laum16 Laura AshHeart

- Cuidado, Heaven. Estamos en mitad de un cementerio, podría pasarte cualquier cosa. No sabes a quién tienes delante. - No te equivoques, claro que lo sé. -estaba a punto de desarmarlo- Tengo delante a un egocéntrico que está aburrido de ser quien es, y eso para un narcisista debe ser tremendamente duro. Contemplé cómo me analizaba con interés, no sé si complacido, pero sin duda divertido.


Romance Erótico Todo o público.

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PRÓLOGO


Tras la bruma el poeta requiere a su musa.


El glorioso dueño de las tinieblas confabulaba con las sombras y las sometía a su merced. Tal caballero había conquistado hasta el último anhelo de almas entregadas a la perdición, engañadas por lo que es bello y tentador. Fueron arrastradas por quien jura con labios de pecador y promete una eternidad de dolor y traición. El honorable porte de ingenioso provocador y de narcisista atracción fueron rechazados por ella; la dama que en noches de cólera fue marcada bajo el trazo de esa frívola mano que siempre persuadió a toda muchacha de Inglaterra. Por desgracia, no se las podría acusar de estupidez, sino de debilidad, de pena, de deseo tal vez. Las primeras en la caída solían ser jóvenes prometidas en busca de amantes que atar a la liga carmesí de sus muslos como señal de prohibidas experiencias. Jamás pidió que vendieran sus ánimas, pues nunca las quiso.

“Serían un lastre”, afirmó en varias ocasiones. Lo que deseaba eran los instantes de vicio, de lujuria reprimida, de éxtasis y de la más violenta de las perversiones.

Embriagarse de todo lo que es malo y deplorable, hasta volverse cara al negro cielo y no discernir nada. Hasta no reconocer quién era. Hasta no comprender lo que realmente era.



  • ¿Qué estás haciendo tú aquí?
  • También me alegro de verte, Maël. -replicó condescendiente-. Debemos estar unidos. -dijo comenzando a ascender hacia la gran escalinata de entrada.
  • Al marcharme de Montmartre pensé que captaríais la indirecta. -le espeté furioso antes de que pudiera darme la espalda.
  • Heaven... -suspiró divertido.
  • No me invites a hacerte arrepentir haber existido. -bramé agarrándolo por las solapas de la chaqueta y estrellando su espalda contra el muro de losas.
  • ¡Pero qué bien hablas! Esa labia, una gran facultad tuya. -rió en mi oído-. Desde que te conocí se te ha dado de fábula intimidar a tus enemigos. Pero a mí nunca me has dado miedo. -liberado de una sacudida, su rostro se tornó duro y sombrío para volver a hablar con desprecio-. Yo te hice ser quién eres, muchacho. Tener lo que tienes, ser capaz de hacer lo que haces, amar como amas. ¡Yo te creé!
  • Si la tocas, haré que desaparezcas. -eliminé el espacio que nos separaba calcinándolo con la mirada-. Te lo advierto. Haré que ardas.
  • Descuida, no es ella la que me interesa. -concluyó poniendo un pie en el primer escalón.

Esto no estaba sucediendo, pensé, sacando la petaca del bolsillo interior del traje. El licor confundiría a las sombras y calmaría a los demonios que se removían ansiosos por masacrar y mancillar. Acababan de declararles la guerra, de sentenciar una muerte inminente para sumir en las cenizas del olvido a aquel que se cruzara en su camino.

Enormes cristaleras reflejaban destellos a lo largo de la pista de baile, adornando como pedazos de diamantes, las parejas que en armónico silencio danzaban en círculos mentalmente trazados. Todo fuera por el decoro y las buenas formas de elegantes manos de nobles que observaban fingiendo no ver y callaban planeando el siguiente rumor, mientras se codeaban entre burbujeantes copas de champán.

El bourbon mostró su efecto por mis desdichadas venas, revelando texturas y colores que colgaban de las flores de los recogidos de damas recelosas que no habían sido pretendidas. Que no habían sido lo suficientemente afortunadas como para ser tentadas, clamadas, ni complementadas. Meses atrás, me habría deleitado personalmente al hacerlas gemir mi nombre, al hacerlas rogar que les consintiese más, a que con la mirada me suplicaran arrodilladas.

Tras el vaivén de los elementos, pude contemplar a mi ángel desplegar sus alas alrededor del arpa al compás que sus cuerdas afinaba. La guardiana celestial que tanto me detestó era la debilidad con la que encontraba consuelo en su cuerpo disgustado. Mas no podría aborrecerla si algún día en nuestro lecho a compartir arrepentimiento sentía hacia mí, pues de sus manchados párpados de oscura pintura trataba de ocultar, lágrimas de culpabilidad que no dejaba de arrollar.

Entonces, de sus ojos enmarcados por un semblante de porcelana, emanaron dos riachuelos rojos que le atravesarían en cuestión de momentos la cara. Eché a correr entre una multitud desfallecida. Cadáveres ensangrentados se contorsionaban en el suelo y amontonaban unos encima de otros. Pisé brazos, aplasté estómagos, las bocas se abrían emanando un hedor putrefacto provocando que me escocieran los ojos y la vista se me volviera cada vez más grotesca y surrealista. Resbalando en icor y en pegajosos fluidos verdosos conseguí llegar a ella, subiendo al estrado como una exhalación.

Grité su nombre con todas mis fuerzas.

El líquido no cesaba de brotar de su nariz, lagrimales y oídos. “¡Quédate conmigo!”, chillé atormentado, “¡No lo hagas!”, “¡Vuelve a mirarme!”. Los brazos inertes le colgaban pesados a los costados. Las manos, arrugadas y marchitas, malditas por haber soñado con quien el corazón detenía, por distraer la boca del que no debías.

La tendí sobre el inmenso charco de sangre y con delicadeza le acomodé la cabeza, volviendo su rostro en dirección a las estrellas. Le estreché las manos entre las mías intentando que no perdieran tan pronto su calor, y buscando ninguna respiración, al fin, me eché a llorar.

8 de Abril de 2020 às 18:04 0 Denunciar Insira 0
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