mariacosta85 María Acosta

Edgar no es un paladín al uso. Cuando su padre el rey lo envía a cumplir una peligrosa misión, le tocará demostrar su valía. ¿Podrá este singular héroe alcanzar su destino?


Conto Todo o público.

#arpías #332 #épico
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Edgar

Permitid que os cuente la historia de un caballero singular. Su nombre es Edgar y el destino le tenía reservado algo extraordinario.

Su nacimiento fue muy celebrado en el reino de sus padres, los reyes Annalise y Durin, que por entonces ya tenían dos hijos: el príncipe Emil (primogénito y heredero al trono) y el príncipe Gustave, quien debía convertirse en capitán de la guardia real y mano derecha del futuro rey. Ambos eran jóvenes aguerridos, expertos en el arte de la caza, la política y las maneras cortesanas... Habilidades todas ellas que, como el tiempo pronto demostró, no poseía en la misma medida su hermano menor.

Y es que Edgar había nacido con otro tipo de capacidades. Capacidades diferentes que ofendían y avergonzaban a su familia, por lo que tan pronto como la reina murió, el rey relegó a su hijo a un ala solitaria del castillo, más allá de la cuál el niño tenía prohibido aventurarse. Su única compañía en su confinamiento era la de la mejor amiga y antigua dama de compañía de su madre: lady Adelle.

Lady Adelle crió al pequeño y le dio la educación que se esperaba de un príncipe, pues aunque todos le repetían que jamás sería rey, ella no dejaba de creer en sus cualidades. Tanta lealtad y cariño fueron recompensados con el amor incondicional de un niño que nunca dejaría de serlo y la dama vio crecer a Edgar hasta convertirse en un mozo fuerte de blondos cabellos, mirada limpia y corazón sincero... un corazón que estaba lleno de amor por su Nana y por los pájaros que criaba en libertad en los jardines, a los cuáles consideraba sus amigos: el príncipe poseía una fiel cohorte de palomas, patos, gansos, cisnes, urracas y un cuervo, que viajaba a todas partes parapetado sobre su hombro.

Edgar era feliz en su pequeño mundo, pero un día su pacífica existencia se vio interrumpida: a oídos del rey habían llegado noticias sobre unas fieras que asolaban el reino de Duer, el cuál se hallaba a solo unos días de distancia. Ambos reinos mantenían un pacto recíproco, por lo que el rey estaba obligado a enviarles ayuda en caso de necesidad. Así pues, resolvió mandarles a su hijo menor como paladín y de esa manera brindarle al muchacho la oportunidad de demostrar su valía.

No había nada en el mundo que el príncipe desease más, pues pensaba que si lo lograba todos lo aceptarían y lo querrían igual que a sus hermanos. Recibió feliz la tarea encomendada por su padre y prometió llevarla a cabo en contra de los deseos y protestas de su Nana, quien intuía las oscuras intenciones del rey... No en vano el monarca jamás había demostrado amor por su hijo. Lo había mantenido oculto del mundo durante años. Y ahora lo enviaba a una aventura que podía costarle la vida.

¿Era una coincidencia? Lady Adelle creía que no.

Sin embargo, pese a todos sus intentos, nadie la escuchó. Edgar partió una fría mañana a lomos de un alazán castaño concedido para la ocasión, sin más equipaje que un par de alforjas, el libro que su Nana puso entre sus manos (contenía las historias favoritas del muchacho, repletas de mitos antiguos y criaturas extrañas) y una espada que apenas había aprendido a utilizar.

Venturoso fue el periplo del joven príncipe. En su camino conoció lugares nuevos y fascinantes – como las cuevas de Alary: un conjunto de galerías en lo más profundo del bosque, donde la temperatura era siempre fresca y en su interior guardaba una fuente de agua dulce. De no haber sido porque tenía una obligación que cumplir, Edgar se habría quedado a pasar unos días allí – y encontró personas de todo tipo. Algunas lo ayudaron, otras no... Y otras se ganaron su confianza con la intención de robarle hasta las botas, pero luego cambiaron de opinión, al considerar que sería un auténtico crimen robarle a una criatura inocente.

