gabrielrodriguezo Gabriel Rodríguez

Luego de una vida azarosa, de miseria económica y moral, Areli, quien proviene de una familia disfuncional y vive en un barrio de clase media en el México de finales del siglo pasado, logra al fin encontrar una esperanza: un caballero capaz de salvarla de las mazmorras de la soledad, del infortunio, la depresión y el abuso físico y mental; un príncipe para la princesa que ve en sí misma. Tras una difícil pero apresurada decisión, decide aceptar la petición de Javier e inician un noviazgo que de principio se antoja difícil, casi imposible. Son muchos los prejuicios que obnubilan su joven y maleable mente: él no es guapo, ni fornido, ni tan siquiera más alto que ella, pero es la única persona en el mundo que le ha dado lo que nadie más: atención y respeto. "El amor llegará después", piensa con gran anhelo. Luego de algunos meses, una idea ronda su mente con insistencia: ¿y si hacer un hogar con su caballero es la salida del infierno de su propia familia? A fin de cuentas, Javier trabaja, es universitario, quizá incluso ella pueda dejar la preparatoria inconclusa. Es buena estudiante, sí, pero ya no sería necesario más preparación si habrá alguien que se haga cargo de ella. "El amor llegará después...". ¿Sobreviviría una relación a los errores de juicio de ella y la cada vez más evidente falta de madurez emocional de él? ¿Por cuántos años? ¿Y si llegan los hijos? No olvides que esta novela es basada en hechos reales: Areli existe y tiene aún muchas cosas que contarnos. [Lee los primeros cuatro capítulos sin costo, luego adquiere la novela en Amazon.com]


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Capítulo 1 - Noviazgo forzado

“Es tan gratificante sentirse querida, cuidada y atendida. Imagino que el amor llegará con los días… o eso espero.”


Miércoles 26 de marzo de 1997, 12:00 pm


¿Cómo pasó esto? ¡Dije que sí! Pero no quiero ser su novia, simplemente no lo quiero perder. Y ahora se inclina con los ojos cerrados, dispuesto a besar mi boca. Cierro los míos y me aproximo para corresponder. Un ligero golpe de nuestros dientes rompe un poco el encanto, pero no lo detiene. Al fin siento sus labios suaves y, a decir de él, vírgenes. Tantas veces lo observé hablar, embelesada por su voz y la forma de su boca. ¿Cómo fue que se animó a hacerme la petición luego de todo lo acontecido?

Nos quedamos así unos segundos y al separarnos, noto que estaba conteniendo mi respiración. No fue agradable, pero no quiero que él se dé cuenta que no lo disfruté. Le sonrío.

—¿Te llevo a tu casa? —pregunta con dulzura.

—Sí, por favor —respondo, aclarando mi garganta. Aún me siento sofocada por haber llegado corriendo a la cita.

Me abre la portezuela y la realidad comienza a volverse evidente: su familia debe odiarme; sus hermanos deben estar enfadados conmigo. No sé en qué va a terminar esto y ni siquiera me atrevo a pensarlo.

Durante el trayecto Javier permanece callado, pensativo e incluso con actitud distante. Temerosa de iniciar la charla, hago lo mismo: callo y pienso.

Son menos de diez minutos hasta mi casa, pero es justo el tiempo suficiente para hacer un recuento de las cosas.

Conocí a Javier en octubre, así como a sus hermanos. Me pareció feo y desgarbado, pero formar parte de una banda de rock le daba un toque especial; además, el timbre de su voz me pareció algo atractivo, incluso creo recordar que le coqueteé un poco y casi sin pensarlo.

En diciembre fueron invitados por Norma, mi mejor amiga, a una fiesta propia de la temporada navideña: una posada. Al terminar de tocar, Javi se acercó a mí por primera vez con la intensión de charlar. Aunque al principio yo no quería que me hablara, en unos segundos me sentí extrañamente cobijada por su tranquila y respetuosa presencia, así como por sus palabras de aliento. Norma me contó que, en esos días, habían salido en una cita él y su hermana Angélica, y que, a pesar de haber tenido gestos caballerosos, ella lo había tratado mal. Ambas se rieron de lo lindo por sus “modales anticuados y ridículos”. Pensé en lo injusto de ser tratada como una dama y comportarse como una perra.

