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¿Es posible odiar tus orígenes? ¿sentir que no eres lo que los demás esperan de ti? Esta es la historia de un chico en busca de amor, aceptación y felicidad, aunque sus métodos utilizados no sean los correcto, aprenderá lo que es en verdad vivir sin miedo y prejuicio. Acompáñame en esta historia llena de lagrimas, risas y amor.


LGBT+ Para maiores de 18 apenas. © Por favor, no robar o resubir sin permiso, gracias.

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¿Es posible odiar tus orígenes? ¿sentir que no eres lo que los demás esperan de ti?


Nací en un país que, a mi parecer, se está destruyendo poco a poco, tan imperceptible para los demás, pero no para sus habitantes. Nací en el seno de una familia, de las tantas, creyentes de Dios, de padres que, aunque lo oculten, su amor dejó sus corazones, de un padre estricto, pastor de una de las iglesias de una de las ciudades más creyentes, Oklahoma City, de una madre amorosa y comprensiva, queriendo lo mejor para sus hijos, mi hermana mayor, tan linda, tan inocente, tan obediente, de padre chileno y de madre americana.


Mi nacimiento fue alegre para mis padres, tener otro hijo era sus más grande sueño, para mi padre tener un varón era su meta, sentía orgullo hacia mí, un orgullo efímero como un pestañeo, todo el cariño y comprensión que podía recibir de mi padre se había ido tan pronto como llegó aquella noticia, a mis recientes siete años, mi vida cambió, cambió la forma en que mis padres o mi padre me miraba, como la comunidad de aquella ciudad murmuraban a mis espalda, como la comunidad de la iglesia que mi padre predicaba le daban el pésame como si yo hubiese fallecido, pero no era el que yo haya muerto sino el deseo de mi padre en tener un varón. Nací con “una maldición demoniaca” como algunas de aquellas mujeres creyente de Dios le decían a mi pobre madre, aquella maldición tenía nombre y apellido, hermafroditismo verdadero.


Nunca fui un niño normal, cuando crecía mi rostro y cuerpo se volvían cada vez delicados, mis brazos y piernas eran de una chica, mi cuerpo producía más y más estrógenos y progesterona – aunque mi médico de cabecilla se encontraba sorprendido por el ultimo –, cada paso de los años, mi cuerpo se volvía más femenino, mis caderas se anchaban, mis hombros pequeños, mi busto, aunque sea poco, aumentaba, con todo esos cambios hormonales y que predominen los femeninos nunca me sentí identificado como mujer siquiera como un hombre, simplemente era yo.


Desde ese día que el médico de la familia nos informó de mi condición, desde ese día nunca tuve la aprobación de mi padre, comenzaron las peleas, la discriminación, el deseo constante de ser lo que mi padre deseaba de mí, la tristeza de mi madre, las burlas de mis compañeros de clases, de toda la secundaria, los abrazos lastimeros de mi hermana, mi día a día tan tristes, tan injustos, ¿Por qué debía soportar esto? ¿acaso mi padre no podía aceptar los deseos de Dios? Dios me hizo así, si el deseo de nuestro señor era que yo naciera con ambos sexo, debíamos de aceptarlo, ¿no?


Al cumplir los catorce mi vida escolar empeoraba cada vez más, la semana después de mi cumpleaños, durmiendo sentí un fuerte dolor en la parte baja de mi estómago, grité, llamando a mamá, esa noche papá no se encontraba en casa y agradecía a Dios por ello, cuando levante las sabanas otro grito salió de mi garganta, encontré sangre entre mis piernas, mi madre de inmediato llamó al médico, “es normal” dijo “alguien con las condiciones de Johnny y como todas las mujeres, le llega tarde o temprano su periodo, aunque a diferencia de ustedes, el de él durará más y probablemente sea más doloroso” y de ese día entendí que ya no era un niño. Cada mes era doloroso e irregular, me mantenían en cama esos diez días que duraba mi período.


Meses después de tener mi quinto período, mi familia se mudó, no a otra ciudad, no otro estado, no a otro condado, papá había recibido a una carta informándole del fallecimiento de su padre, y que en Chile le estaba esperando una casa. Él nunca tuvo una buena relación con su padre o eso es lo que él nos había dicho, la razón nunca fue nombrada, aunque mamá nos mencionó sobre un tal Will, un hombre europeo, un hombre que mi propio padre amó y nunca olvidó. Aunque fue un shock para mi saber que mi padre se había enamorado de un hombre, lo comprendí de inmediato, puesto que yo era igual.


Cuando hicimos nuestras maletas, no sentí tristeza en dejar aquella casa que siempre viví, aquella casa con malos recuerdos, no sentí pena por dejar a mis compañeros de clases, no tenía amigo que hacer una promesa efímera, no tenía a nadie que llorase por mi partida del país, nadie que se despidiera de mi en el aeropuerto, estaba solo, viendo a mi hermana, siete años mayor, despidiéndose de sus amigas, ella estaba triste, no las volvería a ver.


El reloj marcaba las nueve de la mañana, un día nublado en los últimos días de verano, todos sentados en sus respectivos lugares, mi hermana emocionada practicando su español junto con mamá, papá enviando un mensaje a su hermano mayor y yo a su lado, esperando hacer amigos. El viaje duró ocho horas casi nueve, todo era nuevo para nosotros, pero no para papá; serio pero nervioso papá buscaba con la mirada a alguien.


Desde ese día mi vida cambió definitivamente.

18 de Setembro de 2019 às 02:33 1 Denunciar Insira 3
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Tiamili X8 Tiamili X8
Lo amo 💖✨💞
20 de Setembro de 2019 às 15:02
~

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