a_secret_in_the_garden Paula Rojas

Estamos en el futuro, es fácil decirlo para los humanos, pero ¿Qué tal para una gema que vivió miles años en el pasado?


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Hubo un gran estruendo, vio un resplandor extraño, intentaba llevar a alguien de la mano, pero no podía, pues tropezaban a cada momento mientras huían de aquel aterrador sonido metálico que provenía del cielo. El resplandor estaba lastimándola, podía sentir como la quemaba. Entonces fue arrojada a la oscuridad y ya no pudo seguir sosteniendo a su compañera, se sentía insignificante y torpe, avanzando a tientas en la negrura, no era capaz de decir si estaba consiente o inconsciente, durante un tiempo, se la paso dormitando en aquel espacio infinito, despreocupada.

Relegada y vacía como un cascaron desocupado, se quedó en la oscuridad y se limitó a esperar pacientemente. Y sin embargo despertar fue como abrir los ojos y olvidar una pesadilla desagradable y confusa.

Al abrir los ojos, había una “criatura” mirándola.

Habían pasado miles de años. Había olvidado por completo que tenía rostro, brazos y piernas, incluso manos y pies con dedos, dos ojos también, pestañas, una lengua y una nariz. Acaricio su propio rostro con las yemas de sus dedos, deleitándose con curiosidad de la suavidad que tenía su piel. La persona estaba impresionada, pero no era una gema, tenía la piel extraña, un cabello negro, totalmente discordante con el tono claro de su piel, esta persona usaba un uniforme, pero no era en absoluto como un uniforme marcial, sino que tenía bolsillos en la parte de adelante, y colgaba sobre su cuerpo como si estuviese diseñado para retirarse y colgarse en algún lado, era además, de color rosa, y debajo había otra prenda, de color azul con una especie de insignia pintada toscamente en ella, de color amarillo; la prenda que usaba en las piernas era algo parecido a los pantalones de las amatistas, solo que estos eran de color negro y al igual que con la parte de arriba, eran holgados y extraños.

La gema se colocó de pie, parada encima de una bañera blanca llena hasta la mitad de agua, el lugar era más fácil de reconocer. Era un gran baño, con una regadera sencilla, un lavado y un espejo, así como un aparato extraño, parecido a una fuente pero con lo que sin dudas era un asiento sobre ella.

— ¿Estas bien?—Pregunto el chico, nuevamente, con una voz realmente extraña, mientras ella se levantaba con cautela.

Era peligroso, seguramente un enemigo, y los recuerdos eran casi tan dolorosos como las heridas que la habían hecho dormir, todo lo que quedaba desde el destello cegador hasta ese momento eran escenas confusas, de avanzar reptando sin piernas por un espacio muy caliente y oscuro, seco y desagradable, también recordaba criaturas similares a la que estaba frente a ella, algunas la atacaban pero otras huían de ella, gritando presas de un terror que los consumía rápidamente y los hacia esconderse ¿Cuánto tiempo podía haber pasado en semejante estado?

Se preguntó dónde estaba su Ágata, esa era la razón de la rabia y confusión que había experimentado al ser separada de su forma física ¿Por qué su Ágata se había separado de ella en medio de la batalla? Podía recordar la nave alejándose rápidamente, y luego, el molesto resplandor y aquella música extraña, metálica y aterradora.

Intento caminar, entonces fue consciente una vez más de su uniforme, compuesto por un par de botas altas de color marrón con rombos amarillos en sus rodillas; su cabello era del color del oro, bastante más largo de lo que otras perlas debían considerar “adecuado”, porque a esa rama de las gemas pertenecía; un leotardo amarillo, con un corte en el centro de su estómago donde estaba su gema, sus pechos, pequeños y puntiagudos, se rosaban contra la elástica tela del leotardo, que no tenía cintas, sino que iba atado detrás de su cuello, llevaba además una larga bufanda bastante fina, casi como un trozo de papel, que parecía tener vida propia y desfilaba a su alrededor mientras seguía a su extraño secuestrador por un corredor.

