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El inicio

Estudiar fuera de casa tenía sus ventajas.

Por ejemplo, aquí había una enorme biblioteca en la que podía pasar el fin de semana leyendo sin temor de escuchar los gritos de mamá con su“¡ponte a hacer algo, Lucía!”, porque, por supuesto, para ella leer era sinónimo de no hacer nada.

Pero siempre fue más que eso.

Desde la perspectiva de una introvertida, los libros siempre fueron un escape, una manera de salir del mundo y viajar usando la imaginación. Eso y el olor a libros viejos que me abrazaba ni bien llegaba a la biblioteca. Era una bendición.

¿Y quién es esta rata de repisa, se preguntarán? Me bautizaron con el nombre de Lucía y estaba en mi segundo año fuera de casa, no por gusto, precisamente, sino por estudios. Y sí, adivinaste, elegí una carrera relacionada a los libros: Literatura.

En casa me leyeron la carta sobre que iba a morirme de hambre y que debería elegir algo más serio y con futuro, como medicina o algo sobre tecnología. Pero haber elegido cualquier otra opción habría sido un engaño y fallarle a mis ideales.

Así que aquí estamos.

Era viernes y festivo. La mayoría de mis amigas se habían ido a sus casas fuera de la ciudad y, mi mejor opción, fue la biblioteca. Llevaba horas enfrascada en un grueso ejemplar de Edgar Allan Poe, sintiendo su nostalgia, su amargura y pena en cada palabra. Apenas y me di cuenta del tiempo, hasta que la señora Brenda, la encargada del lugar, me avisó que cerraba en cinco minutos.

—Oh, lo siento. Ya me voy.

Le ofrecí una sonrisa de disculpa y ella negó con amabilidad. A estas alturas, ya no era raro que fuera la última en irme.

—¿No tienes otros planes? Podrías ir a tomar algo, como hacen todos los jóvenes —dijo mientras recogía el libro que estuve leyendo.

—Quizas vaya a tomar un café, no es tan tarde.

—No me refería a ese tipo de bebida...

—Lo sé.

Entre risas, la señora Brenda me deseó buenas noches y cerró la puerta luego de que me fui.

Lo de ir por un café no era del todo mentira, aunque no pensaba quedarme fuera a tomarlo. Más bien, lo pediría para llevar y me iría a mi pequeño cuarto de estudiante. Pero mis pasos me llevaron a un lugar nuevo. Hoy no sé si fue el destino o una especie de fuerza mayor pero, cuando lo pienso demasiado, llego a la conclusión de que así tuvo que pasar.

Un flayer en la pared anunciaba la gran apertura de una cafetería literaria esa misma noche. Se ofrecía café, postres y buenos libros a sazón. Además, música en vivo. Y sí, era el escenario perfecto para una loca de los libros. Así que, naturalmente, entré.

El piso de abajo era una tienda de santería que olía a incienso y esoterismo. Y las escaleras de junto te llevaban a la cafetería nueva. Subí y no tardé en ser engullida por el lugar. Había libros por todos lados, en repisas rústicas, en cajas de madera pegadas a la pared, en el suelo y en los sillones, que no eran otra cosa que cojines acomodados a manera india sobre la alfombra.

Había unas quince o veinte personas dispersas en el lugar. Aunque era obvio que habían llegado acompañados, a diferencia mía.

Estaba tan maravillada, que casi salté de susto cuando una chica se me acercó y me dio la bienvenida.

—¡Nos da gusto tenerte por aquí! Soy Romina y te estaré atendiendo. ¿Te ofrezco una mesa? —la chica tenía acento extranjero y era tan blanca como la leche. —Tengo una mesa junto al escenario.

Me mostró con la cabeza dónde estaba el escenario y noté el piano oscuro en el mismo. Mi cara se iluminó en seguida y acepté.

—Suena genial. Gracias.

Romina me llevó a la mesa junto al escenario y me dejó un menú, pero de todos modos me dio opciones de bebidas. Pedí un café de vainilla y una rebanada de pastel de zanahoria, y la vi irse con su sonrisa cordial al otro lado de una barra.

Mis ojos recorrieron el lugar con curiosidad y me sentí en mi propio hábitat. Aunque estaba sola, el calor humano de personas con mis mismos gustos era reconfortante.

Antes de que mi pedido llegara, me acerqué a un librero junto a una puerta, llamada por los libros en el mismo. Había de todo y me tomé el tiempo de leer las portadas y su información. Tomé un libro azul de estilo detectivesco y, cuando iba a irme a mi mesa, alguien salió por la puerta y me tiró el libro de la mano. El libro cayó abierto al azar junto a un par de Converse raídos y luego un par de dedos largos, suavemente cafés en las puntas, lo tomaron del suelo.

