El trance Seguir história

helenov89 Helena Kamenov

Algunos traumas tienen orígenes mas lejanos de lo que podemos pensar.


Conto Todo o público.

#misterio #premonicion #hipnosis #trance #381
Conto
2
1.9mil VISUALIZAÇÕES
Completa
tempo de leitura
AA Compartilhar

El trance

Llevaba quince años trabajando cuando una mañana displicente de otoño llamó a la puerta de mi consultorio la señora Enriqueta S…, mujer de semblante afilado y gesto adusto.

Elisa S…- una muchachita de ojos pequeños y llorosos, semblante redondeado e infantil, pelo castaño crespo y opaco alzado en un elaborado peinado, cuerpito de curvas insignificantes, que delataban su corta edad, cubierto con un fino vestido importado- entró al despacho inmediatamente detrás de su madre, retorciéndose las manos en un gesto convulso y nervioso. La puerta se cerró tras ellas y la muchacha comenzó a escudriñar cada rincón de la habitación, abstraída en sus ansiedades, haciendo caso omiso a las palabras de la señora S....

Según Enriqueta S… la chiquilla necesitaba terapia porque no toleraba estar en lugares cerrados. De hecho, en cuanto terminó de disparar aquel dato, no dudé en acercarme parsimoniosamente hacia la puerta- como si temiera que la asustadiza niña reaccionara de manera desfavorable en caso de que me apresurara- para abrirla.

Sonreí a Elisa que me devolvió la sonrisa con timidez y pareció que amenguaba el retorcido baile de sus manos.

La insatisfacción de la señora S… era claramente evidente pues su hija ya estaba en edad de contraer nupcias y el asunto acarreado hasta mi despacho parecía haber entorpecido los planes. Señalaba a Elisa con gesto acusador mientras hablaba. Intenté ofrecerles asiento un par de veces, pero Elisa no se atrevía a proceder sin el consentimiento de su madre la cual ni siquiera se había dado por aludida.

En cuanto acabó de hablar suspiró ruidosamente y se marchó para dejarnos a Elisa y a mí a solas y poder comenzar la terapia. Como un último recriminamiento cerró la puerta a sus espaldas con innecesario brío.

Le ofrecí asiento a Elisa que sin dudar se desplomó en el sillón más cercano. Ocupé el lugar frente a ella y le hice varias preguntas de diagnóstico. La información que obtuve fue la siguiente: tenía quince años; los episodios de pánico habían iniciado una tarde en que se dirigía en diligencia hacia la finca de su padre y comenzó a marearse dentro de la caseta por lo que abrió su ventana y la del acompañante pero no pudo contrarrestar la falta de aire y la presión en el pecho que la acuciaban. Se vio obligada a parar a mitad del camino y salir al exterior; no tenía ningún recuerdo de su infancia o del pasado en general que pudieran haber tenido algún punto de conexión con los episodios de pánico, siquiera una sensación similar.

Comenzaríamos una terapia de hipnosis para hallar la causa del trauma. Le expliqué detalladamente el procedimiento al que escuchó con mucho interés y curiosidad y le prometí que cuando despertara del trance sería una nueva persona. Mis palabras parecieron reconfortarla y de hecho se entregó tan rápido al trance que, a pesar de mis años de experiencia en el rubro, logró sorprenderme.

Permaneció con los ojos cerrados y la mandíbula floja, recostada sobre el sillón, hasta que comencé a guiarla.

Tenía entonces cuatro años, estaba jugando con sus hermanas mayores alrededor de una fuente de aguas un tanto profundas y donde nadaban una veintena de pececillos dorados. Los destellos que el sol arrancaba de sus resbaladizos cuerpecitos llamaron la atención de Elisa que se inclinó sobre la fuente y cayó en ella. Inmediatamente Elisa comenzó a retorcerse en el sillón, dando manotazos y patadas hasta que una de sus hermanas tironeó de sus bracitos y logró rescatarla de la fuente.

Con cierta satisfacción ególatra respecto a este hallazgo que consideré el punto clave de su trauma, le dije a Elisa antes de sacarla del trance que todo estaba bien, que ya había pasado el peligro y que no había sido su culpa.

La muchacha despertó confusa y un tanto atolondrada, sorprendida por los fragmentos de recuerdos que habían acudido a su mente y los cuales había creído olvidados para siempre.

Me despedí de Elisa a los pocos minutos en cuanto Enriqueta se acercó nuevamente al consultorio a buscarla.

Sin embargo no pasaría ni una semana cuando volvería a ver a las damas S...

Enriqueta S… estaba más irritada que nunca y Elisa lucía terrible. Sus ojos estaban rodeados de cárdenas ojeras, el cabello descuidado se alzaba desprolijo enroscado en un desarmado tocado y el vestido color borgoña tenía arrugas por doquier. Era como si recién se hubiera levantado y Enriqueta la hubiera arrastrado hasta mi despacho permitiéndole apenas asearse.

La sorpresa de la inesperada visita no fue más grande que el desconcierto. Al parecer, Elisa estaba peor que antes y los episodios de pánico se habían hecho más recurrentes.

