aylenzunino Aylen Zunino

El mundo como se conoce está al borde de la extinción gracias a una fuerza enemiga desconocida que esta poniendo a todas las razas una contra otra. El único que puede detener a dicha fuerza es un joven llamado Dylan, hijo de un humano y una Féery, este emprenderá un camino lleno de peligros y traiciones en el que nada es lo que parece y junto con sus dos hermanos mayores intentaran salvar la magia.


Fantasia Medieval Impróprio para crianças menores de 13 anos.

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Prólogo

Los Tres Cuernos era una taberna con muy mala fama. Eyden era consciente. Por eso llevaba la capa puesta, cubriendo todo su rostro excepto los ojos y la espada bien atada a la cintura.

No le gustaba acudir a sitios como este, no con lo que le pisaba los talones a él y a sus dos hermanos, pero necesitaba información y no había mejor sitio para obtenerla.

Dentro la luz de las velas no alcanzaba a iluminar todo el lugar. Había una vela por mesa y unos cinco hombres por cada una de ellas. Junto al fuego, con las jarras de barro llenas y cantando a toda voz se encontraban unos quince hombres con uniforme. Servían al rey Otis de Helder. Llevaban las capas doradas con la mano blanca bordada en medio.

Eyden se sentó lo suficientemente lejos de aquellos hombres, en un oscuro rincón de la taberna. No quería problemas, no porque no pudiera desarmar y matar a esos fanáticos estúpidos, sino porque eso dejaría un rastro que el brujo pudiera seguir. Hacía años que lo esquivaban con éxito gracias a que no se metían en problemas y tampoco acudían a lugares como estos. Sí, hacía un par de años que no dormían bajo un techo, ni tenían las comodidades de un hogar, pero moverse por los bosques no estaba tan mal. Al menos podían dormir en paz.

- ¡Cerveza! - gritó el hombre más corpulento - ¡Rápido maldito fornicador de brujas!

Entonces Eyden lo reconoció. La barbilla partida, el cabello negro azabache rizado, los ojos perturbados y duros. Su nombre era Alan Ríos, pero todos lo llamaban Ser CazaBrujas, el ejecutor real de Helder. En torno a él se contaban miles de historias sobre cómo pasó por la espada y quemó en la hoguera a cientos de personas acusadas de poder hacer magia, incluso a niños pequeños y bebés recién nacidos. El asesino de mestizos tenía una reputación terrible, tanto en Palderea como en los reinos de la antigua magia. Elfos, enanos, sirenas, todos deseaban ponerle las manos encima al CazaBrujas, pero en cuanto tenían la oportunidad corría a refugiarse tras los muros del castillo del rey Otis.

De ser cierto aquello que las malas lenguas decían, Alan Ríos no era más que el hijo bastardo del rey Otis, procreado con alguna hija de algún tabernero a las afueras del reino, durante alguna de las muchas guerras que libró Otis contra el resto del mundo.

Se dice que el niño creció allí hasta que un hechicero con mal humor destruyó todo a su paso incluida la pequeña madre de Alan que no tenía cómo defenderse. El único sobreviviente de aquella masacre fue el joven Alan de doce años. Le llevó la cabeza del brujo al rey y le pidió un lugar entre sus sirvientes. En cambio, Otis lo nombró caballero, le proporcionó la mejor habitación del castillo y le prometió que cuando tuviese la experiencia suficiente lo nombraría capitán de la guardia protectora del rey.

Otis pagó los mejores maestros espadachines y procuró que Alan aprendiera las cortesías necesarias. Aprendió a pelear, eso seguro, pero lo animal no se lo quitaron jamás.

La puerta de la taberna se abrió y entró la persona que Eyden había estado esperando. Los hombres gritaron groserías y la miraron con deseo. Las mujeres, en los regazos de los hombres la miraron con desprecio.

Cicar era una joven hermosa. Cabellos dorados, una buena proporción de curvas, rostro redondo con labios carnosos y ojos verdes. Al entrar se quitó la capa blanca, dejando a la vista su cuerpo cubierto con una pequeña tela ajustada que le resaltaba los pechos y los muslos. Llevaba unas botas altas en las que guardaba un puñal hecho por los elfos, con una hoja de acero tan afilada que con solo mirarla podía rebanarte un brazo y una empuñadura blanca con incrustaciones de piedras preciosas tan fina que cualquiera intentaría matarla por ella.

