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helenov89 Helena Kamenov

Luego de leer este cuento verás con otros ojos las herencias.


Conto Todo o público.

#macabro #cuento #espiritus #terror
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M-A-G-D-A-L-E-N-A

Había planes aquel viernes por la noche: irían a cenar a la casa de Laura. El plan original incluía a otra amiga más y un marido menos, pero Marina estaba de vacaciones en el Caribe y Guillermo se había mostrado insistente en conocer a Laura.

Una Laura que en aquel momento tomaba la primera copa de vino del día. No solo lo hacía por gusto sino porque había algo de ritual íntimo en ello, en el que lo que más disfrutaba era sentir la presión leve del cristal contra las yemas de sus dedos delatando con precisión el camino del líquido desnivelándose a las órdenes del balanceo de su muñeca. Esa magia era adictiva. Y la copa… la copa era muy antigua, única en su tipo, su favorita, una reliquia familiar heredada de su abuela. El cuerpo no era liso sino que ascendía en una suerte de espiral respetando el borde cóncavo decorado con una fina línea dorada que se repetía en la base. Laura podía pasarse horas observando aquella copa, siempre maravillándose de su perfección e intrigándose sobre su origen como si fuera la primera vez que la veía.

Tomó otro sorbo de vino y se dispuso a conseguir los ingredientes para la cena de aquella noche.

Judith y Guillermo llegaron puntuales, justo cuando Laura terminaba de poner la mesa y darle los últimos toques aromáticos a su pollo relleno.

Recibió a la feliz pareja en la puerta de entrada y los condujo hasta el comedor. Durante el trayecto Laura charlaba animadamente con Judith y Guillermo las seguía pisándoles los talones y observando alrededor con aire despectivo. La casa le resultaba lúgubre y descuidada. Techos altos, muchas puertas chirriantes y de colores descascarados, muebles antiguos, pasillos largos de baldosas gastadas con entramados simétricos, paredes amarillentas por la humedad. En nada se parecía al moderno, luminoso y minimalista departamento que compartía con su Judith. Hasta Laura lucía antigua y descuidada, de mal gusto, como si se hubiera mimetizado con la casa.

A Laura tampoco le agradaba Guillermo por lo que durante la cena lo ignoró cuanto pudo y solo lo escuchaba y respondía cuando era estrictamente necesario, es decir, cuando él interrumpía con innecesarias peroratas o cuando Judith lo incluía en la conversación.

Laura se sentía un tanto incómoda, en cambio Guillermo no dejaba jamás de sonreír y la chispa en sus ojos lo delataba. Se burlaba de Laura con la mirada, de su postura tensa como de institutriz disciplinada, de su ropa aburrida y un poco gastada.

La muñeca de Laura se balanceaba incesantemente sosteniendo la copa de vino, parecía que la extensión de aquel brazo con sus movimientos naturales y expertos pertenecía a otro cuerpo, a uno menos rígido quizás.

Ella sabía que él la observaba detenidamente y lo confirmó cuando escupió la propuesta más estúpida de la noche: jugar al juego de la copa. Pero no con cualquier copa sino con la que la muchacha aferraba con delicadeza y recelo. Su tensión aumento y pensó en rechazar la propuesta de Guillermo, pero Judith se mostró demasiado interesada y entusiasta casi como una niña encaprichada.

Laura vacío la copa de un solo trago y volvió al comedor luego de enjuagarla y secarla con metódico cuidado en la cocina. La colocó boca abajo sobre un papel blanco que Guillermo improvisó en el momento con el abecedario escrito en el centro y las palabras “si” y “no” en los extremos inferiores. Colocaron sus dedos índices sobre la base de la copa y Guillermo efectuó los honores de supuesta invocación. Deslizó la copa en círculos sobre el papel mientras pedía varias veces y entre risas que si había alguna presencia en aquella casa les respondiera.

Judith retiró su mano del juego a los pocos minutos riendo en complicidad con su marido y los demás la imitaron. Se sentían tontos. Pero más tonto era Guillermo sin lugar a dudas, pensó Laura fulminándolo con la mirada.

