Inanición Seguir história

luminar Erich Stern Navío

Inanición es un relato sobre la actual crisis en Venezuela que revela datos sobre la escasez, la inflación y el incremento de la pobreza. Marisol, una profesora de primaria, y su alumno Camilo, son los protagonistas de esta historia basada en testimonios reales de los ciudadanos venezolanos.


Histórias da vida Todo o público.

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Los alumnos de la institución especializada en educación primaria, “Varón de Dolores”, se habían concentrado según su grado en fila india, para entonar el Himno Nacional de la República Bolivariana de Venezuela.


Entre ellos se encontraba Camilo, cursante de segundo grado, de ocho años de edad. Su peso había reducido considerablemente el último mes. Su cara mostraba una delgadez casi cadavérica.


La maestra Marisol, encargada de su curso, lo observaba desde el estrado donde estaban ubicadas la directora del instituto y demás profesorado dirigiendo el canto patriótico.


Marisol se preocupaba mucho por Camilo. Se había encariñado mucho con él. Le recordaba a su sobrino favorito. No tenía hijos ni marido. Camilo, a sus ojos, era tan extrovertido y lleno de ilusiones acordes a su edad. Pero, desde hace poco más de dos meses, Camilo se mostraba repelente a ella y sus compañeros de clase.


Los ojos de Camilo parecían cerrarse mientras sus labios casi ni se abrían. Abajo cadenas, gritaba el señor, y el pobre en su choza libertad pidió, parecía musitar. Todos recitaban el himno sin ninguna muestra de orgullo, llenos de una apatía unificada.


La crisis en Venezuela había causado gran parte de la deserción escolar. Los niños más grandes faltaban a la escuela para poder ayudar a sus padres en los gastos del hogar. Los precios de los alimentos se habían elevado a montos exorbitantes. El salario mínimo no era suficiente. Cada vez que el gobierno dictaba un nuevo decreto de aumento de sueldo, la inflación en productos alimenticios se disparaba.


La profesora de cuarto grado, Jimena, muy amiga suya, le había comentado con gran dolor (Jimena era cristiana y siempre se mantenía activa cuando la iglesia de su localidad organizaba jornadas de ayuda social), que varios padres habían conversado con ella sobre la ausencia de sus hijos a clases. Y es que se avergonzaban de mandarlos sin nada para comer; por lo menos en casa podrían darles un pedazo de pan que mitigara el hambre de sus panzas.


Oír esa anécdota y muchas otras semejantes le hizo volver a enfocarse en Camilo. Se le veía tan frágil. No sabía si lo estaba imaginando, pero parecía que se encorvaba cada vez que culminaba una estrofa de la canción. ¿Qué podía hacer ella por él? El sueldo de los profesores era tan miserable. No cubría el salario mínimo. Pero el desempleo estaba en auge y no podía darse el lujo de renunciar en busca de mejores oportunidades.


Actualmente, conocía amigos que fueron despedidos por recorte de personal. Las empresas generaban menos ganancias ahora que sus empleados sufrían constantes bajas por enfermedad. No solo los niños eran afectados; los padres dejaban de comer para cuidar de ellos. La comida no alcanzaba para todos: los hijos eran la prioridad.


La pobreza había alcanzado hasta las clases medias. Si el salario mínimo incrementaba, los demás profesionales también aumentaban sus tarifas, lo que hacía que generaran más pérdidas, porque el dinero no rendía.


Muchas empresas cerraban y se mudaban al exterior donde los precios se mantenían estables. Pero no todas corrían la misma suerte. Algunas simplemente quebraban.


Algo estaba mal con Camilo. Se tambaleaba como un velero ante el fuerte oleaje. Y de repente, se desmayó. Las voces se ahogaron abruptamente. La primera en salir a socorrerlo fue Marisol. La directora pedía orden. Muchos alumnos cuchicheaban entre ellos. Otros se retiraban para darle espacio a las demás maestras que se acercaban apresuradamente para ayudar a Marisol.


Camilo era zarandeado por Marisol. Luego de unos diez minutos eternos, abrió los ojos con parsimonia. Aquí estoy, lindo Camilo, lo consolaba la maestra, ¿desde hace cuánto no comes? Y el niño repetía, temblando: Tres… tres… tres días.


Marisol no soportó su respuesta. Las lágrimas le rodaban por las mejillas. Gritó órdenes a las demás maestras e imploró que llamaran con urgencia a un médico.


El niño fue trasladado a un hospital cercano y, gracias a la intercesión de Marisol frente a la directiva del colegio, el plantel se comprometió a cubrir los gastos que fueran necesarios para su tratamiento.


La deshidratación de Camilo no había sido grave. Al consultar con su madre, el médico averiguó que el niño sí había bebido agua suficiente durante los días de inanición. La comida se había agotado en su casa y su padre aún no cobraba la siguiente quincena. La madre estaba desempleada. Otra víctima del recorte de personal.


Marisol no se detuvo. Junto a Jimena y los líderes de su iglesia, consiguieron cubrir los gastos necesarios para comprar la cesta básica de alimentos, que repartieron entre las familias de los niños cuyo estado era más crítico.


El ejemplo del colegio “Varón de Dolores” fue imitado por los centros educativos aledaños. Marisol fue promovida como encargada principal de conseguir fondos para el bienestar del alumnado y sus familiares más cercanos.


No salvaron una nación, no promovieron cambios relevantes en un país. Fueron pocos los institutos que se unieron a la causa. Pero sí le arrebataron vidas a la hambruna. Sí consolaron el corazón de los desesperanzados. Y, por supuesto, sí demostraron que la bondad humana aún palpitaba en algunos corazones.

17 de Novembro de 2019 às 18:31 1 Denunciar Insira 3
Fim

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Mari Gonzalez Mari Gonzalez
Muchos quisiéramos que esto solo fuera una historia pero esto es una realidad de muchos venezolanos triste pero cierto
~