En una ocasión Cicar le había contado que las runas que el puñal tenía grabadas le proporcionaba el poder de asesinar a todos sus enemigos con solo desenfundar.

Cuando se sentó frente a él sonreía. Amaba la atención, sobre todo la de hombres estúpidos que se atreverían a ponerle las manos encima.

- ¿Era tan necesario atraer toda esa atención, Cicar? - la sonrisa se borró del rostro de la muchacha - Sabes que me persiguen.

- Sylas me contó algo. - murmuró

- ¿Antes o después de que acabara sobre tu bronceado estómago?

La mirada de Cicar fue tan afilada que podría haberlo matado.

- El día que dejes atrás el pasado se congelarán los infiernos y lloverá leche en los pueblos.

Eyden le hizo una seña a la moza para que se acercara.

- Dos jarras de cerveza - ordenó.

La muchacha, poco agraciada, asintió y antes de marcharse le dedicó una mirada de odio a Cicar.

- Eras mía Cicar, planeabamos casarnos y tú... - ni siquiera podía decirlo en voz alta - No importa, no he venido aquí a reclamarte cosas que ya no son de mi incumbencia.

- No, has venido a hablar sobre el brujo que te persigue.

- ¿Lo conoces?

Antes de que Cicar pudiera responder la muchacha volvió con la cerveza y una rosa.

- Del caballero de allá, mi señora.

La joven señaló a los hombres del rey, Alan Ríos le sonreía a Cicar de la manera más aterradora que Eyden había visto en su vida.

- ¿Quien diría que el CazaBrujas es un romántico empedernido? - Cicar olió la rosa y acercó a la muchacha para susurrarle algo al oído que Eyden no pudo oír. La moza se alejó en dirección al CazaBrujas. - Y para tu información, fue en la espalda.

- ¿Que cosa? - preguntó Eyden frunciendo el ceño.

- A tu hermano le gusta montarme de espaldas, - Eyden se puso rojo de furia y Cicar sonrió - y solo pasó una vez. Somos amigos ahora, como tu y yo.

- Volvamos al tema del brujo - dijo Eyden al tiempo que se llevaba la jarra a los labios.

Saboreó la cerveza, no era la mejor que había probado pero era bebible. Los Tres Cuernos no se caracterizaba por su buena calidad de productos, sino por su excelente calidad de servicio. Una moza podía convertirse en una muy buena puta en cualquier momento. Eyden lo comprobó cuando la moza que les había traído la cerveza, a la que Cicar le había susurrado en el oído, comenzó a mamarle la verga al CazaBrujas.

- No conozco a tu brujo, sin embargo, he oído historias que no van a gustarte sobre él. - Cicar esquivó la mirada inquisitiva de Eyden. - Historias que me congelaron la sangre en las venas y me mantuvieron despierta durante la noche. ¿Recuerdas la matanza de Kirión? - Eyden asintió. Kirión era una ciudad de Helder bastante independiente y rica, hacia un año una peste arrasó con cada uno de sus habitantes que murieron en completa agonía. Ahora era un pueblo fantasma, aunque había escuchado rumores sobre que repudiados tomaron el control de la ciudad intacta. - El brujo lo orquestó todo. Él desarrolló el virus, lo liberó en la ciudad y lo contuvo en ella para que no se extendiera al resto del mundo. Una vez que cada ciudadano hubo dado su último aliento dejó la ciudad bajo el control de los repudiados.

Eyden se removió inquieto en su asiento.

- ¿Por qué un brujo asesinaría toda una ciudad?

