mavi-govoy Mavi Govoy

Las vecinas de Isidro tienen fama de misteriosas, en un edificio en el que todos se conocen, nadie sabe nada de ellas, nadie las ve entrar ni salir, nunca reciben visitas y su buzón siempre está vacío... * * * He hecho cuanto he podido por no pasarme mucho de las 1000 palabras, pero no he encontrado la forma de contar la historia que quería contar sin extenderme algo más. * * * La imagen de la portada está tomada de https://pixabay.com/es/photos/naturaleza-atardecer-cielo-nubes-4491066/


Фентези Городская фантазия Всех возростов.

#romancedeotroplaneta
Короткий рассказ
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La orden del vencejo



Se conocieron a comienzos de primavera. Isidro había hecho una pausa en el estudio, se le salían las ecuaciones por las orejas y veía fórmulas trigonométricas, cifras, incógnitas y logaritmos que giraban alrededor de su recalentada cabeza.

Pese a ello se sabía afortunado por tener una beca para estudiar en la capital y por haber sido acogido por la tía abuela Menchu.

El tío abuelo Odón se casó más allá de los cincuenta. Menchu tenía catorce años menos y la enemistad de la familia del novio, que creció cuando Odón resultó muerto en un incidente callejero y Menchu adquirió el usufructo de todos los bienes del finado. Sin embargo, cuando un apurado Isidro la contactó para pedirle alojamiento hasta que encontrase residencia, fue recibido con los brazos abiertos.

Salió a la terraza. Un tordo que se paseaba por el murete le dirigió una larga mirada antes de encaminarse a la terraza vecina. En las calles abundaban las palomas, en cambio, por aquellos tejados no había palomas, pero sí tordos, grajos, urracas… Con frecuencia los veía posarse en la terraza de al lado.

Isidro se sentó al sol y estaba abstraído en sus pensamientos cuando escuchó el saludo.

Una cabeza humana -joven, atractiva, sonriente y femenina para más señas- asomaba al borde del muro que separaba las terrazas. Era un muro ideado para que los vecinos no se viesen unos a otros, para asomarse había que arrimarse al borde, empinarse y torcer el cuello. Quizá por eso en el año y medio que Isidro llevaba en la capital nunca había visto esa cabeza. Sabía que la casa de al lado estaba habitada porque las luces se encendían y apagaban y, en ocasiones, escuchaba el murmullo de la radio, pero jamás había visto a sus ocupantes, nunca se había cruzado con ellos.

En un gesto maquinal, Isidro empujó el puente de la gafa para ajustarla en su sitio y ver bien a la aparición.

Al poco, con la facilidad de los jóvenes para sintetizar, se habían contado sus respectivas vidas. Como él, Milana estaba en la capital para estudiar, era artesana y aprendía a trabajar el vidrio. Convivía con su hermana Merlina, dos años mayor y dotada de un cerebro privilegiado que le había permitido obtener el título de bióloga a los diecinueve, que cursaba un máster en genética. Oficialmente vivían con su madre, que viajaba mucho y casi nunca estaba.

Al día siguiente, volvieron a juntarse para charlar, aunque separados por el muro medianero de las terrazas. Y también al otro. Y al otro.

No del todo consciente, Isidro empezó a prestar atención a los ruidos de la casa de al lado. A los tiempos de silencio y los intervalos en que percibía el zumbido de la radio, en particular estaba pendiente del ruido de la puerta…, o de su ausencia. En cinco días ni una vez oyó abrirse o cerrarse la puerta.

El sexto día, quedó con Milana para ir a la bolera.

Ambos estaban recostados contra la baranda de su respectiva terraza, con el muro de por medio, el paisaje de tejados por delante y los chirridos de los vencejos por encima.

—Vendrá también Merlina y un… amigo suyo —dijo Milana sin esconder su desagrado por ese amigo.

Isidro había conocido a Merlina un día antes, es decir, había visto su cabeza a un lado del muro divisor. Se parecía a Milana: melena castaña, ojos ambarinos y piel ligeramente tostada, pero su expresión era seria y distante. No parecía una ligona, aunque Milana contó que Ángel era su sexta conquista. Dijo que los elegía porque los calaba al instante y en cuanto comprobaba que no se equivocaba se deshacía de ellos. A Isidro la explicación le pareció inconsistente.

—Dime a qué hora llamo a tu puerta —propuso.

—Nos vemos en el portal. Sería inútil que timbrases, la puerta está cerrada con llave y no sé dónde las dejé, tendría que buscarlas y… ambos perderíamos tiempo.

—Si no encuentras las llaves, ¿cómo entrarás en tu casa al regresar?

—Como lo hago siempre. A las ocho en el portal. Se puntual.

Al filo de esa hora Isidro salió al descansillo de la escalera y esperó. Dos minutos antes de las ocho la música en la casa de las vecinas cesó, pero no salió nadie. A las ocho y tres minutos, a la carrera, Isidro salió del portal y vio a Milana y Merlina bajo la luz crepuscular en compañía de un joven bajo pero fornido.

