La Cala: Perdida en la gran ciudad Seguir história

rebeldia Víctor Fernández García

Rebeldía aterriza en Barcelona, una ciudad que promete tanta magia como cruel es la realidad que se masca en sus calles. Dos elementos la acompañarán en su periplo por la gran urbe. Por un lado, "La cala", un libro que trata de abordar el sentido mismo de la soledad, será objeto de estudio cada vez que se encierre en su casa. Por otro, "La gran ciudad", un libro de moda entre las masas más jóvenes, la acompañará en sus salidas al exterior. La joven no sólo verá como su pasado, presente y futuro se entremezclan haciendo difusas las líneas que deberían separarlos... Sino que también hallará una misteriosa conexión entre los dos libros.


Drama Todo o público. © Todos los derechos reservados.
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INTRODUCCIÓN






Clara rascó fugazmente la parte rapada de su cabeza, para luego mecer el largo mechón de su flequillo sonriendo. Era morena, de piel realmente blanquecina. Frente a ella, Irene, su pareja, que se deshacía cada vez que presenciaba ese gesto por parte de Clara.


Se encontraban sentadas en su lugar habitual de aquella terraza. Inmersa toda la zona costera en una severa ola de frío invernal, la terraza y aquel bar parecían un reclamo notable para las solitarias almas lugareñas.


Irene, rubia de clara mirada azul, le devolvió la sonrisa a su novia y exhaló una tímida nube de vapor al tiempo que escondía la barbilla en su bufanda y elevaba las solapas de su chaleco nórdico.


« Joder, qué buenas que están. » Las palabras que sus pensamientos formaron prácticamente se le escaparon en forma de susurro inaudible. Fue suficiente para que Lyn elevara su rostro demacrado de la copa de vino que había sido su aliada toda la tarde. Su aliento apestaba a tabaco, a restos de hierba y vino malo. Tylerskar sonrió ante el contraste entre la mesa de la pareja lesbiana, con sus cafés con leche humeantes no hacía mucho, el aroma que desprendían y la conversación animada que sostenían, y el evento fúnebre que se desarrollaba en la suya. A Lyn podías aguantarla un rato. Sus teorías sobre la magia, sus divagaciones pseudo científicas y, en definitiva, toda la parafernalia que esa mente desquiciada era capaz de escupir por la boca como si de una ametralladora de munición infinita se tratase. En ese preciso instante, el ni siquiera susurro de Tylerskar hizo que Lyn se callase, desviando su mirada al dedo de vino que habría de bajar acto seguido por su garganta.

—¿Mie einvitass a una uotra? —Nunca supo bien si el país de esa mujer era la causa de su acento, o si el alcohol y la marihuana tenían más que ver en una especie de resultado crónico. El caso es que Tylerskar abrió de par en par los ojos durante una fracción de segundo, sintiendo como el odio tóxico que corría por sus venas se abría paso.

« Enfunda, vaquero. » Tras tranquilizarse refrenando ese impulso que ya casi nacía, berreando y pataleando, regresó a su posición encorvada y, negando con la cabeza, miró de reojo como Lyn se levantaba dando bandazos, tratando de dirigirse al interior del bar.


Transcurrieron unos minutos en los que se encendió un pitillo y trató de relajar su postura estirándose, cuando unas risas le interrumpieron.

Mientras Irene salía del bar habiendo pagado las consumiciones, Clara se levantaba y juntas tomaban rumbo a donde quiera que viviesen.


Lyn se había perdido, al parecer, en su particular misión de que le fiasen el alcohol, y no parecía que fuese a regresar a la mesa.

Era una noche cerrada de cielos despejados. No soplaba atisbo de viento.

Tylerskar se encontraba solo, rodeado de desconocidos sumidos en lo que parecían animadas charlas llenas de confianza y camaradería. Masculló algo para sus adentros.


« ¡Qué demonios! » Se dijo. « Voy a emplear todo el dinero que me queda en arrasar con las botellas de vino de este maldito antro. »




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Joel cerró con mimo su libreta recién empezada.

