Komplott: Red de infortunios Seguir história

khbaker K.H Baker

Celos, desconfianza, pasión... Dos vidas muy diferentes, dos mundos completamente opuestos y dos almas torturadas por el tiempo y el engaño, que se unirán al verse envueltas en una situación amargamente conocida para ambos en su día a día. Él, un imán para los problemas. Ella, la pionera de la frase "estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado". Ambos, víctimas incapaces de reconocer que se han equivocado en algún momento de su vida, y que ahora deberán hacer frente a las consecuencias.


Romance Suspense romântico Impróprio para crianças menores de 13 anos.

#traición #peligro #romance
15
1.6mil VISUALIZAÇÕES
Em progresso - Novo capítulo Todas as Sextas-feiras
tempo de leitura
AA Compartilhar

Prólogo

1


Se había enfadado otra vez y, de nuevo, por algo que Audrey desconocía. Ella sospechó que Bemett ya estaba de mal humor y que había pagado con ella la frustración que arrastraba durante todo el día. Nada más traspasó el umbral de la puerta, tras un largo día de trabajo, dio un portazo que retumbó en las paredes y que logró estremecerla desde la otra punta de la casa. Los gritos que el hombre profería dejaban clara su postura, estaba buscando a Audrey, y no precisamente para darle un beso o dirigirle una muestra de amor o cariño.

Hacía poco que Audrey había llegado del trabajo, para cuando escuchó la puerta cerrarse con semejante furia y firmeza, ella acababa de salir del baño, con su albornoz color crema empapándose con las gotas que resbalaban por su cuerpo. Sabía que lo que le esperaba no sería agradable, no era la primera vez que Bemett había tenido un mal día en el trabajo y así lo reflejaban los moratones que, de forma indecorosa, se extendían a lo largo de su cuerpo. Audrey siempre intentaba cumplir con todos los deseos de su novio para no volver a saborear el desagradable sabor metálico de la sangre en sus labios, pero aquel día en concreto, sabía que no iba a poder evitarlo. Había hecho algo que a él le molestaba y sabía que volcaría sus frustraciones en ella, poniendo como excusa aquel minúsculo detalle.

Cuando sus miradas se cruzaron en mitad del pasillo, Audrey detuvo los movimientos ascendentes de su mano, en la que llevaba una toalla y con la que estaba secándose el pelo para que la humedad del mismo no tiñera de azul el cuello del albornoz. Bemett la apartó de un empujón y su espalda se encontró con la pared que, con un estrépito sordo, le hizo esbozar una mueca que oscilaba entre el dolor, por la presión en sus moratones, y el miedo que sentía hacia su propio novio. Muchas veces, Audrey se había preguntado por qué no le dejaba, por qué no abandonaba aquella tortura para ser libre y feliz según sus propias normas, pero la respuesta siempre era la misma: sabía de lo que Bemett era capaz y el miedo que le tenía le impedía abandonar aquella cárcel en la que llevaba viviendo tanto tiempo.

El sonido hueco del plástico al impactar contra el suelo le reveló a Audrey algo que ya sospechaba desde que vio a Bemett entrando en la habitación que ella solía usar como despacho. El tenue repiqueteo de las pequeñas piezas del interior del ratón saltaron en todas las direcciones posibles, algunas incluso se deslizaron por el suelo hasta que el rodapié del pasillo las detuvo. Audrey reaccionó al ser consciente de lo que ya se imaginaba y entró en la habitación justo cuando Bemett se disponía a desenchufar el teclado del ordenador.

—Estoy hasta los huevos de este trasto —dijo Bemett con la voz grave, arrastrando alguna que otra sílaba, como si esperase así dar más miedo.

—Trabajo con él, ¡no puedes tirarlo sin más! —respondió ella, adivinando sus intenciones. No era la primera vez que vendía alguna de las cosas de Audrey, por poco dinero que sacara, era mejor que dejar que Audrey se entretuviese con ello. Sin embargo, era diferente con aquel ordenador, Audrey pasaba mucho tiempo delante de la pantalla estudiando y trabajando en sus propios proyectos y Bemett, por alguna extraña razón derivada directamente de sus propias paranoias, había llegado a odiar realmente aquel trasto.