- La pregunta es más bien cómo hizo para tener el poder de asesinar a toda una ciudad. No lo hizo porque necesitara algo de la ciudad, quería demostrar que podía. ¿Los barcos hundidos? ¿Los desaparecidos? ¿El ambiente hostil? Hay una ciudad en Landfort donde todos los bebés nacen muertos. - las manos de Cicar temblaron cuando tomó la jarra para beber un largo trago - El verano pasado me encontré con una hechicera a la que conocí en Palderea hace muchos años. Ella llevaba una túnica negra con lunas rojas bordadas, se había cambiado el nombre y decía servir a un poder mayor. Me invitó a unirme y conocer a su maestro. Le dije amablemente que yo era una loba solitaria y así planeaba permanecer, sin embargo, cuando quiso hechizarme para distorsionar la realidad tuve que asesinarla. En mi camino me topé con varios de estos sirvientes a ese poder mayor. Se hacen llamar La Hermandad Oscura y asesinan a caballeros y elfos por igual.

- ¿Crees que el brujo está detrás de todo esto?

- ¿Creerlo? - dijo alzando las cejas - Nunca hubo tantas tinieblas como ahora, ni siquiera en la época de la gran guerra. Y resulta que tu querido brujo está en medio de todo esto. Pretendo conocer su nombre, su rostro y entonces...

Cicar iba a sacar su puñal, pero fue terriblemente interrumpida.

- Le ruego que me disculpe, señora. - dijo que el CazaBrujas - pero ya no podía soportar mirarla de lejos.

Ni siquiera reparó en Eyden, sentado en la oscuridad con la capa puesta aún cuando empujó a un campesino para quitarle la silla y se sentó a su mesa.

- De cerca es incluso más hermosa, no quise despreciar su regalo, pero una moza de taberna no es digna de esta verga. - Alan miró el busto de Cicar y luego sus labios - Usted, en cambio, podría sentarse en ella cuanto quisiera.

Cicar se volteó hacia él.

- No me gustaría ser grosera, Ser, ni faltarle al respeto, pero temo que su verga no es digna de estar entre mis piernas, por eso envié a la moza. - el rostro del CazaBrujas se volvió una mueca de rabia - Ahora levante el trasero de esa silla, pida disculpas al pobre hombre que derribó al suelo y dele una buena propina a la moza porque ni siquiera de ella es digna su verga.

La mano del CazaBrujas voló hacia el rostro de Cicar pero esta lo detuvo a unos centímetros del mismo simplemente con una mirada.

- ¡Bruj...! - antes de que pudiera terminar Eyden sacó la espada y se la enterró en la garganta.

Cayó de la silla y creó un charco negro en la madera del suelo. Murió con una expresión de sorpresa en el rostro. Sus soldados empuñaron las espadas pero Eyden fue más rápido y antes de que pudieran reaccionar les cayó encima y mató a cinco antes de que pudieran desenfundar.

La batalla no duró más de un par de segundos en cuanto Cicar se unió a ella con su puñal encantado. Mató a dos hombres a los que les arrebató las espadas con un movimiento de su mano y con otro movimiento les cortó la garganta. Las mozas gritaron y los hombres se hicieron a un lado.

Eyden apartó de una patada la silla que se interponía entre él y su objetivo, luego de enterrarle la espada en el estómago dio un giro y detuvo el golpe de la espada de otro soldado. El choque del acero le retumbó en los huesos. Le dió un puñetazo y con un giro de muñeca le cortó la garganta.

Vió como Cicar tenía a tres en el aire y los estrangulaba con solo cerrar el puño. Un soldado quiso atacarla por detrás y Eyden le lanzó una silla por la cabeza que lo dejó inconsciente. Se volteó para encarar al último soldado que intentaba escapar, pero antes de que Eyden pudiese caer sobre él el puñal pasó silbando por su costado y se enterró en la espalda del joven.

Cicar pasó a su lado jadeando, con dirección a su puñal, pero no llegó a recorrer ni la mitad del camino porque se desmayó antes. Eyden, jadeando, la tomó en sus brazos y se acercó al tabernero.

- Necesito una habitación, buen hombre.

El hombre rechoncho lo miró con el ceño fruncido.

- Esta no es una posada y aquí no hay buenos hombres, señor - espetó.

- Me dará una habitación o pasaré por la espada a todos los aquí presentes.

El tabernero observó los rostros asustados y escuchó los chillidos de las mujeres. Volvió el rostro hacia Eyden y de mala gana dijo:

- Detrás de aquella puerta hay una escalera, subiendo las escaleras hay una habitación. Supongo que no querrá que demos alarma a los guardias del rey de lo que sucedió aquí.

