Devastación Seguir história

beccablume Becca Blume

El mundo ha sido destruido. Lo que queda de la humanidad tendrá que luchar con uñas y dientes para poder permanecer.


Pós-apocalíptico Todo o público.
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Devastación

Las películas siempre parecían predecir el futuro. El avance de la tecnología siempre fue inevitable al igual que la devastación. El problema siempre fue que nadie parecía realmente preocupado. La humanidad se vio esclavizada por el consumismo y de esa manera encontró su propio final. Y por un momento, ella pensó que también pasaría al olvido.


Abrió sus ojos, encontrándose con un blanco techo. Giró su cabeza observando atentamente el pulcro lugar; había una pequeña mesa a su costado derecho donde una jarra vacía, un poco manchada, parecía burlarse del perfecto estado de todo lo demás. Frunció el ceño, al percatarse que en el cristal había varias marcas horizontales, como si el agua se hubiera consumido lentamente sin que nadie hiciera nada al respecto. De lo siguiente de lo que fue consciente, fue de que el aparato que debería contar sus latidos estaba en negro, apagado como si no hubiera electricidad. Trató de incorporarse, pero uno de sus brazos no se movió. Sus ojos azules se abrieron con sorpresa al darse cuenta que había una prótesis mecánica en vez de su brazo humano.


Tuvieron que pasar varios minutos para que su cerebro pudiera procesar la falta de su extremidad y se acostumbrara a la nueva sensación de esa extraña tirantes en los músculos de su hombro conectando con su brazo artificial. Entonces, se volvió consciente del profundo silencio que parecía invadir el mundo entero y no solo esa esterilizada habitación en la que estaba. Alzó sus ojos en busca de alguna cámara de vigilancia o algún otro indicio de que estaba siendo monitoreada, pero no encontró nada. Lentamente sacó sus pies de debajo de la sábana que la cubría, tocando con ellos el frío suelo. Se le erizó la piel y por un segundo reconsideró la idea de volver a acurrucarse en la incómoda camilla. Se puso de pie, no sin algo de esfuerzo, y avanzó hacia las cortinas que permanecían cerradas. Tomó un suspiro antes de tirar de ellas y dejar a la vista un montón de edificios destruidos. Había columnas de humo descendiendo por todos lados.


Un ruido fuera de su habitación desvió su atención del panorama tan desolador detrás de los cristales y la puso alerta. Echó un nuevo vistazo por el pequeño lugar y lo único que vio a su alcance para usar en caso de algo inesperado, fue esa jarra de cristal. La tomó y con cautela se acercó a la puerta, abriendo esta de la misma manera y asomando su cabeza a un semi oscuro pasillo. Salió de la misma forma, poniendo extremada atención a su entorno. Frunció el ceño, confusa ante lo que sea que estaba sucediendo. Había agujeros en las paredes, señal inequívoca de disparos. También había manchas oscuras en el suelo pulido. Sangre.


Se giró bruscamente al sentir algo caminando tras ella, rompiendo irremediablemente la jarra contra la cabeza desfigurada de un humano. ¿Eso era un humano? sus ojos vieron con horror como el hombre volvía a ponerse de pie, aunque su cabeza estuviera sangrando y su ojo a punto de salirse de su cuenca. Comenzó a retroceder, su estado de shock le estaba impidiendo pensar en una alternativa, y solo estaba concentrada en ese despojo de ser que rengueaba hacia ella, extendiendo sus manos con el afán de alcanzarle, soltando gruñidos desde lo profundo de su garganta como si sus cuerdas vocales hubieran sido arrancadas y se ahogara en su misma sangre.


La razón volvió a ella, cuando otro par de esas cosas doblaron en una esquina, chocando con una volcada silla de ruedas y a pasos torpes se dirigieron hacia ella. Su corazón se aceleró y sus sentidos se vieron impulsados a funcionar el doble, como si una corriente eléctrica hubiera corrido desde las plantas de sus pies hasta el último de sus cabellos. Se dio la vuelta y comenzó a correr, pasando por aquellas habitaciones abandonadas que aun parecían guardar los fantasmas de sus antiguos residentes. Resbaló un par de veces en esos oscuros charcos de sangre, su estómago se revolvió y las ganas de vomitar se atoraron en su garganta. Todo olía a muerto.


