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El diablo, con unos ojos de miel y fuego, viste un conjunto negro. Bebe un martini seco entre una sonrisa que delata mi mirada perdida, y a pesar de ello, me deja tiempo para pensar si debo hacerlo. Me acerco. Automáticamente hace un gesto al camarero, y mientras me siento y me desabrocho el botón de la americana, llega una copa a la barra.


Erótico Para maiores de 18 apenas. © Todos

#amor #poesia #pasion #258 #infierno #diablo #tentacion
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Diablo

El diablo, con unos ojos de miel y fuego, viste un conjunto negro. Bebe un martini seco entre una sonrisa que delata mi mirada perdida, y a pesar de ello, me deja tiempo para pensar si debo hacerlo. Me acerco. Automáticamente hace un gesto al camarero, y mientras me siento y me desabrocho el botón de la americana, llega una copa a la barra.

Sus piernas cruzadas y parcialmente destapadas observan como tuerzo el gesto hacía su cuerpo, entonces, mientras se recoloca el pelo sutilmente con su dedos, yo le doy un trago a mi whisky con hielo. Me analiza, clava sus llamas en mi tez fría, yo entiendo que no debería, pero sé que no me detendría por mucho que hubiera intervención divina. Parece saberlo, sin intercambiar palabras, tan solo con la lujuria de una mirada con largas pestañas. Yo me encuentro descolocado, tenso ante tal silencio, con ganas de quebrar el deseo, sabiendo que es un juego, guardando la banalidad de un camino que lleva a unos actos ya pactados entre dos copas y un silencio que grita ser destrozado, con más gritos, con más delito.

Acerca lentamente su mano, sin apartarse de mis ojos, con descaro, despacio. Yo la miro a través de sus ojos de fino lino, percatándome del frío que recorre por mi anillo. Una vez que nuestras manos se han unido, se levanta y me decido a acompañar al diablo allá donde me lleve su tacto.

Es algo idílico. Todo corre deprisa en un destiempo que desacelera nuestro ritmo. La sigo, y de pronto me encuentro en un paraíso perdido de olores a orgasmos y delito, donde las flores decoran cada rincón con sus matices a ambrosía y a vino. Desvestido, y con el fruto de mis ideas perdidas, ella repta como una serpiente antigua por mi pecho descubierto de toda idea de amnistía, al igual que su ropa, la cual, ahora roza más allá de su piel pecaminosa, serpenteando por mi cuerpo con movimientos estereoscópicos, pudiendo alcanzar y notar cada giro y cada enderezamiento, suave, lento, surcando con sus labios cada rincón de mi pasado, haciéndome daño, pero deseando que llegue el contacto. Y cuando nos entrelazamos al conectar nuestra carne y nuestras manos, se produce un desgarro. La delicadeza pasa a un segundo plano y la violencia y sus arañazos aparecen en sus manos, que con fuerza, deslizan la alianza que reposaba en mi corazón, sonriendo al arrebatármelo sin interponerme en el acto, acelerando, ahora con rabia atravesando todo lo que me frenaba a abrazar al diablo, deseándolo, ahora sin vestido negro y con unos ojos de miel y fuego que brillan sobre su sonrisa de poder y veneno. Una noche que sé que pasé en el infierno.


Tararea mientras se baña, yo descanso entre sábanas cuando me incorporo y me dirijo a la cocina, al volver, la veo a ella desnuda y con una toalla que arrastra.

—Debes irte, pronto vendrá él.

Sin contestar y de forma imperativa me visto y agarro mis cosas, cuando mi mirada se detiene justo en frente de la mesita, por unos segundos se frena el mundo, pero inmediatamente agarro la alianza y lo introduzco en el bolsillo de mi americana.



Mis manos se entrelazan con las hebras de unos cabellos castaños.

La luz de la mañana entra por la ventana atravesando las translúcidas cortinas, reflejando en mi dedo índice un destello dorado. En mi pecho descansa al ser acunada por caricias que atraviesan sus hebras castañas, cuando de golpe es despertada por el ruido de la alarma.

