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Mordaza


Tendría unos ocho o nueve años cuando su novio estaba en casa viviendo con nosotras. Él nunca me gustó.

Era de la misma altura de mi madre o puede que un poco más bajito. Unos 167cm, pelo negro y corto que le llegaba casi hasta la nariz. Tenía unos ojos grandes y saltones, su nariz casi llamaba más la atención que los ojos aunque no en el buen sentido. Su cara estaba llena de surcos muy marcados en la piel, probablemente por el exceso del crack que ambos usaban. A pesar que mi madre también abusaba, ella siempre se veía mucho mejor que él, más elegante en cierto modo.



Una noche, no podía parar de quejarme y de gritar. Ambos estaban en casa y creo recordar que solo quería un poco más de atención por parte de mi madre. A pesar de su ausencia en muchas de las noches, estaba muy apegada a su presencia, siempre quería aprovechar el tiempo en el que ella estaba en casa, y ese día no me quería ir a dormir. ¿Cómo podría irme a dormir tranquila? No podía saber si ella estaría en casa cuando despertara en la madrugada y no quería despertarme en la oscuridad buscando a mi madre y encontrarme sola.


Ambos me repitieron constantemente que era hora de ir a la cama y tenía que ir a dormir; mientras, yo seguía gritando y demandando atención. ¿Qué haría una adulta normal en una situación donde su hija no se calla la puta boca? Sinceramente no lo puedo saber, pero puedo intentar imaginarlo. De lo que sí estoy segura, es que un adulto responsable, no dejaría que su pareja fuera solo a la habitación de su hija con cinta aislante en mano, y dejarlos solos. ¿Dónde estaba ella? Porque sí que sé dónde estaba él. Encima mío envolviendo la cinta alrededor de mi cabeza hasta que mi boca ya no pudiera emitir ningún sonido. Intenté patalear, arañar y gritar todo lo que pude. Para tener solamente ocho años era bastante fuerte y alta para una niña de mi edad, y aún así, no pude quitarme el peso de un hombre adulto de encima. A lo mejor alcancé a darle algunos rasguños, pero nada que pudiera importarle.

Cuando Sergio -nunca podré olvidar ese nombre-, cumplió su objetivo se fue de mi cama y me miró, riéndose cómo si alguien le hubiera contado el chiste más gracioso de toda la semana. Supongo que en la mente de muchos hombres no hay nada más divertido que saber que tienen poder sobre otro ser humano y que éste está indefenso. Incluso si es una niña de ocho años. Ese cabrón sabía que lo odiaba, y disfrutó cada minuto de lo que me estaba haciendo, sobre todo porque yo no podía hacerle nada.

Terminó de reírse y me dijo:


- Ahora sí que vas a estar calladita por el resto de la noche -. Se rió una vez más y salió de mi cuarto mientras yo intentaba aguantarme las lágrimas.



A los quince o veinte minutos o a lo que a mí me pareció una eternidad, después de Sergio haberse ido de mi cuarto, mi madre abrió la puerta de mi dormitorio. Sus ojos semiverdes se abrieron de par en par al verme con la cara roja e hinchada de llorar, intentando quitarme el adhesivo alrededor de mi cabeza.


-¡No me puedo creer que te haya hecho esto!-. Exclamó en shock.


Vino al lado de mi cama e intentó ayudarme a despegar las capas de cinta aislante pegadas a mi cabeza, en especial las que estaban pegadas a mi pelo.

No podía discernir si la expresión de su cara era de desconcierto o rabia mientras ella intentaba no desgarrar la mitad de mi pelo. El hecho de que su novio me hubiera amordazado... En mi cabeza estaba segura de que este episodio significaba su marcha de nuestra casa.

Tardamos un rato en conseguir despegar todo el material de mi cabeza. Mi suerte fue que a pesar de tener el pelo tan largo, era también bastante grueso y lleno de vida, aunque casi la mitad de mi pelo se quedó en el adhesivo de la cinta, mis rizos disimulaban bastante el cabello faltante.


A la mañana siguiente al despertarme, él estaba en nuestra casa como cada mañana.


No podía creer que mi madre hubiera permitido que un extraño me tratase de esa forma... ¿Y que después le permitiese seguir en nuestra casa? ¿En una casa que se suponía que era mía también? ¿Donde vivía? Aunque esas cuestiones no se alzaban con tanta claridad en la mente de una niña pequeña, mi frustración al tener que verle la cara por la mañana, no tener a donde ir o escapar crecía más y más en mí. Pero si mi protectora lo había permitido, tendría que ser porque me lo merecía.





*Reflexión sobre la histora*:


Años más tarde, cuando recuerdo este episodio entre muchos y estoy en proceso de liberación y quitarme de encima el sentimiento de culpa con el que crecí. Por fin me doy cuenta de que bajo ninguna circunstancia, ningún niño o niña debe ser sometido a maltratos de esta clase, y es trabajo de nosotros -ahora- adultos estar atentos y no tolerar este tipo de comportamientos, porque:

¿Qué sucede cuando no tienes ningún adulto responsable? ¿Qué ocurre cuando los adultos a tu alrededor no cumplen con este rol? ¿Cuándo tus cuidadores son adictos o puede que sean despreciables? ¿Cuando ellos creen que tienen el poder de decidir qué es tolerable y qué no porque en su mente tu eres de su propiedad?

Lo que ocurre en la realidad, es que los menores especialmente a una edad tan temprana, no están capacitados para comprender qué y porqué están pasando por maltratos que nunca pueden borrar de sus memorias. No lo consideran maltrato, es lo normal, es el día a día. Sienten rabia, tristeza, remordimiento por dentro; crecen y no son capaces de entender qué es lo que sienten o porqué sienten lo que sienten. El porqué tienen depresión, el porqué se intentan suicidar, el porqué tienen la imperiosa necesidad de maltratar a otros, el porqué están agonizando por dentro. Son los resultados más angustiosos de los maltratos en la infancia, del crecer y no ser capaz de comprender los traumas con los que han tenido que vivir, no ser capaces de excusar su comportamiento en consecuencia.

Aunque sean tus hijos, no te pertenecen. Aunque sea tu madre, aunque sea tu padre, no les perteneces. Sea quién sea, no le perteneces, nadie tiene el derecho de tratarte de esa forma y que salga impune.

26 августа 2020 г. 16:10:20 0 Отчет Добавить 0
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