Amor Eterno Seguir história

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Yuna y Nasai Nakama son dos hermanastras en las que el destino les depara grandes acontecimientos que, por desgracia, supondrán el principio del fin para todo aquello que consideran normal en sus vidas. Ese camino marcado en sangre y sufrimiento les obsequiará con un presente; más no todo lo que reluce es oro. ¿Serán capaces de afrontar la difícil verdad que les espera o desfallecerán en el intento?


Romance Impróprio para crianças menores de 13 anos.

#romance #sobrenatural #fantasia #sangre #vampiros
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CAPITULO 1 – El comienzo del todo parte 1 de 4

Parte 1 de 4

Era una mañana otoñal como otra cualquiera. Los rayos de sol punteaban cada lámina de madera azulada de una pequeña, pero acogedora, casa estilo cottage. El sonido ininterrumpido de la lavadora junto al traqueteo arrítmico de los utensilios de cocina; encubrían el melancólico canto de los mirlos que revoloteaban alrededor de la parcela medio ajardinada.


En la segunda planta, dentro de una habitación donde predomina el azul, un pequeño e inquieto bulto se revolvía entre las sábanas como si de una lucha titánica se tratase.


— ¡¿Por qué tanto ruido?! —gritó Yuna colérica mientras lanzaba a su diestra el descomunal conjunto de sábanas con adornos florales y frutales. De repente, un delicioso olor a tortitas y cítrica naranja recién exprimida ponían en alerta sus sentidos.


Embriagada por la fragancia y ausente de la autonomía de su cuerpo, Yuna se encontraba cruzando el arco que conducía del comedor a la cocina.


—¿Has vuelto a hacer el desayuno? —le reprochó a su hermana Nasai que colocaba la mesa con sutiles movimientos de muñeca.


Nasai y Yuna no eran las típicas hermanas que podías encontrarte en la casa de cualquier francés promedio. A temprana edad perdieron a sus padres teniendo que superar grandes obstáculos solas. Y aunque no compartían consanguinidad, el amor que profesaban la una por la otra superaba a la de muchos otros hermanos.


Yuna abandonó la universidad para embarcarse en el mundo profesional a beneficio de los estudios de su hermana pequeña; mientras Nasai hacía todo lo posible para facilitarle la vida a Yuna. Y si eso suponía mantener la casa más limpia que la cristalería de una vajilla o servir las cinco comidas diarias que debía consumir una persona; lo haría con una gran sonrisa. Aunque eso le supusiera levantarse a las cinco de la mañana perdiendo, de esa forma, grandes horas de sueño.


Por ello era de esperar que, en contra de las quejas que salían de su estómago hambriento, no le hiciera gracia alguna; ver a su hermana pequeña ocupándose de la casa.


—¿Por qué? —insistió Yuna intentando soterrar los aullidos de su estómago ahora cada vez más perceptible conforme más tiempo pasaba oliendo el magnífico olor de los croissants recién sacados del horno.

—¡Buenos días, Yuna! —le respondió Nasai con una gran y dulce sonrisa de oreja a oreja mientras su hermana le lanzaba una mirada desafiante—. Bueno…Teniendo en cuenta que solo tienes media hora para ducharte, desayunar e ir al trabajo, no creo que te puedas quejar.


¿Media hora? ¿Cómo que media hora? Su cuerpo todavía se sentía cansado y le daba la increíble sensación de no haber dormido lo suficiente. Yuna pensaba que su hermana solo intentaba evitar la gran reprimenda que la esperaba. Hasta que pícaramente, Nasai le señaló con la vista el reloj de cuco que se sostenía en la pared del arco de la cocina.


Casi como si lo hubieran acordado, al compás y sin brevedad, conforme se iba girando para consultar la hora, el pajarito con plumas doradas salió para marcar y media.


¿Por qué su hermana iba a bromear? Ella sabía que Nasai carecía del sentido del humor; por ello, no comprendía el por qué se le había pasado por un segundo esa ridícula idea. Y conforme más consciente era de que solo tenía medía hora para asearse, desayunar y llegar a la estación intermodal, un nudo en su estómago iba creándose, hasta soltar una de esas míticas palabras que todos usamos cuando vemos nuestro futuro oscurecerse: ¡Mierda!


Mientras Yuna intenta hacer lo imposible por arreglarse, os contaré un poco más sobre las hermanas Nakama, tan parecidas, pero a la vez tan diferentes.


Yuna Nakama era una mujer francesa de unos veintiocho años de origines japoneses. Una chica con gran carácter e independiente. Cosa que no se denotaba en su aspecto físico; ya que su altura no pasaba del metro sesentaicinco, sus ojos rasgados y negros parecían el contorno de una avellana y su piel pálida rosada; contrastaba con el negro azabache de su cabello.


No le gustaba portar el pelo largo, como mucho, a veces; solo a veces, y en momentos de gran vaguería las puntas rozaban sus hombros. Siempre anteponía la comodidad a la apariencia.


Mientras que Nasai Nakama tendía a ser una chica más reservada y callada. De aspecto y apariencia delicada. Se creía que tenía rasgos provenientes de África, y se decía “creía”, porque sus marcados ojos color celeste y sus labios casi carmín; introducían a la duda con su tez oscura. Su cabello, marcadamente negro, siempre lo llevaba recogido por una coleta caballo, haciendo que sus longitudinales piernas parecieran todavía más largas.


Nasai y Yuna eran las diferentes caras de una misma moneda. No obstante, los comentarios despectivos y los susurros escondidos de sus vecinos no iban a ocultar su verdad; que sea como fuera que se vieran; para ellas, no solo era como si fueran hermanas de sangre sino también de corazón.


