amestral Ariel Mestralet

Policial negro de Ciencia Ficción ambientado en Argentina, España, EEUU y otros lugares del planeta. ¿Novela experimental? Intento de Cyberpunk moderno o alternativo que se sale de los cánones del género. Si es que tal cosa es posible tratándose de cyberpunk. Sinopsis: Una joven de la alta y opulenta sociedad de Buenos Aires muere de forma horrible y extravagante. Tanto así, que pese a quedar todo registrado en vídeo HD, los peritos no pueden determinar si fue asesinato o alguna aberrante forma de muerte natural. Quedará en manos de René, detective de la Policía Global que se considera a si misma una persona del tercer género, investigar y llegar al fondo del asunto. Pero ni René ni nadie podría llegar a suponer todo lo que se cocina en el trasfondo de este distópico futuro que alcanza varios países y escenarios. Parte del universo Preserve. Contiene escenas explicitas de sexo hétero e intersexual, así como violencia y algunas otras aberraciones. No apta para espíritus sensibles y/o acotados. Quedáis debidamente avisados ;)


Ficção científica Para maiores de 18 apenas. © LEY 11.723 - REGIMEN LEGAL DE LA PROPIEDAD INTELECTUAL (de la Nación Argentina)

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Capítulo 1

Gilbert Imre Kast subía por el turboascensor y, aunque no había forma de que fuera realmente consciente de la velocidad que llevaba la cabina, sentía que los pisos pasaban demasiado rápido para su gusto. En aquel momento habría preferido tener que subir los 125 pisos que lo separaban de su destino por la escalera de emergencia. Las manos y el rostro le transpiraban copiosamente y no era para menos. Estaba realmente nervioso. De pronto el ascensor comenzó la desaceleración previa a detenerse completamente unos segundos después. Con el último frenado sintió un pequeño tirón hacia arriba. Como si su estómago se negara a detenerse en aquel piso. Seis, cinco, cuatro… pronto la aceleración gravitatoria negativa desapareció y la voz electrónica del ascensor le indicó que había llegado a destino. Las puertas de doble hoja automáticas se abrieron frente a él y el último piso le dio la bienvenida. ¿Bienvenida?, sólo un masoquista se hubiese sentido bienvenido en aquel piso y en aquellas circunstancias. Salió del módulo a un gran pasillo flanqueado a ambos lados por las puertas automáticas de diez ascensores similares al que él había utilizado y cuatro más de corta distancia, es decir: los que no iban más allá de veinticinco pisos desde donde él estaba ahora. Caminó los pasos que lo llevaron hasta la puerta doble de cristal que separaba aquel pasillo de otro a cuyos laterales, tachonado de elegantes y modernas puertas a derecha e izquierda, indican la importancia de quienes ocupaban las oficinas que estás ocultaban. En aquel momento hubiera preferido estar en cualquier lugar menos allí mismo. Muy probablemente la noticia que había ido a llevar sería la última que transmitiera como empleado de Preserve Inc. El clásico: «matemos al mensajero» se llevaría su trabajo y su futuro dentro de la compañía. Pero era su deber hacerlo y su ética alemana le indicaba que debía hacerlo en persona. Hacer uso de videollamada era inaceptable. Cómo cortar una relación amorosa por mensaje de hyperlink o aún peor, contratando a una de las tantas empresas del mercado que se encargaban de tan amarga tarea a cambio de una módica suma. Cruzó la puerta de fino y resistente Cristal Espacial, cómo se le llamaba en la jerga al polímero de alto impacto transparente cuyo nombre comercial era simplemente «Dome Glass», por su uso en domos y ventanillas de vehículos de atmósfera cero. El costo sideral de aquellas puertas era el cabal manifiesto que dejaba en claro el tipo de personas que ocupaban cargos allí, y eso no contribuyó en lo más mínimo a tranquilizar a Gilbert. Muy por el contrario su pulso se aceleró más, la respiración se le hizo pesada y la saliva espesa como miel artificial pero sin la dulzura de esta. Rápidamente se dirigió hasta la puerta que conocía sobradamente y parándose erguido cual soldado de infantería ante la misma, espero que la secretaria virtual le «preguntara» sobre los motivos de su visita.