Cuando Audrey todavía estaba estudiando la carrera de informática, se buscó un empleo como ayudante de un tatuador, no quería que sus padres asumiesen todo el pago de la universidad y pensó que lo correcto para ayudarles era hacerse cargo de las cuotas de sus propios estudios, al fin y al cabo era ella la que estaba asistiendo a las clases. Había dos cosas que Audrey amaba por encima de todo, una era la tecnología, fantaseaba con poder tener algún día su propio estudio con decenas de pantallas planas colgadas de la pared y un equipo informático tan potente que fuese capaz de mover incluso hasta el programa más complejo y pesado del mundo, uno que ella deseaba poder llegar a crear algún día, cuando tuviese los medios necesarios para desarrollar sus aptitudes tecnológicas. El otro amor de Audrey era el arte, amaba los cuadros, las pinturas, los dibujos de cualquier clase pero, por encima de todo, amaba la sensación de poder plasmar sus creativas ideas sobre un lienzo humano, aquel fue el empujón necesario que le hizo falta para coger el empleo cuando vio que había un cartel colgado, que precisaba de ayuda sin experiencia obligatoria, en la cristalera del salón de tatuajes por el que solía pasar cuando se dirigía hacia la universidad. Por aquel entonces, ella todavía no llevaba ni un solo tatuaje.

A medida que el tiempo avanzaba, pasó de ayudante a tatuadora y, entonces, el trabajo se convirtió una pasión en lugar de algo para un par de horas por las tardes. Pasó del trabajo ocasional a crear sus propios bocetos en casa para añadirlos posteriormente al gran libro de patrones y ejemplos que tenía el dueño de la tienda, y que siempre enseñaba a los clientes indecisos. El arte, porque a pesar de que no se plasmaba en museos sino en pieles humanas ella lo consideraba de ese modo, ocupaba la mayor parte de sus noches e incluso a veces, decidía quedarse estudiando en casa al día siguiente a causa de la falta de sueño. A pesar de eso, Audrey nunca faltaba a un examen ni sus calificaciones bajaron. Con el tiempo, se compró su propio equipo de tatuadora, sus propias agujas y sus tintas, pero cuando se mudó a vivir con Bemett y él comenzó a ver en qué gastaba su tiempo y su dinero en lugar de dedicar ese tiempo a sus propias satisfacciones y caprichos, se le cruzaron los cables y comenzó a vender todo lo que encontraba, fuese de valor o no.

«Esta vez no ocurrirá lo mismo», pensó Audrey mientras le miraba fijamente con los labios apretados.

—¿Tienes algo que decir? —dijo Bemett, mirándola con los ojos entrecerrados, entonces, ella suspiró y negó con la cabeza.

—No —respondió Audrey. Era mejor agachar la mirada que discutir con él, porque sabía que después de las palabrotas, las humillaciones y la agresión verbal, Bemett acabaría golpeándola como culminación de su demostración de hombría y poder.

Audrey se agachó para, una a una, recoger las piezas del ratón que habían salido despedidas, encontrar un ratón similar al que ella tenía no iba a ser ni difícil ni caro, aún así, sintió como si una parte de ella se quebrara por dentro, aquel ordenador no era un simple aparato más, sino que era el primero que había tenido y el cual su padre le regaló al cumplir los dieciséis años. Aquella era la razón por la que la tecnología se volvió tan importante para ella.

Bemett tomó aquello como un desafío, pues su acto había sido un intento de que ella comenzase a prestarle más atención pero, al contrario de lo que intentaba, ella prefirió seguir brindándole sus cuidados a la máquina y eso le enfureció todavía más. Aprovechando que Audrey se encontraba de rodillas rescatando las piezas que, sin cuidado alguno, habían encontrado un fatídico destino, él la miró desde lo alto y le pisó la mano. Un quejido agudo resonó desde lo más profundo de la garganta de Audrey, pero ella sabía que no debía gritar si no quería que Bemett descargara toda su furia contra ella.

—Vamos —dijo Bemett antes de enredar su mano en el cabello azul, todavía húmedo, de Audrey y arrastrarla en dirección a la cocina. Ella movió sus piernas intentando apoyarlas en el suelo mientras que, con sus manos, agarraba los dedos del hombre en un intento inútil de que le soltara el pelo.

La luz blanca de la cocina era intensa y consiguió nublarle parcialmente la vista, aunque tal vez el desenfoque de su visión se debiera al golpe que se dio en la cabeza cuando Bemett la soltó con brusquedad contra los baldosines del suelo. Una parte de ella deseaba levantarse del suelo y darle en la cabeza con la primera cosa que encontrara, pero sabía que no podía arriesgarse a que él se adelantara a sus movimientos. La parte inferior del albornoz se abrió, dejando a la vista sus muslos teñidos parcialmente por marcas amoratadas, algunas más recientes que otras y, por algún motivo, aquello pareció enfurecer todavía más a Bemett, que golpeó la encimera de mármol con uno de sus puños.