De repente la copa se movió. Sola. Nadie la sostenía. No había presión sobre su base, era libre y contradiciendo toda lógica no se había quedado quieta.

Un silencio sepulcral se cernió sobre ellos como una cortina de humo. La sangre se congeló en sus venas. Se miraron entre ellos buscando un responsable, una explicación, pero nada. Solo había una sola forma de lidiar con ello.

Guillermo hizo la pregunta. Una pregunta que se desprendió trabajosamente y rasposa de su garganta seca: “¿Quién sos?”

La copa permaneció inmóvil unos segundos sobre la palabra “si” a la que había llegado minutos antes. Laura, Judith y Guillermo contuvieron el aliento y saltaron en sus asientos cuando cobró vida nuevamente y se deslizó con maestría sobre las letras puestas a su servicio. Fue de la “m” a la “a”, de allí hasta la “g” y siguió su trayecto sin vacilación hasta formar el nombre “Magdalena”.

El corazón de Laura latió con violencia. Magdalena había sido el nombre de su abuela, la anterior propietaria de aquella copa y de quien había heredado sus hábitos etílicos.

La copa permaneció aguardando instrucciones sobre la letra “a” irradiando el espectro de su intrincada forma sobre la blancura del papel.

Guillermo tragó con fuerza. Judith tenía la boca abierta y su labio inferior temblaba. Los tres estaban pálidos como la muerte.

Fue Guillermo quien habló nuevamente. Con gran coraje del que más tarde se arrepentiría preguntó: “¿Qué querés?”

La copa tardó un buen tiempo quieta y cuando pensaron que ya no se movería se dirigió precipitadamente hasta la letra “t”, luego la “u”, luego la “a”…

Judith y Guillermo se fueron a los pocos minutos, sus miradas lívidas y aterradas. La amiga de Laura agradeció la cena, su marido se retiró sin decir nada.

Pasaron varias semanas sin que Laura tuviera noticias de su amiga. Ella no atendía las llamadas, leía los mensajes pero no respondía, hasta que las novedades llegaron de la mano de Marina que una tarde tocó frenéticamente a la puerta de entrada de la casa de Laura.

El bronceado caribeño era notable. El cabello rubio un tanto maltratado por la salitre del mar desprendía aroma a vacaciones. Sin embargo, su semblante era una perfecta máscara de consternación. Le preguntó a Laura si sabía algo de Judith mientras avanzaba hacia el living sobre el eco retumbante de sus tacos. Laura dio la negativa a la pregunta y le ofreció un té a Marina quien arrojo un periódico sobre la mesita ratona.

Laura se mostró sorprendida pero tomó el periódico para observarlo en cuanto ella así se lo pidió. Era la página de los obituarios y en la lista de difuntos detectó un rostro familiar. Era sin lugar a dudar el altanero e inconfundible Guillermo.

Marina se sentó en un sillón individual y le dio el primero sorbo al té que Laura le alcanzó. Ella por su parte se sentó enfrentada a Marina sosteniendo el periódico con una mano y la copa de vino con la otra. No dijo una sola palabra. Marina comenzó a hablar. Le contó que Judith no respondía las llamadas ni los mensajes, que varias veces había ido hasta el departamento y no había nadie, que pensó que tal vez se habían ido de vacaciones o segunda luna de miel hasta aquella mañana en la cual se topó con la desagradable noticia en el periódico.

Venía de la casa de Judith donde parecía haber movimiento pero aun así no fue atendida. Marina explicó con detalle cada situación hasta que llegó a la parte en la que comenzó a tocar puerta por puerta a todos los vecinos para averiguar qué había sucedido.

Guardó silencio unos segundos como pidiendo permiso a Laura para continuar.

―¿Y qué pasó?―preguntó Laura con calma empañando levemente el cristal de la copa con su aliento antes de dar un sorbo de vino.

Marina se encogió de hombros y la miró con desdichada insatisfacción hasta que por fin respondió.

―No sé… dicen que falleció después de un brindis.

29 de Agosto de 2019 às 23:12 0 Denunciar Insira 0
Fim

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Helena Kamenov Disfruto escribir. Ojalá les guste lo que tengo para contar. ¡Bienvenidos!

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