Invictus Seguir história

cristinacdiaz Cristina Céspedes

“Él es oscuro como la noche. Ella es el resplandor que toda oscuridad necesita. El Teniente Comandante Alex Davis es un hombre de pocas palabras. Conoce bien la oscuridad. Nadie se atreve a contradecirle, muchos temen despertar su ira. Solo una persona, con el resplandor suficiente le hará entender que, entre tanta oscuridad, siempre queda un rayo de luz. La Doctora Alice Parker es una mujer decida a desatar el caos en la vida del Comandante y lo hará a su manera. La guerra ha comenzado y el final aún se ha escrito ¿Reinará la noche sobre el día… o quizás sea el día quien domine a la noche?


Romance Erótico Para maiores de 18 apenas. © Todos los derechos reservados

#violencia #pasión #258 #intriga #deseo #amor #érotico #guerra #batalla
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El tiempo: la mejor medicina

Capítulo 1

El tiempo: la mejor medicina.

La muerte. Ese trágico momento en la que la vida se detiene y todo se desvanece hasta tornarse en oscuridad. Muchos la desean, otros en cambio, la evitan. Pero la muerte siempre estará ahí, persiguiendo y acechando a su próxima víctima hasta acabar con ella. No todos tiene la suerte de ser víctima de la muerte. El destino puede ser injusto, e impredecible. La vida es así, tan sutil y liviano, como un hilo que, en cualquier momento se puede romper.

Treinta segundos y todo estallaría en mil pedazos. El olor a pólvora y a muerte habitaba por todos lados. Los escombros y cuerpos proyectaban una imagen desoladora. Los estallidos resurgían con más fuerza, uniéndose al sonido intrépido de las ametralladoras. Gritos, sangre y gente corriendo intentando refugiarse en cualquier lugar lo bastante seguro para poder salvaguardarse del peligro. Sin embargo, la muerte acechaba en cada esquina, como una sombra incapaz de despegarse de los talones. Los llantos se confundían con el estruendo de la guerra, los gritos de la gente acompañaban el retumbo de las bombas detonadas. El ambiente ensombrecido por el polvo de los escombros no ayudó demasiado a inspeccionar el entorno en busca de un lugar más seguro. Tendría que escapar de allí lo antes posible, le quedaba poco tiempo. No lo pensó dos veces. Con una agilidad asombrosa tomó a la niña en brazos con la ligereza de una pluma, arrimándosela lo más que pudo a su pecho. A penas tendría el tiempo suficiente para salir de allí ilesos, pero lo intentaría por aquella pequeña víctima más de otra guerra sin sentido.

- Aquí el teniente comandante del Equipo Alfa. Voy a salir. Ahora.

Y sin pensarlo, corrió, con todas sus fuerzas sin mirar atrás. Protegió con sus brazos el cuerpo menudo de la niña aún inconsciente. Pensó que sería su fin, en aquella cueva infernal llena de escombros. No moriría. No era su momento. La muerte aún podía esperar…


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Eran más del mediodía cuando la Doctora Alice salió del quirófano. Había estado en una operación de ocho horas y estaba agotada. Sintió sus músculos entumecidos y los dedos de sus manos engarrotados. Llevada más de tres días haciendo guardias intensivas y aquella operación de urgencias no ayudaba en absoluto a reducir sus profundas y oscuras ojeras. Alice se miró en el espejo del baño y se echó agua en la cara, al menos, el frío conseguiría despertarla por unos segundos. Todo su cuerpo le reclamaba una cama urgentemente. Salió del baño, en dirección a su pequeño despacho. Necesitaba un descanso, aunque solo fuera cinco minutos.

Alice escuchó la puerta del despacho abrirse.

- ¡Enhorabuena Doctora Parker! La operación ha sido todo un éxito. Tienes unas manos prodigiosas- el Doctor Anderson la abrazó enérgicamente.

La joven apenas pudo esbozar una sonrisa. Estaba agotada.

- Es mi trabajo, salvar vidas. Ya sabes…

- No me extraña que te hayas convertido en unas de las mejores cirujanas de pediatría…- el doctor Anderson la miró con inquietud y aquello la incomodó.

- ¿Quieres tomar algo, un café? - sugirió Alice, mientras colocaba una cápsula en la máquina.

- No, no. Tranquila, solo he venido a felicitarte por tu gran trabajo. Y hablarte de un asunto… un tanto peculiar.

Alice suspiró. El Doctor Anderson acababa de arrojar una bomba. Miró unos segundos a aquél hombre de sesenta años vestido de blanco. Sonrió, después de todo, Pierce lo quería como a un padre. Con un gesto, le invitó a sentarse.