Madera, aquella cosa que los simios lampiños hacían de los arboles era la base de su guarida ¡Que locura! Había también montones de armas, algunas rarísimas, con formas graciosas, otras bastante obvias, como una lanza con un extremo peludo y lacio parecido al cabello de una amatista o una especie de paleta que el chico estaba ensañándole en ese momento, y que se llamaba “Cuchara” otras armas similares las usaban para rematar a sus presas y comérselas, al parecer, el chico era un descendiente refinado de los simios lampiños que divertían tanto a las amatistas y a las rutilos, lo que le hizo saber a la gema que tendría que lidiar con bastantes olores desagradables y malos entendidos culturales.

Entonces vio a otra como ella, exactamente igual a ella. Era la cosa más hermosa y frágil que había visto, estaba ahí, sosteniendo una de las herramientas de tortura de su secuestrador y usándola para tallar un plato blanco, uno de los muchos que estaban apilados a un lado de su fregadero. Ya estaba empezando a sospechar que le habían dado un nuevo uso a estas armas extrañas. La perla, que tenía la piel blanca como la leche fresca y unos ojos hermosos de color celeste, se aproximó a ella, ofreciéndole su mano. Su cabello era bastante simple, hermoso seguramente entre las muchas perlas que el simio lampiño, que se identificaba a sí mismo como “Steven”, debía tener en su guarida haciéndole de servicio. El hecho de tener a una Perla había hecho que subiera varios pasos en la escalera de la impresión que ella empezaba a sentir por él.

Después de todo, ese simio lampiño la había curado.

Era claro que tenía que decir algo, el chico, pues era joven para considerarlo un “señor” o “jefe” tenía otras gemas ¡Incluso permitía a dos de ellas permanecer fusionadas! Una Amatista minúscula y una cosa enorme y aterradora con tres ojos y un rostro rarísimo, desprovisto de expresiones faciales.

—E-encantada de conocerlas, especialmente a ti—Dijo con la voz que salió de sus labios, mirando con una sonrisa a la Perla, cuyas mejillas se cubrieron de rubor. —Estoy ansiosa de trabajar contigo.

Aquel mensaje pareció tener el efecto deseado, la gema fusionada la miro inquisitivamente, con una especie de sonrisa que indicaba su superioridad actual, la amatista, como era de esperarse, empezó a reírse, sin haber entendido uno solo de sus importantes gestos. Y sin embargo, mientras más tiempo había pasado y más hablaba con aquel chico, los fragmentos y vestigios de su antigua personalidad, la “vieja ella” afloraron rápidamente, revelando algo elemental.

El mundo había cambiado.

Había una gran ciudad de gemas a las afueras de la guarida del humano llamado Steven, construida por su padre hacia tantísimos años atrás con materiales como la madera, el acero refinado en enormes fábricas y concreto obtenido de un proceso complejo de canteras tan antiguas como los mismos humanos. Parecía que todo había evolucionado bastante bien, ya no había fogatas, ni demonios nocturnos, ni simios agresivos y tontos, y mientras aquellas gemas veteranas la abrazaban y la estrechaban contra sus cuerpos heridos, A47R1A, pues era lo que para una persona seria un nombre, se sintió en paz como en mucho tiempo no lo había estado.

Steven y las gemas estuvieron de acuerdo en dejarla tomar un paseo, juntos se dirigieron hacia Ciudad Playa, los locales les sonreían animados, pero los turistas no cesaban de mirarlos, Atria no tuvo problemas para entender los gestos amables de los humanos, y rápidamente se olvidó de aquellas miradas extrañas que no entendía. Encontraron una vez más al hombre barbudo, Greg, el padre de Steven, estuvieron hablando mucho tiempo, y resulto obvio que las gemas no podían mantenerla en la conversación, no le resultaba molesto, pero cansada de mirar hacia los lados, se levantó y se alejó furtivamente de la escena, ya se preocuparía por regresar con estos desconocidos amables, pero deseaba explorar un poco más por su cuenta.

Sospechaba que Steven intentaba alejarla de algo importante.

Encontró el camino de cemento, una especie de calzada diminuta que usaban los humanos para dirigirse un lugar a otro y evitar caminar por los caminos de asfalto de la ciudad, por donde solo circulaban autos, reconoció la tienda de rosquillas y el salón de juegos, lugares ruidosos, diseñados para cubrir necesidades que no eran suyas, de modo que continuo avanzando, dejando que el camino gris le dijera hacia donde dirigirse, pero entonces dio un extraño giro en diagonal, perdiéndose entre pequeñas colinas por donde caminaban personas.