—¿No vas a trabajar? —dice mientras se abrocha los botones de una camisa blanca.

—No me encuentro muy bien. Voy a quedarme a descansar un poco. —De reojo miro como ella se viste y sale por la puerta.

Automáticamente se sienta al borde de la cama, observando a través de las cortinas y la ventana como la luz se pasa a un tenue que funde el último recorrido de los destellos de luz.



Decaen los colores cálidos dando paso al temple de un cielo que empieza a estar estrellado, pudiendo divisar como la luna pasa a un estado más opaco. Yo, mientras tanto, paseo entre árboles que cesan la caída de sus hojas con la llegada de la primavera. Paseo, mirando las farolas que empiezan a deslumbrar entre las copas que colorean las calles, cuando mi atención pasa a un bar con luces de neón donde algo arde en su interior. Me detengo. Pasmado por su color atrayente soy interrumpido por el sonido de mi móvil.

Entro nada más haber colgado, seguido del ruido de una campanilla. No me gusta mentirla, pero no podía decirle que no estaba en casa por nada que no fuera trabajo. Sé que no debería, pero necesito una copa para quitarme esta ansiedad del pecho, necesito evadirme de todo.

Me siento en la barra y pido un whisky doble con hielo. El primer trago da paso con mayor facilidad al segundo, y con cada uno me hundo un poco más entre mis brazos y mis manos que cruzan mis cabellos semi largos. Vuelve a sonar la campanilla justo a mi espalda, sin ser aún consciente de la silueta que acaba de sentarse a mi derecha. Levanto la cabeza y fumando un cigarrillo la veo ignorando mi desatino. De pronto, como si supiera desde el principio que estuve allí ahogando mi delito, tuerce la postura. Fuma. Por mi cuerpo recorre el calor de los recuerdos. Mi piel y mi vello se eriza con el penetrar de su espejo, y en su reflejo, no me veo a mi sino al deseo. Siento un placer que recorre en su irónica sonrisa, se que no es coincidencia que pida un martini seco y lleve un vestido algo más estrecho. No habla, y no cambia el gesto excepto cuando se lleva el petillo a sus labios encarnados en el rojo que quema el fuego. Silencio. Espera de mí que quiebre el encuentro, que me interponga en lo que sus ojos ruegan, sin ropa, sin perder el poder que roza y me destroza. No debo caer en su juego.

—Lo de la otra vez no estuvo bien. —Caí de lleno.

—Lo sé.

La observo. No cambia su gesto. Silencio. Un ardor crece en mi pecho.

Aparto la mirada y doy un último trago. Me levanto de golpe, algo desorientado, sin dejarme llevar por la tentación de darle elección. Suena la campanilla.


En la calle el frío penetra. Sin poder coordinar bien mis pasos me dirijo al callejón que está justo al lado del bar. Me apoyo en la pared dejándome caer con la espalda mientras me llevo las manos a mi rostro.

Algo más calmado me levanto, pero unos pasos suenan a través de la penumbra. Y bajo la sombra alargada proyectada por la luz que está a mi espalda, aparece una aguja de tacón seguida por unas piernas perfiladas. Jaque. No se detiene y va directa sin sonrisas ni miradas tentativas tan solo con una postura decida. Mate. Impacta con mi cuerpo que ya era suyo desde el primer momento. Ganó el juego. Sus labios de fuego queman atravesando mi aliento, recorriendo con sus manos mi cabello. Yo la arropo con mis brazos, surcando su cuerpo, sintiendo el desliz de su ropa que da paso a su piel pecaminosa. No puedo.

