Elmentoru Seguir história

pablo-posadas1563860095 Pablo Posadas

A los 16 años de edad Alexander descubre que tiene la habilidad de controlar el fuego. Es por esto que decide asistir a una institución en la que aprenderá a controlar sus poderes: la escuela Elmentoru. En esta escuela Alexander aprenderá todo lo relacionado con su poder y conocerá gente que puede controlar los 4 elementos (agua, aire, fuego, tierra). Pero la tranquilidad de los alumnos se verá alterada cuando algunos de ellos empiecen a perder sus poderes sin explicación alguna


Fantasia Épico Impróprio para crianças menores de 13 anos.

#misterio #fantasía #poderes #dolor #tragedia #elementos #fuego
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Pesadillas de fuego

Ese día de invierno, el frío era tan intenso que helaba hasta los huesos. Alexander caminaba muy abrigado por el parque cubierto de una espesa capa de nieve. Pero a pesar de su abrigo, aún sentía un poco de frío. Caminaba mientras admiraba el paisaje congelado, algo inusual en esta región del país, y pensaba en cumplir su sueño de subir al cerro 21 de marzo.

Su caminar finalizó cuando llegó a la confitería Sueños azules, donde su amiga de la infancia, Amanda, trabajaba como mesera. Alexander se acomodó en una mesa cercana a la televisión para poder oír el pronóstico del clima. Según el periodista, la temperatura iba a continuar bajo cero al menos dos días más. Esta noticia le gustó a Alexander, pues el planeaba subir al cerro en un día de frío.

Amanda se acercó a su amigo y tras saludarlo preguntó con un sonrisa:

-¿Qué vas a tomar?

-Dame un café con facturas- respondió él de la misma manera.

Minutos después ella se acercó a su amigo llevando en una bandeja de plata su pedido. Vestida con un delantal del mismo color de su cabello, azul, se sentó frente a su amigo luego de apoyar la bandeja de plata en la mesa.

-¿Lo vas a hacer hoy?- preguntó ella, haciendo a un lado el equipaje de Alexander para sentarse mas cómoda.

-Si, he esperado tanto para hacerlo y hoy es el día ideal.

-A mi padre le había gustado acompañarte -dijo.

-A mí me habría gustado que lo hiciera. Quizá podríamos haber ido los 3-bromeó.

-No, yo no. A mí no me gustan esas cosas, es muy peligroso. Pero a él le gusta eso. Lástima que ya está viejo...-Una mujer llamó a la camarera-. Perdón, me tengo que ir. Nos vemos después. Contame qué onda. Suerte

-Obvio, sí. Gracias.

Amanda se dirigió a la mesa donde fue llamada, mientras que Alexander terminaba su taza de café. Cuando terminó revisó su mochila, y, al comprobar que se encontraba todo en orden partió no sin antes pagar en la caja por su pedido.

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Alexander estaba parado en la base del cerro. El corazón le palpitaba rápidamente. Tomó un camino directo a la base del cerro 21 de Marzo, el más popular de la provincia. El aire frío ingresaba en sus pulmones y salía en forma de humo de cigarrillo. Con las manos en los bolsillos, esperaba dispuesto a cumplir su sueño de la infancia. Revisó la hora: eran las 18:15. Era hora de dar el primer paso.

Cuando llegó a mitad del camino ya había anochecido completamente, por lo que decidió parar para acampar. Luego de armar la carpa y encender una pequeña fogata intentó hacer una llamada a sus padres para avisar que estaba bien y que pasaría la noche allí, pero la carencia de señal se lo impidió. Dejó la fogata encendida y se metió en la carpa. Se durmió escuchando los sonidos de la naturaleza: grillos, una que otra ave, y una ligera brisa que movía las hojas de los árboles.

Al abrir los ojos estaba recostado en una hamaca paraguaya atada a dos palmeras en una pequeña isla rodeada por aguas cristalinas. Se puso de pie, sorprendido, y trató de buscar indicios que le ayudaran a deducir dónde se encontraba. Pero no pudo reconocer el lugar. La temperatura iba aumentando poco a poco con cada segundo que pasaba. Él empezaba a sudar producto del calor, pero no le dio importancia. Hasta que empezó a sentir que su piel se calcinaba. De pronto las palmeras empezaron a arder en llamas , al igual que Alexander. Ante tal situación el joven corrió directo a al mar con la intención de refrescarse al sumergirse en las aguas cristalinas, pero al colocar un pie en el mar comprobó que el agua estaba hirviendo. Mientras su piel se consumía en llamas, Alexander no podía hacer nada mas que gritar...