Por suerte, había estado solo en el sexto piso, por lo que alcanzar el primer nivel le fue sencillo. La puerta de salida chirrió cuando la empujó para hacerse paso hacia la calle. Sus ojos se bañaron de la luz del fuego que ardía sobre los carros. Había autómatas caminando de un lado a otro como si no fueran conscientes del desastre que era la ciudad, sorteando entre los cuerpos despedazados de humanos. ¿qué demonios había pasado? Lo último que recordaba era estar en casa con su familia, con su esposo y su pequeño hijo Barnard. Podía verlos a ambos sonriendo mientras jugaban en el suelo de la iluminada sala de su hogar. No había nada más después de eso. ¿Había tenido un accidente?


Un autómata chocó contra su hombro, sacándola de su estupefacción, lo siguió con su mirada hasta que este quedó de frente con uno de los autos envuelto en llamas, como si quisiera caminar a través de el. Seguramente sus circuitos se habían dañado, pues no parecía capaz de rodear el obstáculo. Pronto el autómata también comenzó a arder. Desvió su mirada y con una profunda exhalación, empezó a mover sus piernas, avanzando entre todo el caos.


***


Se alejó del hospital y del centro de la ciudad. Se había encontrado con varias de esas personas pútridas e hizo lo mejor posible por rodearlas en vez de enfrentarse a ellas. No entendía lo que les sucedía, pero había entendido que eran peligrosas. Se coló en una pequeña tienda de ropa y cogió lo primero que encontró; un pantalón y una de esas blusas con corsé que acentuaban la figura, tomó un largo abrigo de piel y un sombrero. Le habría encantado encontrar un arma, pero sabía que le sería difícil encontrar una, siendo que décadas atrás las habían prohibido. aunque, por como veía la situación, estaba segura que posiblemente muchos se habían adueñado de armas en un arranque de desesperación.


***


6 meses habían pasado desde que despertó en aquel hospital. Había descubierto que su brazo metálico era la mejor arma que poseía. Se había enfrentado a varias de esas cosas en su absurda tarea de sobrevivir, haciendo que se preguntara más veces de lo que era sano para su mente, porqué lo hacía. No sabía porqué luchaba si no recordaba absolutamente nada excepto a su familia, la cual no sabía si vivía, ni siquiera sabía dónde había vivido. No tenía un real sentido para su actuar.


Aprendió que esas cosas no estaban vivas pero tampoco muertas. Estaban sedientas de carne y en conjunto eran bestias irrefrenables, así que trataba de mantenerse alejada de las grandes ciudades, al menos hasta que el hambre la obligaba a adentrarse en ellas.


Hasta entonces no había encontrado otro ser humano vivo. El mundo había sido devastado por esa asquerosa plaga. El viento siempre traía consigo esos murmullos lejanos de los monstruos que erizaban su piel, no podía acostumbrarse, no cuando su mente seguía siendo un revoltijo de recuerdos inconexos que realmente no le decían nada. Solo recordaba su nombre: Olivia. Tampoco ayudaba la soledad a la que estaba forzosamente encadenada; casi temía que su voz se perdiera ante la falta de uso. Sin embargo, el vago sonido de los engranajes de su prótesis eran un arrullo agradable cuando le era imposible conciliar el sueño, pues con ello se recordaba que los humanos eran capaces de grandes cosas, así que sabía que en algún lugar habría alguien sobreviviendo al igual que ella.


***


La inclemencia del clima la orilló a adentrarse a la ciudad nuevamente, dónde buscó refugiarse en uno de los edificios. Si la lluvia no se detenía, pronto vería las calles inundadas. Así que estar en un lugar alto le traería el refugio perfecto para el momento.


