Secreto de Verano Seguir história

miktli Omar Castro

Un grupo de niños se adentran en el monte, y descubren que lo que les espera, no es nada parecido a que les han contado.


Horror Para maiores de 21 anos apenas (adultos).

#preadolescencia
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I

Hay una leyenda de una señora de piel blanca como leche, que solía bañarse en un pozo profundo. A veces, metía solo una parte en el agua, otras se zambullía por completo, y otras, justo como aquella hora, no le apetecía entrar. Y la noche era negra, cual pelaje de los osos americanos.

—Estamos perdidos, ¿cierto? —Preguntó Jacob desempañando sus anteojos.

—No estamos perdidos, solo es cuestión de orientarnos un poco.

Se habían adentrado en el monte. Allí, durante el día, el cielo y la tierra se fundían en el azul de los cerros, y ahora, se consumían en el alma nocturna. Empezaban a darse cuenta que aquel no era el camino de regreso a casa. Ninguno podía encontrar la diferencia entre “estas matas de aquí” y “las matas que ya pasamos”. Cada metro cuadrado era idéntico al anterior. El mismo guayacán una y otra vez, parecía fotocopiado en el follaje. Todo era igual de verde, y el verde lo era todo.

El pase del viento traía con él un fétido olor que inundaba el lugar, como sapos destripados.

El grupo lo formaban dos niños pequeños más bien mimados, uno de cada sexo, y una chica en primer año de secundaria probando a ser niñera. Y tú estabas ahí, recuérdalo bien.

—Rubia, nos mataste a todos —dijo la menor—. Ya puedo leer el periódico de mañana: ¡Tres niños sexualmente violentados por el chupacabras!

—¡Tú ni siquiera sabes leer! ¡Y yo no soy una niña! —se defendió la mayor, mostrándole el frente de su vestido— ¿No notas algo sobresaliendo de mi pecho?

—Estás usando papel sanitario como relleno.

—¿Tanto se nota?

El crujir de las hojas siendo aplastadas las interrumpió. Él surgió de entre las ramas como un demonio de ojos rojos, acechando en la oscuridad.

—Baia, baia —le oyeron decir en tono rasposo.

El recién aparecido se metió la mano al bolsillo, y sacó lo que pareció un cigarrillo mal envuelto, pero ellos no lo distinguieron con claridad. No era la primera vez que lo veían, y cada que lo oían nombrar eran malas noticias.

—¿Se te perdió algo? —le espetó la rubia.

—Solo doy un paseo nocturno —respondió, y alzó los hombros con despreocupación. Luego, se fijó en los dos más jóvenes del trío—. ¿Qué haces aquí con los hijos de los Martínez?

—Dile, por favor —pronunció Jacob casi en un susurro, esperando en el encuestador algún tipo de apoyo.

—Queti —respondió secamente la rubia.

La menor le sacó el ojo, apoyando a su compañera. El chico, con torpeza, fingió indiferencia. Luego dijo:

—Si fuera ustedes me apurara, a esta hora es cuando sale la patasola.

Un frío sepulcral recorrió la espalda de la rubia, como esa incomodidad cuando visitaba los cementerios.

—¿Y si te sale a ti? —contraatacó la pequeña.

—No me asusta —contestó él—, me gusta pasear solo por este lugar.

—¡Bien, ya acabé! ¡Ya podemos irnos! —dijo un niño regordete, subiéndose el pantalón mientras salía de entre los arbustos— llegamos juntos, nos vamos juntos.

La rubia reventó a carcajadas.

—Con que muy solito, ¿no? —le burló.

La menor reconoció al nuevo, estaba en el mismo curso que Jacob: era ese idiota de Migue.

—¡Hey, J! ¿Quieren acompañarnos? —habló Migue— También regresan al pueblo, ¿no? El camino es por all…

A donde quisiera señalar, las sombras y los árboles se apoderaban del lugar, todas las direcciones eran monte y más monte. La noche había caído sobre ellos como una criatura voraz con un apetito insaciable. En el trío original, se miraron las caras dubitativos. Sin embargo, cinco se hacían más compañía que tres, los montones eran su mejor arma contra el miedo. Jacob fue el primero en caminar rumbo a ellos. Y todos finalmente avanzaron entre lo oscuro, el verde y la neblina. Ese olor infernal no se les apartó.

Más adelante, la serpiente de agua se abría camino frente a ellos. ¿Recuerdas esa conversación?

—No.

—¿No? —preguntó la rubia.

Un silencio cortante, una mirada desafiante, unos labios inexpresivos y tres pares de ojos expectantes ante el calor de la fogata a la espera de una resolución: la piedra había vencido a las tijeras.