Gritando se despertó a la mañana siguiente. Para su suerte, todo había sido una pesadilla, aunque parecía muy real. Tocó su cuerpo para asegurarse de que estaba bien, y suspiró aliviado al comprobar que así era.

Sacó su cabeza de la carpa para saber cómo estaba el clima: Hacía menos frío que la tarde anterior. Luego de desayunar quiso guardar todas sus cosas y seguir subiendo.

Los minutos pasaban y seguía subiendo. Por un momento se detuvo a pensar en la pesadilla que había tenido. No era la primera vez que tenía una así. En otras ocasiones el escenario era diferente. Pero el final era común a todas: él quemándose. No sabía sabía si significaba algo, o si era una coincidencia que siempre tuviera estas clases de sueños en esta época del año. Sacudió su cabeza, como expulsando de su mente esos malos recuerdos, para concentrarse en su meta: llegar a la cima.

La felicidad se adueñó de su cuerpo cuando concretó el sueño que tenia desde que tenía memoria. Extendió sus puños con fuerza hacia arriba, celebrando este suceso. Pero el cerro mas reconocido de su ciudad no era suficiente; quería llegar a la cima de todos los cerros, montes y montañas que pudiese, e incluso no le parecería suficiente. Un frío viento le heló la piel. Pero no le importaba; había cumplido su sueño.

Cuando bajó sus brazos, descendió la mirada y pudo ver, casi totalmente cubierto por la nieve, un objeto extraño, de colores cálidos, que llamó su atención. Se agachó y esparció la nieve para sacar a ese objeto de su prisión helada. Encontró una esfera perfecta de unos 20 cm de diámetro, que parecía de roca, repleta de ranuras con formas de pequeñas flamas y con un hueco circular en el centro. Guardó el objeto en su mochila, haciendo espacio como pudo, y se preparó para su descenso.

Caminaba con el mayor cuidado posible, tomando atajos y deteniéndose para descansar, sin notar que la nieve detrás de él se derretía. Empezaba a preocuparse por la hora. No quería llegar demasiado tarde a su hogar.

Llegar a la base le tomó mucho menos tiempo que llegar a la cima, y empezó a sentir el calor del mediodía. Miró al cielo y vio cómo las nubes empezaban a dispersarse lentamente. Todo indicaba que el clima volvería a la normalidad. “El periodista se equivocó”, pensó. Caminó hasta la calle mas cercana y decidió ir a su casa en taxi, aunque le costara una fortuna.

Alexander vivía a 45 minutos del centro de la ciudad, junto con su padre Miguel y su madre Felisa. Su casa, que había sido construida por Miguel antes de que Alexander naciera, tenía dos pisos y un pequeño jardín delantero. En sí misma era su gran orgullo. En el jardín delantero había un sendero que comunicaba la casa con la calle de tierra por donde pasaba un colectivo cada hora aproximadamente.

En la zona había apenas una casa por hectárea.

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Antes de bajar del taxi, Alexander pagó con dolor, pero sin quejarse ya que quería estar en su casa lo antes posible.

El viaje había durado cerca de media hora. En el camino, había revisado su celular: 21 llamadas perdidas de su madre. Le mandó un mensaje diciéndole que se tranquilice, que estaba bien; y también le mandó un mensaje a Amanda, contándole que había encontrado un objeto raro y que luego se lo mostraría.

Apenas sintió el motor del auto, Felisa abrió la puerta para recibir a su hijo. Cuando lo vio y comprobó que se encontraba bien, su mirada cambió de preocupación a alivio.

-¡Ay, Alexander! Gracias a Dios estás bien- exclamó Felisa aliviada.- Apurate, que con tu papá estamos apunto de almorzar.

El joven se acercó a ella y la saludó con un beso en la mejilla.

Felisa era pelirroja al igual que él, aunque el rojo de su cabello era un poco mas oscuro. Estaba vestida con un suéter naranja y unos jeans azules, y calzaba unas zapatillas cómodas, que sólo usaba en su casa. Tenía un brazalete en cada mano, y también aritos en sus orejas y un anillo de oro en su dedo anular izquierdo.

Ambos entraron en la casa. Una vez dentro, Felisa habló:

-¿Porqué no llamaste?

-Sí llamé. Pero ahí no tenía señal.

-¿En serio? Qué mal. Estuve muy preocupada. Pero ahora sé que estás bien. Contame. ¿Cómo te fue?

-Estuvo genial, increíble. Lástima que nadie me acompaño, pero igual. Lo disfruté muchísimo. Gracias por darme permiso por eso.

