fernandocampoy Fernando Campoy

Alfredo tiene sueños, planes y proyectos como cualquier otra persona. Sin embargo, el destino quiso darle una gran lección que quizá aprendió de una manera sorpresiva y dura. Veamos como actuó. Veamos si pudo aprender. Porque el que tiene todo, puede perderlo en un segundo y es ahí, cuando todo se va...


Драма Всех возростов.

#destino #historiacorta #Alfredo #Drama
Короткий рассказ
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Cuando todo se va

Alfredo era un hombre normal. Lleno de planes y proyectos, tenía salud, vida, familia, una novia amorosa y amigos leales. Tenía todo lo que el dinero no puede comprar. Poseía lo que se había propuesto y quería todavía más, pues esa es la naturaleza de los planes, conquistar una meta y fijar la próxima.


Trabajaba en una oficina gubernamental en un cubículo mucho mas reducido que sus sueños. Sus actividades eran la parte financiera vertebral de la dependencia. Números que cuadrar, gastos que comprobar, todo, a golpe de calculadora y bolígrafo.


Y así, entre las ocho de la mañana y las cinco de la tarde, se dedicaba a doblegar cuentas y a desenterrar dígitos.


Su madre llevaba siempre una oración en los labios para él. Su padre se sentía orgulloso. Su novia lo esperaba cada tarde con su imagen en la mente.


Pero la vida siempre está al acecho. Siempre ve burlona en lo más obscuro de la noche. Siempre prueba al espíritu. Quiebra al débil. Pulveriza al fuerte.


Un día normal, un día que parecía como cualquier otro, resultó que fue todo, menos eso.


Ese día, el destino se flexionó sobre él.


Perdió su trabajo debido a unos malos cálculos y peores consecuencias. Como si su habilidad numérica le hubiera fallado en el momento menos preciso y a partir de ahí, su vida se fue por el drenaje.


Tres meses desempleado. No encontraba nada. El hambre crecía y las opciones se agotaban.


Por si fuera poco, hubo un incendio en su casa mientras dormían. Un cortocircuito. Todos fallecieron menos él, que resultó con serias quemaduras en el 40% de su cuerpo.


A los cuatro meses de ese terrible acontecimiento, el dinero se había esfumado. El auto vendido. Los restos de la casa a la venta. Sus sueños, en ruinas.


Sus parientes ya no le abrían las puertas. La novia se esfumó como el dinero mal habido y se fue con otro. Sus fieles amigos, dejaron de serlo.


El hambre arreciaba y fuerte. Era él o la nada. Era la comida o la muerte. Era salir a buscar pan o despedirse de esta vida.


No tuvo mayor opción que limpiar vidrios de autos en una calle muy transitada. A cambio, recibiría algunas monedas con las que podría sufragar el cruel apetito que no lo dejaba ni a sol ni a sombra.


A unas cuadras de donde frotaba cristales había un edificio abandonado, mismo que ahora lo guarecía por las noches.


Pocos días después, sostuvo una discusión con otros indigentes y lo hirieron de gravedad con una navaja oxidada. Desarrolló enfermedades que ni siquiera sabía que existían. Su cuerpo cedía aún más. No lograba recuperar la salud por completo, pero forzosamente necesitaba trabajar. Sin trabajo no hay comida y si no hay comida, no hay nada.


El tiempo transcurría inexorable y firme. Nadie lo recordaba. Nadie le ofrecía su mano. Sus días eran noches. Sus noches eran suspiros.


Aquel día de paga las personas iban y venían. El ritmo nocturno se acrecentó pues ahora todos traían dinero en sus bolsillos. Autos zigzagueando por las calles con la música rugiendo a todo volumen. Gritos de euforia por aquí, risas por allá. Luces que venían y luces que se iban, como si le dijeran a Alfredo que allá ellos y que ahí él.


Un par de luminarias se acercó furioso al cruce de calles donde Alfredo limpiaba vidrios. Un deportivo. Al volante, un conductor ebrio. Nunca una buena combinación.


Se acercó demasiado y lo embistió. Alfredo cayó de bruces en el pavimento.


Se oyó un golpe seco y fuerte. Su cabeza se partió. La sangre comenzó a brotar como cascada.


El vehículo ni siquiera se detuvo. El conductor vio por el retrovisor a Alfredo agonizando y aceleró su marcha. Lo dejo a su suerte.


Moría a cada segundo, aunque ya estaba muerto, pensaba él. Muerto en vida y ahora, muerto en forma.


Sentía como se iba de su realidad. Esa realidad tan inclemente que poco a poco le quitó todo.


El dolor físico era fuerte, pero era más fuerte el emocional. A pesar de eso, sonrió. Sonrió porque al fin se marchaba. Se despedía de sus días, de sus noches, de sus dolores, de sus carencias y de todo. Especialmente de todo lo cruel.


Su respiración se agotó. Sus manos dejaron de asirse. Expiró su último aliento.


No vio luces, ni túneles. No vio ángeles, ni arpas celestiales. Nada de lo que alguna vez vio en las películas.


Una vez que todo se obscureció, sintió un piquete en su costilla. Era su compañero de oficina que le decía que su jefe estaba por llegar.


Fue sólo un sueño. Sacó su teléfono móvil, vio la hora y la fecha. Todo parecía estar en orden. Había caído rendido por tanto trabajo y durmió por unos minutos sin quererlo.


Comenzó a llamar a aquellos que había perdido en su realidad alterna, en ese sueño voraz. Todo parecía normal.


Faltaban dos días para su cumpleaños y todos estaban listos para la fiesta.


–Qué pesadilla más horrible –dijo Alfredo para sí mismo.


El jefe llegó y el trabajo siguió. Alfredo siguió pensando que horrible es...cuando todo se va.




Fin.—

11 октября 2021 г. 6:44:53 0 Отчет Добавить Подписаться
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