No me detengo. Las luces parpadean desde mi espalda. Lo intento. Ella sonríe cada vez que las farolas luchan por dejarme ver, por dejarme ver su sucio juego. Pero ella arremete a arrebatarme todo lo que se interpone entre mí y sus pechos. El parpadeo, en cambio, deja más momentos en que la oscuridad toma terreno, en la que sus manos se deslizan por lugares recónditos y alejados. Y de pronto, unos cabellos castaños vuelven a mis manos, el olor de la mañana estando a su lado, el día que nos casamos. Saco fuerzas, aparto al diablo que recorría mi cuello con sus labios. El parpadeo se detiene. La veo desnuda justo enfrente, iluminada por la luz que sale de atrás de mi espalda. Sonríe. Avanza. Yo doy un paso atrás mientras veo su cuerpo arder en fuego. Da un paso tras otro y el parpadeo reaparece, avanzando solo en los momentos que la luz se apaga, pudiendo ver como avanza cuando la luz regresaba, y antes de que pudiera apartar la mirada y condenarla, se abalanza. La farola revienta en un estallido que todo lo apaga, mientras yo caigo al suelo llevado por su peso. Cayendo, cayendo en una cama que me ata de negras y rojas sábanas.



Aparezco en un espacio donde reinan los colores y extensos prados, desnudo. Avanzo sin saber de caminos o de lugares donde ponerme a salvo, tan solo guiado por un ruido que suena con un eco letárgico. Sigo aquel sonido que poco a poco es convertido en el sonar de un piano, sin teclas ni existente espacio. Y entre el rozar del césped en mis tobillos blancos, llego a una colina donde es coronada por un tocón y un cartel clavado al lado "el conocimiento del bien y del mal".



Me despierto con el telón de fondo de unas notas graves y ascendentes. Me despojo de las sábanas que me envuelven al dejarme llevar por la sonoridad de aquella trágica sonata desgarradora y grandilocuente. Y cuando llego al eje, la veo tocando en medio de la sala sin nada que cubra su piel de mis ojos que quieren, al acercarme, destronar a la reina de sus notas que presiona con rabia y fiereza. Y cuando llego a estar cinco centímetros por detrás de su pelo, mi mano recorre su cuerpo, pero ella no se detiene al notar mis dedos surcando su cuello, bajando para ponerle freno. Ella toca y toca cada vez habiendo más y más notas con sus huesos que se deforman. Yo bajo y bajo con la mano recorriendo su cuerpo esbelto y cincelado, a punto de alcanzar lo deseado. Casi lo he alcanzado, cuando de pronto sus ojos miel y fuego se abren de pleno apartando las manos del piano, el cual, todavía sigue sonando mientras ella me arrastra a sus labios. Me aparto.

—¿Cómo hago para volver a encontrarte? —Se detiene el sonar del piano. Seco. Esporádico.

Ella sonríe.


Llego a casa entrado el punto álgido del sol. Unos cabellos castaños despeinados me esperan nada más girar el pomo. En su mirada se percibe turbios unos ojos marrón oscuro, y en los míos, perdidos, se reflejan las ojeras de una noche larga.

—¿Dónde estabas? —pregunta esperando una respuesta.

No contesto. En contra parte deja caer ligeramente su cabeza siendo suficiente para que su cabello la tape parcialmente el rostro. Dos segundos más tarde vuelve a alzar la barbilla y bajo una mirada cristalina camina hacia la puerta que está a mi espalda. Se escucha un portazo seco.

Yo me siento en el sofá del salón y saco de mi bolsillo un trozo de papel doblado. Las horas pasan mientras decae la luz del ambiente. Yo no me muevo, tan solo sostengo el papel con los ojos clavados en la puerta. Ella no vuelve. La noche hace presencia y procedo a desplegar el trozo de papel. En su interior hay escrita una dirección y una hora. Automáticamente me levanto y me dirijo a la ducha, una vez duchado y vestido voy hacia la puerta pero algo me detiene. Justo en el mueble del recibidor descansa una alianza, la observo, me palpo el dedo índice en busca de la presencia de mi compromiso, pero me acuerdo que todavía descansa en el bolsillo de la americana. Voy al armario y agarro la alianza junto a la de mi esposa y las introduzco en mi bolsillo, una vez listo salgo por la puerta.