Eran humanos, y tan distintos unos de otros como lo eran los insectos, un grupo de ellos jugaban arrojándose un disco, mientras reían. Debajo de un árbol, protegiéndose del sol y de la hierba, tendida sobre una manta de cuadros rojos y blancos se encontraba una mujer sentada con una niña muy pequeña a su lado, que parecían entretenidas señalando a las nubes. En una banca había un hombre sentado de espaldas a la mesa, con una capucha negra, que parecía divertirse tan solo de pensar, había demás una pareja de niños que volaban cometas, y varias personas con perros.

Atria vio un rostro familiar entre los adolescentes que se arrojaban el disco, tenía el cabello corto, del color del fuego, un cuerpo delgado pero piernas fuertes, llevaba gafas de sol de montura dorada, un piercing en el labio, una blusa blanca sin mangas y unos jeans rasgados en las rodillas y en los muslos. No parecían interesados realmente por el juego, aunque debía de entretenerlos bastante, reían a carcajadas, bromeaban entre ellos y se retaban. Pero aquella chica era demasiado similar a esta gema, un rutilo que había conocido durante la guerra, y que había desaparecido varios días antes del último ataque de las rebeldes; habían acordado encontrarse nuevamente en la base lunar, pero ninguna pudo cumplir esa promesa.

El disco volador cayo muy cerca de su pie, y de haber tenido sangre esta se habría congelado en sus venas, pero solo pudo experimentar un gran peso en el estómago, mientras la chica del cabello color fuego corría hacia ella. La miro durante un segundo, le sonrío de una manera especial y regreso con sus amigos, que parecían estar abucheándola por su mala puntería.

—Oh, cielos…

— ¿Ya vista la ropa que lleva puesta?

—Parece una acróbata de circo.

— ¿Qué pasa con esa bufanda?

—Completamente…

—Fuera de lugar…

Nuevamente experimento aquella sensación de pánico, no entendía que pasaba con ella, le picaba la piel y sentía como algo parecido a un anhelo de respirar le cerraba la garganta, aunque no necesitara ningún aliento. Esas personas la miraban de reojo, pero sus sonrisas no eran amables en absoluto, era claro que se burlaban de ella, no cesaban de mirarla. Fue como si de repente fuera capaz de escucharlo y sentirlo todo, pero no era una sensación agradable y no podía moverse ni hacer nada para alejarse de ese terror violento, aunque no soportaba ya estar en ese sitio.

No supo entenderlo durante los primeros segundos, vio al hombre de la capucha negra una vez más, pero este había empujado a la chica del cabello rojo, había tomado una especie de bolsita verde con un broche, seguramente aprovechándose de la distracción que ella le había proporcionado. Al intentar evitarlo, el hombre la arrojó al suelo con un poderoso empujón, y aunque sus compañeros gritaron indignados no fueron capaces de actuar más rápido de lo que lo habría hecho Atria.

Su cuerpo se impulsó hacia adelante, como atraído por un poderoso imán. Empujo al hombre, vio el bolso caer y como su delgaducho cuerpo era arrojado contra una pileta alargada de la cual las personas bebían agua. Se escuchó un crac y el hombre rodo sobre la hierba, temblando de terror, su brazo se había torcido en un ángulo extraño.

— ¿Qué demonios ha sido eso?

—Mama…

—Está bien, cariño, vamos, ponte detrás de mí…

— ¿Qué diablos ha hecho esa chica?

— ¡Llamen a una ambulancia!

La mujer con la niña recogió los pies cuando Atria tomo la bolsa del suelo, intento aproximarse a la chica y tranquilizarla, pero no podía hablar, estaba muda por aquel repentino pánico, las personas no dejaban de mirarla pero ya no le sonreían, solo retrocedían unos contra otros, como si buscaran protegerse todavía del hombre al que ella tan fácilmente había reducido. Todo estaba bien ahora, solo que ellos no parecían entenderlo.

La chica del cabello color fuego retrocedió asustada cuando Atria se agacho cerca de ella, intento tomarla de la mano y entregarle directamente el bolso y entonces soltó un alarido.

— ¡No! ¡S-sueltamente, aléjate!

Y le cruzo el rostro con una bofetada, Atria, que era capaz de atrapar flechas en el aire con las manos desnudas, no pudo reaccionar ante aquel ataque, retrocedió como un animalito asustado, resbalando y cayendo en la hierba. Uno de los chicos, que llevaba una gorra y bermudas, se apresuró a ayudar a su amiga a incorporarse.

