shopieeri Shopie Eri

La mercenaria de élite Elissa Muin había conseguido mantener su cordura dentro del escuadrón gracias a una única y sencilla norma auto-impuesta: mantener sus manos alejadas de sus compañeros. Nunca, bajo ninguna circunstancia, debía tocarlos. Ellos estaban prohibidos. Sin embargo, por una estúpida confusión, había hecho aquello que nunca debía hacer, había roto la norma inquebrantable. Ahora estaba en serios problemas. Sus tres compañeros tenían todas las de ganar, y ella, todas las de perder.


Erótico Para maiores de 18 apenas.

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La norma inquebrantable


Ese mismo día cumplían ya tres años de su alistamiento con el equipo. Quizás pasar el tiempo libre del que disponía en la mercería del puerto, no era la celebración que debería estar haciendo, pero las fiestas y la gente no eran mucho de su agrado. Su carácter introvertido no ayudaba demasiado tampoco, además, Elissa Muin era una mercenaria, pirata-mercenaria más concretamente.


Tenía una reputación que mantener, ella era la ladrona estrella del escuadrón.


En realidad este era su segundo escuadrón, no encajó demasiado con el primero equipo, o mejor dicho, no supo hacer lo que le pedían, lo que pedían en todos los equipos en realidad, tener relaciones íntimas con ellos. Desde un buen inicio en la Academia de Mercenarios, se les instruía sobre la importancia de ello. Intimar mejoraba enormemente la conexión con el resto de compañeros, sus vidas se convertían en la suya propia, así se protegían, así conseguían sobrevivir, así se convertían en amantes de por vida.


Por descontado, el vínculo facilitaba eso, todos los miembros del escuadrón, sin excepción, llevaban una especie de tatuaje allí dónde eligiesen. El tatuaje era un vínculo de sangre diseñado para que nadie se quedara atrás, las brujas arcanas regalaron este hechizo a la Academia tiempo atrás como agradecimiento. Para algunos, estar ligado de por vida les podría resultar demasiado, pero su trabajo era demasiado peligroso, solos no podían llegar muy lejos, se necesitaban unos a otros, y el vínculo se encargaba justamente de asegurar eso.


Así pues, cuando más cercanos y cuando más contacto físico hubiera entre los compañeros, más fuerte se hacía el vínculo. Se podía defender con uñas y dientes a un compañero, pero por un amante, si era necesario, se mataba. Al menos, esa era la filosofía de la Academia. Así que este tipo de relaciones eran de lo más habituales entre el gremio de mercenarios del puerto de Elittes.


Pero no para Lizzi, ella no podía hacer eso.


Los chicos del nuevo equipo lo habían entendido a la primera, por supuesto que tenía el vínculo de sangre con ellos, pero con eso ya les bastaba. Ella hacía bien su trabajo, no juzgaba a nadie y respetaba siempre sus decisiones y ellos las de ella, habían funcionado así durante años sin problemas.


"Toc, toc, toc"


Tres golpes en la puerta la sacan de su trance y Lori, su compañero principal, entra de repente en la habitación del armamento de corta distancia. Aunque los equipos estuvieran formados comúnmente por cuatro personas, estos se dividían siempre en grupos de dos para moverse con más agilidad.


Lori Wess pertenencia a la orgullosa raza de los fénix, era alto y su cuerpo era extremadamente fuerte y marcado. Tenías unas piernas largas como un día sin fin y el pelo lacio y negro como la noche más oscura, éste le llegaba hasta su cintura y siempre lo llevaba recogido en una cola alta. Sus ojos eran dorados como el propio sol y siempre resplandecían en cualquier situación. Y sus labios, esos labios gruesos sí que eran su perdición. Lizzi siempre se quedaba absorta por la forma en que se movían cuando hablaba, además de su blanca y perfecta sonrisa que contrastaba con su piel color caoba, como si pasase todos sus días al sol, cosa que no hacía, simplemente era su color natural. Su compañero Lori siempre sonreía a todas horas, aunque teniendo en cuenta el contraste entre sus caracteres, era algo bueno, ella era más sosa que una alga de mar. Al fin y al cabo, él era una criatura echa de fuego, un guerrero, la primera línea de defensa.


– Así que estabas aquí – dice él tocando su cabeza suavemente. – Ya pensaba que te habrías metido otra vez en la maldita biblioteca con tus queridos libros – se ríe él.


– Es exactamente lo que iba a hacer ahora – contesta Lizzi ignorando su comentario.