—El libro es mío.

Mis ojos subieron desde los tenis, por el pantalón de mezclilla, la chaqueta oscura hasta el rostro del chico que tenía el libro azul aún en sus manos. Y añadió: —Bueno, era mío antes de donarlo. Te gustará.

Tenía una sonrisa segura y contagiosa, y su cabello entre el rubio y el castaño le cubría la frente. Pero fueron sus ojos los que me dejaron en el limbo de la estupidez por un par de segundos. Eran una mezcla entre el gris y el azul que no había visto en nadie más.

Su sonrisa era eterna, y me vi absorbida por la energía cautivadora de este chico. ¿Quién era él y cómo se atrevía a desarmarme de esa manera?

—¿Hola? —su acento era similar al de Romina, extranjero, argentino quizás, con un toque coqueto. Y luego se rió. No con burla, sino con suavidad. Tomó mi mano y puso el libro ahí antes de asentir. —Tengo que ir ahí. Disfrutá tu cena.

Y con eso, todo el imán que estuvo presente mientras lo tenía a centímetros de distancia, se fue alargando y estirando.

Entendía lo que estaba pasando. Leí cientos de libros de romance para saber que aquello se traducía en una adolescente atracción. Pero yo no tenía quince y, seguramente, me veía torpe babeando por un chico del que no sabía ni su nombre -pero que estaba justo ahí.

Volví a la mesa y mi cena llegó poco después. Romina me dijo que la música también estaba por comenzar y mi sorpresa incrementó cuando vi quién era el pianista. Sus dedos se movían por las teclas con destreza, y fue como ver a otro chico en el banquillo, siendo uno con la música. Había leído sobre la pasión, pero logré entenderla a través de él y la forma en que tocaba.

Era increíble.

Un tema tras otro, seguido de una ronda de aplausos y la sonrisa tímida del chico, que no miraba al público pero asentía en agradecimiento antes de seguir tocando algo nuevo. La noche se volvió musical, endulzada con el café, la vainilla y el postre, y el color brillante de un par de ojos que, después de una hora, se volvieron a fijar en mí.

Directamente en mí.

Pero no huí. Me quedé ahí mientras él se ponía de pie y recibía aplausos, mismos que acompañé con gusto. Otro chico subió junto a él al escenario y tomó la palabra.

—Agradecemos a nuestro amigo Luca por su talento. ¡Aplausos!

Luca.

Ahora sabía su nombre.

Luca se perdió por la puerta detrás del escenario y yo me ocupé en terminar mi postre. Pero no pasó mucho tiempo cuando alguien se sentó en la silla delante mío. Levanté los ojos de mi plato y lo vi a él.

La sonrisa fue automática por parte de ambos.

—¿Cómo estuve? —preguntó subiendo ambos brazos a la mesa. Sus dedos casi llegaron a rozar la manga de mi suéter.

—¿De verdad necesitas saberlo? ¿O sólo quieres subir tu ego?

—Un poco de ambas.

Pero lo que vi en sus ojos fue humildad y algo que reconocí casi como propio: aprobación. Este chico, con todo y su talento, buscaba aprobación.

—Estuviste increíble, de verdad.

—No lo decís sólo porque lo pregunté, ¿cierto? —sus mejillas se pusieron suavemente rojas y a mí casi me da algo por él arrebato de ternura.

—Oye, sé que no nos conocemos, pero no voy por ahí tirando halagos, créeme.

Se pasó la mano por el cabello, despeinándolo un poco y, cuando la bajó de nuevo, nuestros dedos ahora sí se tocaron. Fue un segundo, pero la electricidad que sentí y estalló en mi pecho duró incluso después de que Luca se aclaró la garganta y se echó para atrás. Había sido incómodo a primera vista, pero no desagradable. Era como descubrir un vicio nuevo.

—Hablando de desconocidos —dijo después de lo que parecieron varios segundos, —¿puedo saber tu nombre?

—Lucía.

—Lucía —repitió con la misma sonrisa transparente. Y fue como escuchar mi nombre por primera vez.

¿Qué me estaba pasando?

—Lu y Lu —solté de forma natural, antes de pensar en las mil maneras en que pudo haber sonado eso.

—Debe ser una señal.

Levanté mi mirada y me encontré con la suya. Y me di cuenta que no fui nada más yo la que sintió todo el mar de emociones esa noche. No sabía cómo ni de qué manera, pero lo que sea que fluía entre ambos, era recíproco. ¿Debía creer en esa conexión? ¿Estaba bien sentir que esa no era una casualidad y que lo conocí por algo más? ¿Estaba bien sentir que todo estaría bien?

—Empiezo a creer que sí.

11 января 2022 г. 5:14:49 0 Отчет Добавить Подписаться
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