—¡Ya estoy! —gritó Yuna mientras bajaba a trompicones los escalones de madera desgastados por el paso del tiempo.

—¿Vas a ir así al trabajo? —le preguntó Nasai intentando seguir el ritmo a su hermana.

—Tengo el uniforme en la mochila. Me cambiaré al llegar al trabajo. —Respondió interrumpiéndola y correteando de un lado al otro de la casa.

—¿No vas a comer?

—Con esto me basta. —Dijo Yuna mientras cogía comida de la mesa, arrancaba vorazmente un trozo enorme de tortita, y casi sin masticar y poder digerir lo que estaba comiendo, comenzó a beber del vaso de naranja recién exprimida provenientes directamente de los naranjos del jardín de la casa. Como era de esperar, no tardó mucho en toser al sentir que todo se le quedaba enquistado en la garganta. No obstante, eso no la detuvo en sus ansias frenéticas de llegar a tiempo al trabajo —. ¿Dónde narices he dejado mis zapatos? —preguntó entrecortada por el picor en su garganta.

—Los encontré tirados en mitad del pasillo y te los dejé en la entrada.

Yuna se detuvo por unos instantes lanzando una mirada cómplice a su hermana. Y sin casi darse cuenta, su cara comenzaba a expresar una gran sonrisa. Ella sabía que no podía tener una mejor amiga y familiar que Nasai. Por ello decidió detenerse por unos segundos, dejando a un lado el trabajo, y agradecerle todo lo que hacía por ella.


Se acercó a su hermanita poniéndose de puntillas y con la mayor delicadeza que pudo, le beso gentilmente la mejilla.


— Gracias por todo, Nasai.


Fue un momento de gran ternura y sorpresa para Nasai. Tanto, que sus mejillas se pusieron coloradas, mas cuando pretendía responder al cariño de su hermana; una humareda salió de la nada dirigiéndose a la puerta. Yuna había vuelto a su vida acelerada, saliendo por la puerta y dejando a su hermana completamente sola.


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Mientras tanto, en la otra punta del pueblo, a las afueras de Sorine, envuelta por grandes arboles del bosque, en mitad de un paraje natural casi idílico, se encontraba escondida una antigua gran mansión de enormes muros de piedra.


En una de las tantas habitaciones de esa descomunal casa había un chico de aspecto joven y larga melena negra, en compañía de tres preciosas y seductoras mujeres. Era un ambiente fogoso y sensual; los individuos empapados entablaban contacto los unos con los otros. La excitación recorría el cuerpo de las dos mujeres cada vez que Patrick rozaba sus carnosos y rojos labios alrededor de sus cuellos. Como si de veneno se tratase sus torsos se estremecían, pausada pero rítmicamente, y sus cuerpos se unían en un festín de sudor y sangre. Las chicas danzaban alrededor de Patrick y, sin poder coger ni una bocanada de aire, gemían y gritaban de placer disfrutando del licencioso momento que las llevaba al ápice de su apetito sexual.


—¡Patrick! ¡Patrick! —se escuchaban los gritos incesantes de Annie mientras aporreaba la puerta del joven desde el pasillo —. ¡Sé que estás ahí! ¡Abre ahora mismo!


Patrick abrió la puerta con suma parsimonia sin importarle lo más mínimo quién estaba delante, mostrando todo su cuerpo desnudo cubierto en sangre y sudor. Annie no pudo evitar ruborizarse al ver al joven abrir la puerta en ese estado; más era de esperar, ya que Patrick era el típico hombre apuesto y misterioso para muchas mujeres. Superaba el metro noventa, de largos cabellos negros y ojos verdes esmeralda ligeramente rasgados. Piel pálida como la nieve, pero músculos marcados como el acero. De actitud seria, incluso se podría decir que antipática, y mirada fría y penetrante como el hielo.


—Yo…digo… —intentaba Annie emitir palabra. Y sin levantar la mirada podía sentir como los ojos cristalinos de Patrick se clavan en su cabeza —. Vincent te llama. —Pudo finalmente decirle sin que se quedara sin aliento.


La cara avergonzada de Annie se entristeció de golpe, al ver a Patrick coger el batín que colgaba al lado del marco de su puerta y salir sin dirigirle ni un vocablo. En cierta manera, ella sabía que él era así. Dependiendo del día, Patrick era más hablador e incluso más cercano. Pero eso no tranquilizaba a su corazón agitado, anhelante de unos sentimientos que ella sabía que estaban escondidos tras una coraza de miedos e inquietudes; por ello, aunque fuera doloroso, Annie se había propuesto, poco a poco, conquistar el corazón de su salvador.


—¡Fuera! —les gritó Annie a las mujeres que estaban en la habitación de su amado: desnudas y mancillando sus preciosas sábanas de seda con su mugrienta sangre de abrevadero —. ¡Os he dicho que os larguéis!

—Tú no eres nadie par… —intentaba decir una de las chicas hasta ver el rostro de Annie envuelto en furia.


Sus ojos castaños comenzaron a cubrirse por un rojo intenso. Y del párpado inferior, comenzaron a brotar unas venas negras. De repente, una expresión inquietante asomaba en la cara de la joven. Y como si de una película de terror se tratase, la cara de las tres mujeres empalideció conforme el semblante de Annie se posicionaba entre la felicidad y la psicopatía.


—No lo repetiré por segunda vez…

8 de Setembro de 2019 às 20:04 0 Denunciar Insira 0
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