- Y bien… ¿De qué se trata? - preguntó mientras daba un sorbo a su café reciente hecho. - Has despertado mi curiosidad. Soy toda oídos.

- Alice, sabes que te quiero como si fueras mi hija. – confesó. - Tú padre fue un gran cirujano, unos de los mejores, claro está, y tú has heredado ese don, de eso no me cabe la menor duda. Lo que te voy a decir, es algo de gran importancia, algo que sin duda cambiará tú vida.

- Me estás preocupando Pierce… Suéltalo de una vez.

- Tenemos un caso de urgencia… Uno que requiere de tu ayuda y conocimientos… Me temo que no podrás negarte. Sé que has trabajado duramente durante los últimos ocho años. No solo como interina, sino como voluntaria en países donde la muerte reside todos los días. Has logrado todos tus objetivos y tu padre estaría muy orgulloso de ti. Yo lo estoy, Alice.

Se hizo un largo silencio. Alice miró a Pierce con preocupación. Frunció el ceño y se mordió los labios con nerviosismo.

- Hemos recibido un comunicado de las Fuerzas de Paz de las Naciones Unidas. Las noticias no son buenas y piden más voluntarios. Una segunda guerra amenaza con estallar en todo el país. Hay demasiado heridos inocentes y nuestro Hospital ha intervenido enviando más voluntarios…

- No entiendo que tiene que ver todo esto conmigo, soy cirujana pediátrica. Mi especialidad son los niños.

- Lo sé, Alice… Y unas de las mejores, y por ello te requieren cuanto antes allí. Han conseguido dar con el paradero de la hija del Primer Ministro de Uruk. Quiero que lo juzgues por ti misma.

Pierce le mostró una foto de una niña entubada.

- Si la niña muere, las Naciones Unidas no podrá detener la guerra en Irak. El objetivo es la niña. Su padre está devastado… Sabemos que tiene un ejército que amenaza con una ofensiva aún mayor. La venganza para un padre que puede perder a su única hija puede ser el detonante de una guerra que todos queremos evitar. Las Naciones Unidas están negociando, pero me temo que lo peor está por venir. No sabemos quiénes los benefician, pero tienen demasiado poder y en cualquier momento, la guerra podría estallar.

- Pero la niña sigue viva… ¿Cuál es su diagnóstico?

- Por lo que sabemos tiene una contusión cerebral debido a un golpe en la cabeza. La encontraron enterrada entre escombros debido a una explosión. Uno de los tenientes consiguió rescatarla. Su condición no es muy favorable… Sé que pido demasiado, pero tu nombre aparece en la lista. Tienes que volar a Uruk, allí está el levantamiento militar. Puedes llevarte todo lo que necesites, lo dispondré de inmediato.

Alice miró a Pierce con preocupación.

- Y si… no consigo que la niña…

- ¡Ni lo menciones! Porque sé qué harás todo lo que esté en tus manos- Pierce se arrodilló ante ella- Tú padre fue unos de los mejores cirujanos militares y murió honorablemente mientras hacía lo que más amaba. Tienes el coraje y la inteligencia suficiente para hacerlo Alice. El mundo depende de ti… Esa niña tiene que sobrevivir, porque si no…

Alice se levantó con brusquedad del sillón. Le temblaban las piernas y sus manos le sudaban demasiado. Se acomodó un mechón de su cabello castaño tras la oreja y miró a Pierce.

- No tengo opción… ¿verdad?

Pierce se negó.

- Las órdenes vienen de arriba y tú nombre está en la lista. Puedes negarte, pero tendrás duras represalias, no podré ayudarte, ni siquiera sé si podrás volver a trabajar aquí… o ejercer tu profesión…

La joven doctora cerró los ojos. Resopló pesadamente, no tenía opción a negarse. Tomó la fotografía de la niña de la mesa y la observó con esmero.

- Haré lo que esté en mis manos, Pierce… - dijo al fin.

- Sé que lo harás lo mejor que puedas. Tengo fe en ti.

- ¿De cuánto tiempo dispongo? - preguntó Alice.

- Vendrán personalmente a escoltarte. Tiene tres horas para disponer de lo necesario.

- ¿Tres horas? ¡Pierce! ¡Tengo que ir a mi casa, hacer la dichosa malera, preparar todo lo necesario, elegir al equipo médico y estudiar con detenimiento el diagnóstico! – los ojos azules de Alice brillaron con demasiada intensidad.

- El equipo médico está formado… Dime lo que necesitas y lo dispondré de inmediato. No hay tiempo que perder, tienes más de ocho horas de vuelo, podrás estudiar en detalle al paciente. Tendrás a tu disposición el Dr. Louis Carter, Dr. James Harris, Dr. Nick Gates y… al Dr. Michael Thomas.