Atria no pudo pensar en otra cosa que no fuera en correr en ese momento. Se alejó del lugar tan rápido como pudo, con aquella aterradora velocidad prodigiosa y agilidad de su cuerpo flexible.

Monstruo…

Pero Atria no se giró para ver quien lo había dicho.

Recordó el relato de Amatista de cómo había llegado con ellas, de cómo había sido encontrada, sometida y eventualmente curada. Había sido en algún momento una especie de monstruo, con un cuerpo parecido al de un gusano o una serpiente, había estado cavando por toda Ciudad Playa, dejando largos y profundos túneles a su paso, los cuales eventualmente comenzaron a destruir los caminos y a hundir el terreno de la playa. Y como no podía creer algo así, sus pasos la condujeron sin darse cuenta a un terreno alejado, donde la playa se desdibujaba con el bosque, formando algo parecido a un oasis.

En la oscuridad no pudo verlo y tras una pequeña caída se encontró en una gran zanja, la tierra no estaba compactada, sino que permanecía suelta, como si, efectivamente, un gran túnel hubiera colapsado en ese lugar. Había además, surcos muy parecidos a ese, que formaban eventualmente algo parecido a un gran laberinto bajo la tierra, que iba colapsando poco a poco, algunos no eran muy extensos, empezaban y terminaban de una manera tan súbita como ella los encontraba y recorría, pero entonces se encontró dentro de un túnel, caminando sin rumbo en una única dirección, hasta que se encontró con una especie de pasadizo, que no era otra cosa que una caverna húmeda, y del otro lado, una gran cantidad de polvillo de color gris.

Arena, arena producía de la tierra del bosque mediante algún proceso complicado ¿Qué quería decir todo aquello? Steven y las gemas habían descrito a un feroz reptil vagabundo, pero esos agujeros no correspondían para nada al comportamiento de una lombriz, era como si…

Su hombro roso sin querer la roca y advirtió algo aún más fuera de lugar, la forma en que vibraba el agua de la gruta, como si fuese sacudida por una frecuencia mecánica. Volvió a tocar la roca, esta vez con sus palmas y los ojos bien cerrados. No solo era una vibración, la frecuencia provenía de muy lejos, los túneles no solo ampliaban el sonido, sino que estaban enviándolo en diferentes direcciones.

Era una señal, pero… ¿De quién y desde donde se generaba? Uno de los túneles conducía seguramente al océano, pero no estaba terminado, aunque perforaba la roca y se detenía en una especie de charco, y Atria no tenía ganas de conocer lo que ahí se ocultaba y arriesgarse a presenciar como las toneladas de arena submarina la sepultaban en una tumba acuática. Si se aseguró de que la frecuencia fantasma, pues era increíblemente poderosa, venia de esa dirección, y ella había intentado alcanzarla, pero Steven y las gemas se lo habían impedido, el túnel daba un brusco giro diagonal hacia arriba y terminaba en un grupo de árboles, muchos trozos de roca de la montaña y lo que eran claramente señales de una batalla.

Atria pudo ver un gran grupo de huellas, indicando que varias personas habían aterrizado, corrido, puesto a cubierto y escondido entre los árboles. Pero algo no andaba bien, sabía que los simios lampiños tenían ahora pies más pequeño y regordetes, y entre las huellas de zapatos, que no eran más grandes que la suya, se colaba un extraño grupo de huellas que habían estado saltando por el lugar, como si la criatura que las hubiera producido se desplazara en mucho más que cuatro patas…

Algo le aferro la pierna, pero Atria ya se lo venía venir, de una patada, envió a la peluda bestia devuelta a las tinieblas. Estaba bastante oxidada porque habría podido saltar y arrastrarla para verla mejor, regresarla violentamente a un espacio donde podía atacar con el elemento sorpresa de su parte había sido bastante estúpido, algo parecido a un par de lenguas rasposas le sujetaron el cuello y el brazo izquierdo, si hubiera sido un humano con piel sensible había terminado con dos severas hemorragias, en su lugar, la criatura rozo su leotardo con sus lenguas extrañas, intentando arrastrarla, escucho un extraño desgarrón y quedo libre, aunque con las tetas al aire.