Meditabundo, dio unos golpecitos secos con el bolígrafo de fino acabado en la mesa, también de madera. Finalmente lo tapó ocultándolo en un bolsillo interior de su chaqueta.

A punto de llegar el verano, ésta comenzaba a sobrar, pero el joven gustaba de apurar los últimos fríos que, a esas horas del atardecer, peinaban la zona costera.

¿Qué había sido del farolillo? ¿Qué de la taberna?

Su desprecio por su personaje, por su alter ego, resultaba patente en cuanto cada vez que escribía acerca de Tylerskar, un eco de asco se le dibujaba en el rostro.

Un buen símil para explicar cuanto había acontecido tras seguir la pista del farolillo de la casa que presidía la playa donde obtuvo la libertad, sería decir que Tylerskar lo usó de cóctel molotov para arrasar con el espacio más sagrado de Joel.


Ahora, con la vista perdida en un viejo televisor emitiendo partidos de fútbol extranjeros, alternando entre los atracones de los primeros turistas y sus cervezas gigantes, entre el creciente número de avispas alteradas por el final de la primavera y la madera de su propia mesa, cayó en la cuenta, por tercera o cuarta vez ese día, de hasta qué punto se había perdido el encanto.

¿En qué exactamente?

Pues en todo aquello donde pudiese poner la vista. Más grave aún, donde pudiese poner el corazón.

Por mucho que la llegada del buen tiempo fuese un hecho, ésta no había venido acompañada de los viejos pálpitos que acompañaron a Joel cuando pareció lograr conquistar las cimas de una desintoxicación que debía devolverle a la vida.

El final del otoño, más todo el invierno, habían escapado a su control. Ese maldito Tyl… De pronto una figura le saco del ensimismamiento. Se trataba del camarero. Controlado por un dueño más entregado a acabar su propia reserva de cerveza que a otra cosa, el empleado hindú se mostraba correcto pero frío, falso, vacío. Joel pensó en pedir un nuevo café con leche, humeante para que le hiciese compañía en la siempre agridulce entrada del ocaso. Sin embargo, el griterío en la zona de bares comenzaba a acrecentarse, y los últimos rayos de sol parecían dibujar una ineludible ruta en el laberinto que cielo y nubes, calle y caminos, conformaban.


Tras salir de la terraza del bar que había vivido mayores momentos de gloria hacía demasiado, Joel se llevó los dedos a la sien en un gesto de saludo que habría de repetir con cada maldito comercial de la zona.

No es que los odiase, no se trataba de desprecio, sino de un cansancio proveniente de la ausencia de algo importante en su interior. Una luz se había apagado en él, junto con todos los farolillos que una vez le guiaron.

Encendió un pitillo y se llevó una mano al bolsillo derecho del pantalón cuando hubo alcanzado la cima de la carretera que daba a un mirador reconstruido. Eso permitía un acceso sencillo que hacía de las puestas de sol algo normalmente multitudinario. Sin embargo, tan solo adentrándose uno en la espesura de los bosques que coronaban los gigantescos espigones y acantilados, se podía encontrar ese remanso de paz que Joel buscaba.


La caída sin remedio del sol de la jornada era un hecho.

Normalmente pensaría, incluso escribiría, algo acerca de la estrecha relación entre esa puesta de sol y la extinción de la luz en su vida. Pero no era el caso.

Sentado al borde del último gran pedrusco que se asomaba al abismo, Joel meditaba acerca de la voz que se había dirigido a él en el mirador.

– Estás irreconocible, chico. – Le había dicho. Lo curioso es que, al girarse, no había nadie más allí.


Joel pegó un rodeo para evitar llegar a su casa.

No toleraba la sensación de derrota y humillación que acompasaba la subida de las escaleras que conducían a su portal.