– Oh vamos, te he traído un pastel, ves, me he acordado, hoy hace tres años que estás con nosotros – Lizzi mira al pastelito y luego a él sin mostrar ninguna expresión.


A veces Lori la trataba como si fuese una niña pequeña, aunque a sus ojos debía serlo. De pie ella apenas llegaba a su pecho debido a la gran altura del fénix y su cuerpo tampoco es que estuviera muy desarrollado. Sus piernas y músculos eran fuertes sí, y aunque tenía caderas, sus pechos eran prácticamente inexistentes, casi como una tabla rasa, así que en general, su aspecto era pequeño y un poco infantil. Todo lo contrario a lo que solían ser sus amantes. Lo sabía de sobras porque Lori tenía muchos, no importaba la edad, ni la raza, ni el género. Si alguien le gustaba, iba a por él. Y pobres de aquellos que intentaban resistirse, pues sus acciones estaban abocadas a un fracaso inminente. Lizzi no conocía a nadie con la fuerza de voluntad suficiente para resistirse al fénix.


– Gracias, pero era innecesario – responde ella arrebatando el pastelillo de su mano y comiéndolo de un bocado mientras se levanta de su silla.


No quería su estúpido pastel. Sabía por qué había venido y no era por el aniversario de su llegada al escuadrón.


– Estoy cansada, nos vemos mañana – les espeta sin más.


– ¿Te encuentras bien? – pregunta él siguiéndola por el ahora vacío pasillo de la mercería. Era tarde cuando había ido a recoger sus armas ya afiladas de nuevo.


– Perfectamente – responde Lizzi poniendo los ojos en blanco. Qué pesado era a veces.


– ¿Qué ha dicho el doctor? – inquiere Lori.


En su última misión Lizzi no se había encontrado del todo bien. En realidad, ya llevaba un tiempo teniendo actuaciones un poco pobres, pero fue en esa que Lori se dio cuenta de que algo iba mal. Lizzi fue incapaz de esquivar la flecha que le habían lanzado cuando estaba a punto de robar uno de los cofres del capitán de otra embarcación. Su especialidad no era la lucha cuerpo a cuerpo como Lori, sino que ella se mantenía en la retaguardia, sus ataques eran a distancia, flechas, puñales, bombas de humo, ese tipo de cosas. En caso de emergencia, no le quedaba más remedio que usar la lucha cuerpo a cuerpo, pero lo evitaba todo lo posible.


– Si no hubiese sido por Maya, esa flecha te hubiera atravesado por completo y lo sabes – le recuerda él con el rostro serio.


Maya Tuein era otro de sus compañeros, de la raza de los druidas, al igual que ella.


Curiosamente, Maya era con el que menos se entendía. Quizás porqué al ser ambos druidas, podía ver cosas que los demás no entendían y eso no le gustaba a Lizzi que siempre había sido muy celosa de su propia intimidad. O quizás también porqué era odiosamente atractivo, con sus ojos verdes como el musgo, su pelo corto y oscuro, su piel como si fuese hijo de la mismísima Luna y su maldito misterio, cómo un salvaje dios pagano. Además, Maya era un guardián, entregado al cuidado de las sacerdotisas, las más preciadas entre los druidas, entrenado para satisfacerlas y protegerlas. Aunque quizás, el verdadero motivo por el que a veces no podía con él, era por qué siempre iba un paso por delante de ella.


– Me lo has dicho mil veces, ya me he enterado – responde ella bufando.


– Sí, pero parece que no escuchas, Lizzi tu magia... – Lori iba a cogerla por el codo para pararla pero ella se aparta de golpe por instinto.


Esa era su norma principal, ella no tocaba a sus compañeros baja ninguna circunstancia, pasase lo que pasase. Nunca.


– Perdón... - se disculpa él alzando las manos al ver su error. – Sólo estoy preocupado por ti, tu magia está cada vez más débil. ¿No lo ves? – insiste Lori con sus ojos ardiendo, se estaba mosqueando. – Lo sé por el vínculo, se está debilitando... – el vínculo que les obligaba a permanecer juntos también podía detectar el estado físico de los demás. – Dime qué está ocurriendo, no podemos ayudarte sino hablas con nosotros - insiste de nuevo.


– Te preocupas por nada, y no metas en los demás en tus paranoias. Maya debe estar esperándote, lárgate de una vez – le escupe ella saliendo del armamento a paso ligero.


Estaba realmente harta de que insistiera tanto.