Alice soltó una sonrisa nerviosa.

- ¿Tenía que ser él? ¿Verdad?

- Lo sé, pero él también está en la lista. Supongo ya lo habrás superado.

- Hace más de tres años que lo dejamos, no siento más que lástima por él.

- Eso espero, querida… El Dr. Harris será quien encabece el equipo. Sé bien que lo estimas mucho.

Alice asintió. La idea de trabajar con su ex no le resultí de su agrado. Hacía más de tres años que no veía a Mike… Bueno, más bien lo intentaba evitar. Mike había sido el hombre que más había querido en su vida después de su padre, claro. Habían sido novios desde la facultad, compañeros de largas urgencias y operatorios… Alice siempre tuvo la esperanza de casarse con Michael. ¡Que imbécil había sido al albergar en su cabeza el sueño de toda formar una familia, tener una pequeña casa con jardín y unos cuantos niños correteando de un lado a otro! Michael era el hombre de su vida, o eso pensaba cuando todos sus sueños se esfumaron de un plumazo al descubrir su gran debilidad: las mujeres. Sí, la Dr. Alice, adicta al trabajo, la que anteponía su profesión por encima de todo, había sido engañada… La infidelidad era algo imperdonable… y más para una joven romántica empedernida. Fue un golpe duro, pero no le dolió. Los últimos meses con Michael habían sido…distantes y fríos. Tanto que logró darse cuenta del mayor chasco de su vida. Pero logró superarlo, era una mujer fuerte, la vida le había ensañado a serlo y no tenía nada que perder, había ganado evitar estar con un hombre que no la amaba. Por lo menos ya no tenía que preocuparse del vestido de novia y la gran hipoteca de la casa de sus sueños.

Sin perder más tiempo. Se despidió de Pierce, cogió su bolso y las llaves de su Cooper negro. Necesitaba tiempo y precisamente tiempo era lo que menos tenía. Puso manos libres y marcó rápidamente a Vicky, su mejor amiga.

- ¡Por fin das señales de vida! - la voz de Vicky resonó con tanta fuerza que tuvo que disminuir el volumen. - Espero poder verte antes del día del parto… Porque a este paso, mi hijo nacerá antes de que su tía lo vea.

- Pero si aún falta tres meses…

- ¿Y si se adelanta?

- No se adelantará, estás en buenas condiciones, comes bien…demasiado bien… Tienes el azúcar bien, la tensión normal, el peso algo por encima, pero dentro de los valores medios.

- Que ataque más gratuito… ¿Me estás llamando gorda? - la voz de Vicky sonó ofendida.

- Las hormonas te están afectando, Anna ya me lo advirtió.

- Vaya, ahora mi mujer y mi mejor amiga, hablando de mi a mis espaldas. Si vienes a verme pásate por el mercado y cómprame par de cajas de Donuts y… ¡Helado de Vainilla! De esos que llevan pepitas de chocolate negro… De solo pensarlo, el niño da volteretas de alegría... Puedo sentirlo.

Alice soltó una carcajada.

- Eres increíble. ¡No pienso comprarte nada de eso! Las volteretas son provocadas por la sobredosis de azúcar que tomas al día… Tu hijo a este paso saldrá acróbata. En la próxima revisión le diré al ginecólogo que te haga otra analítica para ver tú azúcar.

- Más agujas no… Anna me amenaza con lo mismo. Bueno, ¿vas a venir a verme?

- Me temo que no… Tengo que ir a casa a hacer las maletas. - la voz de Alice sonó preocupada.

- ¿Te vas? Es tú madre, ¿verdad? ¿Ha vuelto a dejar a Peter? ¿O era Thomas? ¿O Jackson?

- Se llama Frank y es profesor de tenis. Y no, no es mi madre… Es algo peor que eso, ven a mi casa, necesito que me ayudes con par de cosas.

- En quince minutos estoy allí, ahora me cuentas…- Y colgó.


Una hora más tarde, Vicky yacía desolada y con lágrimas deslizándose por sus mejillas. Alice la abrazó en silencio mientras se despedía por enésima vez de su amiga. Le tocó con cariño, la abultada barriguita y sintió una pequeña patadita. Sonrió, su querido sobrinito también le echaría de menos. Revisó sus cosas nuevamente, asegurándose de que todo estaba en orden.

- Doctora Parker, debemos de irnos enseguida. - anunció un oficial que la escoltaría hacia el avión que partiría en apenas una hora de allí.

- Rezaré por ti todos los días… -dijo Vicky mientras la abrazaba con demasiada fuerza.

- Cuida de mi sobrinito y despídete de mí parte de Anna. Os echaré mucho de menos…

- ¡Escríbeme todos los días! O cuando puedas… - dijo absorbiéndose los mocos, mientras hipaba debido al llanto. - Y si ese hijo de puta de Michael se mete contigo, cogeré el primer avión a Iruk….

