katiuskagarcia Katiuska García

Colección de relatos cortos de la vida cotidiana, sin conexión entre sí. __________ Imagen de portada: Imagen de Ylanite Koppens en Pixabay (https://url2.cl/Mj9v8)


Conto Todo o público. © Todos los derechos reservados

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Una conversación cualquiera




El aire era tibio dentro del chifa. El olor a fideos fritos se escapaba de la cocina, ahora a tomate, ahora a cebolla china. Se veía la calle a través de las ventanas. Los carros avanzaban en la pista; la gente se apresuraba por la vereda, con las manos en los bolsillos y las cabezas gachas. En el fondo, el ruido del televisor empotrado en la pared, hablando sobre un concurso que alguien acababa de ganar.

Las mesas estaban alineadas, con cuatro sillas rodeando cada una; todas con un servilletero, un salero y una botellita de sillao en el medio. Frente a la puerta estaba el mostrador, con adornos y porcelanas de colores, y el encargado sentado detrás, con el periódico sobre las piernas. Había unos sillones pequeños entre la puerta y el mostrador, pero nadie sentado. Los dos únicos meseros conversaban al fondo, parados junto a la puerta de la cocina, frente al televisor. Eran más de las seis.

Había otras cuatro personas en el chifa, además de los meseros y el hombre del mostrador. La primera, una chica en la mesa del fondo, sentada de espaldas a la pared. Soplaba la cuchara de sopa en su mano derecha y leía la separata que tenía en la izquierda; el vapor empañando sus lentes con cada soplo. La segunda era una señora, en la mesa más cercana a la puerta, casi frente al mostrador; de cabello rubio cenizo y una blusa negra con flores estampadas. Flores de pétalos blancos y grandes centros rojos, tapando casi todo el fondo negro de la tela.

La chica y la señora estaban en la misma hilera, a dos mesas de distancia. Desde su lugar, la chica podía ver la espalda de la señora, sus hombros anchos, sus codos sobre la mesa. La señora miraba a la puerta. Todavía no le habían traído la comida.

Y estaban ellos dos, los últimos dos: la mujer y el hombre. Los únicos que hablaban en el chifa, con su voz alta y firme ella, con susurros quedos él, que solo ella escuchaba. Estaban en la misma hilera que los demás, a una mesa de distancia de la chica de la separata y junto a la mesa de la mujer de la blusa floreada. Los cuatro en la misma hilera de mesas, pegados a la pared, como los alumnos de un salón de clases.

La chica de la separata podía ver la espalda del hombre. Tenía unos jeans, una camisa y poco pelo en la cabeza. Los jeans todavía eran azules. La camisa era roja, pero ese rojo que queda después de muchas puestas y muchas lavadas y muchas puestas otra vez. Uno de los focos estaba justo encima suyo, y la bola de luz blanca le resplandecía en la coronilla pelada. Tenía las piernas abiertas, apenas sosteniendo el peso de su cuerpo sobre la silla. Parecía que ocupaba dos sillas al mismo tiempo.

La mujer estaba sentada frente a él, en el lado contrario de la mesa, pero casi no se le veía desde el lugar de la chica de la separata. El hombre la tapaba, salvo cuando la mujer se inclinaba hacia la ventana o él se agachaba para volver a treparse en su silla. Era baja, de unos cincuenta años, con una camiseta negra y un saco rojo sin mangas. El cabello era lacio y le llegaba hasta los hombros. Sonreía.

—Yo no quiero juegos. No estoy para juegos. ¿Cuántos años crees que tengo, ah? Y a estas alturas, andarme con eso... No, ¿verdad?

Él le dice algo, muy rápido, ella se inclina para escucharlo. Se ríe.

—No, yo te estoy diciendo las cosas como son. Lo que quiero decirte, te lo digo. Yo no oculto nada... Y si oculto, es que no te importa, ¿ves? Acá las cosas son claras. Si yo te tengo algo para decir, te lo digo. De frente.

Un grupo de escolares entra al chifa: dos chicos y dos chicas. El hombre del mostrador se para. Deja el periódico en la silla. Las chicas se sientan en los sillones de la entrada, con sus faldas a cuadros plomos y azules, los chicos se adelantan alisándose las camisas. El hombre del mostrador los alcanza a medio camino. Ellos preguntan algo, el hombre del mostrador hace un gesto con la cabeza. Las chicas en los sillones se ríen. Se paran y se van todos, ellas agitando los cuadrados de sus faldas, señalando hacia los restaurantes de la calle de enfrente.

El hombre le ha estado susurrando a la mujer, y ella suspira. Mira por la ventana a su lado y un foco le ilumina la cara. No lleva maquillaje.