-De nada. Pero que no vuelva a pasar esto de no llamar, ¿no?

Alexander agachó la cabeza.

-Andá a lavarte las manos y vení a comer.

Luego de dejar sus cosas en su habitación, que se encontraba en el primer piso, y de lavarse las manos, Alexander se dirigió al comedor, que estaba en la planta baja. Allí estaba Miguel, esperando para comer.

-¡Hijo!- exclamó Miguel.- ¡Al fin llegaste! Estábamos preocupados. Tu madre, incluso, hizo una denuncia en la policía.

-¿En serio?- Alexander no podía creer hasta dónde había llegado la preocupación de Felisa.-¿Y qué le dijeron?

-Y nada. Le dijeron que no podían hacer nada, que debía esperar 24 horas para hacer una denuncia por desaparición.

Alexander miró con culpa a Felisa mientras llevaba el almuerzo a la mesa. Ella no dijo nada.

Una vez que todos se sentaron, Felisa y Miguel oraron con los ojos cerrados, cosa que a Alexander no le gustaba: No entendía por qué debían agradecer por todo a un ser supremo ya que todo lo que tenían era producto de su propio esfuerzo.

Luego del almuerzo, la tarde transcurrió de manera normal. Miguel leyó el diario del día, Felisa vio todas sus novelas y Alexander disfrutaba de las vacaciones de invierno, escuchando música y jugando juegos Online en su habitación.

Sin embargo, a diferencia de la tarde, la noche fue bastante inusual. La nieve ya estaba casi totalmente derretida cuando Alexander se dispuso a sacar todas sus cosas que tenía en su mochila. Lo primero que sacó fue el objeto que había encontrado. Lo colocó en su escritorio y se dedicó a examinarlo con detenimiento.

Era una esfera de color naranja con un toque amarillento. Tenía ranuras de color rojo oscuro; en el centro un punto y, alrededor de este, había ranuras con forma de pequeñas flamas. Miró las ranuras que tenía y por ello bautizó al objeto como “Esfera de Fuego”.

Deslizó su dedo índice al rededor de toda la superficie. Todo parecía perfectamente tallado. Las llamas dibujadas no eran muy profundas, a diferencia del hoyo en el centro. La curiosidad invadió a Alexander y no pudo evitar querer tocar el centro de la Esfera de Fuego. Con cuidado introdujo su dedo índice en esa ranura; cabía perfectamente allí.

Al introducir su dedo, los colores de la Esfera de Fuego empezaron a intensificarse, a volver a sus tonos anteriores y a volver a intensificarse en un ciclo que parecía no tener fin, mientras que la temperatura de la misma incrementaba. Las ranuras con forma de flamas se habían convertido en llamas reales. Una ráfaga de viento caliente sacudió toda la habitación con tanta fuerza que impulsó a Alexander hacia atrás, provocando que cayera justo sobre su cama, inconsciente.

Cuando abrió los ojos Alexander pudo ver el techo de una casa que le resultaba familiar, pero a la vez desconocida. Se paró y se sacudió el polvo. Le pareció raro despertar en el living y no en su habitación. A su izquierda pudo ver una chimenea y se acercó a ella pues empezaba a sentir algo de frío. Enseguida escuchó una voz que lo llamaba por su nombre. Al voltearse vio a un hombre pelirrojo que lo miraba sonriente, con los brazos extendidos, como esperando que Alexander corriera hacia él y lo abrazara. También escuchó el agradable sonido de un niño riendo. Una mujer con un bebé en brazos atravesó a Alexander como si este fuera un fantasma intangible . La mujer le entregó el bebé al hombre y ambos se unieron en un cálido abrazo.

Entonces la imagen de la familia feliz se desvaneció.

De pronto todo estaba cubierto por llamas. El hombre subió las escaleras para buscar algo dejando al bebé con la mujer, pero Alexander no podía saber de qué se trataba. La mujer corrió hacia la puerta de la entrada con el niño en brazos, sin embargo el techo cedió delante de ellos. Alexander quiso ayudar, pero atravesaba todo lo que tocaba. La madre lloraba, resignada a morir, mientras que el niño gritaba asustado. El fuego cubrió sus cuerpos mientras todo a su alrededor se volvió cenizas.

Alexander observó todo con gran dolor e impotencia. Cuando todo fue consumido por las llamas, se quedó solo confundido, desesperado, flotando inmerso en la nada inmensa y oscura hasta que él también fue consumido por el fuego.

23 de Julho de 2019 às 05:42 0 Denunciar Insira 0
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