Al echar a andar, Milana le sujetó del brazo y se retrasó para cuchichear sin ser oídos.

—Merlina piensa que Ángel va a lanzarse hoy y que yo no debería haberte implicado, pero confío en ti y mi intuición es tan fiable como la de ella.

No hubo ocasión de preguntar a qué se refería antes de que el mundo se zarandease. Una tiniebla brumosa se cernió sobre ellos, el viento sopló cortante, frío y con tufo a perro mojado y sudor. Ángel se hinchaba y crecía como si se atiborrase a hormonas instantáneas, sus brazos casi rozaban el suelo, en su cabeza brillaba una dentadura de tiburón. Merlina saltó hacia arriba y se transformó en un halcón acerado. Un azor ocupaba el lugar de Milana.

En el estupor provocado por el enfrentamiento que tenía lugar ante él, el cerebro de Isidro, racional y sereno, apuntó que la habilidad mutante explicaba satisfactoriamente el misterio de la puerta que nunca era empleada.

La lucha fue breve. Las aves, rápidas e inalcanzables, se lanzaron una y otra vez sobre su presa para rasgarla. En unos instantes, el gigantesco Ángel oscuro se desinfló, humo y pus escapaban por las heridas, el corpachón, tan sólido antes, se arrugó como un pellejo vacío. Las aves sujetaron los restos en el aire y los sacudieron hasta que un gusano gordo escapó de ellos. El halcón lo atrapó al vuelo y se perdió con él sobre los tejados.

Una mano se posó en el brazo de Isidro. Milana volvía a ser humana. O a parecerlo.

—¿Qué… qué ha…? —trató de preguntar él.

—Ha acabado —interrumpió Milana, amistosa como de costumbre—. Te lo estás tomando muy bien, me alegro de que no grites ni te asustes de mí…

—Ni moje los pantalones —aportó Isidro. Lo que provocó una risita de Milana.

—Quedan pocos bosques impenetrables y muchos seres como Ángel se esconden en las grandes ciudades..., hasta que alguien como Merlina los combate. Es nuestro trabajo.

—Cazáis monstruos.

—Sí, pertenecemos a la milenaria orden del vencejo cazamonstruos.

—Pero yo no soy… Quiero decir, si tu interés por mí es porque piensas que me crecen pinzas asesinas o un aguijón venenoso o pinchos…

Milana rio de nuevo.

—Te dije que yo confío en ti. No eres un monstruo, has demostrado ser un aplacador, y estoy convencida de que también puedes ser olfateador.

—Eres consciente de que no te entiendo, ¿verdad?

La tiniebla, el viento y el hedor se habían esfumado. Milana se colgó del brazo de Isidro y tiró de él calle abajo.

—Halcones, azores, cuervos y algunos otros somos la fuerza de choque —explicó mientras caminaban—. Vencejos y gorriones son oteadores, localizan los escondites de los malos; hay otros que los olfatean, pueden seguirles el rastro a través del tiempo y el espacio. Los más escasos son los aplacadores, que interfieren para impedirles adoptar su forma monstruosa.

—Pero esa cosa… Ángel…

—Se olió que lo conducíamos a una celada y atacó primero, pero tú impediste que se transformase. Si hubiese completado la mutación, nuestras garras no le hubiesen hecho ni cosquillas. Tu influencia nos permitió derrotarlo.

—Ahora me despierto, supongo.

—Estás despierto y hemos llegado. La bolera es una casa segura. —Milana se apartó un paso—. Y si prefieres olvidar lo que ha sucedido, aquí nos despedimos…

Se miraron de frente. Isidro se perdió en los ojos ambarinos de Milana.

—¿Tengo opción? —preguntó con seriedad.

—Si entras, nada podrá impedir que seas entrenado como cazamonstruos aplacador.

Isidro enderezó la gafa y echó un vistazo a la inusual congregación de tordos y urracas posados en los carteles de las tiendas, luego volvió a mirar a Milana, que se mordisqueaba el labio.

—Odón fue olfateador —musitó ella, tan bajo que lo descifró porque lo leyó en sus labios.

Recordó a su tío abuelo con un majestuoso cuervo de alas extendidas posado en su brazo, en la última fotografía tomada en vida. Su muerte a manos de maleantes adquirió un significado nuevo.

Le tendió la mano a Milana.

—Entremos —decidió.

25 марта 2023 г. 16:17 0 Отчет Добавить Подписаться
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Об авторе

Mavi Govoy Estudiante universitaria (el TFG no podrá conmigo), defensora a ultranza de los animales, líder indiscutible de “Las germanas” (sociedad supersecreta sin ánimo de lucro formada por Mavi y sus inimitables hermanas), dicharachera, optimista y algo cuentista.

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