Ni doctores ni nada, Lizzi sabía de sobras lo que le ocurría. Su magia estaba desapareciendo porque nunca antes había realizado el Ritual de la Luna.


Para los druidas, el Ritual de Luna era una tradición centenaria y obligatoria. Una noche para venerar a su Diosa Luna. Básicamente, consistía en entregarse por completo durante una noche entera a un amante. Uno dejaba de ser consciente de quien era o de con quien estaba y, en su lugar, la Diosa decidía qué hacer con sus cuerpos.


Era el caos y el desenfreno echo sexo.


Una experiencia extracorpórea que muchos anhelaban durante mucho tiempo y que muchos otros temían.


Por supuesto, ella pertenecía más al segundo grupo. Lizzi en realidad tendría que haber hecho el ritual hacía tiempo, pero lo posponía y lo posponía. Nunca se sentía segura o suficiente convencida y su tiempo estaba llegando al límite. Como consecuencia, la diosa la estaba castigando retirando su magia. Sus reflejos y sus instintos también estaban afectados, por eso en la misión había sido incapaz de retirarse de la línea de la flecha.


Pero no sabía a quién acudir, quería que fuera un completo desconocido, eso lo tenía claro, ninguno de sus compañeros mercenarios le servía. Aún menos “sus” compañeros. A ellos no debía tocarles, sino, estaría perdida.


Encabeza callejón arriba en dónde se encontraba su residencia. Nunca dormía con el resto. Renedel Magnus, su capitán del escuadrón y el último del equipo, había comprado una casa para que todos la compartieran. Pero Lizzi se negó en rotundo.


Vivir con un fénix y un druida era complicado. Vivir con un elfo simplemente imposible.


Renedel, como todos los elfos, era sofisticado, serio, etéreo, hermoso, letal y peligroso. Poseía una belleza irreal, de esas que te hacen girar la cabeza varias veces sólo para comprobar que no estás viendo un espejismo. Era todo plata y fantasía, cabello plateado, ojos plateados, piel translúcida, orejas puntiagudas y movimientos elegantes. Una criatura del cielo. Y él junto con Maya, formaban el segundo equipo de su escuadrón.


Lizzi le tenía un respeto enorme a Renedel. Le dio una oportunidad con el equipo cuando los demás le dieron la espalda y no quería fastidiarla.


Atraviesa la puerta de la residencia velozmente justo a tiempo para ser invadida por otra fuerza de la naturaleza, su amiga de la residencia de mujeres Dedenus. Dedenus era una terrenal, una especie de duende de tonos azules y blancos. Los terrenales solían ser seres pequeñitos y resultaban adorables para las otras razas.


– ¡Te lo has perdido! – le dice nada más cruzar la puerta exaltada.


– ¿El qué? – pregunta Lizzi teniendo un mal presentimiento.


– Ha venido mi ángel a traer los medicamentos. ¡Es tan, tan, generoso! ¡Y hermoso! ¡Oh, es magnífico! Y su trasero es perfecto, tiene un trasero de...


– Diez...- acaba la frase por ella.


– Exacto – dice sonriendo tontamente juntando las manos en su pecho.


Ese ser que tenía a Dedenus tan fascinada no era nadie más que Renedel, su capitán. Estaba lo que se podría decir un poco demasiada pillada de él. No pasaba un día sin que no hablara de lo perfecto que era y sobretodo, de lo perfecto que era su trasero, era casi cómo decir una bendición para ella.


Por su culpa, Lizzi alguna vez había tenido que disimular en alguna misión por estar mirando un poco demasiado las posaderas de su capitán. Cosa que no le hacía ningún bien, Lori ya la había pillado más de una vez.


– Espero que tu ángel haya traído mis medicamentos porque los necesito – se queja Lizzi. Dedenus tenía un mote para cada uno de sus compañeros, Renedel era un ángel, Lori un pecado con piernas y Maya un sensual misterio.


Elissa no tenía ningún nombre porqué, para empezar, ni Dedenus, ni nadie, sabía que ella también formaba parte del escuadrón. Habitualmente los ladrones solían conservar su identidad en secreto, precisamente por qué eran ladrones. En todas sus misiones, Lizzi iba cubierta de pies a cabeza y sólo sus ojos eran visibles. Además, solía llevar ropa de hombre, primero porque le resultaba más cómoda y segundo, para ocultar su identidad.


– Aquí los tienes – comenta Dedenus entregándole una bolsita de papel.


– ¡Oh! ¡Mi salvadora! – exclama Lizzi contenta y agradeciendo a la Diosa.