- Supone bien. Creo que se equivoca tabernero, pienso que si hay buenos hombres aquí. Buenos hombres y mujeres que lo limpiarán todo. Pueden quedarse con todas las bolsas de oro que cargaban los soldados, ese será pago suficiente por todos sus servicios.

De camino a la puerta que se encontraba al final de un largo pasillo, Eyden le arrancó el puñal de la espalda al joven soldado y lo enfundó en su cinturón.

Una vez en la habitación acostó a Cicar en la cama y le limpió la sangre que le salía tanto de la nariz como de los oídos.

La estancia era pequeña, seguramente el cuarto de algún empleado. "O empleada" se dijo al ver el cepillo sobre la mesa de noche. La pequeña lámpara iluminaba el rostro tranquilo de Cicar mientras que la brisa que entraba por la ventana le movía los cabellos. Le apartó un par del rostro.

Ya había visto a Cicar en estas condiciones, solo necesitaba descansar.

Mientras limpiaba su espada, sentado sobre un taburete en una esquina de la habitación, se impidió sentirse mal por los hombres a quienes había asesinado. Eyden no apoyaba a la antigua magia, ni a los mestizos tampoco, pero lo que hacía el CazaBrujas era asesinar a sangre fría cualquier cosa que pareciera apta para hacer un poco de magia. Los soldados que lo acompañaban no eran mejores. Un hombre que asesina niños y pone de excusa que solo sigue ordenes, entonces no es un hombre, es un esclavo y los esclavos no son más que mierda para sus amos.

El brujo también se le vino a la mente. Todo lo que Cicar dijo. Nunca vió nada de lo que estaba sucediendo como los eslabones de una cadena, siempre pensó que eran sucesos aislados. La última vez que tuvieron noticias el mundo se estaba yendo al carajo. Luego de la masacre de Kirión los hombres retomaron la lucha contra la antigua magia, todos excepto Palderea que se mantuvo al margen. Las personas morían y desaparecían y los seres sobre la tierra se culpaban unos a otros en vez de unirse para descubrir al verdadero enemigo.

Desconocía el problema real, pero según su hermano Sylas, al que realmente le interesaba lo que estaba sucediendo con la antigua y nueva magia, decía que era malo, realmente malo. La antigua magia se había debilitado y, aunque la nueva estaba en pleno desarrollo, la misión de los humanos era destruirla. Y lo estaban consiguiendo.

- Eyden

Fue menos que un suspiro, pero Eyden la oyó. Cicar lo llamaba en sueños.

Cada vez que la veía no podía evitar preguntarse cómo es que todo había acabado así. No quería, pero se le coló en la mente el recuerdo del cuerpo desnudo de la joven, su piel suave, su olor a jabón especiado, el sabor a opio en su saliva. Gemía casi con la misma facilidad con la que mentía. No quiso, pero se acercó a la cama y se sentó a su lado.

Sus labios entreabiertos parecían una seria invitación a un beso. Si permanecía allí terminaría con la verga dura. Enfundó la espada y bajó las escaleras.

Cuando abrió la puerta hombres con lanzas le apuntaban, pero no eran hombres del rey. Ni siquiera eran hombres.

Llevaban armaduras tan plateadas y brillantes que parecían de plata. Tenían orejas largas, terminadas en punta y los cabellos largos atados en una cola baja. No sabría diferenciar a los elfos de las elfas, pero sí sabía que no estaba siendo tratado como un amigo.

Calculó a cuantos podría matar antes de que lo asesinaran. No fue un número muy alentador.

- No podrás matar a ninguno de mis soldados, asesino. - dijo la voz etérea de una mujer.

Los elfos que le apuntaban rompieron filas y de esa brecha surgió la elfa más hermosa que Eyden había visto jamás. Era delicada, elegante, agraciada. Era... una reina. Eyden hincó la rodilla ante la hermosa dama.

- No son necesarias estas cortesías asesino - dijo ella, pero Eyden no se levantó - ¿Dónde esta la hechicera?

- Eso depende de para que la busca, alteza

La reina Sereia de Ivergrëen rió, y Eyden pensó que tal vez le perdonaría la vida y lo haría su bufón personal.