Subió las escaleras de metal con cuidado, sus botas haciendo el menor ruido posible. La luz de la linterna no parecía suficiente, pues ahí hasta donde alcanzaba su incandescencia, había una aterradora oscuridad esperándole. Había goteras resonando en algún lugar y el rugido de la tormenta aumentaba con cada segundo. Su acelerado corazón le recordaba que aun estaba viva y en un inminente peligro. Cuando alcanzó el octavo descansillo de las escaleras de incendios, apagó su linterna y empujó lentamente la puerta, asomando primero su cabeza. Un rayo iluminó el corredor y le permitió ver que todo estaba tranquilo y vacío. Cruzó la puerta, encendió nuevamente la linterna y comenzó a revisar los departamentos del piso. En todos era la misma imagen, todo estaba destrozado como si un huracán hubiera pasado sobre cada una de esas habitaciones, en algunos podía distinguir claramente las señales de que sus habitantes habían salido apresurados del lugar, posiblemente cuando esa plaga misteriosa había hecho aparición.


Estaba por llegar a la última puerta del lado derecho, cuando esta se abrió repentinamente y de ella salió un chico de no más de doce años.


—No me importa lo que pienses, saldré a buscarla—masculló el chico a alguien que aun se encontraba oculto.


—Entiende que es peligroso—dijo la voz de un hombre que sonó como un siseo en medio de la tormenta.


—¡Mira la tormenta! ¡Seguramente está atrapada y...!


—Yo que tu le haría caso—Interrumpió Olivia al chico, captando su atención.


El hombre con el que había estado hablando el menor asomó su cabeza ante su intervención, pareciendo de pronto sorprendido.


—¿Quién eres tu?


—Olivia—Respondió. Recorrió con atención el cuerpo ajeno. Su cabello estaba enmarañado como si algo le hubiera explotado en la cara, la parte izquierda de su cara era cubierta por metal y engranajes que al parecer hacían funcionar ese brillante ojo inhumano que parecía muerto, pero que resaltaba por su típico color bronce. El resto de su cuerpo parecía en perfecto estado, sin reparaciones.


—¿Viste a mi hermana?—Preguntó de pronto el menor, luciendo una expresión consternada y desesperada.


Olivia despegó sus ojos azules de aquel hombre y los dirigió al chico. Frunció el ceño y negó.


—Es un desastre allá afuera, no se alcanza a ver mucho—dijo ella. El chico dejó caer sus hombros a modo de derrota—. Si es inteligente seguramente encontró la manera de resguardarse.


El chico le dedicó una mirada no muy convencida pero aun así asintió.


—Tomaré uno de los departamentos—Informó Olivia señalando a su espalda—, Cuando la tormenta pase me iré, no les daré molestia.


El hombre asintió sin decir nada. Se acercó al jovencito y lo tomó de sus hombros para hacerlo entrar y cerrar la puerta con un sonoro golpe. Olivia ignoró lo sucedido y eligió una de las habitaciones del otro lado del corredor. Arrojó su bolso en el suelo justo a un lado de la puerta y luego se dirigió a la cocina del lugar. Todo estaba vacío. Supuso que los inquilinos del piso ya habían barrido con todo lo que ahí pudiera haber. Sin saber que más hacer, se puso a revisar absolutamente todo el lugar; se encontró con un par de fotografías de una pareja, unas monedas de oro bastante bien conservadas, una muda de ropa que le iba de maravilla, y sorpresivamente, en una de las cajoneras se encontró una vieja arma de color dorado con grabados de rosas y detalles plateados. El peso del arma entre sus manos se sintió bien. Encontró también una caja repleta de balas. Definitivamente aquello era un tesoro, no se podía imaginar como alguien había logrado mantener tanto tiempo esa arma oculta, pues recordaba que continuamente los centinelas hacían revisiones precisamente para evitar el manejo de las armas u otros objetos ilegales. ¿Cómo es que los inquilinos actuales de todo el piso no la habían encontrado antes? Como fuera, estaba agradecida de ello. Ahora que no había ley, podía hacer uso de ella.


El torrente de lluvia no se detuvo. Durmió unas pocas horas hasta que las pesadillas aparecieron; Disparos, un fogonazo de luz, agua por todos lados y luego, la falta de aire la hizo incorporarse bruscamente. Un sudor frío corría por su frente, sus manos temblaban al igual que sus labios. Un nuevo trueno retumbó en el espacio haciéndola estremecer. La luz le permitió ver a un par de ojos clavados en su persona. Parpadeó un par de veces pensando que sus ojos la estaban engañando, tomó la linterna que tenía justo a un lado e iluminó la estancia. Efectivamente, el chico estaba parado ahí, simplemente observándole.