Ya empezaba a preocuparse por si llegaba el próximo ciclo lunar y ella estaba sin su medicina. Dedenus creía que era por el dolor de cabeza, pero era para bajar su calentón. Así es, cada luna llena su cuerpo se descontrolaba, se pasaba el día pensando en sexo pero no porqué quisiera, sino por el maldito ritual, le evocaba perversas imágenes constantemente. La medicación dejaba su cuerpo y su mente aturdida, había sobrevivido los últimos años gracias a él.


No podía ser una mercenaria si estaba siempre pensando en cuerpos desnudos y erecciones.


– Sigo sin entender porque viene él a traer los medicamentos. Seguro que tiene algo con el doctor Tinissel, es decir, yo si pudiera lo tendría, lo digo por los dos – comenta su amiga.


El doctor Tinissel del puerto de Elitte era también un elfo. Llevaba largos años viviendo en el puerto costero y como bien decía Dedenus, de vez en cuando Renedel y él caían uno en los brazos del otro. El buen doctor le debía un poco de dinero. Cuando quiso montar su consulta, el banco no le ofreció un buen acuerdo y su capitán no dudó ni un instante en ayudarle. El doctor pagaba su cuenta como podía o como sabía.


Compañía, sexo y atención médica. Un lujo.


– A mí, mientras alguien los traiga, como si es el mismísimo diablo – comenta Lizzi. – Siento abandonarte compañera pero me muero de sueño – le dice.


– Señor, tienes que dejar este trabajo, no te hace ningún bien, mírate, cada vez vas a peor – dice la terrenal.


Dedenus pensaba que trabajaba en el infame servicio postal del pueblo. Imagínate entregar cartas y paquetes a piratas, mercenarios y demás rufianes, un mal trabajo sin duda.


– Y tienes que hacerte mirar esa animadversión que tienes por las criaturas hermosas – dice con total dramatismo. - Es preocupante, te lo digo de verdad – la riñe Dedenus.


Lizzi se ríe ante el comentario. No tenía ninguna animadversión por nadie, simplemente sus compañeros daban demasiado de que hablar y no podía más. Todo el mundo los conocía, todo el mundo hablaba de ellos, todo el mundo quería acabar en su cama. Todo el mundo menos ella.


Sobre todo en la residencia, no había día que no escuchara cuchicheos sobre ellos y sus aventuras heroicas o amorosas, daba igual. Muchas eran inventadas, Lizzi lo sabía porque en varias ocasiones habían estado de misión y era imposible que hubiesen pasado una de esas noches locas que se les atribuía.


¡Hasta había cuchicheos sobre el ladrón encapuchado y sus conquistas! ¡Ja! Menuda locura. Lo único que llegaba a conquistar ella era la cama y la comida.


– Nos vemos mañana – se despide de la terrenal.


– Hasta mañana, no olvides que hemos quedado para ir al mercado – le recuerda su amiga.


– No lo olvido nunca – le responde Lizzi.


A veces odiaba mentirle a Dedenus sobre su trabajo real, pero era para protegerla. Quizás era de las pocas veces en las que Lizzi se sentía agradecida por su aspecto, aunque fuera de élite, ella simplemente no parecía una mercenaria, por eso era capaz de engañar a todo el mundo.


Una vez en su habitación, se desnuda para darse una ducha rápida. Estaban en época de lluvias y la humedad era repugnante. Se pone una camiseta vieja y unos pantalones cortos y se deja caer muerta en la cama. No sin antes tomar su medicación.


El sueño la vence rápidamente, era cierto lo que le había dicho a Dedenus y a Lori. El descenso de su magia la dejaba cada vez más y más cansada. Aunque durmiese horas no llegaba a recuperarse. Tenía que ponerle un remedio pronto.


******


El sol de la mañana se filtraba por la ventana de la habitación anunciando el inicio de una nueva jornada y Lizzi se despierta ligera como una pluma. Hacía semanas que no se sentía tan bien. El resto de días notaba su cuerpo pesado como si tuviese sacos de arena en vez de músculos, pero no esa mañana, era más bien todo el contrario, sentía su cuerpo liviano, cálido y protegido.


Al abrir los ojos despacio, ve el perfecto rostro de Lori delante de ella.


"Otra vez", masculla en su interior, "Otro sueño".


Lizzi solía tener sueños con sus compañeros muy a menudo, Lori con el que más. Suponía que era por qué pasaba mucho tiempo con él. En la vida real no tocaba nunca a sus compañeros, pero en el mundo de los sueños, no había consecuencias ni responsabilidades, en resumen, nada podía pararla y sabía muy bien cómo aprovechar aquellos momentos.