Para enero ya había yo audicionado con “Sombras Errantes”, nombre de la banda de los hermanos, y pasé a formar parte del grupo. Mis pláticas con Javier fueron más frecuentes y largas cada vez. En muy poco tiempo nació una bella amistad entre nosotros e incluso comenzó a ir a mi casa para enseñarme a tocar guitarra. Con ello conoció al odioso de mi hermano Guillermo, quien se unió a las clases. Por cierto, ha cambiado mucho para bien con la música, cosa increíble e impensable.

En febrero, y aún no sé por qué demonios, me hice novia de Eduardo, hermano de Javier. Anduvimos a escondidas a petición suya hasta ser descubiertos o, mejor dicho, expuestos por Lalo mismo, quien puso una película durante una reunión familiar en la que se veía claramente cómo me besaba en una fiesta a la que acudimos él y yo solos. Patético y cobarde de su parte. Terminó conmigo tan pronto se supo lo nuestro y comenzó a andar con otra chica de inmediato.

Supe por boca de Norma, quien también es amiga de los hermanos, que Javier, mi Javier, mi caballero, se encontraba deprimido pero decidido a olvidarme. Javi había comenzado a cortejarme antes de que Eduardo se inmiscuyera, por lo que mi proceder debió ser de lo más doloroso para él, quien decía haber encontrado en mí a la mujer de sus sueños. Dejó de hablarme por casi dos meses, hasta hoy. Semanas aciagas y muy tristes en las que extrañé horrores a mi amigo, a mi confidente. Me había acostumbrado a su presencia, a sus modos, a su voz, a la atención que me brindaba y hasta a los regalos sencillos pero significativos que me obsequiaba.

Pero hoy me llamó. Me pidió vernos y sin más explicación, al tenor de “o novios o nada”, me dijo que no quería pasar el resto de su vida sin mí y me hizo la pregunta.

Dije que sí.

—Llegamos —exclama de pronto, sobresaltándome.

Su mano se encuentra a escasos centímetros de mi pierna izquierda, sobre la palanca de velocidades. Tamborilea con sus dedos el pomo y yo no sé qué decir.

Apaga el motor y se recarga levemente contra su portezuela, aumentando un poco la breve distancia que nos separa. Me observa. Agacho la mirada.

—No pensé que fueras a darme el sí, te lo confieso.

—No me lo esperaba —le respondo tímidamente.

—Sabes que no es mi estilo, que me gusta el cortejo largo y romántico, pero con todo lo que ocurrió, he debido hacerlo. Espero no te arrepientas pronto.

¿Arrepentirme pronto? ¡Arrepentida estoy desde el momento que acepté! Pero no puedo decírselo.

Yo lo adoro, lo quiero demasiado, incluso lo amo, pero como amigos solamente que, si se lo confieso, quizá lo pierda para siempre y no quiero. No hay en el mundo nadie como él.

Con su mano derecha levanta mi cara tomándome cariñosamente de la barbilla hasta que nuestras miradas se cruzan. Mi corazón late cual caballo al galope. Suspiro.

—No te quiero perder —digo quedamente.

—Y yo no te quiero obligar a nada que no desees —¡lo sé!

Lo sé, lo sé, lo sé… por eso no lo quiero perder. Es considerado, amable, educado, tierno, detallista, lindo, cortés, pero… no me gusta. No me atrae como Manuel, mi ex novio de cuerpo atlético, o como Gerardo, mi oculto desliz de porte rudo y sensual. O por lo menos como Adrián, mi profesor que hace el amor de un modo exquisito. Hace el amor… ¿Cómo hará el amor mi caballero?

Al pensar esto, inclino mi cara sobre la palma de su mano y acaricio su brazo. Tiene un tacto delicado, suave y hermoso. Se acerca a mí y me da uno de esos abrazos que me hacen sentir que nada en el mundo puede hacerme daño. Lo estrecho fuertemente. ¡Lo recuperé! ¡Es mío! La vieja de la iglesia tenía razón, cuando uno pide con fe, Dios responde. ¿Entonces Dios existe? No lo sé ni me interesa, solamente me importa que por fin estoy con Javier.

Luego de despedirnos con solamente un beso en la mejilla, mi novio se retira dejándome en un mar de dudas. Inquieta, temerosa pero feliz y esperanzada.

Entro al pequeño apartamento que es mi malhadado hogar y me arreglo para ir a la escuela.

Llego a mi primera clase con el profesor Felipe, un cerdo más de la piara que me acecha y atosiga.

En cuanto entro al gimnasio que hace las veces de salón de danza, Claudia me interpela.

—¿Qué le diste al profesor, puta? —espeta.

