo inquilino, y trajo consigo a todos sus empleados. Uno de ellos se despidió hace unos días cuando le dijo a su jefe que le pareció ver a Rodolfo en los establos acariciando el que fue su caballo favorito, y después asomándose al atardecer por el balcón con las mejores vistas de la finca. Carey le respondió: "¿Y por eso quiere que prescinda de sus servicios? Pues si me lo dice a mí, que le he tenido haciéndome compañía por los pasillos y las habitaciones...". El empleado se marchó corriendo sin esperar a dar más razones, o a que Carey le pagara la asignación por sus labores.

Ya sean simples habladurías o verdades como puños, por lo menos no me sentí solo o como el único chiflado de California.

Pero sin duda, la mayor leyenda de ultratumba sobre Rodolfo Valentino (y además de cierta más comprensible, gracias a Dios) es la de la famosa y misteriosa "Dama de negro", y yo, un simple vigilante de seguridad de cementerio, tengo el honor de ser el primer afortunado en conocer su secreto. Cuando se cumplió el primer aniversario de la muerte de Rodolfo Valentino, me acerqué nuevamente a su tumba, esperando encontrar a las ya archiconocidas mujeres fanáticas. Mi sorpresa es que encontré justo lo contrario. En su lugar había una sola mujer, pero totalmente enlutada, eso sí. A diferencia de las admiradoras de Valentino, a las que les gustaba mostrar su duelo a base de rasgarse las vestiduras, ésta iba con el rostro tapado, por lo que deduje que no podía ser una fanática más. Sin duda había preferido las horas en las que pasaba menos gente para estar más apartada, a solas. Depositaba un ramo de flores sobre la lápida, y una a una iba retocando su posición, con el esmero de sus dedos, como seguramente le habría gustado a Rodolfo, débil a las flores y los bellos atardeceres expresados en "Daydreams", su libro de poemas. Valentino, que además de actor era cantante ocasional y escritor aficionado, deslumbró a Hollywood al romper los estereotipos clásicos de los galanes norteamericanos, lo que logró mayor cercanía a la audiencia femenina, necesitada de nuevos horizontes más allá de los galanes rubios y distantes como Douglas Fairbanks. Sin embargo, cuando escuchó mis pasos y alzó la cabeza para ver quién se acercaba, se levantó rápidamente y corrió lo más lejos posible. "Ya sé que soy feo, pero no tenía intención de asustarla ni ahuyentarla", pensé bromeando, "Al fin y al cabo, es la primera seguidora de Valentino que no arma escándalos".

Al contrario de lo que yo creía, no era una simple admiradora. La "Dama de negro" repitió sus visitas anualmente, puntual, cada 23 de Agosto. Igual que en el momento del fallecimiento de Valentino, los periódicos se hicieron eco de la noticia, y enseguida se convirtió en el nuevo boom mediático del momento. Corrieron ríos de tinta como la espuma, pues afloraron unas hipótesis increíbles sobre la identidad desconocida de esta muchacha. Unos pensaron que era Jean Acker, primera esposa de Rodolfo, arrepentida de plantarle no en el altar, sino en el lecho conyugal en su noche de bodas. Ella, abiertamente lesbiana en sus círculos más cercanos, había abandonado a Valentino en los primeros días de matrimonio por su compañera Alla Nazimova, y el italiano se sintió profundamente traicionado. O quizás él fue demasiado ingenuo para no darse cuenta de que el amor que le profesaba a Acker solo fue para ella una importante amistad forjada entre los platós de la Paramount. Quizás eso explicaba que el espectro de un meláncolico Valentino vagara por sus estudios, tal y como me había explicado mi colega.

Otros fueron mucho más directos (y vulgares) con su versión.

- ¿Acaso no os dais cuenta de que Pola Negri no se conformó con sus delirios en los funerales de Rudy? No me extrañaría que prolongue su espectáculo más allá de la tumba, aunque como vampiresa del cine que es tenga miles hombres persiguiéndola a todas partes.