—Llego cansado del trabajo y lo único que pido es tener la puta cena hecha, pero ¿qué es lo que me encuentro? Con ese jodido ordenador encendido porque, al parecer, es mucho más importante que yo. ¿Verdad que sí? —dijo, aumentando su tono de voz con cada palabra. Audrey sabía que aquella pregunta era una trampa, por lo que se encogió de hombros mientras se incorporaba lentamente, con la mirada clavada en el suelo—. ¡Responde!

—No… no es más importante que tú… —susurró Audrey con la voz quebrada y los labios temblorosos.

—¡¿Qué no es más importante?! ¡¿Qué estás diciendo?! ¡¿Qué me lo estoy inventando?! Si no es más importante dime, ¡¿por qué no está la puta cena hecha ya?! —Tras el grito de Bemett, un sonido sordo cargado de ira se abrió paso, antes de que las manos de Audrey se apoyaran con firmeza en el suelo para que su cabeza no llegara a tocar los baldosines ante el empujón de Bemett.

Un sollozo le desgarró el pecho, las primeras lágrimas comenzaron a resbalar por sus mejillas antes de estrellarse contra las baldosas blancas del suelo. Por un momento, Audrey se quedó con la mirada clavada en el suelo hasta que, al escuchar el ruido de los armarios cuando Bemett comenzó a rebuscar en ellos, levantó la vista, sin embargo, no se atrevió a levantarse del suelo.

Años atrás, Bemett solía ser un joven al que le atraían las fiestas y el alcohol, según le había contado a Audrey en sus primeras citas, era el alma de la fiesta y el joven que todas las adolescentes deseaban. En un primer momento, ella había sentido indiferencia hacia él, no le interesaba un hombre con esas cualidades pero, poco a poco, él le fue demostrando que no era el descerebrado que había sido en su adolescencia. Cuando comenzaron a salir, él dejó de asistir a fiestas y se transformó en un hombre atento y considerado con ella. Al mismo tiempo, le envolvía cierto halo de misterio hacia el que ella se sentía atraída y el cual se empeñaba en desvelar. Con el tiempo, Bemett volvió a juntarse con personas que no le convenían, comenzó a hacer negocios turbios en los que involucraba a Audrey como cabeza de turco y, cuando ambos se fueron a vivir juntos, él acabó de transformarse en un hombre celoso y agresivo que aprovechaba la mínima excusa para ponerle la mano encima.

Audrey había pensado muchas veces en dejarle pero, debía ser realista, no tenía a donde ir. Había cometido el error de distanciarse de su familia poco después de irse a vivir con Bemett, había cogido su parte de la herencia antes de tiempo por orden de su novio y dudaba que sus padres la quisieran de vuelta en casa después de haberles traicionado de aquel modo. Poco a poco, Audrey fue perdiéndolo todo, sus amigos, su familia, sus cosas, incluso estaba comenzando a perderse a sí misma, todo por la misma razón y después de que todos le advirtieran de lo mismo: Bemett no era bueno para ella.

Al hecho de no poder volver a su casa para protegerse de Bemett, debía sumarle que él no iba a permitir que se fuera. Llevaban mucho tiempo juntos, habían sido muchos los negocios ilegales que Audrey había presenciado, y muchos más los que había realizado para él como seguro de que ella no iba a dejarle jamás. Bemett sabía que si obligaba a Audrey a participar en sus negocios, ella sería tal culpable como él y delatarle jamás sería una opción.

Cuando al fin encontró lo que estaba buscando, Bemett cogió la sartén más grande que encontró y la tiró de malas maneras contra las rodillas de Audrey. El metal resonó cuando golpeó sus huesos, para después caer con un estrépito en el suelo. Ella se mordió los labios para no gritar y se pasó las manos por la marca enrojecida que, poco a poco, iría cambiando de color hasta adoptar un morado intenso.

—Haz algo decente antes de que salga de la ducha —le ordenó Bemett—. ¿Has comprado cervezas?

