leonidasguiles Leonidas F. Guilles

Entre los arboles se esconde un secreto, risas y tambores se escuchan de vez en cuando. Los árboles parecen bailar al son del viento, gritos en un idioma indescifrable alaban a algo en la oscuridad. La danza en el bosque seco se lleva a cabo. 2da edición del relato


Ужасы 13+.

#horror #terror #bosque #378 #301
Короткий рассказ
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La danza en el bosque seco

El viento soplaba violentamente, arrastrando las hojas secas.

Movía a los árboles, dando la ilusión de que estos cobraban vida.

Árboles tan altos que parecían interminables, tocaban el cielo y lo cubrían con sus largas y delgadas ramas, árboles torcidos y tambaleantes que daban cierta sensación de mareo.


Ya el sol empezaba a ocultarse tras el espesor de las hojas marrones.


Una silueta enorme se queda estática en medio de toda esa arboleda.


La luna empezaba a posarse lentamente en el bosque, alumbrando de forma tenue a la figura, era un hombre calvo pero con una frondosa y desaliñada barba, su ropa no era para nada decente, era bastante andrajosa, sus pantalones estaban rasgados y sus pies andaban descalzos, llevaba una camisa blanca casi traslucida.


Sus ojos buscaban algo en la negrura.

Movía las pupilas de forma frenética.


Un leve quejido salió de sus labios azulados que al ser azotados por el viento helado habían adquirido tal color.

Tenía unos brazos largos y huesudos, las costillas bien marcadas y una cara cadavérica, sus manos eran grandes, enormes, parecían palas, sus uñas eran largas y desarregladas, también tenía un irregular azul.


Temblaba, frotaba sus brazos buscando un poco de calor, no sabía si temblaba por el frío o por el pavor, las piernas se le habían debilitado y un soplido bastaba para tirarlo al suelo, aún esperaba la llegada de algo que se escondía en la infinita negrura.


Intentaba correr, pero no podía, sus pies eran inservibles, intentó gritar, pero no pudo, sus labios agrietados sangraban por el frío.

Intentó hablar, preguntar si había alguien, pero fue interrumpido por un susurro rasposo que le envolvía el cuerpo.

Le cruzó la espina dorsal y llegó a sus oídos

—Escucha como afilan los cuchillos y claman, están listos para salir a cazar— Decía una pomposa pero asquerosa voz en la oscuridad.


César perdió el equilibrio e intentando escapar, cayó.


Lágrimas congeladas bajan por sus mejillas, El Acusador no tardaría en llegar al retorcido pueblo de Bathiler, donde César escapó milagrosamente.

Aterrado por pensar en que eran capaz de hacerle, se levantó torpemente e intentó centrarse, se frotaba con manía todo el cuerpo intentando calentarse, parar el temblor, pero seguía igual de tembloroso, ahí la respuesta ante su duda, temblaba de pavor.


Entre espasmos se adentró más en los arboles, forzaba su mirada esperando ver un claro o un valle, pero solo veía puros arboles, sabía que si seguía adentrándose se perdería aún más.


Era mejor perderse en el bosque que ser encontrado por ellos.


Aceptó su destino entre llantos.


Corría sin dirección alguna por el enorme bosque congelado.


Miró a ambos lados pero la oscuridad lo cubría todo, su corazón palpitaba a tal punto que empezaba a doler, el retumbar movía todo su pecho.


Sus pies descalzos empezaron a sangrar por pisar tantas espinas y ramas puntiagudas.


No podía detenerse, una fuerza incomprensible se había apoderado de su cuerpo, la adrenalina lo forzaba a correr, transpiraba con fuerzas, temía a que el corazón se le detuviera, intentaba parar pero sus piernas no le respondían, lo obligaban a huir.


Entre sangre y sufrimiento César hizo su camino.


No pudo ver la rama con la que se quebró la pierna, pero pudo escucharla perfectamente.


Crujió la rama, crujió su pierna.


Cayó al frío suelo de cara, su nariz también crujió, intentó ponerse de pie, pero era patético.


Se arrastraba con dificultad, el dolor en la pierna era tan sórdido que perdió todo control de su cuerpo, empezaba a gritar sin poder pararlo.


Intentó taparse la boca con las manos.

Intentó morderse la lengua.