- Nada de eso muchacho, solo quiero llevarme a la hechicera sin un rasguño de vuelta a mi reino.

Sin pensar, Eyden desenfundo la espada y las lanzas volvieron a apuntarle, esperando las órdenes de su reina.

- Desenfundar una espada en presencia de la reina es un acto que se castiga con la muerte. - dijo ella con severidad, ya no había ni un rastro de buena voluntad en su voz.

Esquivo la primer lanza y detuvo la segunda con su espada. Sin embargo, no era tan rápido como un elfo. Lo derribaron y lo inmovilizaron frente a la reina que había levantado la espada de Eyden del suelo y se disponía a cortarle garganta. Tenía los ojos encendidos pero el rostro tranquilo.

- Máteme ahora majestad, pero no dañe a Cicar sin importar lo que haya hecho. - Eyden habló tan tranquilo como el rostro de la reina.

De todas las manera en las que suponía que moriría esta no era una de ella.

- Sereia - la reina alzó la mirada por encima de Eyden y su guardias - no le hagas daño.

Cicar bajó con dificultad las escaleras. La reina soltó la espada y el acero resonó en el suelo. Cuando se abrazaron la reina suspiró.

- Pensé que te habían hecho daño, cuando escuché las noticias... llegué aquí y no te encontré...

- Tranquila - dijo Cicar acariciando el cabello de la reina - te dije que no iba a fallarte. El CazaBrujas está muerto, en parte gracias al joven al que quieres asesinar. Ël me ayudó.

- No te envié a asesinar a un puñado de soldados Cicar. - le recordó la reina separándose de ella para mirarla a los ojos - Ni tampoco a que te vieras con viejos amantes.

Cicar iba a responder pero en su lugar agacho la cabeza. Esto era nuevo para Eyden. ¿Desde cuando Cicar servía a la realeza? Y más extraño aún ¿Desde cuando agachaba la cabeza?

- Creo que hay cosas que no estoy entendiendo - dijo en voz alta - ¿Sirves a la reina de Ivergrëen, Cicar? ¿Desde cuando? ¿Por qué?

- No va a responderte esas preguntas, asesino.

- Mi nombre es Eyden, alteza. - aclaró - Yo la llamo por su título, al yo no poseer uno me gustaría que utilizara mi nombre.

- ¿Eyden? - repitió la reina, apartando la mirada de Cicar y posandola en él con el ceño fruncido - ¿Eyden hijo de Kariona, la reina Zanarsh?

La sangre en las venas se le hervía con la sola mención del nombre de su madre.

- Preferiría que no se me relacionara con mi madre, alteza. Como sabrá, no tenemos una relación muy amorosa, ni pretendo tenerla nunca.

Los soldados soltaron a Eyden y este se levantó del suelo moviendo los hombros adoloridos. Sereia continuaba mirándolo como si no lo pudiera creer.

- Iba a presentártelo eventualmente. Él y sus hermanos están siendo perseguidos por el brujo.

- Y no son los únicos - murmuró la reina.

Eyden frunció el ceño.

- ¿Que quiere decir con eso?

La reina volvió a la taberna, seguida por sus guardias y Cicar. Eyden siguió a la comitiva un poco receloso. Sereia se sentó a una de las mesas cercanas al pasillo. Parecía exhausta, como si de repente la eternidad le sentara mal.

- ¿Que les contó tu madre sobre la profecía?

Eyden se sentó a la mesa también, y Cicar hizo lo mismo.

- Solamente nos dijo que protegieramos a Dylan. Sylas piensa que tendrá un papel importante que desarrollar en el futuro.

Sereia asintió.

- No imaginé que les dijera otra cosa. Las mentiras y la evasión serán la ruina de Kariona. - suspiró - La profecía reza que un niño nacido de la luna y la hoja durante el año del fuego despertará al titán durmiente de la lava ausente en el volcán apagado y juntos salvarán la antigua magia de quienes desean destruirla, pero...

- ¿Pero qué? - preguntó Eyden cuando se dio cuenta de que Sereia no iba a continuar.