Así pues, emprendió la ruta que habría de conducirle a uno de los supermercados de la zona turística. El tabaco causaba estragos en él, hecho discernible de la respiración jadeosa que se le originaba cada vez que alcanzaba la mitad de la pendiente que conducía a ese destino.

Finalmente, lo alcanzó.


Quedaban apenas unos minutos para el cierre. Sin embargo, Joel tenía claro lo que quería. Saludó al poco personal de la pequeña tienda cuando sus miradas se cruzaron al oírse sonoramente el chasquido de la puerta.

Raudo, acudió a la sección de animales y se hizo con algunas latas de comida blanda para gatos. En el paseo que seguiría, Joel se descubrió detenido, frente a las estanterías de filas y filas pobladas de alcohol. Quizá solo se trató de un breve instante, pero a Joel le pareció que el tiempo se detenía, mientras entrecerrando los ojos y estirando un poco el cuello, trataba de discernir si la figura encapuchada que se reflejaba en una de las botellas de vino era o no una ilusión óptica.

—Hora de cerrar. —La voz de la dependienta hizo que pegase un súbito brinco, mientras comprobaba como efectivamente tras él no había nadie. Un último vistazo fugaz a la botella antes de acudir a caja lo desorientó. Tampoco allí había rastro ya de la misteriosa figura.


Con el monedero en mano, Joel pagó en efectivo las latas y se despidió hasta el día siguiente, puesto que solía acudir por allí a diario. Mientras se dirigía a la puerta, el canturreo de la dependienta emulando cual karaoke la música que sonaba en la radio lo acompañó hasta la puerta, que volvió a chasquear con fuerza al salir Joel al exterior.

De modo colindante, el bar de Tylerskar y su inmensa terraza quedaban a la izquierda del super, aunque Joel no se molestó en dedicar la más mínima mirada en esa dirección.

Cuando unas carcajadas inundaron el ambiente, sintió la punzada. La llamada de su alter ego, o lo que quedaba de él. El gélido hielo que atenazaba el interior de Joel contrataba sobremanera con las llamaradas que rodeaban, y emergían, de la mirada de Tylerskar.


Así pues, se acercaba un nuevo momento de escritura.

Para eso se había hecho con la comida.


El camino a casa del camello era agradable y vistoso. Un resquicio del ocaso dibujaba en el horizonte más lejano tonos lilas de acabado oscuro, voluble y decadente.

Se detuvo, como siempre, en un improvisado mirador desde el cual los bonitos tejados de las casas de algunas urbanizaciones conducían en última instancia al mar.

Poco después, un gran graffiti le indicaba que había llegado a su puntual destino. Se sentó quejumbrosamente apoyando la espalda en uno de los muros del parking destartalado. En ese mismo instante pudo extraer ya su libreta y el bolígrafo, pues tenía lista, más que en la mente en su interior, la historia que quería contar. Sin embargo, lo que hizo fue abrir una de las latas de comida y lanzar parte de su contenido unos metros frente a él.

Las imágenes de tiempos pasados, cuando los farolillos brillaban y él acudía con los suyos a ese parking a alimentar a los gatos comenzaron a desfilar por su mente.

En lugar de sentir aflicción y dejarse llevar por ella, Joel se mostraba impasible mirando con frialdad la escena. Solo su mandíbula, apretando con fuerza los dientes, denotaba la verdadera magnitud de la lucha interior que no tenía tregua.

Ya en plena noche, los primeros maullidos encontraron eco alrededor de Joel.

Lanzó la comida aquí y allá, lejos y cerca, hasta que se vio rodeado de los gatos, algunos callejeros y otros de vecinos confiados.

Entonces sí extrajo la libreta.

Con la boca destaponó el bolígrafo.

Y se dejó llevar.




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Eso no era solo peste a humo.

Ese lugar había permanecido cerrado por tanto tiempo, que incluso cuando uno se había mimetizado con su interior seguía sintiendo el nauseabundo olor.