Le pedí a la señora S… que me dejara a solas con Elisa a lo que accedió a regañadientes.

Cuando estuvimos solos le hice saber a la chiquilla que repetiríamos el procedimiento de hipnosis a lo que esta vez no se vio muy convencida pero de todas maneras consintió.

Intentó relajarse en el sillón sin mucho éxito pero a pesar de su tensión, logré el trance en pocos minutos. Dejé que esta vez ella me guiara al momento crítico y no al revés.

Entonces le pregunté dónde se encontraba.

― Bajo tierra― respondió sin vacilar. Más que el rápido tiempo de respuesta me sorprendió la respuesta en sí misma. Para esclarecer la situación pregunté qué veía alrededor.

―Paredes, túneles… muchos túneles, cosas secretas…― sus labios temblaron. Continué entonces, confundido, con la siguiente pregunta: “¿qué sucede?”.

―Hay una guerra.

La respuesta me dejó atónito. Elisa tenía solo quince años por lo que no era probable que hubiera vivido durante la guerra y que los túneles bajo tierra fueran trincheras. Una fugaz idea se me cruzó por la mente y a pesar de que la había considerado absurda en cuanto se me ocurrió de todas formas pregunté:

― ¿Qué edad tienes?

― Quince― contestó sin titubear. La hipótesis de que Elisa quizás estuviera reviviendo escenas de una vida pasada entonces no me resultó tan descabellada. Varios colegas habían mencionado haber tenido experiencias como esas con sus propios pacientes pero siempre me había mostrado escéptico al respecto. Sin embargo, Elisa podría ser quien cambiara mi parecer. Musité al continuar pero logré formular la pregunta con claridad:

― ¿Por qué hay guerra?

― Por… agua.

Luego de esta contestación todo tomó un tinte muy extraño que al día de hoy no he sido capaz de descifrar. Continué preguntando entonces en qué lugar se encontraba.

― Una luna. Muy, muy lejos de la tierra.

La confusión no había dejado lugar en mi mente para nada por lo que le pedí que continuara hablando, describiendo lo que veía, le pedí incluso que me contara su secreto ya que me encargaría de protegerlo y todo estaría bien. Ante esto último soltó una sonora carcajada que se apagó poco a poco hasta que su redondeado rostro de niña tomó una expresión impropia en ella, extremadamente seria.

― Nada está a salvo. Oigo las bombas, siento el olor a azufre, puedo sentir el polvo arañando mi garganta, todos corren, las naves se van…

Cuando oí la palabra “naves” imaginé una flota de barcos, pero en cuanto continuó me vi obligado a vaciar la mente de conjeturas.

- Las naves huyen… algunas caen de los cielos, otras explotan en la nada. y nosotros… bajo tierra. Han descubierto nuestra locación y ya vienen.

Se interrumpió escasos segundos en los que comenzó a llorar con funesta desesperación y luego comenzó a vociferar y retorcerse sobre los almohadones.

― ¡No podemos dejar que tengan el secreto, debemos morir aquí! ¡Ya no puedo respirar!

Entonces Elisa comenzó a ahogarse y toser, supe que estaba muriendo atrapada dentro de esos extraños túneles. Intenté hacer mi parte. Le dije que se calmara, que había hecho un gran trabajo y que todo pasaría muy pronto, el secreto permanecería a salvo. Asintió con la cabeza antes de despedirse, frunciendo los labios con mucha fuerza, como si el polvo a su alrededor pudiera colarse por su boca.

Conté hasta tres y le pedí que despertara. El cuerpo de Elisa se relajó de la posición forzada en la que había quedado y obedeció.

En cuanto abrió los ojos le pregunté si recordaba algo a lo cual negó desconcertada. El sonido de los nudillos enérgicos de la señora S… golpeando la puerta nos interrumpió.

Pasaron varias semanas sin que tuviera noticias sobre la muchacha hasta que una noche crucé a las damas S… en el teatro cuando salí al exterior a degustar un puro antes del segundo acto. Elisa lucía radiante y altiva, llevaba a su inconformista madre del brazo. Hablamos durante unos momentos antes de que el espectáculo continuara. La madre de Elisa seguía insatisfecha por la vida amorosa de su hija pero a ella parecía no afectarle y se mostraba muy optimista al respecto cuando dijo: ― Madre, no hay necesidad de apurarse, hay tiempo. Y de hecho esta es una bella noche para pensar en el futuro.

Luego me guiñó un ojo y desapareció dentro de la oscuridad del teatro.

29 de Agosto de 2019 às 23:29 3 Denunciar Insira 1
Fim

Conheça o autor

Helena Kamenov Disfruto escribir. Ojalá les guste lo que tengo para contar. ¡Bienvenidos!

Comentar algo

Publique!
Diego E. Diego E.
Muy bueno! Puedo imaginarlo. Excelente final; invita a suponer sin fin de conclusiones.
1 de Setembro de 2019 às 15:39

  • Helena Kamenov Helena Kamenov
    Gracias, Diego! :) me alegra mucho que te haya gustado. 1 de Setembro de 2019 às 15:59
  • Diego E. Diego E.
    Con gusto. Gracias!. 1 de Setembro de 2019 às 16:31
~