Muchas veces, mientras intentaba conciliar el sueño, en la cabeza rondaba mi propia teoría. ¿Y si era su segunda mujer, Natacha Rambova, consumada ocultista y posesiva con Rodolfo durante el tiempo que estuvieron casados? Durante su matrimonio, que empezó con Valentino pasando tres días en prisión y pagando una multa de 10.000 dólares acusado de bigamia al no hacerse efectiva la anulación de su casamiento con Jean Acker, Rambova inició a Rodolfo en las prácticas espiritistas. Él, muy enamorado, sucumbió a sus intereses, hasta el punto de que a Natacha le vino de maravilla el ocultismo para tomar las riendas de la carrera de su marido. Despedido de la Paramount debido a la manipulación de su esposa, Valentino firmó un contrato con United Stars, con una cláusula muy firme: Rambova tenía totalmente prohibido tomar las decisiones que respectarían a los papeles del italiano. Aquello fue un ensayo de lo que después se convertiría en su segundo divorcio. Cuando Rodolfo murió, Natacha metió más leña al fuego, afirmando que su ex se le había manifestado en sus sesiones espiritistas privadas.

Ya llevaba años custodiando el descanso de las leyendas del celuloide cuando al llegar el 23 de Agosto otra vez, me armé de valor y me acerqué a la "Dama de negro", que al parecer ya no le importaba ser el objeto de todas las miradas. Esperé a que acabara de colocar su ramo de flores para cogerla del hombro. Entonces le susurré:

-¿Quién eres y qué buscas, pequeña, que Rodolfo Valentino es el único que te ofrece consuelo?

Se levantó, y al estar ambos frente a frente, se quitó el velo. Mi sorpresa fue aún mayor al comprobar que no era ninguna de las famosas que se especulaban. Me contestó algo tímida:

- ¿Me prometes que será solo un secreto entre tú y yo?

Asentí.

- Lo prometo.

Accedió a relatarme los motivos de sus visitas.

- Me llamo Ditra Flamé. Mi madre fue una íntima amiga de Rodolfo, y cuando caí muy enferma, él tuvo el detalle de venir a visitarme al hospital. Me regaló una rosa muy bonita, y mi madre se sintió mejor después de tanta angustia. Yo gemía de dolor, temerosa de que me tocara el peor de los finales. Pero Rudy me cogió la mano y me tranquilizó: “No vas a morirte. Me sobrevivirás muchos años. Pero una cosa es segura: si yo muero antes que tú, te pido que vengas y estés a mi lado porque no quiero estar solo. Vendrás y hablarás conmigo”. Se lo prometí. Dios y las palabras de Rodolfo me salvaron la vida, y aquí estoy, devolviéndole el favor que Rudy se tomó la molestia de concederme. Muchos conocen al actor, pero pocos al hombre. ¡Soy tan afortunada de haber conocido esa faceta tan maravillosa de él...!

Mantuve yo mi propia promesa, hasta que en los años cuarenta, Ditra, cansada de tantas especulaciones en la prensa y alguna que otra impostora que le faltó el respeto usurpando sus vestiduras y propósitos, accedió a quitarse el velo en público para demostrar que cuáles eran sus intenciones, limpias e inocentes, al visitar el sepulcro del amante del mundo. En el año 1954, muchas admiradoras accedieron sin su permiso a continuar con las visitas, ya consolidadas como tradición, y Flamé desapareció durante más de dos décadas de la escena. En 1977, conmigo ya jubilado durante años, una envejecida Ditra Falmé reanudó el juramento que le hizo a su añorado Rudy y ahora, en 1980, con un anciano Bill el vigilante de ochenta años y centenares de impostoras cubriendo su espacio durante el resto del año, la "Dama de negro" sigue puntual cada 23 de Agosto para que, como en su poemario "Daydreams", la leyenda de Rodolfo Valentino siga desprendiendo el aroma de las más lindas flores del universo.

10 мая 2020 г. 0:03:43 0 Отчет Добавить Подписаться
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