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La luz que alumbra por mi ventana.


¿Y si eso realmente esta ahí?

...

El día se me ha hecho más pesado de lo habitual. Los clientes en la librería llegan y se van con la misma prisa con que encuentran lo que buscan, y como siempre, mis tareas se concentran en los libros nuevos, la limpieza y acomodar todo.


El cansancio de la última semana realmente debe estar pasándome factura, pues ya para este momento todo me resulta complicado, es el sueño acumulado, el cansancio, seguro.


Pero aun así intento llevar a sus anaqueles los últimos libros abandonados en la sección de ofertas, esos que casi nadie se lleva o que muy rara vez son elegidos por un lector. Tomo unos cuantos y camino hacia cada una de las secciones a donde pertenecen cada uno.


Mientras lo hago, me doy cuenta que las luces están parpadeando, intermitentes, llaman mi atención y aunque esto me genera un sentimiento de desconcierto finalmente vuelvo a concentrarme en mi tarea.


La librería, que no es un lugar demasiado grande, desde luego se pone completamente a oscuras mientras la luz va jugando. Jorge, que es mi compañero de turno, me dice que no le preste atención y que seguramente se debe a que la plaza está cerrando. Lo escucho y entonces decido apresurarme para llegar temprano a casa, lo hago porque estoy verdaderamente agotado, pero también para acompañarme en el camino a mi auto con las ultimas personas que salen del lugar.


Termino mi trabajo y todo estaba ordenado, entonces me detengo un instante y contemplo el resultado de la pulcritud de mi hazaña, me lleno los pulmones del olor de los libros y la madera de los anaqueles hasta el día siguiente.


De camino al estacionamiento, tengo que recorrer un largo pasillo que me lleva a las escaleras de servicio por las que todos los que trabajamos en la plaza debemos salir. Jorge que ha tenido que salir corriendo por tener una cita con su novia y se ha despedido al pasar de lado, yo camino hacia mi auto.


Nuevamente las luces han comenzado a parpadear, pero esta vez es un poco me resulta un poco más raro. Llego al estacionamiento y encuentro todo parcialmente a oscuras, algunas lámparas han dejado de funcionar o quizá se han fundido seguramente a causa del juego que han estado haciendo las luces durante un buen rato.


Por los pocos segundos en que me encuentro a oscuras hay un silencio profundo que sube la tensión del ambiente y que empieza a retumbar en mis oídos. Siento que los latidos de mi corazón se aceleran y quiero encontrar mi auto tan rápido como me sea posible.


Súbitamente un escalofrió recorre mi espalda mientras busco mis llaves y volteo instintivamente, la sensación es como si alguien me mirara o al menos es la impresión que me dan mis sentidos. Una sensación que me pone más alerta sobre todo cuando veo la sombra que se posa en la salida de las escaleras por las que he bajado. Parpadeo y las luces vuelven a jugar, es un truco de mi mente cansada, pienso, y entonces la sombra ya no esta más.


Finalmente me subo a mi coche y manejo hasta a casa, cuando llego abro la puerta, dejo las llaves en su lugar y me dispongo a llegar a mi cama. Estoy tan cansado que ni siquiera me importa comer o quitarme la ropa y mucho menos ducharme. Ya lo hare en cuanto me entren las ganas.

Un ruido suave me ha despertado. Estoy intentando mirar la hora en el reloj de la mesita de noche, pero está muerto, no hay luz. Todo en la casa esta apagado.

Conforme voy recobrando mis sentidos y adaptándome a la oscuridad pienso en lo que me ha despertado e instintivamente alcanzo mi celular que está cerca de la almohada, veo el reloj y son las dos de la mañana, apenas una hora desde que llegue a casa.


Y entonces otra vez me invade la misma sensación de alerta y estupor que me hayo en el estacionamiento, pero esta vez más fuerte, más fría y más pesada.


Y al voltear hacia la puerta lo veo.


Me mira, y no ha dejado de hacerlo fijamente quizá desde que me quede dormido, como si estuviera esperando. La luz de luna, blanca y suave que se va colando por la ventana, como si fuera el destello de una estrella, por momentos le alumbra al lugar en donde deberían estar sus ojos, pero ahí no hay nada, no tiene más que negrura, tan profundo y espesa que forma dos cuencas semejantes a los hoyos negros que hay en el espacio.


Y no se mueve, permanece casi inmóvil detrás del mueble de madera que yace cerca de la puerta. Ese mueble que a la tenue luz me parece pálido, frágil y hasta podría decir que asustado.


No sé qué quiere ni que espera, pero ahora que lo he visto, ha intentado algo y eso se ha dado cuenta de que lo he visto porque estoy seguro que me ve con más atención.


Analizo su aspecto y veo que no lleva nada puesto, con la luz que alumbra por mi ventana es solo una bruma gris que levita sobre el suelo, en la oscuridad es una masa negra que parece irse apoderando de mi habitación y que permanece suspendida por gracia del aire.


Y no lo había notado, pero tiene garras, largas y afiladas. De hecho, ahora que lo veo bien es seguro que va avanzando centímetro a centímetro, dejando marcas en el suelo, robándose el aire y mi oportunidad de salir con bien de ahí.


Avanza, y se mueve con más seguridad porque quizá ya sabe, que la batería de mi celular, con la que me estoy alumbrando, se está acabando.

14 de Agosto de 2019 às 22:47 0 Denunciar Insira Seguir história
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Conheça o autor

Eduardo Lini Amante del chocolate amargo, las novelas de terror y las pelis de miedo. Escribo por afición pero también por pasión.

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