galovargas Galo A. Vargas

En Vanjer, una tierra llena de conflictos, múltiples Reinos, Imperios, Casas y Linajes continúan en una guerra armada y política por la hegemonía de la Cuarta Edad. Entre aquellas batallas, los Reinos de Magos lideran los avances decisivos contra los ejércitos endemoniados del Señor Oscuro Ihrir. El joven famoso mago Arcanis, talentoso pero vengador, decide unirse a la guerra de una forma descabellada, y emprende un peligroso viaje en búsqueda de descubrir la verdad sobre, lo que sospecha, podría ser una gran conspiración que ha afectado su pasado y que podría condenar el presente del ancho mundo como se lo conoce. La aparición de un misterioso Mago Negro en todo el asunto, con intenciones tan desconocidas como su identidad, pone aún más en jaque a un continente ya al borde de la ruina.


#7 in Фентези #4 in эпический 13+. © G.A. VARGAS

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Prólogo - De un hallazgo imprevisto

Cuando el niño despertó, vio una luz espectral levantarse como una lanza desde el agua del manantial. Era una media tarde de Junio, del año 931 de la Cuarta Edad. El sol radiaba sobre los mares añiles del Este de Vanjer. El mundo parecía estar en quietud.

El niño contemplaba la luz, y no la entendía. Era plateada como la cortina de una llovizna otoñal, pero destellaba como una estrella. Cuando se había quedado dormido sobre la hierba a la orilla del manantial, en medio de aquella selva inhóspita horas atrás, esa extraña luz no había estado allí.

Los alrededores estaban llenos de árboles frondosos que cada vez se ahogaban más en una oscuridad inusitada. La humedad también había crecido. Desde la cumbre de una cresta de rocas, entre dos picos de piedra erizados que formaban un arco, descendía una maravillosa cascada salvaje.

La luz emergía desde las profundidades del manantial donde la cascada desembocaba. Invadido por la curiosidad, él decidió averiguar de qué se trataba. Se metió en el agua, nadó hasta ese sitio, y sumergió la manito delgada hasta la profundidad. Introdujo los dedos entre unas piedras, removiéndolas, esparciendo la tierra, hasta que acarició un inesperado objeto redondo, muy distinto a cualquiera de las piedritas lisas que se pueden encontrar en el fondo. El objeto estaba enterrado y proyectaba una luz fantasmal que parecía moverse al compás del roce de los delicados dedillos. Sabiendo que no podría sacarlo tan fácilmente, el menudo niño sumergió su otra mano para tirar con más fuerza. Haló y haló, hasta que finalmente la sacó del agua con un tirón violento usando todo el peso de su cuerpo. En las manos del chiquillo resplandeció una esfera oscura del tamaño del puño de un adulto. Otra luz relampagueaba salvaje en su interior. El cielo se oscureció súbitamente, arremolinando nubes negras de tormenta como cuando la lluvia llora las tumbas.

El niño miró la esfera, y sintió una emoción en su corazón. La rozó con su mano: el cristal estaba frío como el hielo. Pero estaba enamorado de la belleza de este ejemplar. De pronto, un destello dorado como el sol saludó desde el interior del cristal, y aparecieron unas secuencias de caracteres, con formas extrañas, difuminándose una tras otra.

«Ni… dân», murmuró el niño para él, aunque no tenía idea cómo ese condenado nombre había surgido de sus labios. Sus ojos embelesados se fijaban en las flamas bailarinas en el alma de la esfera negra. El nombre seguía tocando susurros escabrosos en su mente como notas de horror.

— Nidân…—repitió firmemente.

Entre el cinturón de árboles selváticos apareció un hombre adulto. Vestía un ropaje simple, digno del Cuarto Eón (el ciclo de tiempo, al que los Hombres del Sur se referían simplemente como Cuarta Edad). Era un atavío negro de seda, casi de pies a cabeza, con una capa gris de tela gruesa cubriéndolo como un Señor, y con botas también negras como la tinta. Debajo del cuello lucía un collar que expedía una luz naranja. Parecía ser ropa escogida específicamente para asistir a algún evento en particular.

— Hijo—llamó calmado desde la orilla del manantial—. Es tiempo. Vámonos, que se nos hace tarde. Tu madre debe de estar preocupada, y ya sabes que no hay que hacerla esperar.

Sus expresiones cambiaron de repente. Los labios se le transformaron en una mueca torcida. Las arrugas de su perfil se oscurecieron, toscas, hurañas como fustigadas por un rencor terrible. La frente severa se frunció. El niño lo miró y se dio cuenta, y vio a su padre yendo hasta él, metiéndose lentamente en el manantial, entrando en el agua sin importarle mojarse. El niño sintió que su padre no le despegaba la mirada, como un cazador a su presa. Una mirada que nunca había visto en él. De repente hasta había una neblina fantasmagórica flotando sobre la tierra.