- Pero nada - respondió Cicar - La profecía está incompleta. Habrá consecuencias para este heroe. Toda magia está ligada a fuertes consecuencias y no se puede dar algo sin recibir. Es un intercambio. Quizá el intercambio sea la vida del salvador, lo que más ama, o cualquier otro sacrificio de igual peso.

El corazón de Eyden latía con fuerza. Dylan podía estar en un peligro mucho más grande que el brujo. Kariona lo sabía y no dijo nada.

- Muchos niños nacieron durante el año del fuego - murmuró

- Sí, pero no muchos hijos de la luna y la hoja. - acotó Cicar

- El problema es que la luna y la hoja representan diferentes cosas, depende de quién interprete la profecía.

- Entonces los está cazando a todos para estar seguro - concluyó Eyden.

- Sí. - en los ojos de la reina se podía ver dolor y angustia - eso es precisamente lo que está haciendo.

Eyden nunca vió ojos tan transparentes como los de la reina Sereia. Pudo ver el asco y la furia que irradiaban sus ojos cristalinos cuando se atrevió a sacar la espada en su presencia, y ahora pudo ver como las aguas limpias de su iris se volvían marea oscura y tormentosa.

No iba a preguntar, porque no se le hacen preguntas a los elfos, tienen una forma muy extraña y confusa de evadir las preguntas que no desean responder. Eyden sabía que la reina ya había leído el cuestionamiento que se cruzaba en sus pensamientos, aún así no respondió. Simplemente miró hacia otro lado, como si tuviese miedo de que Eyden pudiera descubrir la respuesta en sus ojos.

- Tal vez Dylan tenga una posibilidad - murmuró

Cicar tomó la mano de Eyden, haciendo que este volviera sus ojos hacia ella.

- De no ser el niño de la profecía tal vez - dijo la joven - pero no escapará del brujo Eyden. Nadie lo hará.

La reina se levantó estruendosamente de la silla y Cicar soltó la mano de Eyden.

- Claro que lo haremos, sobreviviremos a un brujo de mierda Cicar.

Cicar también se levantó de su silla y golpeó la mesa con ambas manos.

- ¿¡De verdad!? - exclamó - Yo creo que no, la mitad de los niños de los que podría hablar la profecía están muertos a causa de la ley y la otra mitad pereció a manos del brujo. Sin nadie que cumpla la estúpida profecía, tú, yo y todos los demás moriremos también. No quiero faltarle al respeto alteza, pero nadie aquí puede vivir de falsas esperanzas.

Los ojos de la reina llameaban de furia y su expresión se tornó dura.

- No voy a aceptar las palabras de alguien que ya se resignó a morir.

Cicar suspiró.

- Te amo - dijo para sorpresa de Eyden - Te amo Sereia, en serio lo hago pero no puedo ir tras tus sueños de salvación. Cuando llegué a la aldea el niño estaba muerto, su hermana muerta, sus padres, sus vecinos, el pueblo. Todos muertos.

Esta vez los ojos de la reina se llenaron de lágrimas pero no derramó ninguna.

- No - susurró

- Sí - dijo Cicar sin piedad. Rodeó la mesa y tomó las manos de la reina. - Vámonos de aquí. Recorramos el mundo. Las tierras oscuras, las desconocidas, todas ellas. No queda nada para nosotras aquí. No hay motivos para estar esperanzados.

- Aún queda Dylan - Sereia soltó las manos de Cicar y le dió la espalda para encarar a Eyden. - Tu y tus hermanos vendrán conmigo Eyden hijo de Kariona.

- Siento oponerme alteza, pero debo. - Eyden se puso de pie también. Sereia era alta, pero no más que él, tenía una mirada implacable, pero no más que la de él. - No seremos prisioneros, Dylan no será su salvador. No lo voy a permitir.

- Eres demasiado joven para entender el destino, joven asesino. Lo que tu permitas o no le importa muy poco. No pretendo que sean mis prisioneros, quiero salvarlos. Quiero que vivan. Quiero que tu hermano haga lo que está destinado a hacer y quiero que lo haga bajo mi protección. Encontrarás, en tu camino hacia ninguna parte, que el continente se ha convertido en lugar peligroso y tramposo, donde quien no te traiciona, te apuñala.