Una suave y pretendidamente tranquilizadora voz femenina le saludó por el nombre luego de haber escaneado su rostro y le inquirió tal y como él sabía que sucedería. Gilbert tartamudeó el asunto, aunque en realidad solo mencionó el nombre del proyecto y que necesitaba hablar de forma urgente con el director del mismo. La secretaria virtual no tardó ni medio segundo en confirmar la información recibida y aguardando unos cinco segundos más, simplemente por protocolo, le invitó a pasar. Para ello la puerta se deslizó automáticamente hacia la derecha y pudo ver una antesala rodeada completamente de cómodos y lujosos sillones de espera en sus cuatro paredes, una mesilla central con hermosos bonsais y el clásico dispensador de agua, jugos y bebidas calientes a un lado de la misma. Sin embargo, no había nadie haciendo uso de las instalaciones y de hecho Gilbert sabía que jamás lo había. Otra puerta corrediza se abrió a la derecha, justo donde no había sillones y pudo por fin contemplar al destinatario de su información. Sentado en su escritorio y completamente enfrascado en una conversación en francés. Claro que lo hacía por cortesía ya que el traductor universal podía imitar su voz a la perfección lo mismo que la de su interlocutor haciendo que ninguno de los dos notará prácticamente que el otro no utilizaba su propia lengua. Solo el movimiento de los labios que no coincidía con el audio y un apenas apreciable retardo en este, denotaban el artilugio. Algo similar a los viejos documentales que se doblaban sobre el audio original, solo que la actual tecnología permitía mucho menos desfasaje y sin que el audio original distrajera, ya que el sistema simplemente lo elimina de la conversación. Al verlo a Gilbert lo saludó levantando una mano. Un gesto práctico y calculado que a la vez le indicaba que por favor aguardara unos instantes. El recién llegado tomó asiento en el cómodo sofá que había a un lado y esperó paciente. Como no sabía hablar francés no pudo enterarse de nada de lo que se estaba conversando y eso no hacía sino ponerlo aún un «poco más» nervioso.

Cuando por fin el otro terminó su videollamada y lo miró, Gilbert se puso de pié de un salto y se acercó al escritorio como si un muelle del sillón se hubiera zafado lanzándolo por el aire.

—¿Y bien?

Marcus Sheridan era el director de investigación en nuevas tecnologías del conglomerado Preserve Inc con sede en Atlanta. Una persona altamente capaz e implacable con los que así no lo fueran. Tenía fama de haber acabado con la carrera de cualquiera que se hubiese puesto en su contra o no le hubiese seguido la corriente aunque esto tal vez fuera solo una leyenda urbana o su equivalente, un mito corporativo. Había comenzado en Preserve desde muy joven. Apenas terminados los estudios medios. No había cursado la universidad, sin embargo se había anotado en toda capacitación interna que hubo encontrado. Por poca que fuera su paga no se había ido en busca de mejores rumbos en otras empresas como habían hecho muchos de sus compañeros de los tantos que tuvo en todos los puestos y cargos en que se desempeñó. Literalmente le había vendido su alma a la empresa y hoy a sus 37 años podía darse el gusto de ostentar el cargo de director. Uno medio, eso sí, pero director al fin y su carrera no hacía más que comenzar. Aquel proyecto de nanobótica sería la plataforma de lanzamiento para cosas mucho más importantes. Por tanto, aquel: «¿y bien? llevaba implícita una carga muy fuerte. Tan fuerte que Gilbert cerró los ojos y tragó su pesada saliva antes de decir:

—Lo rechazaron…

Aquello era el fin. No había logrado su cometido. No importaba a cuántos abogados había contratado, ni a cuantos funcionarios de la ONU había sobornado; la oficina de alimentos, drogas y micro biotecnología de las naciones unidas había rechazado el permiso de experimentación en seres humanos y aquel fracaso era todo suyo. Marcus, lo miró fijo. Su ancho mentón parecía a punto de convertirse en un barre-vías de tren de inducción magnética. Uno que estaba listo para sacarlo de la vía del mundo de los negocios para siempre. ¿Dónde iba a conseguir trabajo ahora? Con semejante mancha en su currículum podía darse por muerto. Con suerte si lo contrataban como tutor particular de algún hijo de «La Alta». No había sido directamente su culpa, pues habían intervenido muchos, muchísimos factores externos, imposibles de ser todos ellos controlados, claro; pero eso tampoco justificaba el fracaso. «Su» propio fracaso.

—¡Esos hijos de puta! —exclamó Sheridan mientras se pasaba la mano por la barbilla como pensando en algo en particular—. ¿Es que nunca se van a olvidar de Manhattan?

—¿Señor...? —enseguida se corrigió, sabía que su jefe odiaba que lo llamaran así—. Marc...

—Aquello ocurrió hace más de 50 años. Es hora de avanzar. ¿Cómo pueden ser tan..?