— ¡Mira, papá!—dijo un poco asustado y tratando de mantener la voz firme a duras penas—. Se llama Nidân.

Ese nombre... tan viejo como la tierra misma; viejo, conocido pero también desconocido. En esos ojos que le eran tan familiares, el niño descubrió que su padre lo había oído antes; por supuesto que debía de haberlo oído, si algo sabía de historia. La expresión pálida en su cara enojada lo confirmaba. De pronto, el hombre dio tres zancadas y alcanzó a su hijo dentro del agua. El niño lo sintió más alto que nunca, y desde su posición lo miró con miedo mientras su padre lo acorralaba desde la altura con su propia mirada. Con un agarrón salvaje, le arrebató la esfera de su mano.

— ¿Dónde has conseguido esto?

El niño notó que su padre también echó un vistazo a las profundidades de la esfera oscura. Dentro de ese hermoso cristal negro se veía la misma danza de la flama latente y violenta, que golpeaba las paredes transparentes que la atrapaban. Y entonces, ambos oyeron una voz prolongada y siniestra llamando desde adentro, una voz que apenas era entendible, aunque terriblemente amenazante. El agua vibró; al comienzo suave, pero luego cobró más y más fuerza. El niño sintió como si estuviera a punto de conocer un horror antiguo. Él no se equivocaría.

Navish ugimniûn yl ameriâ yl iâvris—recitó la Sombra en la esfera.

El niño tembló, y al buscar la mirada de su padre, vio cómo los ojos de él se volvían tenebrosos, vacilantes como la primera lluvia primaveral, y penetrantes como la luna coronada por una escarcha de estrellas.

— Papá…—llamó, encogiéndose de miedo; y es que nunca lo había visto así.

El hombre no contestó.

— ¡Papá!

— Sa… ¿sabes qué es esto?—finalmente respondió, con sus ojos tan punzantes como jabalinas.

— No. No sé, papá. Pero sé su nombre… Me lo dijo.

— ¿Su nombre? Por las cuatro lunas, dime qué oíste.

— Me dijo su nombre, papá. Y vi un fuego...—trató de recordar—creo que dorado. También dijo "Magia Negra", aunque en otro idioma que no sé por qué pude entender, si no lo había oído nunca. Pero estoy seguro que eso quería decir. En mi cabeza sé que eso significaba.

— ¿Magia Negra?—repitió el hombre, empalidecido—. Maldita sea, dime dónde la has encontrado. ¡Dímelo ahora!

— Aquí, debajo del agua, papá—señaló sin precisión—. Debajo de la cascada, ¿ves? Pero ahora es mía, papá; es mía para siempre.

— ¿"Tuya"?—repitió el hombre, endureciendo sus puños.

— Sí, papá… Es mía. Es mía, y de nadie más; y debo cuidarla con todo lo que tengo a mi alcance. Es mía.

Un silencio trepidante retumbó el manantial. El niño notó cómo su padre lo miraba con un furor inédito. Nunca lo había visto tan congestionado de ira. Su buen padre siempre había sido sensible con él, muy amable, cariñoso, atento y bondadoso, pero ¿porqué reaccionaba así ahora?

— ¡No es tuya!—gritó su padre de repente, y lo abofeteó tan fuerte que lo lanzó contra el agua—. No digas disparates, muchacho tonto. ¡Que ni se te vuelva a ocurrir! Ven, levántate, por las cuatro lunas, y vámonos ya. Dame tu brazo. Que me des tu brazo. Eso es… vamos, date prisa. Hay que irnos.

El niño salió del agua temblando de terror, pero en su mano, en su pequeñita mano, había una roca afilada y puntiaguda del manantial. ¿Cómo? No lo recordaba.

— ¡Aún no quiero salir!—lloró enojado—. ¡¿A dónde vamos, papá?! ¡Suéltame, suéltame!

— No querrás que te vuelva abofetear, ¿verdad?—le espetó arrastrándolo con más fuerza—. No se hablará más, y tú, escucha bien, tú, no vuelves a este lugar. ¿Entendiste?

El hombre guardó la maldita esfera en su bolsillo. Miró alrededor, y se apuró hasta abandonar el manantial. El menudo niño miró sobre su hombro por última vez mientras soltaba la roca puntiaguda, y lo único que halló esta vez fue a la oscuridad cerrándose a sus espaldas entre los árboles tenebrosos.

Desde entonces, pasaron catorce años; catorce largos, y tranquilos años, al menos así fue hasta que un día...


17 сентября 2014 г. 11:16:12 38 Отчет Добавить Подписаться
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Vanjer
Vanjer

Después de Cuatro Edades enteras en existencia, Vanjer sigue siendo un continente lleno de disputas, batallas, misterios y condenas. Se trata de un continente bendito por seres superiores, al que ningún mal puede entrar, pero que al mismo tiempo nadie ni nada puede escapar. Узнайте больше о Vanjer.