—¿Qué ocurre niño?—cuestionó cuando fue capaz de encontrar su voz e ignorar la inquietud sobre cuanto tiempo llevaría ese niño ahí vigilándola.


Los ojos de cervatillo del menor se clavaban fijamente en el brazo mecánico de la mujer.


—Por favor, ayúdame a encontrar a mi hermana—dijo el chico en voz baja. A Olivia le costó unos segundos comprender el mensaje.


—Tu padre...


—Es tan cobarde que prefiere morirse agusanado aquí que salir a buscar a mi hermana.


Olivia se puso de pie y observó con atención al chiquillo. Había pasado demasiado tiempo sola que le costaba horrores poder actuar de manera comprensiva. Sentía las palabras quemando en su garganta, tratando de salir de manera normal, pero, no había nada de normal en esa situación. Estaba frente a los primeros sobrevivientes que había visto y aun así sentía extraña sus presencias.


—No puedo—dijo de manera cortante.


El rostro del chico se llenó de pesar.


—Por favor, tu vienes de afuera, debes saber...


—No.


—Por favor—musitó el chico nuevamente. Sus ojitos café brillaban expectantes, había una profunda preocupación en ellos, pero también la más absoluta resolución a convencerla de ayudarle—, si lo haces mi padre puede reparar tu brazo.


Olivia llevó su mano humana hacia su brazo metálico en un gesto instintivo de protección. No quería hacerlo. Realmente no. La devastación se había llevado todo raciocinio de su parte y lo que menos quería era involucrarse con sentimentalismos, cuando ni siquiera entendía sus propios problemas. Su brazo y sus fallas podían irse al carajo.


—Ve a dormir, niño. La tormenta no se va a detener y es imposible salir.


El menor metió una de sus manos a los bolsillos de su pantalón y sacó algo de ellos. Se acercó titubeante a la mujer y le extendió lo que había en su mano.


Olivia lo tomó y vio que se trataba de una pequeña fotografía donde se podía apreciar a un joven rubia de bonita sonrisa y rasgos ligeramente asiáticos. Cuando volvió su vista al chico, este ya no estaba. Se mordió el labio inferior al tiempo que se recostaba otra vez sobre las mantas que había colocado. Se preguntó porqué carajos estaba siquiera considerando la opción. No tenía caso, seguramente la chica estaba muerta, ahogada o devorada por las bestias. Además, se trataba de sobrevivir, de alcanzar el nuevo día de la mejor manera posible; arriesgarse por una desconocida definitivamente no valía la pena, no con el peligro que había allá afuera.


***


Tres días después la lluvia había disminuido un poco hasta volverse suave y constante sin llegar a ser molesta. Y en esos tres días, se había visto envuelta en el asunto en el cual no quería pensar demasiado.


Salía desde temprano en la mañana y recorría las calles en busca de la chica. El arma que encontró se volvió su fiel compañera de viaje y la llevaba encajada en su cinturón en la parte de atrás, oculta bajo su chaqueta. Por supuesto que el agua no le permitió avanzar demasiado en su búsqueda, el chico tampoco le había dicho demasiado y se había negado a acercarse a su puerta para indagar más en el asunto; no quería darle esperanzas cuando no las había.


Caminó entre el agua que llegaba hasta sus tobillos de manera cautelosa, acercándose lentamente a un viejo consultorio que encontró a ocho cuadras del edificio donde residía temporalmente. Había un pequeño grupo de muertos rondando frente al lugar y otro par de ellos golpeando la puerta del edificio como si quisieran entrar. Tal vez la chica se había ocultado ahí. El edificio era pequeño, de tres pisos y en un deplorable estado que daba la sensación de que pronto se caería. Tomó los dos cuchillos que guardaba en sus respectivas fundas sobre sus muslos y tomó una profunda inhalación antes de salir de su escondite y acercarse a los cadáveres andantes.