—No. —repitió él— Yo digo “Tú pierdes, Jacob. Tu castigo es ir al fondo de la cueva y regresar con un colmillo de hombre lobo", tú dices “Yo te salvaré”, yo digo “Tú pierdes, rubia”, tú dices “Dos de tres”, yo digo “No”. Y ahora, mientras Jacob va por esa cosa, tú tendrás que ir a bañarte en el río… como Eva.

Sentimientos diversos invadieron el pecho de la rubia: sorpresa, ira, indignación, vergüenza, y aunque no lo admitiría, un poco de orgullo por ser observada. Dejó caer el cachetero y caminó vanidosa hacia el agua como si fuera una ninfa del bosque, mesclándose con las leyendas del río y la noche. Y en tanto que los demás se preguntaban si tendría frío, solo uno de ellos era lo bastante mayor como para sentir suficiente calor por los dos.

Y mientras esos descubrían sensaciones nunca antes bombeadas en su corazón, Jacob se aventuraba de mala gana en la búsqueda de monstruosas criaturas legendarias. Las filosas paredes de la estrecha entrada de la cueva le raspaban los brazos y las piernas al hacerse camino a sus entrañas. Su único consuelo era no haber visto aún telas de arañas, eran bichos realmente espantosos para él. Lágrimas caían a borbotones de sus ojos. Siempre era tan salao, solía perder en todos los juegos. Esta vez el viento parecía llevar más que los ecos de los fantasmas, sonaban como murmullos cercanos.

A otros dos, aquel olor los golpeó de repente. Se preguntaban que horas serían. ¿las doce? ¿la una? Esta parte del río era totalmente nueva. Se habían alejado del pueblo mucho más de lo que pensaron.

—¿Crees que alguien viva por aquí? —preguntó Julie, la de las trenzas. Migue había recordado que así se llamaba la menor.

—¡Liam viviría aquí, no le teme a nada! —exclamó él— Lo salvaje está en su sangre. Él no come comida procesada como nosotros, caza caimanes para cenar. Él no tiene frío en las noches, se arropa con la piel de los espantos. Si no tiene papel del baño, se limpia con una cascabel ¡A él lo criaron unos mapaches!

—¡Ya párale! —dijo Julie— Se que quieres mucho a tu hermano, pero por aquí na' más andaría la llorona.

Y en tanto que esos dos continuaban su discusión, Liam contemplaba a una hermosa rubia ascender de las aguas, con una divinidad que solo podría comparar con el bautismo de aquel Jesús de las misas. Apartados de los demás, en la intimidad del momento, él no pudo contener el proponer algo nuevo para ambos.

—Nadie sabrá que estuvimos aquí —dijo—, será nuestro secreto de verano.

Él la miró directo a los ojos, ella se mantuvo inexpresiva.

Una gota helada cayó sobre la nariz del chico.

—Lástima, ya comenzó el invierno —le burló la rubia.

Y corrieron a reagruparse, mientras la lluvia los bañaba.

—¡Maldita sea! —gritó Julie— ¡Odio mojarme! ¡lo odio!

A pesar de que el aguacero se sentía verdaderamente frío, Migue se entretenía saltando entre charcos de barro.

Una depresión en el terreno, derribó al suelo a los dos mayores. La cabeza de ella, recostada sobre el pecho flacucho de él. Y entre carcajadas, por un momento se preguntó sobre aquella famosa canción, sobre si el mundo realmente estaba hecho solo para dos personas.

Desde arriba, los pequeños los miraban impactados. ¿Recuerdas su expresión horrorizada? Ella se percató de que el agujero era en extremo profundo, y volvió a sentir aquel extraño olor, pero mucho más fuerte. Uno de los muertos yacía justo bajo ambos, desprovisto de carne, como si lo hubieran pelado, pero aún estaba húmedo, viscoso y el hedor era repugnante. No soportó los movimientos bruscos de los chicos, algunos miembros se desprendieron al contacto. En su deformado cráneo, dos enormes agujeros quedaban en los lugares donde alguna vez habían estado los ojos, gordos gusanos salían de ellos. El resto seguía bajo la pareja, una cama de muertos devorados hasta los huesos.

Muertos de miedo, como pudieron, se las arreglaron para salir de la fosa. El corazón les latía tan acelerado como para de súbito salirse del pecho. Pero sus pies eran rápidos, muy rápidos. Y avanzaban entre el monte tan lejos como les era posible.

—¡Jacob! —gritó la rubia— ¡¿dónde está Jacob?!

Y de repente, un grito de horror infantil resonó a la distancia, y se fue apagando lentamente, mientras un niño era arrastrado a través de la selva nocturna.

15 de Outubro de 2019 às 01:27 0 Denunciar Insira 2
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Omar Castro Lo que vas a encontrar por acá es un tanto fantástico, no te extrañes, el mundo también es mágico.

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