—Yo me sentía muy mal, ¿sabes? Muy mal, los últimos meses. Ni ganas tenía de levantarme de la cama. Mis hijos ya están grandes. A veces mi hija me preguntaba, ¿por qué estás mal, mamá? ¿Es por mi papá? Yo me separé de mi esposo hace tiempo, más de un año, ya... Y ella todavía pensaba que todo era por él. La verdad ni sé qué era. Solo me sentía así, como si me quisiera morir. No quería levantarme. Poquito a poquito, solo así me levanté. Aunque todavía tengo ese sentimiento a veces, como si me estuviera muriendo despierta.

Un mesero se acerca desde el fondo, con un plato de tallarines para la señora de la blusa floreada. La mujer se calla. El mesero pasa por su lado para dejar los tallarines, la señora acerca el plato, le pide algo con un gesto. El mesero se aleja. El hombre se ha inclinado sobre la mesa, a susurrar de nuevo. Su voz se escucha más fuerte esta vez. Es ronca y vieja, como una roca que se arrastra. Ella se ríe.

—¿Sola yo? ¿Por qué me voy a sentir sola? Mira, no estamos acá porque esté sola. Y si estuviera, ¿qué? ¿Te crees que busco un caballero, que te cuento mis cosas para que vengas a rescatarme? Yo no quiero que nadie me rescate. Y si llegamos a empezar algo, más vale que lo vayas sabiendo. ¿Que de repente necesito a alguien, dices? ¿Y ese alguien se supone que vas a ser tú? Yo no te he dicho eso. Y no te hablo para insinuarte nada. Para eso los chiquillos, los enamoraditos. Yo ya estoy muy mayor para eso. ¿Y por qué te cuento? Pues por eso: por contarte. Para que sepas cómo soy. Para que te vayas, si no te gusta. Y si tú me cuentas algo y no me gusta, pues me voy yo.

El mesero vuelve a pasar, con una botellita de sillao llena y más servilletas. Las deja en la mesa de la señora de la blusa floreada. Se vuelve a ir.

—Mi esposo también pensaba así. Que si yo le contaba, que estoy triste, que estoy mal... Que decía que yo lo estaba culpando, que lo presionaba. Mi hija nunca decía nada. El que lloraba era mi hijo, pobrecito, su padre ni gritaba siquiera, pero él me veía a mí así triste y lloraba. Ahora ya tiene catorce, y me ha dicho que tengo que hacer lo que pueda pero que así triste no voy a estar. ¿Te imaginas? Un chiquito de catorce años dando consejos. Él sabe que estoy acá contigo, también. A mi hija ni le dije, pero ya sabe. Se lleva bien con su hermano.

Se escucha un ruido metálico, y la señora de la blusa floreada se dobla sobre su cuerpo para alcanzar su tenedor. El mesero que le trajo los tallarines está en la cocina, pero el otro (cabello más largo, negro, amarrado en una coleta diminuta) corre a darle otro tenedor. El hombre está susurrándole de nuevo a la mujer. Ella suspira.

—No saben que vinimos a un chifa, pues. Si la pollería hubiera estado abierta ni hubiésemos venido acá. Pero saben que salí contigo. ¿Para qué voy a engañarlos, pues? Si empezamos algo... Bien grandes ya estamos los dos. ¿Tú no le has dicho a tu hijo? Porque mejor le vas diciendo. Si quieres, digo, tampoco te voy a obligar, pero ya ve sabiendo que yo no estoy para sutilezas...

Un nuevo ruido metálico, ahora al fondo del restaurante, y la chica de la separata se queda mirando su cuchara en el suelo. Ya no le queda sopa, el tazón está arrimado en la esquina de su mesa, pero el mesero de la coleta igual se acerca a recoger la cuchara. La chica se le queda mirando, los lentes todavía medio empañados por el vapor, la separata olvidada en la silla a su costado.

El mesero sonríe. Mira por encima de su hombro, con la cuchara todavía en la mano: el otro mesero aún no vuelve de la cocina, el hombre del mostrador se ha quedado dormido sobre su periódico. Jala la silla frente a la chica de la separata. Se sienta. La mujer lo mira, mira a la chica, ve su cabello alborotado por detrás de la cabeza calva del hombre. Sonríe, apenas. El hombre le ha estado hablando de nuevo y se calla.

—Yo no creo que porque tu hijo sea universitario sea más difícil. Será al revés. Ya ves, mis hijos están chicos, él de catorce y ella diecisiete, recién cumplidos... Y entienden. Los niños entienden todo. Solo hay que decirles bien. Mejor entenderá todavía, tu hijo. Ni que fuera un problema. No es raro, siquiera... Ya sabrá él. Si mi hija, que no es tan niña... Pero bien inocente, si vieras. Pero su hermano la va a mirar por mí. Ese salió buen hombre, ya lo estoy viendo. Y guapetón. Las chicas se le van a tirar encima.