Gilbert no entendía nada. A su director, aquel que era implacable con las derrotas de sus subalternos, la máquina de picar carne no imprescindible, se lo veía bastante tranquilo dadas las circunstancias.

—Supongo que querrá mi renuncia —se apresuró a decir Gilbert, con la esperanza de que, si lograba que le aceptaran la renuncia en lugar del vergonzoso despido, tal vez pudiera salvar aún algo de su carrera.

Sheridan volvió de nuevo la mirada al mundo real. Estaba de vuelta de donde fuera que había estado especulando.

—¿Qué...? ¿tu renuncia? ¿Por esto? ¿Por unos incompetentes burócratas que no pueden olvidar un atentado de hace más de medio siglo? ¡Por favor! Esto no es tu culpa Gilbert, se que has hecho todo lo posible. Pero contra los idiotas no se puede. Son muchos y están en todos lados.

—¿Entonces...?

—Entonces nada mi querido amigo. Seguiremos adelante con la innovación.

—Pero..., ¿pero y la prohibición?

—No podemos probar en humanos, perfecto. Pero nadie nos prohíbe continuar mejorando el producto y continuar probándolo en chimpancés y cerdos como hasta ahora. Mientras tanto continuaremos con nuestra campaña de concientización de la población. Sólo es cuestión de tiempo hasta que acepten los nanites como algo beneficioso para el avance de la medicina.

—Pero... —insistió Gilbert—, ese es justamente el problema. Se nos ordena finalizar la investigación de inmediato, citando la resolución 837357253-2183: experimentación con material de posible uso terrorista.

Marcus Sheridan se quedó duro. No movía un músculo. Simplemente lo miraba fijamente. Ni siquiera parecía respirar. De pronto sus ojos miraron hacia la esquina superior derecha de su campo de visión. Era claro que algo estaba elucubrando. Por fin volvieron a posarse sobre el mensajero.

—Debí haberlo supuesto ya que tratamos con burócratas de dos créditos.

—Hemos hecho todo lo posible, todo lo que estuvo a nuestro alcance sin llegar a llamar la atención de la comisión anti soborno, más... sería... —dijo como escudándose tontamente de una bala tras una cortina de satén.

—Si, lo sé. Insisto en que no es culpa tuya. Tranquilizate.

Sin embargo, por alguna razón, aquellas palabras no lograban que se tranquilizara. Muy por el contrario, se sentía todo un fracasado ahora mismo.

—Bien... —dijo el director, pero dejaba entender que no había nada de bueno en aquello—, si la ley lo ordena deberemos apegarnos a ella. Es el fin para el proyecto, al menos hasta que podamos lidiar con aquellos idiotas. Que sellen el laboratorio pero no lo desarmen. Aún no pierdo las esperanzas. Sin embargo, el producto de las pruebas deberá ser destruido.

—¡Pero Marc!

—Si es considerado material de posible uso terrorista no podemos permitir que caiga en malas manos. ¿Verdad?

—Pero cómo podrían unas nanopartículas de piel convertirse en algo peligroso para...

—No es a mí a quien tienes que convencer. No podemos correr riesgos. Que destruyan el material de pruebas pero que preserven las muestras originales. Total siempre podemos replicar más cuando sea el momento.

—Entiendo. Así se hará. Dijo por fin resignado aunque un poco más aliviado.

Cuando Gilbert dejó la oficina, Marcus Sheridan se puso de pie y se dirigió hacia la pared vidriada que daba hacia el centro de la ciudad. Necesitaba estirar las piernas. Había pasado toda la mañana sentado frente a su unidad de trabajo, de teleconferencia en teleconferencia y ahora por fin se podía darse el lujo de tomarse cinco minutos. Desde aquella ubicación podía ver el resto de la ciudad de forma dominante ya que su edificio era, por el momento, el más alto construido por aquellos lares. Sin embargo esto podría cambiar en cualquier momento. Continuamente se estaba construyendo y aquella era una metáfora perfecta. En los negocios como en la ciencia y la tecnología, la competencia era atroz. El que diera el primer paso solía quedarse con todo. Claro que en el amor también, pero sobre eso no se consideraba alguien con la suficiente experiencia como para opinar, a menos que se refiriera a las geminoides de alquiler. Su trabajo era su vida, no había tenido tiempo para nada más y ahora...

—Ocho malditos años para nada —exclamó en voz alta para nadie más que para sí mismo puesto que estaba solo en la habitación—. ¿Cómo pueden ser tan idiotas?

3 de Fevereiro de 2020 às 20:32 2 Denunciar Insira Seguir história
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Raül Gay Pau Raül Gay Pau
Ánimo
March 17, 2020, 19:44

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