— ¡Argh!—Exclamo cuando el monstruo, que tenía un cuerpo rechoncho pero con seis pares de patas, se le fue encima, intentando ensartarla con dos agujas negras que tenía alrededor de la boca.

Era como una araña, solo que no tenía realmente “pelo” sino una especie da alfombra en la espalda, era una gema, pues encima de su cabeza, donde estarían los ojos, había una joya del tamaño de su puño, de color violeta, con forma de rombo. La araña-gema volvió a disparar sus lenguas contra ella, pero Atria lo tenía previsto. Salto con agilidad, dándose vuelta en el aire y clavando sus pies en la espalda de la criatura, haciendo que esta cayera al suelo pesadamente, chillando de dolor.

No esperaba que la bestia escapara, la tiro al suelo con una repentina sacudida y se alejó reptando velozmente con sus seis pares de patas, introduciéndose por el mismo agujero del que ella había salido y desapareciendo.

Habría sido aún más tonto pensar que la gema había escogido escapar por ahí porque era más conveniente, cuando tenía la montaña y su galería de sombras a disposición. No, era más seguro que había sido llamada a detenerse y escapar.

Algo le había indicado que no era el momento. Y era cierto, la araña repto con una velocidad mayor, aplastándose y haciéndose fina como una gran hormiga, introduciéndose por una grieta hasta llegar con su señora, que la esperaba con los brazos abiertos, aunque ya no los tuviera, el resto de aquel ejercito bizarro formado de cuerpos peludos, garras, picos, que graznaban y ladraban nerviosamente entre las sombras, y juntos, se dedicaron a esperar.

Mientras su cuerpo se cubría de luz y su leotardo se volvía fibroso y se restauraba, Atria se dio cuenta de que quizás era mejor regresar al templo.

Quizás tuviera paz, después de todo. Steven era amable, no solo podía verlo en sus formas, sino también en lo que ella era capaz de sentir con su habilidad; la perla era capaz de leer los sentimientos de las gemas, aunque en teoría era la habilidad por excelencia de las perlas, muchas no la desarrollaban más allá de la simple servidumbre. Steven y sus compañeras dormían, pero ella no tenía necesidad de hacerlo, por lo que subió al techo.

— ¿Te molesta si te acompaño?

Era Perla (Era rarísimo para ella hablarle por ese nombre, pues era lo mismo que bautizar a un perro como “perro”) estaba radiante, con el brillo de la luna sobre su cuerpo. Llevaba otra vez su extraño saco azul, con picos en lugar de hombreras y extraños tejanos con zapatillas. La gema se sentó en posición de indiecito a su lado, observándola con una sonrisa y ojos radiantes.

—Es gracioso. Casi pensé que te habías ido.

—No lo haría…yo, reconocí algunas caras en la ciudadela.

— ¿Y qué tal?

—Fue muy bizarro, ver esos rostros extraños, pero felices, como si todo lo malo que tenían por dentro se hubiera invertido hacia afuera, como cicatrices en un animal, ya sé que dejaron de ser monstruos, pero para mí fue doloroso ver toda esa alegría. ¡Oh, lo siento, te estoy impresionando!

Perla volvió a sonreír.

—Eres diferente, no actúas como una perla.

—Bueno, no tuve una Ágata muy normal y yo…—Atria, pues Steven y las gemas estuvieron de acuerdo en que así podía leerse su nombre, miro a Perla de reojo. —Querías decirme algo ¿No es cierto? Siento que hay algo que querías decirme y se te ha olvidado.

Perla miro el océano antes de hablar.

—No ha terminado ¿Entiendes? Tu propósito. Cuando mi…cuando Rose me dejo pensé que todo se había terminado, y me convencí que debía ser perfecta, pero en realidad estaba alzando mis manos hacia cosas que no llegarían, y solo Steven me hizo entender lo maravillosa que soy, a través sus ojos ¡Y tú puedes hacerlo mismo! ¡Sería tan maravilloso que otras gemas pudieran verlo!

Atria no pudo evitar reír, no de forma burlona, sino de ver la emoción en Perla.

—Un mensaje un tanto rudo para la mente de un par de perlas ¿No crees?

—Bueno, la verdad yo nunca se lo he…

Atria la tomo de los hombros y la beso. El beso duro unos segundos, necesitaba aquello. Esperaba que Perla empezara, pero como la estaba haciendo esperar la empujo con cuidado sobre el tejado y se dejó caer con los brazos alrededor de ella, el material del que estaba hecho había absorbido buen calor durante el día, todavía estaba tibio.