Audrey había salido del trabajo cuando las tiendas comenzaban a cerrar y los dependientes le negaban el acceso para así poder cuadrar la caja cuanto antes y volver a su casa, sin embargo, ella asintió a la pregunta de Bemett y rezó para sus adentros. Si no quedaba ninguna cerveza en la nevera, tendría que prepararse en cuerpo y alma para soportar unos golpes. Algo de lo que no sabía si sería capaz de aguantar.

Cuando Bemett salió de la cocina, ella se acercó gateando a la nevera, intentando no apoyar demasiado la rodilla izquierda, que ya había comenzado a hincharse, y dejó escapar un suspiro de alivio al ver que todavía quedaban tres cervezas. En cierto modo era un alivio porque Bemett no solía beber más de dos cervezas con la cena, después de llenarse el estómago, se sentaba en su sillón y echaba mano a una botella de Devil’s Springs, de la que nunca conseguía beber más de un chupito antes de quedarse dormido.



2


La hora de la cena se echó encima y Audrey estaba terminando de poner la mesa cuando Bemett abrió de nuevo la puerta del baño, dejando escapar el vaho que, poco a poco, se extendió por el pasillo hasta desaparecer por completo. Los pasos de Bemett la tensaron mientras ponía los cubiertos sobre la mesa y, por un momento, Audrey pensó que podría clavarle un cuchillo cuando se acercara por la espalda, pero cuando sintió la palma de la mano de Bemett impactando contra su trasero se dio cuenta de que en la mesa solo había puesto tenedores.

—Huele muy bien —dijo Bemett antes de rodearle la cintura con un brazo y besarla. Audrey, como siempre, soportó su aliento a tabaco con una sonrisa, intentando que él no notara como le temblaban los labios.

Cuando Bemett se sentó frente a la mesa, ella volvió a la cocina disimulando la cojera que le acompañaría durante los próximos días, y pensando en que, cada vez que Bemett le ponía la mano encima, ella tenía que inventarse una dolencia nueva para ausentarse de su puesto de trabajo, o pasarse horas ocultando los moratones con maquillaje.

El ruido del motor del ordenador se escuchaba al fondo y, cuando Audrey lo cruzó para ir del salón a la cocina, dirigió su mirada hacia el fondo deseando dirigirse hacia allí. ¿Cómo iba a tener tiempo de sentarse a acabar su trabajo si todavía no se había vestido siquiera? Audrey ya se había resignado, sabía que, con Bemett allí, no podría tener tiempo para sí misma.

Hacía alrededor de un año que Audrey había recibido la llamada del abogado de la familia informándola de que su padre había enfermado rápida y drásticamente, los médicos decían que Ethan padecía insuficiencia cardiaca, pero Audrey estaba convencida de que la enfermedad de su padre derivaba del estrés y del aumento del tabaco y del alcohol. Ethan no había podido soportar el duro golpe que suponía que su hija se largara con un maltratador y se llevase con ella parte de la herencia que, estaba totalmente seguro, no iba a ser para ella. Como consecuencia de la enfermedad de su padre, Audrey había aceptado el trabajo de contable en el banco que su padre dirigía desde que ella tenía memoria, los abogados insistían en que debía ocupar el gran sillón de piel de su padre y hacerse cargo del National Bank, pero ella no quería la presión de aquel puesto, no quería dar otro paso en falso y que eso repercutiera en la salud de su padre. Como empleo adicional en el banco, Audrey se había propuesto reforzar el sistema de seguridad de todo el edificio, así como de todo el equipo tecnológico. Había visto algunas fisuras que podía arreglar haciendo uso de sus aptitudes tecnológicas, las cuales cada vez estaban más desarrolladas, pensaba que así, tal vez, si su padre se enteraba de lo que estaba haciendo por el negocio, se sentiría orgulloso de ella. Alternaba aquel trabajo adicional con los estudios, Audrey estaba empeñada en acabar el último curso de la carrera que dejó a medias cuando las cosas con Bemett se empezaron a torcer, pero había llegado a la conclusión de que su vida entera era una segunda opción, y seguiría siéndolo mientras Bemett estuviera en su vida. Su trabajo y sus estudios deberían esperar hasta que él se durmiera o se largara al bar.

Cuando Audrey regresó al salón con los platos de la cena en ambas manos, Bemett ya se encontraba sentado en su silla, con el tenedor en la mano y la mirada clavada en el manjar que ella transportaba. Tras rebuscar por los armarios y ver que no había demasiado donde elegir, había decidido preparar algo sencillo para cenar, un poco de pasta con unos huevos estaba bien para que Bemett estuviera satisfecho. Mientras cocinaba, una parte de ella se había tenido que controlar para no echar matarratas a la comida, con la suerte que había tenido durante los últimos años, seguramente Bemett no se moriría, solo se quedaría medio tonto y se volvería el doble de agresivo.