- El continente siempre fue peligroso y tramposo, no porque bajaras de tu trono para contemplarlo ahora significa que antes era mejor. Los niños seguirán muriendo de hambre, los hombres seguirán golpeando a sus esposas, las putas seguirán ganando dinero y los reyes continuarán fingiendo que les interesa el pueblo. Nada a cambiado en ochocientos siglos, ni cambiará en ochocientos más. Cada profeta que ha existido a profetizado el fin de alguna cosa: la hambruna, la violencia, las tentaciones de la carne. Cada profeta apoyó el reclamo de uno u otro hombre a algún que otro trono, y cada uno de ellos creyó saber como se terminaba este mundo de mierda. Es evidente que todos fallaron, de lo contrario no estaríamos teniendo esta conversación. - Eyden hizo una pausa - Dylan no arriesgará su vida ni la de nadie más por salvar este mundo que hace tiempo se cae a pedazos. No necesito ser profeta para saber que lo que va a destruir este mundo son sus habitantes.

Volvió por el pasillo hasta donde la reina dejó caer su espada. La levantó del suelo y la colocó en su vaina. Se acomodó la capa nuevamente y regresó a la taberna.

- Ha sido un placer, hermosas mujeres. - dijo haciendo una reverencia - Caballeros.

Los soldados no le permitieron pasar. Entonces se volteó hacia la reina nuevamente.

- Ven conmigo. Aunque Dylan no se convierta en el salvador. - Sereia ya no tenía en el rostro ni un atisbo de dureza o superioridad. Lo miraba suplicante. - Debo protegerlos, Eyden. Se lo prometí a tu padre.

Eyden frunció el ceño.

- Es un truco.

- No, Eyden. No es un truco. - la reina se acercó, lo tomó por los hombros y lo miró fijamente a los ojos - No deseaba jugar esta carta, pero no me has dejado opción. Tu padre me pidió que les abriera las puertas de Ivergrëen, que los protegiera. Son tres niños inocentes, me dijo, debes asegurarte de que nada malo les suceda Sereia. Ocultalos de todo el mundo, de su madre, de tu padre, de los enanos y los hombres, nadie puede saber que existen.

El muchacho se encontraba confundido.

- ¿Por qué acudiría a ti?

- Porque soy el único ser vivo en el que confiaba.


Esa noche, Eyden volvió a la cueva que les servía de refugio igual de confundido. ¿A caso la reina le había mentido? Tenía razones para hacerlo. Ella, igual que el resto, deseaba que el mundo como se conoce sobreviviera. Con Dylan en su posesión podría conseguir del resto lo que quisiera, solo si su hermano terminaba siendo el salvador. De lo contrario no ganaría nada.

- ¿Qué sucede? - preguntó Sylas, clavando sus ojos dorados en él - ¿Qué averiguaste? Debe ser malo, porque no has dicho una palabra y tienes el cuenco de estofado lleno y frío.

Miró su comida. Era cierto, ya no despedía el olor sabroso a carne y especias, ya no quemaba ligeramente sus manos mientras lo sostenía.

- Sí - coincidió Dylan. - Nunca fuiste comunicativo, pero si un barril sin fondo. ¿Qué sucedió?

Eyden alzó la vista y la posó en su hermano pequeño. Dylan también lo miraba con ojos dorados y curiosos, el cabello rojizo le caía por encima del hombro, tenía cicatriz en el rostro que le atravesaba el ojo izquierdo, dejándolo sin visibilidad. Se fijó en cómo su hermano ya no encogía los hombros, comenzaba a sacar musculo y la sombra de una barba cobriza le rodeaba la boca.

No era un niño. Dylan se había convertido en un hombre, pero Eyden jamás dejaría de ver al niño asustadizo y sangrante que salió del bosque oscuro de la mano de Kariona el día que Connor, su padre, pereció presa del fuego en su propia casa.

- Iremos a Ivergrëen.

Dylan intercambió miradas con Sylas.

- ¿Ivergëen? - repitió Sylas - ¿Qué puede haber allí para nosotros?

- Protección. Comida. Un techo sobre nuestras cabezas. Tal vez un cambio de ropas. Quizá alguna posibilidad de sobrevivir al monstruo que nos está siguiendo.

Dylan bufó.

