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Zapatillas

Había comprado sus zapatillas de oferta en Carrefour. Estaba contento porque eran livianas. “Es como andar en patas” le dijo en el descanso del gimnasio. La combinación entre azul eléctrico con el naranja chillón y el amarillo flúor explicaba por qué las habían puesto de oferta. Ella por su parte también tenía zapatillas livianas… y también las había comprado en oferta. Eran un buen par de zapatillas, en su mayoría de tela a excepción, por supuesto, de la suela. Y hablaron de las zapatillas, que ni se sentían en los pies, que ni se sentían en la vida, que casi no tenían presencia concreta mientras ella pensaba que se iría del gimnasio diez minutos antes ese día porque ya no aguantaba un segundo más.

La tolerancia se había esfumado de su lista de valores. Las remeras de diseños estrafalarios, las calzas ajustadas… y las zapatillas en oferta. El sudor y el sacrificio. Las mentes concentradas en moldear un cuerpo deseable para el verano que se aproximaba sin tregua. Y las voces hablando del pan con manteca, de la cremona de la panadería de la vuelta, del asado del sábado, de la resaca del domingo. La misma vieja canción. La misma vieja motivación. Y ella ya no aguantaba más. La calza gastada que se bajaba a cada rato, la remera demasiado corta con la estampa que se había desmenuzado en el primer lavado y que dejaba ver su panza voluptuosa de vez en cuando, el espejo que la reflejaba mientras hacia los ejercicios, la mente concentrada en descargar las malas vibras y sentirse mejor con ella misma para el resto del mundo, las zapatillas livianas que ni se sentían y que había conseguido en oferta… y sin embargo, todos se habían percatado de que algo andaba mal. Por eso la excusa de las zapatillas, de hablar de las ofertas: lo único que se puede hablar en el gimnasio con una persona que lleva puestas calzas gastadas y una remera vieja.

Salió del gimnasio luego de despedirse de las caras largas. “Ríe y el mundo reirá contigo, llora y llorarás solo” pensó amargamente mientras caminaba hacia la salida, ya contemplando a través de la trasparencia del vidrio que el cielo reflejaba mejor que el espejo lo que pasaba por su mente.

Había quince cuadras por delante hasta llegar a casa. Comenzó a andar. El calor pegajoso y agobiante que había hecho durante todo el día estaba menguando y una brisa fresca alborotaba la basura de la calle y las hojas. Los pájaros volaban presurosos a sus refugios. Y los autos andaban demasiado rápido en la ciudad. Todo era rápido menos ella. Que caminaba dentro de sus zapatillas livianas muy lentamente, como rendida, como volviendo de una guerra que nadie se figuraba que había batallado. Y ella sabía muy bien que las luchas que ganaba en su mente no tendrían recompensa ni reconocimiento. Entonces la vereda se pintó con algunos puntos oscuros. Comenzaba a llover. Quizás después de todo, el cielo conocía su padecer y estaba intentando contenerla, abrazarla, tocarla con cada gota que estallaba contra su cabello y se partía en miles de partículas hasta desaparecer en una extraña forma, en el piso, con el resto de las gotas, sin distinguirse ahora de las demás.

Caminó sin detenerse hasta empaparse mientras el ritmo de la vida a su alrededor se aceleraba ahora el doble. La campera se pegó al cuerpo dándole frío, las gotas recorrieron el rostro llevando hasta sus labios el sabor de la crema de enjuague y el salitre del sudor, el viento empujaba su piel y ella lo sentía. Sentía al viento golpeando contra mojado. Sentía los escalofríos recorriendo su cuerpo, sentía los charcos jóvenes empapándola hasta la rodilla cuando intentaba cruzar la calle con mucho esfuerzo por la cantidad de autos. Y eso, todo eso que tendría que haber resultado desagradable, fluyó en su conciencia con el mas tibio candor. Se sintió tan dichosa que en cuanto llegó a su casa sonrió mirando el piso. El agua concentrada en el charco justo debajo de ella reflejaba de forma ondulante su semblante taciturno ahora adornado con una mueca aunque ella en el fondo estaba sonriendo. Abrió la puerta de la casa y desapareció en su interior. Las zapatillas mojadas ya no eran tan livianas.

29 de Agosto de 2019 às 23:42 2 Denunciar Insira 2
Fim

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Helena Kamenov Disfruto escribir. Ojalá les guste lo que tengo para contar. ¡Bienvenidos!

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Baltazar Ruiz Baltazar Ruiz
Una narración casi poética, me encanta!
3 de Setembro de 2019 às 13:40

  • Helena Kamenov Helena Kamenov
    Una catarsis jaja muchas gracias!! 3 de Setembro de 2019 às 13:52
~