Los ojos de Tylerskar permanecían abiertos como globos, acompañados por la carismática y enigmática sonrisa que tanto le caracterizaba. Su mirada peinaba el interior del pequeño estudio, mientras seguía atentamente el trayecto de aquel porro que habría de destapar el tarro de las esencias de su mente.

El lugar, desde luego, tenía su encanto.

Incluso algo tan sencillo como un cambio de postura en el sofá debía hacerse con cautela… Pues la manda de gatos recién nacidos sobrepasaba la docena.

Mientras el camello lanzaba algunos puñados de pienso extraídos de un saco inmenso, Tylerskar se permitió el lujo de acariciar a una de esas pequeñas criaturas.

Normalmente se echaría al felino encima y juguetearía con él, pero en ese caluroso ocaso intersemanal, el joven se encontraba ante una de las extrañas papeletas a las que solía someterse.


El camello, un hombre delgado pero fuerte, de rasgos amenazadores y mirada cual pozo de miserias, era de esos tipos que controlaban todo sin necesidad de aparentarlo. Sus amigos, una tropa si bien no tan intimidante cuanto menos digna de seguirle la estela, mantenían a Tylerskar en un permanente estado de alerta.

Una alarma que habría de estallar por los aires de modo inminente.

—Aquí tiene usted. —Era su turno. Solo con el fuerte olor a hierba ya podría decirse que andaba medio colocado, pero nada en comparación con los efectos instantáneos de darle a aquello una simple calada. Que fueron dos… Y luego tres.


Mientras el ocaso se cernía en el exterior, la bomba de relojería que llevaba consigo el fumeteo para Tylerskar se activó. Una abrumadora sensación de urgencia lo asaltó, y comenzó a peinar posibilidades de cómo despedirse, barajando momentos y situaciones.

Como siempre, cayeron algunas cervezas mientras sentía palidecer su rostro, que era conquistado paulatinamente por un preocupante sudor frío.


Un tiempo indefinido después, se encontraba al fin respirando el aire puro del exterior.

Cargado con una generosa bolsa de aquella hierba alterada, un ápice de sonrisa se le dibujó cuando el camello cerró la puerta, dejándole solo en las escaleras que conducían a la carretera hacia su casa.

No iba a ser un camino fácil.

Los efectos de la droga arreciaban en una mente más desquiciada que otra cosa.

Cada coche que pasaba, o que él imaginaba ver pasar, le aceleraba el ritmo cardíaco a cotas que se le antojaban una auténtica barbaridad.

Tampoco podía correr.

Solo quedaba el lento suplicio de sentir cómo sus pies caminaban cada paso, mientras sus pupilas agigantadas contemplaban el espectáculo de oleaje y espuma que castigaba las orillas del cabo.




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Cuando una luz se encendió y los perros de los vecinos reaccionaron con alboroto, Joel fue expulsado de su característico estado casi zen que alcanzaba tras escribir consecutivamente unos minutos.

Era tarde y se sentía agotado.

Un cansancio más mental que físico, pero tan patente en su conciencia que le provocaba un peso extra en todos y cada uno de sus huesos.

Quejumbrosamente, se levantó del suelo donde no quedaba ni rastro de la comida que había esparcido. Había llegado la hora de volver a casa.



9 de Setembro de 2019 às 11:05 2 Denunciar Insira 3
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Paola Stessens Paola Stessens
me encantó este comienzo, la narrativa fluye llena de magia que te lleva a experimentar el tumulto de las escenas, entremezcladas por la sensaciones del protagonista, que imagino es un escritor? Tendré que seguir leyendo para descubrir hacia donde va la historia. Es la segunda de tus historias en la que se destaca una excelente narrativa, casi poética.

  • Víctor Fernández García Víctor Fernández García
    ¡Me alegra enormemente que hayas quedado satisfecha con el arranque de esta novela! El que te guste y convenza tanto la narrativa, como la psique y lo que rodea al protagonista, me hace tener muchas ganas por saber por dónde evolucionarán tus impresiones a medida que avance la historia... ¡Gracias! Un abrazo 17 hours ago
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