—¡Cálmate, Claudia! —le ruega Verónica.

Solamente estamos nosotras tres, aunque no deben tardar el maestro y los demás compañeros.

—¿Darle de qué? —la encaro—, ¿a qué carajos te refieres?

—¡Me quitó el papel principal y te lo dejó a ti de nuevo! ¡Algo debiste darle que al final me dejó a un lado! —me grita la idiota.

—No pienso discutir estupideces contigo —le respondo dándole la espalda y dirigiéndome hacia los vestidores.

Entro y camino hasta los estantes para dejar mi mochila y comenzar a vestirme para la clase. Escucho un portazo que me hace voltear.

Claudia me mira, retadora, desde la entrada.

—Vigila la puerta —ordena a Verónica, que obedece asustada.

Ni bien he terminado de entender sus intenciones, cuando ya estoy lista y en posición para la embestida. Se deja venir con furia descontrolada. Desde ahí está perdida.

Con la templanza que me he ganado por años de ser acosada y abusada por otras compañeras, y con el conocimiento en autodefensa que mi remedo de padre me ha brindado, planto mis pies firmemente en el suelo y la esquivo, golpeando sus pulmones y ocasionando que caiga de bruces en el suelo.

Entre gritos e insultos se incorpora y vuelve al ataque, esta vez con las manos levantadas para tomarme del cabello.

Meto mis brazos entre los suyos y le propino un contundente cabezazo, derribándola nuevamente, esta vez aterriza de espaldas doliéndose de manera burda y ridícula.

Y vaya que también me dolió, pero paso el dorso de mi mano por mi frente y me alisto para lo que sigue.

—¡Agárrala, idiota! —le dice a Verónica quien se aproxima al momento. Me basta una mirada para detenerla en seco.

—Atrévete y vas a terminar bañada en sangre junto a esta estúpida —la amenazo con una voz que me desconozco.

Retrocede y Claudia aprovecha para intentar tirarme.

Aunque no es tan delgada como yo es más baja de estatura, lo que juega a mi favor y no logra derrumbarme, solo me apergolla por la cintura, así que dos o tres codazos en su espalda son suficientes para que afloje la tenaza.

Llena de ira la tomo por las solapas de la chaqueta que porta y la azoto contra la pared. Acto seguido, pongo mi antebrazo en su cuello y comienzo a asfixiarla. Lo disfruto mucho.

Sus ojos comienzan a desorbitarse, mientras Verónica grita con histeria que la suelte. No lo haré. Luce cómica pataleando y levantada del piso por unos pocos milímetros, con su cara de terror y tratando de librarse arañando mi piel. Vaya cuadro. La princesa tiene sometida a la cortesana que intentó humillarla y lastimarla. No más. Hasta aquí llegó el abuso.

Fuertes golpes en la puerta me hacen retroceder y Claudia cae de rodillas tosiendo y llorando.

Verónica abre y entran algunas compañeras al vestidor. Yo disimulo y continúo arreglándome. Algunas de las recién llegadas notan algo raro y se acercan a ayudar al guiñapo que no deja de hacer alharaca.

—¿Qué te pasó? —pregunta una de ellas—, ¿te sientes bien?

—No le pasa nada —miente Vero, poco convincente—, solamente se estaba ahogando, pero ya pasó.

—¡Maldita zorra! —gruñe Claudia.

Volteo a verla y con discreción le hago un gesto para que guarde silencio, levantando mis cejas en señal de advertencia. Calla la cobarde.

—¿Quién es la zorra? —pregunta otra compañera.

—¡Nadie! —vuelve a mentir Verónica—, ya sabes cómo es Claudia de lépera y pues con lo que le pasó, se enoja.

Noto que no se tragan la mentira pero dejan de preguntar. A fin de cuentas a nadie le cae bien la maldita bruja y creo que las que adivinan lo que ocurrió, hasta me miran con un gesto de aprobación.

Yo soy Areli, y nadie se mete conmigo.

Salimos a la duela para iniciar la clase y al pasar al lado de la maltrecha hembra le advierto quedito pero claramente.

—Síguete pasando de lista, síguete metiendo conmigo y vas a terminar muerta.

Su mirada de impotencia me causa un gusto enorme. Ya hacía meses que me la debía, y cuando llego al límite, hasta yo me desconozco. Es la sangre de mi apellido paterno, lo único bueno que el capitán Rubén me heredó. No dejarme de nadie a costa de lo que sea.