La señora de la blusa floreada sigue mirando a la puerta. Su plato de tallarines sigue casi lleno y ella tiene el tenedor en la mano derecha, entre el pulgar y el índice, sin moverse. Voltea un poco la cabeza y el cristal de la ventana le refleja la cara. Tiene ojeras. Tiene bolsas debajo de los ojos, y arrugas, arrugas en su frente y en los bordes de los ojos, alrededor de la boca, perdiéndose en sus mejillas.

La señora se mete el tenedor vacío a la boca. Lo vuelve a bajar. El hombre se ha quedado en silencio esta vez y la mujer solo mira por la ventana, llevándose trozos de pollo a la boca de cuando en cuando. Él ya ha terminado de comer. Ningún mesero se acerca a recoger los platos.

—¿Sabes qué? Es bien curioso, cómo nos conocimos. Cómo me hablaste, más bien. ¿De verdad no sabías cuál era la sala de tu película? Nunca te pregunté. Pero como al final acabamos en la misma sala, supongo que habrá sido casualidad... Si no fue, no me digas. No me gustan los juegos, pero un poco de misterio hasta es bonito.

El plato de pollo con verduras sigue en la mesa de la chica de la separata, arrimado junto al tazón de sopa. Sin tocar. El mesero de la coleta ha arrimado su silla hasta quedar junto a la de ella, su mano sobre la mesa, a medio centímetro de la mano de ella. La mano de él avanza dos centímetros y se pone sobre los dedos de la chica. Ella salta un poco, pero no retrocede. Él entrelaza sus dedos con los de ella, sin sonreír, solo mirándola, a través de los lentes de ella. Ella sigue sin retroceder.

El hombre ha vuelto a treparse en su silla y a susurrarle algo a la mujer, y ella ha vuelto a mirarlo. Él saca un pañuelo del pantalón y se seca el sudor de la frente. Ella coge una servilleta y se la pasa, señalándole la coronilla pelada.

—Ya estamos viejos, ¿ah? Nosotros dos. Tú eres mayor, ¿no? Mírame a mí... Todavía no cumplo cincuenta, pero bien que los parezco. Hasta más. Es que yo he vivido así, preocupada, mucho tiempo. No hay que preocuparse mucho. Después uno se pone viejo, y luego la vida se cree que de verdad lo eres y cuando la tratas de convencer de que no... Igual te manda todas las cosas de los viejos. Imagínate que hasta empecé a coleccionar botones, el otro día. Cuando me di cuenta, los tiré todos por la ventana. Le cayeron en la cabeza al perro del vecino. Lo que me ladró el pobre perro.

El mesero que estaba en la cocina ha vuelto a salir y ahora mira televisión, echando un vistazo de cuando en cuando a la mesa de la chica de la separata. El hombre del mostrador ya se ha despertado y ahora mira hacia la puerta, no viene nadie, deja el periódico en el mostrador y desaparece por la puerta giratoria del medio. Ni siquiera se fija en el otro mesero, el de la coleta, que sigue en la mesa de la chica de la separata.

El mesero del televisor ve caminar al hombre del mostrador, su cara adormilada tratando de espabilarse. Es un hombre de unos treinta y algo, con una camisa celeste de manga corta y pantalones de color crema. El mesero tiene unos veinticinco y lleva la misma ropa que su compañero: pantalones negros y camisa blanca de manga larga. Camina a la puerta giratoria y mete la cabeza, grita algo, el hombre del mostrador grita algo de vuelta. El ruido del televisor y de la puerta ahoga sus voces.

—Entonces... Tú sí que no hablas nada, hombre. A las justas sé de ti, y eso porque soy buena leyendo gente. Lo que creo es que tú estás asustado de meter la pata, porque no sabes lo que yo espero, y de una vez te digo... No espero nada. No, no te ofendas. Bien grandes estamos los dos para eso. Te digo que no espero nada como te digo... Pues qué, que no tengo requisitos escondidos; lo que te digo es lo que hay, no te pongo pruebas ni espero que hagas nada. Hacía eso de joven, de repente. Hago esto, no hago lo otro, y si él se da cuenta es que me ama. No, para eso no estamos... ¿O tú esperas algo? Si esperas dime, que leo gente pero tampoco adivino. ¿Esperas algo?

La señora de la blusa floreada se ha terminado los fideos de su tallarín, pero no ha tocado el pollo ni las verduras. Los sigue mirando, con el tenedor en la mano, echando vistazos a la puerta de rato en rato. El hombre del mostrador sale por la puerta giratoria, el mesero que le gritó todavía esperándolo.