Cuando nuestro caballero alcanzó al fin su destino, se dirigió de inmediato a parlamentar con el rey Caspar. Y es de recibo admitir que éste no sabía qué pensar después de su entrevista; sin duda su joven Alteza parecía decidida a librarlos de las arpías. Pero, dadas sus circunstancias, ¿sería capaz de hacerlo? Habría que esperar a que todo acabase para salir de dudas.

Con un plan trazado en su cabeza, Edgar abandonó el castillo y acampó a una distancia prudencial de la cueva donde habitaban las arpías. Se dedicó a observarlas todo el día, constatando que su número no era superior a cuatro y que todas parecían fuertes, aunque el aspecto de sus plumas era desaliñado y estaban muy delgadas. ¿Acaso pasaban hambre? Intrigado, el príncipe se retiró a su campamento al caer la noche y hasta muy tarde estuvo leyendo sobre aquellas criaturas en el libro que su Nana le había dado antes de partir y que contenía un extenso capítulo sobre ellas y las costumbres de su sociedad.

Al día siguiente, nuestro caballero estaba preparado para cumplir su misión. Recogió el pequeño campamento y envió a su caballo de vuelta al castillo, pues sabía que las arpías se alimentaban de carne y no quería correr riesgos. Por la misma razón dejó a Cuervo en su rama y partió solo, adentrándose en la cueva con una pieza de carne de venado recién cazada entre los brazos.

Edgar no pensaba utilizar la espada si no era estrictamente necesario. Y no solo porque ésta era pesada y apenas podía enarbolarla, sino porque no creía en usar la violencia cuando existían otros métodos disponibles. Su Nana se lo había inculcado así.

Al llegar al centro de la cueva dejó su ofrenda en el suelo y se arrodilló frente a ella, exponiendo su cuello al fijar la vista en el suelo. No tuvo que esperar demasiado hasta oír una voz grave que le habló desde la penumbra:

―¿Quien eres y qué haces aquí?

―Mi nombre es Edgar ―respondió sin miedo―. He venido a parlamentar.

―Los humanos no parlamentáis ―dijo la voz, enojada―. Nos cazáis como a bestias. ¿Crees qué puedes venir a nuestra guarida y tratar de engañarnos?

―No, mi señora, esa no es mi intención. Estoy aquí para proponeros una solución al problema: la carne es un regalo.

Se hizo el silencio, seguido de un poderoso aleteo y al instante siguiente dos poderosas garras de águila se posaron frente al caballero. Edgar pudo ver un cuerpo de pájaro recubierto de plumas doradas y una cabeza de mujer (rubia también) se inclinó para olisquear la carne.

―¿Está ahumada?

―Si, mi señora. La he cocinado a la leña.

―Prueba un bocado ―ordenó, desconfiada―. Quiero comprobar que no está envenenada.

No lo estaba y el príncipe sabía que solo había una forma de demostrarlo: comió un bocado y aguardó hasta que la arpía se dio por satisfecha. Luego permaneció en su lugar, sin decir nada, mientras la criatura comía. Al acabar, esta se alejó de él y retornó a las sombras.

―Te dejaré vivir hasta que lleguen mis hermanas. Entonces podrás plantearnos tu propuesta y, por tu vida, más vale que sea buena.

―Es la mejor que he podido encontrar ―declaró. Acto seguido, preguntó con curiosidad―: ¿Me concedéis la merced de vuestro nombre?

―Soy Didrika, reina de las arpías.

―Es un honor conoceros, Majestad.

―Eso ya lo veremos... Edgar.

El resto de las arpías llegó al cabo de un rato. Escucharon al caballero y, tras enviar una exploradora a Alary, se comprobó que decía la verdad. El plan del príncipe era sencillo: ellas se trasladaban a las cuevas y vivían el resto de sus vidas a salvo de los humanos, al mismo tiempo que estos se libraban de su amenaza. De esa manera, todos salían ganando.

Tomar la decisión no le llevó a Didrika mucho tiempo; Brunonia ya les había confirmado las bondades de Alary y todas eran conscientes de que los humanos no las dejarían en paz hasta acabar con ellas. Así pues, acordaron la mudanza y cada una trasladó su propio nido a excepción de la reina, quien transportó a Edgar y entre los brazos del muchacho viajó seguro su nido... bajo la sorprendida mirada de un cuervo que los seguía de cerca.