Inmediatamente se giraron hacia ella y con torpeza avanzaron en su dirección. Atravesó el ojo del primero, le dio una patada en el pecho al segundo y lo mandó al suelo. giró sobre sí misma y clavó su cuchillo en la cabeza de otro. El agua salpicó cuando uno de ellos logró atraparla y tumbarla al suelo, su cuchillo clavándose al mismo tiempo en el cuello de esa cosa. Empujó el cuerpo a un lado, hizo una mueca de asco ante la sangre viscosa que le calló en el pecho. Otras dos de las criaturas se abalanzaron hacia Olivia. Las esquivó con facilidad, rompió el brazo de una y rasgó la espalda de la otra. Las bestias rugieron y se retorcieron salvajemente, y cuando se viraron hacia ella, atravesó con sus cuchillos ambas cabezas.


Los cuerpo cayeron hacia atrás con un chapoteo en el agua mugrienta, llena de lodo, de muerte, de sangre espesa. Hizo una mueca de desagrado. Jamás podría sentirse bien con matar a esas cosas, pero era eso o morir. Guardó una de sus armas, y con la otra en mano se acercó a la entrada del consultorio; había un letrero arriba que rezaba "refacciones B'Troy", un nombre demasiado curioso. Tocó la puerta y esperó. Si la chica estaba ahí, sabría que alguien vivo estaba fuera. Tocó nuevamente y nada. Suspiró y aburrida de esperar dio una patada a la puerta y la echó abajo. Sus ojos recorrieron el lugar, hasta dar con un bulto en un rincón.


—Oye—Llamó Olivia inmediatamente.


La chica pareció estremecerse ante su voz pero no se movió. Olivia dio un par de pasos, haciendo que el agua que inundaba ligeramente el lugar, creara unas ligeras ondas que viajaron hacia la chica que se encontraba en cuchillas en el rincón, como si estuviera rezando. Olivia se extrañó ante el comportamiento, así que avanzó un poco más. La rubia se incorporó repentinamente, se viró y corrió hacia ella. Olivia retrocedió espantada ante el abrupto movimiento, pero luego se tranquilizó cuando se dio cuenta que estaba esposada a un tubo en la pared. La chica rubia rugía y tronaba sus dientes en su dirección, estirando su brazo suelto tratando de alcanzarla. Miró su rostro ceniciento y sus ojos blancos faltos de vitalidad. Observó sus rasgos, comprobándolos con los de la foto y, sí, efectivamente se trataba de la misma persona.


Olivia quiso sentirse mal, quiso sentirse culpable, pero no sintió nada además de indiferencia. La chica había sido desafortunada, no todos iban a lograr sobrevivir, no todos iban a alcanzar un nuevo día. Estaba segura que un día todos encontrarían su final, y que la tierra terminaría desolada, sin los parásitos que se hacían llamar los seres racionales de la creación. No se sentía culpable porque todo acabaría tarde o temprano, solo era cuestión de esperar. Lamentarse no iba a hacer ninguna diferencia.


***


Cuando el chico la vio volver desde una de las ventanas del piso, corrió hacia la puerta que conducía a las escaleras y esperó impaciente a que ella subiera.


La mujer se encontró con aquella tierna mirada nada mas al cruzar la puerta, y entonces no pudo sino sentir lástima hacia él. Extendió su mano y le entregó aquel papel que encontró en el boquete de la pared, a lado del tubo, luego de haber matado a la bestia. La joven había sido inteligente, pues al darse cuenta que había sido mordida, se había esposado en caso de que su hermano o su padre fueran a buscarla y así, no atacarles. La chica que ahora sabía se había llamado Ann, también había dejado una considerada nota donde se disculpaba por haber partido tan inesperadamente, y donde dejaba plasmadas palabras de aliento para su pequeño hermano al cual echaría de menos allá donde estuviera.


Olivia se retiró del lugar sin poner atención al chico que se desplomaba al suelo con lágrimas en los ojos. No importaba lo que pasara. Si el todo poderoso quería la extinción de los humanos, así sería. La devastación no se detendría. A final de cuentas, el mundo seguiría girando aunque el aliento del último ser humano vivo se acabara. Sin memorias, sin remordimientos, era la única manera que Olivia había encontrado de vivir.



4 de Outubro de 2019 às 08:27 0 Denunciar Insira 5
Fim

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Becca Blume Nunca pensé que un día terminaría escribiendo. Es una buena idea cuando se tiene una mente inquieta.

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