Es una noche nublada. La dirección me ha llevado a un edificio con los cristales rotos y la pintura descolorida junto a grietas y ventanas que cuelgan. Entro abriéndome paso al polvo, y según avanzo un olor a incienso me guía entre escalones y puertas que no llevan a ningún lado. Llego a la segunda planta y al final del pasillo una luz tenue de rojos y morados me llevan hacia el sonar de un piano. Suena, grave y ascendente, en notas sostenidas la misma canción que tocó aquel día. Atravesando el marco de la puerta entro en un paraíso de olores a orgasmos y delito, con las paredes pintadas del rojo más ilícito, con una cama en medio de la sala, velas, y un piano que suena sin haber nadie que haga presencia. Entro en lo profundo, una brisa surca y me eriza a través de una ventana con una silueta divina. Me palpo los anillos de mi bolsillo mientras se acerca. Frente a frente ella me acaricia, y sin mediar palabra y dejándose cautivar por sus largas pestañas, ella quita cada botón de mi camisa. Yo desato un pequeño nudo en su hombro de un vestido que provoca imágenes de perjuicio, que por suerte, se deja caer para dejarme ver todo lo impío. Con delicadeza, y después de haber atravesado sus manos mi pecho espaciado por los botones que ya no están atados, me retira la americana sutilmente pinzándola con sus uñas pintadas. Y cuando me besa y deja caer la chaqueta se escucha, de pronto, el golpear del metal con endereza. Bajo nuestro beso, después del resonar de la evidencia, se perfila una sonrisa maligna. Me arranca la camisa. Yo esta vez contesto a la ira con más rabia contenida, y sin darle tiempo a que me quite la hebilla la cojo por sus muslos y arremeto hacia la cama para tomar las riendas de su vida. Entre sabanas, mi cinturón ya me ha sido arrebatado, pero me mantengo erguido para darle lo que piden sus uñas de vidrio. No sucumbo al rasgar de mi piel que se dilata por el acelerado ritmo. No sucumbo por el calor que desprende su respiración ni su pecho desnudo, pero de pronto mi cinturón vuelve hacia mí cuando ella me agarra y me rodea las manos, saliendo de sus labios una sonrisa malévola al apretar la correa. De pronto, estoy abajo, ella se coloca con agilidad y descaro, agitando su cabello con expresión de deseo cuando ya me tiene estirado con las manos por encima de mi cráneo, entonces, se prenden las cortinas al ritmo que ella empieza a acelerar el paso. Todo está en llamas con el piano que suena entre el sonar de las cortinas que se queman, y ella, bella, mira al techo sonriendo y agitando su cuerpo. Todo quema. Todo prende y ella acelera. Yo impotente no puedo frenar lo que sus movimientos crean. Las luces parpadean. El techo tiembla, yo, ella, y sus piernas. Cae rendida pero sin frenar su hípica. Y cuando las llamas han llegado a la cama y sus cabellos mojados rozan mi cuerpo tentando, vuelve a alzarse con un destello plateado. La sangre brota de mi boca. Las llamas la rodean y ella sigue balanceándose alcanzada por la sangre que de mí aflora. Observo, ebrio, el puñal que ahora está clavado en mi tórax. Y mi último suspiro se escapa entre la sangre, clavado en mis ojos el reflejo de sus senos, de sus ojos de miel y fuego, y del propio infierno.

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13 de Fevereiro de 2020 às 20:53 2 Denunciar Insira 7
Fim

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Sarym Sarym
Me encantó, cariño, muy poético y descriptivo, espero poder seguir leyéndote. Saludos.
April 14, 2020, 15:23
EsMa LostStars EsMa LostStars
¡Wow! Es alucinante, está muy bien escrita. ^^ Espero seguir leyendo más obras tuyas.
March 30, 2020, 15:45
~

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