Pero lo único que lo hizo callar fue ponerse boca abajo y comer tierra.

Su respiración estaba agitada.


Sabía que no iría muy lejos, no había mucho que hacer.


Volteó.


Miró las estrellas, pidiendo paz.


El firmamento era lo ultimo que vería, pensó para consolarse, no quería ver nada más.


Cuando se sintió preparado cerró los ojos y empezó a morir en silencio, descansando sobre unas hojas secas.


Pero su muerte no estaba destinada a ser tranquila.


Algo olía extraño.


Olor a quemado y a carne se habían revuelto, no lo dejaban descansar en paz, escuchó murmullos a la lejanía, chapoteos, risas y música, una música extraña, con tambores, panderetas y güiras, un bullicio que atormentaba, pudo escuchar la voz rasposa de El Acusador que no daba la cara.

—¡Ahí, ahí, mírenlo revolcarse en el suelo!— Gritaba.


César fue forzado a abrir los ojos y aterrorizado por las antorchas que se acercaban a él solo pudo pedir piedad.

—¡No me maten!— decía casi incomprensible por la tierra que tenía en su boca.


Los músicos empezaron a tocar con furor, arruinaban la melodía, transformando la música en ruido, voces agudas se unieron al canto —Ayieh Arhie— callaban las plegarias del hombre.


Hicieron un circulo alrededor de César, las criaturas humanoides se movían de manera casi aleatoria.

Hacían una especie de baile con rasgos ritualistas.

El hedor que emanaba de sus pieles rasposas y pálidas era sinónimo de podredumbre, aquellos seres no eran humanos, aunque lo aparentaban.


César sentía como se lo llevaban por los pies, se retorcía de dolor y de horror.


Empezó a gritar y a escupir la tierra.


Gritó.

Gritó.

La garganta se le despellejaba desde adentro.


Uno de los seres miró con odio a César, la cara de este supuesto hombre estaba cargada con cicatrices que pasaban de lado a lado, ojos rojos completamente dispares y labios pintados con sangre.


Abrió la boca y sus dientes podridos chorreaban degeneración.


Tomó algo del suelo rápidamente y con todas sus fuerzas le lanzó con rabia una roca.


Le partió la cabeza, empezaba a sangrar.

César apretó los ojos y los puños de dolor.

La criatura se extasiaba con cada gota.

Le lanzó otra piedra a la cabeza por puro morbo, para ver qué pasaba, pensó en su degenerada mente.


César maldecía con su voz quebrada.


No fue hasta la quinta piedra que pudo por fin arrancarle la conciencia, siendo sorpresivamente un acto más de piedad que de tortura.


La música no paraba y aquellas cosas bailaban con alegría y clamaban con regocijo.


Clamaban de forma fanática, lloraban de felicidad y se entusiasmaban ya que tenían con que alimentar aquello que se ocultaba en las profundidades húmedas del pozo.


En caravana se acercaban al pueblo de Bathiler, un pueblo que parecía estar perdido en el tiempo por el aspecto de ruinas, una torre de piedra resaltaba, una luz verde salía de las ventanas, la plaza tenía una montaña de cuerpos aún vivos, pero ensangrentados, moribundos, estos siendo lanzados uno por uno en el pozo enorme que se encontraba en el centro.


El destino de César pende de un hilo.


26 ноября 2019 г. 19:29:24 4 Отчет Добавить 2
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Об авторе

Leonidas F. Guilles Joven aspirante a escritor, nacido en Santo Domingo el 2001, República Dominicana, acaba de salir del bachiller y busca su identidad en la escritura para luego perfeccionarla. Mi cuenta en Ig para mensajes directos y también para mantenerte atento de futuros proyectos de Inkspired y de otro tipo: leonidasf.guilles

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Lihuen Lihuen
quedó mucho mejor, el ritmo vertiginoso de la persecución y la música te va engullendo...y ese pozo y lo que esconde...te deja pensando

Baltazar Ruiz Baltazar Ruiz
Que buen relato, me ha gustado mucho

  • Leonidas F. Guilles Leonidas F. Guilles
    Muchas gracias Baltazar, siempre tan atento, este relato también le tengo un especial cariño y quise darle la segunda edición que creo que se merece. Pasa un muy buen día Baltazar y gracias nuevamente November 26, 2019, 19:37
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