Además, tenía que admitir que sus sueños eran cada vez mejores. En esa ocasión, su subconsciente había decidido que un muy desnudo Lori se encontrara recostado boca arriba en la cama, ella estaba a su lado con su cabeza apoyada sobre su pecho y tenía sus piernas enredadas en los poderosos muslos del fénix, el brazo de su compañero, sostenía su cintura como si tuviese miedo de que cayera.


De inmediato, Lizzi clava sus ojos en los carnosos labios de Lori.


¡Cuanto los adoraba!


Daba gracias a su mente y a su imaginación para que le produjera imágenes tan perfectas. Muerde sus propios labios un instante ante la visión de su compañero para luego moverse hacia adelante y atraparlos contra los suyos en un beso. Lizzi gime despacio al igual que él ante el cálido contacto. Eran tan suaves, tan perfectos, tan deliciosos. Una combinación de sándalo y miel.


Mueve su boca sobre la de Lori queriendo que ese momento no acabase nunca. Él le responde con suavidad y control. Lizzi sonríe ampliamente satisfecha y se despega de él un instante sólo para seguir su camino por su escandaloso cuerpo. Le da pequeños besos a su cuello, para después ir bajando hacia su pecho, dónde sus perfectos músculos parecían estar esculpidos en mármol, mármol de color caramelo. Pasea sus manos por toda la piel que encuentra. Esa piel suave de satén. En verdad, no tenía ni idea de cómo se sentía la piel de Lori, pero su mente lo imaginaba así y a Lizzi ya le estaba bien.


Sus manos siguen su camino hacia su vientre mientras su boca encuentra uno de sus pezones y lo saborea con gusto, estaban completamente erectos. Alguna vez había oído que, en realidad, a Lori le gustaba que se los mordieran. Por eso en sus sueños Lizzi siempre lo hacía, le gustaba morderlos con fuerza atormentando así a su dueño. El fénix gime otra vez al sentir su boca en su pezón y ella vuelve a sonreír. Al final de su vientre, sus manos llegan al suave vello público que marcaba el camino hacia su delicioso sexo.


En esos momentos, el pene de Lori estaba caliente, grande, erecto y preparado para ella.


Por desgracia, sabía que su sueño estaba a punto de terminar, sólo faltaba un pequeño detalle.


Sigue bajando hasta agarrar el fabuloso pene de su compañero que por tercera vez gime sin poder evitarlo. Lizzi pasa su dedo gordo por la cabeza de su sexo. Estaba completamente lleno de pre-semen. Lo acaricia despacio y sinuosamente. Y todavía con su mano trabajando sobre su erección, Lizzi levanta la cabeza para murmura un "Buenos días" despacio contra sus labios.


Y allí terminaba todo, siempre ocurría igual. Cuando estaba en la mejor parte siempre despertaba. Deseaba algún día poder alargarlo un poco más y aunque sólo fuera en su mente, poder disfrutar de él.


– Buenos días, Lizzi – responde la voz de Lori en su oído. – Si llego a saber que me atenderías tan bien, hubiese hecho esto mucho antes... – dice él con la excitación tiñendo su profunda voz.


Lizzi se congela un instante. Eso no pasaba en su sueño, en ese punto ella simplemente despertaba. Ligeramente confundida mira a sus ojos dorados un segundo.


– Oh, ya veo que no hablo en tus sueños – dice su compañero divertido acariciando su rostro. – Culpa mía… - vuelve a decir bajando un poco su cabeza para besar sus labios.


Entonces todo se vuelve muy, muy real. El calor de su cuerpo, su olor, la sensación de su mano en su erección, sus labios en ella.


“Mierda, mierda, mierda” maldice con un silencioso grito en su mente.


No era un sueño, Lori estaba en su cama, desnudo, con ella. Estaba pasando, era real.


Lizzi acababa de romper su norma inquebrantable, acababa de tocar a su compañero. La única cosa que tenía prohibida.


******

14 de Março de 2020 às 16:16 2 Denunciar Insira 19
Leia o próximo capítulo La decisión de Elissa

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Lyd Macan Lyd Macan
Interesante inicio, me deja con interrogantes de por qué está él en su cama
April 07, 2020, 19:49

  • Shopie Eri Shopie Eri
    Seguramente ya voy tarde pero en el siguiente capítulo lo explica ;) ¡Gracias por el comentario! April 08, 2020, 21:34
~

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