Las arpías se instalaron en las cuevas y durante días el príncipe convivió con ellas; ayudaba a mantener limpio el lugar y les traía ramas nuevas para sus nidos, así como piedras brillantes que encontraba en el río y con las que ellas podían adornar sus cabellos, patas y plumas. Solían conversar a menudo y, pasado un tiempo, ninguna de las criaturas quería que él se marchase. Por tanto, hicieron un pacto: Edgar podía quedarse a cambio de sus servicios y las arpías le permitirían vivir en sus dominios, con su Nana y todos sus pájaros.

El muchacho mandó esa misma tarde a Cuervo al castillo con un mensaje para lady Adelle, la cuál lo recibió en sus aposentos, donde se hallaba tránsida de dolor después de que días atrás hubiesen visto regresar al caballo de Edgar sin el príncipe sobre su silla; todos lo dieron por muerto y el rey pronunció un pequeño discurso en su honor antes de que el mundo lo olvidase... pero lady Adelle nunca lo olvidó y casi saltó de cama por la alegría que le produjo la noticia. Pensó en correr a contárselo a todos, pero entonces recordó sus reacciones ante la supuesta muerte de Edgar, como su pena no les había durado ni cinco minutos, y se indignó. Decidió que así era mejor, pues al fin y al cabo nadie en aquel castillo amaba realmente al príncipe.

Tan rápido como pudo la dama se aseó, se vistió y recogió todas sus pertenencias. Anunció al rey que dejaba el reino para siempre y abandonó el castillo sin que nadie la detuviese, pues ninguno de ellos encontró extraño que tras lo ocurrido decidiera marcharse.

Y así partió lady Adelle, con sus enseres en una carreta y escoltada por una cohorte de aves, con Cuervo a la cabeza indicando el camino. Unos días después acampaba en el bosque que rodeaba las cuevas y, antes de adentrarse en ellas, prefirió enviar un aviso... Apenas unas horas después se reencontraba con su pequeño príncipe, quien la abrazó y la elevó en el aire con todo el cariño del mundo.

Fue un reencuentro muy emotivo para ambos.

Lady Adelle vivió con Edgar y las arpías por un tiempo, hasta que las condiciones de la cueva se revelaron demasiado duras para ella y entonces entre todos usaron los recursos del bosque para construirle una cabaña no muy lejos, donde viviría el resto de sus días, con las frecuentes visitas del príncipe y sus aves.

Edgar llegó a ser muy querido entre las arpías, especialmente por Didrika. Es algo extraordinario, sin duda, pues nunca antes se había dado una unión semejante entre criaturas tan dispares. Las arpías son matriarcales y ni siquiera existe un macho en su especie; ellas mismas conciben a su prole y no sienten atracción alguna por los humanos. Es de entender, pues, que el vínculo que unía a la reina con el príncipe no estaba basado en el deseo, sino en la amistad y en un cariño tan profundo como sincero.

¿Pero cuál fue el final de nuestro caballero?

Creció para convertirse en hombre y sus amigas le otorgaron un lugar de honor en sus vidas por todo lo que hacía por ellas y sus hijas, a las que alimentaba y cuidaba ya desde el huevo y con las que solía jugar, practicar el lenguaje humano y leerles cuentos antes de irse a dormir.

El pequeño príncipe cumplió su destino. Y habéis de saber que, independientemente de su linaje o sus capacidades, hay tres cualidades presentes en todo buen regente: sabiduría, valor y compasión... Cualidades todas ellas que Edgar poseía en abundancia.

Aquel al que nadie creía capaz de reinar, se convirtió en el rey de una Corte alada y fue conocido a partir de entonces como Edgar, rey protector de las arpías.

FIN

11 de Março de 2020 às 16:47 0 Denunciar Insira 0
Fim

Conheça o autor

María Acosta Nací en el sur de España a mediados de los 80. Soy diplomada en Trabajo Social y escribo desde la adolescencia... Aunque no ha sido hasta 2019 que me han publicado mi primera novela. Me encanta la lectura, el Arte, los animales y el chocolate. Adoro los libros y... Bueno... Si quieres saber más de mí o de mis escritos, te animo a que me leas o me visites en mi Web/Redes Sociales.

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