El hombre del mostrador le muestra la botella que trae. El mesero se ríe y va al estante junto al televisor, coge vasos, coge un banco de una esquina y lo pone junto a la silla del mostrador. El hombre del mostrador ya ha abierto la botella. El mesero se la quita y sirve los vasos, le pasa uno, chocan el vidrio en lo alto. Se ríen y empiezan a tomar al mismo tiempo; el hombre del mostrador a sorbos lentos y largos, el mesero a sorbos rápidos, cortos.

El hombre de la calva está hablando, su voz rasposa se escucha apenas. Se estira de nuevo para volver a treparse en su silla y la mujer mira por detrás de su cabeza, a la mesa de la chica de la separata. El mesero de la coleta ha acercado más su silla y ahora sus rodillas casi rozan las de la chica, sus dos manos cogiendo las suyas.

La chica le susurra algo, los ojos bajos, la punta de las orejas rojas. El mesero se acerca más y voltea una oreja hacia ella, como si no la escuchara. Ella vuelve a hablar, un poco más fuerte. Su voz es grave, temblorosa, como un bajo desafinado. El mesero vuelve a mirarla. Ella levanta la mirada, los labios apretados, casi sin pestañear.

La señora de la blusa floreada ha empezado a separar las verduras en su plato, según el color. Ha arrimado todos los trozos de pollo a la derecha. El hombre del mostrador está llenando los vasos de nuevo y el mesero que toma con él vuelve al estante, para coger una caja de galletas y un plato. También coge un táper con crema.

La chica de la separata sigue quieta en su silla, las orejas todavía rojas. Su mano izquierda deja la mano del chico y se eleva hasta su hombro, acariciando su brazo en el camino. El mesero de la coleta deja su mano derecha y le toca una mejilla, acariciándola con el pulgar. Sus rodillas chocan con las de la chica ahora.

El hombre ha dejado de hablar. La mujer se mete el último trozo de pollo a la boca y aleja el plato, saca la cartera, cuenta y deja un billete y una moneda sobre la mesa. El hombre saca su billetera también, deja un billete y tres monedas. La mujer se limpia la boca con una servilleta. A su espalda, la señora de la blusa floreada ha empezado a cortar las verduras de color verde en trozos pequeños.

—No te voy a decir que esperas mucho... Porque ni me ha quedado claro lo que esperas. Tienes que trabajar un poco tu honestidad, que estamos grandes para insinuaciones. Ya te dije. Ahora, así, de lo que has dicho... Creo que esperas lo mismo que yo. Estamos grandes, pero lo que queda, hay que vivirlo como se debe. Yo ya he pasado mucho tiempo sin vivir. Tú tendrás tus cosas, tus penas, también. Ahora... Pues como dice mi hijo: hay que hacer lo que se pueda, pero uno triste ya no puede estar.

La chica de la separata se para. El mesero de la coleta se para con ella. La chica busca en su bolsillo, cuenta las monedas, deja seis sobre la mesa. Sus orejas ya no están rojas, pero sus manos tiemblan un poco. El plato de pollo con verduras sigue sin tocar. Mete la separata en su bolso, el mesero lo recoge antes que ella y lo carga sobre su hombro. Le hace un gesto al otro mesero, él le devuelve el gesto; el hombre del mostrador no los ve, está vaciando más galletas en el plato. Se van caminando, juntos. El mesero de la coleta tiene una mano en la cintura de la chica.

El otro mesero se acerca al televisor, con su vaso todavía en la mano; sube el volumen. Son más de las siete. La señora de la blusa floreada ha dejado de cortar, ahora solo mira por la puerta, masticando un trozo de tomate frío. El hombre vuelve a treparse en su silla. La mujer se estira y sonríe a medias, frotándose las manos.

—Y bueno... Como parece que tú no eres de las cosas claras y no preguntas, así, formalmente, pues me toca preguntar a mí. Y a falta de una mejor pregunta, porque ya sé cómo suena, pero las cosas hay que preguntarlas. Que para vergüenzas ya estamos muy grandes. ¿Quieres que empecemos una relación?



31 de Janeiro de 2020 às 18:58 2 Denunciar Insira Seguir história
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Leia o próximo capítulo El bus partirá de la puerta principal a las 10 a. m.

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Samuel Benito de la Fuente Samuel Benito de la Fuente
Redondo. Me ha gustado de principio a fin. Has mantenido la tensión, los detalles, casi cinematográficos, sin nombrar nombres (cosa que es difícil). Me ha encantado el detalle de que solo se nos enseñe que habla la señora, y el otro no se oiga. También en las imágenes: se nos muestra y nosotros ya nos hacemos una idea. Genial. Este relato me ha encantado. Un saludete de Samuel.
February 07, 2020, 00:22

  • Katiuska García Katiuska García
    ¡Muchas gracias! Me alegro de que te gustara :) February 09, 2020, 03:23
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