El aroma que desprendían los platos era delicioso y, a pesar de que Audrey tenía un nudo en el estómago que le impedía probar bocado, se sentó en la silla disponible tras poner los platos sobre la mesa. No podía negarse a cenar porque a Bemett nunca le había gustado comer solo por lo que, intentando controlar las ganas de vomitar que sentía en esos momentos, Audrey comenzó a comer lentamente, moviendo de vez en cuando la comida de un lado a otro del plato.

—¿Está bueno? —se atrevió a preguntarle casi en un susurro afónico.

—No está mal, pero he probado platos mejores —Bemett la despreció como de costumbre—. Deberías pedirle consejo a Layla, la cocinera del bar de la esquina.

No era la primera vez que Audrey escuchaba hablar de esa tal Layla y, aunque ella no la había visto personalmente, sabía que esa mujer rondaba los cincuenta años. Estaba segura de que, si no fuera por la edad, Bemett ya se habría acostado con ella, si había algo que le caracterizaba, aparte de su mal humor, era su obsesión por las mujeres jóvenes. Bemett no era demasiado mayor, tan solo cuatro años más que ella, pero Audrey sabía que, por mucho tiempo que pasara, él siempre las preferiría muy jovencitas.

—Lo tendré en cuenta, lo siento —se excusó ella encogiéndose de hombros.

—No lo harás, no mientas otra vez —respondió él, dejando el cubierto de mala manera encima del plato, antes de abrir la segunda cerveza que reposaba sobre la mesa—. Recoge todo esto, yo te espero en la cama. No tardes.

Audrey sabía exactamente qué era lo que significaban aquellas palabras. Después de los insultos, de los golpes y del alcohol, a Bemett siempre le apetecía un poco de calor humano, ella pensaba que todo aquello le ponía cachondo y, en cierto modo, no se equivocaba, a Bemett le satisfacía ver como Audrey acataba todas sus normas.

Mientras recogía la mesa, Audrey comenzó a pensar en todas aquellas veces que había acabado sangrando después de acostarse con Bemett. Tras las primeras siete veces, Audrey había encontrado una forma de no acabar de aquella forma. Su órgano más fuerte era el cerebro, ella sabía que tenía la capacidad suficiente como para poder soportar las embestidas de Bemett sin que su cuerpo acabara entumecido y sangrando pero, simplemente, en aquellos momentos no sentía la fuerza necesaria para trasladar su subconsciente a aquella pequeña pradera de paz y soledad que lograba que sus músculos se relajasen.

Audrey se detuvo a fregar los platos, quería retrasar el momento de ir a la habitación todo lo que pudiese. Cuanto más lo pensaba menos lo entendía, le tenía miedo y eso era un hecho pero, lo peor no eran los golpes ni las humillaciones, ni siquiera meterse en problemas por culpa de los negocios de Bemett, lo peor era que a pesar de que se repetía una y otra vez que se quedaba a su lado porque le quería, en su interior sabía que no era cierto.

Para su consuelo, cuando Audrey acabó de limpiarlo todo y volvió a la habitación, Bemett ya estaba dormido, desnudo y roncando con la boca abierta. Ella suspiró aliviada y salió de la habitación sin hacer ruido. Al principio, había pensado usar sus horas de tranquilidad para sumergirse de lleno en la pantalla del ordenador y así poder seguir estudiando hasta que los párpados le pesaran, pero que Bemett le hubiera roto el ratón había cambiado drásticamente sus planes de aquella noche. Muy a su pesar, se bebería un par de chupitos de vodka mientras observaba las estrellas desde la ventana del salón, volvería a la habitación y daría vueltas en la cama hasta quedarse dormida.

No había sido una de las mejores noches, pero la semana tan solo acababa de comenzar…

24 de Outubro de 2019 às 13:43 1 Denunciar Insira 7
Leia o próximo capítulo Capítulo 1

Comentar algo

Publique!
Lucia Silva Lucia Silva
Ay, tu siempre haciendo historias increíbles ♥
24 de Outubro de 2019 às 14:27
~

Você está gostando da leitura?

Ei! Ainda faltam 8 capítulos restantes nesta história.
Para continuar lendo, por favor, faça login ou cadastre-se. É grátis!