- ¿El brujo? - dijo alzando una ceja - ¿Te atemoriza ese viejo al que ya no se le para la verga? Solo tienes que atravesarlo con tu espada Eyden.

- ¿Crees que no lo he intentado, Dylan?

- Creo que no has puesto empeño en ello.

Eyden se puso de pie, desenvainó la espada y la arrojó a los pies de su hermano, que lo miraba con la boca abierta.

- Prueba tu entonces, Dylan...

- Eyden... - intervino Sylas a modo de reproche.

- Tu cállate - espetó - No voy a permitir que un niño me diga que no soy lo suficientemente bueno con la espada. No hay acero que atraviese las barreras mágicas con las que se protege. No le daré caza, ni me expondré a la muerte, solo porque a ti te parece que no hago lo suficiente. Te mantuve vivo para que te creciera esa porquería de barba y te mantendré vivo el tiempo que necesites que te proteja. Si yo digo que hay que ir a Ivergrëen, entonces iremos a Ivergrëen. No pude salvar a papá, pero no dejaré que mis hermanos mueran.

Salió de la cueva y se sentó en una roca a terminarse su comida. La arboleda ante sus ojos estaba demasiado iluminada para su gusto. Aquella noche la luna brillaba con fuerza, le arrancaba sombras extrañas a los árboles.

- ¿Vas a decirme que sucedió?

Sylas estaba de pie junto a él, mirando la luna.

- Vi a Cicar - Eyden pudo notar como Sylas se ponía tenso a su lado - Nuestro brujo no es solo un brujo, Sylas. Al parecer, desde las sombras, está orquestando la caída de la antigua magia. Recluta magos y hechiceros para servir a un poder mayor. Tu escasa magia no va a salvarnos cuando decida matarnos. Tengo el presentimiento de que hemos escapado cada vez solo porque así lo quiso. Los está probando. A ti y a Dylan. Pero los matará, eventualmente.

Ninguno agregó nada por un momento. Eyden se sentía incómodo ante la mención de Cicar frente a Sylas y podía suponer que, a pesar de todo lo que había dicho, su hermano se había quedado vagando en lo que le provocaba la mención de la hechicera.

- Se veía hermosa. - murmuró - Como siempre. Y resignada a el final profético.

- El mundo no puede acabarse, Eyden.

- El mundo no se acabará, Sylas. Ha estado aquí cientos de años, estará aquí cientos de años más. Una estúpida profecía no lo cambiará.

Ambos suspiraron.

- ¿Por qué Ivergrëen?

- Me encontré con la reina Sereia en incómodas circunstancias.

- ¿Tu y...

- No - respondió Eyden antes de que su hermano acabara la pregunta. - En la taberna habían hombres de Ottis, entre ellos el CazaBrujas. Lo maté. Y al resto de sus hombres. Cicar me ayudó, gastó tanto de su poder que se desmayó. Resulta que nuestra amiga mutua está trabajando para ella, busca niños nacidos el año en que nació Dylan, candidatos al puesto de salvador. Sereia quiere protegerlos tanto del brujo que los está cazando como del resto de los seres del continente. Me prometió que no presionará a Dylan.

- ¿Le dijiste que él no lo sabe?

Eyden se volteó hacia la cueva. Dentro Dylan esgrimía su espada de un lado a otro con torpeza.

- No quiero que sufra daño, Sylas. Ya a sufrido suficiente. Sé lo que este mundo va a hacerle. Le pedirán que lo sacrifique todo, que nos deje atrás, que olvide quien es y una vez que ya nada le quede le pegaran una patada en el culo sin agradecerle todo lo que hizo por ellos. Se cantarán canciones y su nombre será famoso, mientras lo que queda de él se caerá a pedazos porque nada de lo que tiene por delante se compara con todo lo que dejó atrás. No quiero que Dylan sufra por salvar a las personas de las consecuencias de sus actos. Ellos han alimentado lo que ahora los está matando, nosotros no nos inmiscuiremos.

- No es algo que tu puedas decidir, Eyden. No te corresponde.

Alzó la cabeza para ver la luna. Llena y brillante le devolvía la mirada.

- Ya lo veremos.


































22 de Janeiro de 2020 às 21:52 0 Denunciar Insira 0
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