EL MILAGRO DE EMPEL Seguir história

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Marcial Tejeda


La Batalla de Empel, conocida en España como el milagro de Empel, fechada en los días 7 y 8 de diciembre de 1585, ocurrió durante la Guerra de los Ochenta Años y debió suceder según la tradición castrense durante la Guerra de Flandes. El Tercio Viejo de Zamora, comandado por el maestre de campo Francisco Arias de Bobadilla, se enfrentó y derrotó en condiciones muy adversas a una flota de diez navíos de los rebeldes de los Estados Generales de los Países Bajos, bajo mando del almirante Felipe de Hohenlohe-Neuenstein. Esta es la historia de un extremeño, soldado de fortuna que vivió en primera persona aquella aventura, que supuso trescientos años más tarde, que la Inmaculada Concepción fuese proclamada patrona de los Tercios españoles, actual Infantería Española.


De Época Todo o público.
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EL CAPRICHO DEL DESTINO

Corría el año de nuestro señor de 1585, hacía más de 10 años que me había alistado como soldado en Toledo buscando una salida honrosa a una vida que se cernía de hambruna y desasosiego, sin sospechar si quiera, que huyendo de las brasas terminaría cayendo en el fuego.

El día de mi nacimiento en el seno de una familia humilde de pastores, en una aldea que juntaba no más de 20 casas, pedanía de Jarandilla de la Vera, llamada El Guijo de Santa Bárbara, no habría tenido mayor transcendencia de no haber sido por que, según mi madre, vi la luz un 1 de Septiembre de 1.558, el mismo día que nuestro Rey Carlos I dejó de verla en Yuste, la noticia (la de la muerte del emperador, no la de mi nacimiento que no llegó más allá de las corralas de las afueras), corrió como la pólvora y a los dos días ya se conocía en mi aldea el triste desenlace, por lo que mi madre que ya había decidido ponerme de nombre “Segundino” como su padre, cambio de repente de opinión y me puso el de nuestro querido Emperador Carlos, y aunque no es cristiano alegrarse de la muerte de nadie, cuanto tuve uso de razón agradecí a Dios que Carlos I falleciese tan oportunamente, ya que a mi parecer salí ganando con el cambio, y más si tienen en cuenta que heredé el apellido de mi padre, “Primero”, no me refiero a que heredase el primer apellido, si no a que éste era “Primero” también por parte de padre, y por un giro inesperado del destino pase de haber podido llamarme “Segundino Primero” a llamarme “Carlos Primero”, juzguen ustedes si no salí ganando con el cambio de opinión de mi santa madre, de haber sido la chanza del pueblo y alrededores pase a ser desde pequeño una persona respetable, aunque sólo fuese por el nombre.

De mi infancia guardo poco recuerdo, ya con seis o siete años mi padre me mandaban al monte a cuidar el poco ganado que teníamos desde el amanecer a la caída de la tarde, y ese hubiese sido mi oficio de por vida de no ser por el padre Antón, un Vasco pequeño, fornido y chaparro, de mente abierta y discurso más que digno, que el destino había permitido que recalara como párroco en mi aldea, había sido capellán en el Tercio Viejo de Nápoles desde sus inicios, asistiendo espiritualmente a la guarnición del castillo de Rocasecca, dedicó parte de su tiempo allí a estudiar la obra de Santo Tomás de Aquino, que había nacido en ese mismo lugar tres siglos antes, de las enseñanzas del Santo aprendió que la historia era compatible con la fe católica, y que éste fue el primer teólogo cristiano en aceptar la obra de Aristóteles, de ahí que su discurso cristiano dictara mucho del que la inquisición predicaba en aquellos momentos, por lo que es probable que esa fuera la causa de que terminase de párroco en un pueblo de la España rural perdido de la mano de Dios, si bien es cierto que ese siempre era mejor destino que terminar avivando una candela de aquellas a las que tanta afición tuvo el “Consejo de la suprema”. Él fue quien me instruyo en las letras, con el beneplácito de mi madre y a escondidas de mi padre, que pensaba que la lectura nublaba la entendedera llenando la cabeza de pájaros. Fue el Padre Antón quien abrió mi mente a la aventura, relatándome historias y leyendas de soldados de aquella España imperial, e incluso de muchos años antes, de cuando nuestra querida patria era conocida como Hispania, y Viriato tuvo en Jaque a las legiones Romanas, hasta que Quinto Servilio Cepión consiguió que Audax, Ditalco y Minuro lo traicionaran apuñalándolo en el cuello (según me explicó mi preceptor, dormía siempre con su armadura puesta, entiendo que eso suponía que no se fiaba en demasía de los que andaban a su vera ) a cambio de una recompensa que el romano se negó a pagar acuñando aquella famosa frase para la historia “Roma traditoribus non praemiat” que viene a traducirse algo así como: "anda hideputa y que pague otro tu felonía ". Esta historia, era de las favoritas del Padre Antón y fue referida por él en numerosas ocasiones, ya que según creía, tenía pruebas mas que suficientes de que el “Terror de Roma” pudo haber nacido en mi propio pueblo o en los alrededores.

Disculpen que me explaye con la figura de mi mentor, pero para entender la historia que les cuento tienen que conocer que esas enseñanzas e historias fueron las que moldearon mi mente y forjaron mi carácter durante la niñez, y si bien éstas no fueron del todo determinantes en lo que el futuro me deparó, si que puedo afirmar con rotundidad que los valores que surgieron de ellas, me empujaron a tomar decisiones en mi vida de las que no me arrepiento, pero decisiones que quizás más tarde, con la certeza que me da una visión retrospectiva y más sosegada de lo acontecido, hubiese meditado con más serenidad con el fin de evitarme males mayores.

A medida de que mi cabeza comenzaba a enriquecerse con las historias y la literatura que mi maestro me facilitaba, surgió en mi la idea de abandonar las fronteras de mi mundo conocido, y ampliar mis horizontes a los de otro mundo que se me antojaba muy lejano y propicio para la aventura, mi imaginación volaba en pos de un propósito que me permitiera defender los ideales que día a día se inculcaban a fuego en mi mente, eso unido a que un desmesurado interés por la moda del cultivo de la planta del tabaco recién llegada del nuevo mundo en las riberas del Jerte hizo que se descuidara el cultivo de lo que realmente mitigaba el hambre de los ribereños, hizo que una repentina hambruna comenzara a fomentar los deseos de emigrar a otros lugares más propicios para el sosiego del estomago.


16 de Outubro de 2019 às 18:41 0 Denunciar Insira 1
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