- Uruk… Está a 50 millas al sur de Bagdad- dijo Alice sonriendo ante la equivocación de su amiga.

- Pues eso, da igual donde se esconda esa rata. Porque yo misma lo encontraré y le daré su merecido si se atreve a poner una mano encima.

Alice la tomó de la mano y la besó. Miró por última vez a su amiga e intentó sonreír. La verdad era que estaba asustada y no quería admitirlo. No era la primera vez que viaja a países desolados por la guerra con situaciones que más de uno hubieran salido corriendo nada más poner un pie en la tierra. Pero la situación en la que viajaba era distinta. De sus manos pendía la vida de una niña, una inocente criatura cuya muerte podría originar el mayor de las catástrofes para muchos países. Pero era su deber como Doctora, acceder a salvar una vida. Lo había jurado, tras graduarse con las mejores notas en la Facultad de Medicina. La Doctora Alice Parker tenía principios y su honor no quedaría manchado. Por lo menos lo haría por su difunto padre. Meditó unos segundos si llamar para despedirse de su madre… Hacía semanas que no hablaba con ella. De hecho, no recordaba la última vez que habló con ella. Sus padres se divorciaron cuando apenas tenía seis años de edad. Desde entonces la vida de la pequeña Alice deambulaba de un lado a otro. Cuando su padre estaba fuera de servicio, Alice disfrutaba de los pequeños momentos junto a él. Su padre fue, tal vez, su mayor debilidad y no era porque no amaba a su madre. En realidad, su madre era un tanto peculiar. Una mujer obsesionada con su profesión de actriz sin éxito alguno. Idea que había trascendido hasta el punto de creerse una actriz de fama por haber hecho papeles secundarios en películas que casi nadie conocía. Su madre era mujer de espíritu libre. Deambulaba por todos lados sin rumbo fijo, por lo que parte de su infancia las pasó en casa de sus abuelos paternos. Su padre siempre le colmaba de cariño, cariño que su madre Emily en muy pocas ocasiones le había demostrado. A sus casi cincuenta y ocho años, Emily aún creía ser una adolescente. En realidad, siempre pensaba que vivía en el mismo año y ese era el mayor error de su madre. La muerte de su padre fue el mayor golpe de su vida. Recordaba a la perfección aquél día…

Apenas había conseguido un puesto de trabajo como ayudante de cirugía en un Hospital Privado de Los Ángeles, cuando recibió la peor de las noticias: el renombrado cirujano Militar Mathew Parker había muerto en una explosión intentando salvar la vida un herido en Irak. Mismo lugar donde Alice regresaría para llevar a cabo su misión. Aunque el funeral fue breve, todo el mundo pareció sentir lástima por el renombrado militar. Su cuerpo nunca apareció, pues según los testigos quedó reducido a meras cenizas. Alice tuvo que enterrar a su padre en un ataúd vacío, con sus medallas de honores y su uniforme militar cómo único recuerdo de él.

Se le hizo un nudo en la garganta al recordar aquel día. Miró su móvil y se mordió el labio. Finalmente decidió a escribirle un mensaje a su madre, explicándole en detalle lo sucedido y excusándose que no la había llamado porque estaba en el avión y debía de estudiar en detalle la operación que se llevaría a cabo. A penas había terminado de escribir cuando el coche se adentró en el aeropuerto militar. Alice consiguió vislumbrar el avión donde la conducirían a su nuevo destino. Se bajó del coche y saludó a los nuevos integrantes de su nuevo equipo médico hasta llegar el turno de Michael. Éste la observó con asombro…

- Me alegro de verte Ali…

- Doctora Parker, por favor – le corrigió bruscamente- Yo no podría decir lo mismo.

Ante la tensión de sus palabras, Michael agachó la cabeza. Alice lo miró y sonrió por dentro, no había cambiado en absoluto, bueno…Sí, puesto que ahora llevaba un anillo de oro en su dedo anular que no le pasó inadvertido. Antes de subir el último peldaño se volvió hacia Michael.

- Por cierto… Enhorabuena por tu matrimonio. Espero que seáis felices.

Michael no respondió, agachó la cabeza avergonzada. Alice se dio media vuelta y se entró al avión sin decir nada más. “El tiempo pone a cada uno en su lugar”, susurró Alice. Las heridas que una vez surgió en su corazón habían dejado de dolerle, el tiempo lo había curado todo y una vez más, se hizo más fuerte.

2 de Setembro de 2019 às 16:33 0 Denunciar Insira 0
Leia o próximo capítulo Uruk. 6:30 a.m.

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