El profesor Felipe comienza a dar instrucciones y el día discurre como todos; sin sentido aparente, como la vida.

Manuel me intercepta en la salida. Le pregunto si no se molestará su novia en turno si nos ve juntos.

—¡Uy! Ya terminé con ella desde hace semanas —responde con el cinismo que le caracteriza.

—Bueno, si no se enoja ella, se enojará el mío —le comento con toda la intensión de hacer evidente que tengo ya estoy en una relación.

—¿En serio? Creí que volverías conmigo.

—Ni loca —respondo despectiva.

—Pues la última vez la pasamos bien. Pensé que te gustaría hacerlo de nuevo un día de estos.

—No, Manuel. Ya te dije que tengo novio y soy mujer de uno solo —contesto con altanería.

—¿Siempre sí te conquistó el chaparrito?

—Se llama Javier, y es más hombre de lo que tú podrías llegar a ser —me descubro presumiendo a mi caballero.

Manuel suelta una sonora carcajada y comienza a bromear sobre la estatura de Javi. Lo ignoro y sigo caminando. Salgo a la acera frente al plantel y de pronto me toma del brazo.

—¿Qué quieres? —le pregunto molesta.

—Ya, no te enfades. Solamente quería pedirte tu opinión sobre las últimas fotos que me tomaron.

—Ya he visto mucho, Manolo. Estás sabroso y punto. ¿Puedo irme ya?

—Bueno, es que en estas tomas ya salgo completamente sin ropa —me presume. Pica mi curiosidad.

—Está bien —concedo—, pero rápido, que van a venir por mí.

—¿Tu grandotote? —pregunta con sorna—, ya, ya, es broma —me dice cuando ve que me giro para irme—, ven.

Lo sigo de regreso al interior de la escuela.

Llegamos a la parte trasera del gimnasio, casi nadie pasa por ahí. Abre su mochila y rebusca un rato. Al final la cierra y dice que las ha olvidado. Al notar que es mentira me retiro enfadada, alcanzando a escucharle decir algunas frases en tono de burla.

Javier está de pie en la puerta, mirándome desde lejos.

Por la tarde antes de irse me dijo que vendría por mí a la salida. No quise negarme. Incluso me arreglé un poco más que siempre. Para él. Para mi Javi.

Lo veo serio.

—Hola —saludo, dubitativa—, ¿qué pasa?

—Hola, Areli —¡qué bonito suena mi nombre dicho por él. Suspira y continúa—. Nada. Es que vi que ya salías pero te regresaste con Manuel.

¡Maldición! ¡Estúpido animal! Seguramente vio a mi novio y lo hizo a propósito. Esta me la va a pagar.

—¡Ah! Es que —improviso—, me recordó que debía pasar a ver un asunto al edificio administrativo.

Su gesto denota que no me cree. Aun así, suaviza su tono.

—Vaya, bueno, así es la escuela.

Al momento vuelve a ser el chico del que me enamoré. ¿Me enamoré? Creo que sí. Lo que siento por él debe ser amor. A pesar de que es bajo de estatura, a pesar de que no es guapo y de no tener un cuerpo atlético, a pesar de todo, creo que debo aceptar que me enamoré de Javier.

Me intenta dar un beso en la boca, pero volteo mi cara y termina siendo en la mejilla. Espero no se moleste o no lo note.

Toma mi mano y caminamos hacia la calle lateral del campus, ya que el frente da a la avenida principal y no hay posibilidad de aparcar vehículo alguno.

Siento las miradas de los chicos que abarrotan la acera. Los observo discretamente. Algunos tienen cara de asombro, otros de burla; algunas denotan incredulidad y otras muestran un gesto de duda. Sí: es mi novio y me lleva de la mano, perras. Él sabe tratar a una dama, no como sus neandertales.

Me siento bien a su lado. Además, creo que andar con un chico poco agraciado resalta mi belleza. Imagino que los hombres pensarán que es muy afortunado, y las chicas, que yo tengo un gran corazón además de ser bonita. Me agrada. Pensar eso me hace caminar con más orgullo: admiren a la pareja de príncipes y, sobre todo, a la bellísima princesa que ha sido conquistada por un caballero que tiene mil virtudes, aunque no sea guapo.

Qué bien me siento con él. Y qué extraño que, sin gustarme físicamente, me haga sentir algo que quizá sea más que amor de amigos.


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2 февраля 2020 г. 10:35:20 0 Отчет Добавить 0
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