O quizás era ella.

—No…espera…espera…

— ¿Qué sucede? ¿No querías?—Pregunto Atria. Era claro que algo la molestaba, pues aunque sonreía miraba hacia el horizonte, estaba recordando.

—Hace mucho que no hago esto—Se explicó, con nostalgia en su mirada. —No debo haber estado sola con otra perla en cientos de años.

Atria abrió mucho los ojos al escuchar esto.

— ¡¿Entonces lo haces con otras gemas?! ¿Cómo es?

Perla se ruborizo a más no poder, aunque no tenía sangre roja, su rostro adquirió la apariencia de un arándano pálido.

— ¡No lo hago con otras gemas, no lo hago con nadie!

La misma Atria se sorprendió de aquello. No era algo impropio, después de todo, los otros mundos eran una vastedad de actos, rituales y dogmas, en una sociedad de seres sin necesidades físicas, el hambre, la sed y el sexo eran algo atractivo. No era raro que ciertas gemas tuvieran varias perlas, simplemente para disfrutar de un creativo “entretenimiento”. Incluso Perla, más tranquila, se recostó contra su hombro y le hablo de lo que había sucedido hacia tantos años entre ella y Rose, o más bien, entre ella y Diamante rosado.

Atria volvió a recostar a Perla. Había escuchado suficiente de la historia para sentirse caliente, y Perla había perdido el rubor de su rostro.

—Cientos de años sin “despejarse” debe sentirse peor que meter la cabeza en lava—Dijo sin poder evitar que la emoción hiciera estragos en su rostro, formando raras expresiones mientras desvestía a Perla. —Relájate y déjame encargarme de esto.

La bufanda de Atria se deslizo suavemente por su piel, mientras hacia un nudo en la antena de la casa para sujetar las manos de la pálida gema, que se debatió nerviosa.

Perla cerro los ojos mientras Atria se tendía sobre ella y con su boca hacia saltar los botones de su camisa, dejando al descubierto unos senos redondos y firmes, como dos frutos maduros. La belleza de las perlas era repetida en cadena de montaje: brazos y piernas finas, lomos atractivos como los de las estatuas griegas, hombros pequeños, senos pequeños pero atractivos y vientres ovalados y perfectos.

Un momento después, Perla abotonaba su camisa mientras Atria volvía a perderse en sus pensamientos, mirando la luna. No sabía que sentir, además de ese extraño remolino de pánico y mariposas que se arremolinaba en el estómago ¿Quería decir esto que se había enamorado de ella? No, no era muy probable, pero le había encantado, y aunque una parte de sí misma le decía que era mejor retirarse y conformarse con una probadita del pastel, otra parte de ella, llena de picardía, la animaba a continuar degustando hasta devorarlo por completo.

— ¿Fue bueno para ti?—Pregunto Atria mientras volvía a enrollar su bufanda alrededor del cuello.

—Fue divertido, jamás me había relajado de esa… “manera”.

—Después de mil años ¿No es un respiro de aire fresco?—Pregunto Atria alzando una ceja con una sonrisa pícara en el rostro.

Perla no necesito despedirse, pero beso a Atria en la boca antes de regresar a la casa, aunque le pareció que la perla le había dicho una última cosa.

—Me gustaría jugar también con la chica roja, si no es un problema.

Perla, nerviosa, no supo que hacer y si limito a sonreír. La mirada de Atria, aunque rodeada de pensamientos inocentes, era aterradora y voraz.

—Ja, so no ocurrirá.

Una vez que Perla se hubo ido el viento cambio de dirección, Atria comenzó a sentir como regresaba su apetito sexual, no podía conformarse solo con Perla después de todo lo que había escuchado, Steven no había cometido ningún error al revelarle el mundo maravilloso que había nacido mientras las gemas caídas vagaban sin rumbo entre galerías destrozadas de recuerdos de una guerra perdida desde el principio. La tierra era un mar de opciones, opciones que habrían hecho temblar como ratoncillos asustados a las perlas que escucharan de todo eso, asustadas de sus propias colas.

Y como ya había conocido el miedo, se atrevió a buscar lo que estaba más allá.

25 февраля 2020 г. 16:08:53 0 Отчет Добавить Подписаться
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