El juego de Jack Seguir história

khbaker K.H Baker

Estás viviendo tu vida y de repente el caos asola tu ciudad pero... ¿y si todo fuese creado por alguien superior? ¿Y si lo que creías que era real, de pronto ya no lo fuera?


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Las fases

1

El barullo de las calles resonaba con fuerza aún entre el cobijo de las paredes de su apartamento. Anne agradecía que todavía no hubieran intentado saquearlo, debía aprovechar aquello, pues todavía quedaban muchos días por delante y nunca sabía cuál sería la última noche tranquila.

Habían pasado casi noventa días desde que el caos se desató en la ciudad y todavía no se había acostumbrado a ello.

Caminó hacia la ventana y miró a través del cristal empañado por el frío del exterior y la calidez del vaho de su aliento en la parte interior. A lo lejos podía apreciarse el tenue brillo de un incendio. La humareda se alzaba oscura y espesa. Anne tuvo que pasar la mano por el frío cristal para limpiarlo y, de esta manera, poder ver claramente como el humo se unía con las nubes negras que indicaban una inminente tormenta.

Escuchó de fondo, sin prestarle casi atención, las sirenas de los coches al colisionar unos con otros. Torció una triste sonrisa. Desde allí arriba, tan solo parecían muñecos partícipes de un juego de guerra.

Un susurro a sus espaldas le puso la piel de gallina y le heló la sangre, alguien había pronunciado su nombre de la forma más clara y tétrica que pudiera imaginarse. Se giró poco a poco, intentando frenar el temblor de su cuerpo, sin éxito alguno. La habitación estaba parcialmente a oscuras, tan solo estaba iluminada por las luces del exterior, las cuales Anne no sabía cuando brillarían por última vez, llevándose consigo la última brizna de esperanza de la humanidad. Allí no había nadie, sin embargo, ella sentía todo lo contrario.

La mente comenzaba a jugarle malas pasadas de nuevo.

Llevó su mirada al reloj de la pared. Eran las nueve. Había llegado a un punto en el que incluso temía que la aguja se posara sobre aquel número. Era el número que precedía a sus dolorosas alucinaciones.

Los párpados comenzaron a pesarle, el cansancio la sobrevino de golpe y tuvo que apoyarse en la pared para no desplomarse. Dejó escapar el aire de sus pulmones, pero no se sorprendió cuando su aliento se transformó en vaho. Era otra de las cosas que precedían a sus alucinaciones.

—¿Qué viene ahora? —se cuestionó en un susurro. Casi lo había olvidado, y era exactamente eso lo que se avecinaba. La amnesia transitoria.

Caminó con torpeza hacia la cama y se desplomó sobre ella. Intentó moverse con cuidado para poder meter la mano bajo la almohada, pero alguien sujetó su brazo antes de que llegara a alcanzar lo que tenía guardado.

—¿Pensabas atacarme con eso? —Era la misma voz que había susurrado su nombre, aunque no era totalmente consciente de ello, sabía que la conocía. Todos los días, a la misma hora, hacía su presencia—. ¿De dónde lo has sacado?

Su mente comenzó a despejarse poco a poco, la niebla que la había dejado fuera de juego durante un par de minutos –suficientes como para que aquella voz le susurrase algo al oído de lo que ahora no podía acordarse ni aunque quisiera–, se disipaba como si hubiese soplado el viento fresco a su favor.

Anne se giró poco a poco hasta quedar boca arriba. En ese momento, vio claramente el rostro de su marido. Contuvo la respiración y su piel volvió a erizarse. Aquella fase era totalmente nueva.

—No estás aquí —sentenció ella con el labio trémulo. Intentar controlar las emociones no era tarea fácil.

No pudo hacer otra cosa que apretar la mandíbula y cerrar los ojos. Estaba convencida de que aquello no era real, que era otra de sus muchas alucinaciones, pero le había sentido, había sentido su aliento en la oreja. Su mente no era tan poderosa como para imaginar todo aquello.

El peso de aquel hombre sobre la cama le incitó a abrir los ojos. Su rostro había cambiado, tenía un hacha clavada en la cabeza y la sangre manaba sin control, deslizándose por toda su cabeza y tiñendo de rojo todo a su paso. Anne contuvo un grito agónico, quería llevarse la mano a la boca, pero estaba totalmente paralizada. Aquello también era nuevo.

Cuando las alucinaciones la asaltaban, abría la ventana después de que la amnesia transitoria se disipase, y entonces todo desaparecía. Después solo tenía que relajarse y dormir en paz. Sin embargo, por alguna razón, algo había cambiado.

—Estoy aquí —dijo el hombre en un susurro. Acto seguido esbozó una amplia sonrisa, la sangre resbaló por sus labios y tiñó sus dientes de rojo intenso—. He venido por ti, siempre es por ti.

El hombre posó la mano sobre el cuello de Anne, pero lejos de querer hacerle daño, se lo acarició, dejando una huella carmesí en el mismo. Los músculos del cuerpo de Anne se tensaron y sus ojos volvieron a cerrarse cuando el hedor metálico de la sangre inundó sus fosas nasales.

No quería desfallecer, pero no pudo hacer nada por evitarlo.


2

Como si le faltase el aire, Anne se incorporó de golpe, emitiendo un sonido gutural al intentar tomar aire. La atmósfera se sentía pesada, como si un gas de mayor densidad que el oxígeno se extendiese por todos los rincones de la habitación.

Intentó levantarse, pero lo único que consiguió fue que las piernas le fallaran y acabara cayendo a consecuencia. Las manos le temblaban, la rigidez de sus extremidades cada vez era mayor, y el oxigeno que entraba en sus pulmones era menor con cada segundo que pasaba. A penas podía levantar la cabeza del suelo. Una baba pastosa y burbujeante resbalaba de sus labios, y los sonidos guturales que emitía al intentar respirar indicaban que pronto comenzaría a convulsionar. Su cerebro se estaba quedando sin oxígeno.

La puerta chirrió al abrirse. Unos pasos pesados avanzaron con lentitud y, con cada paso que daba, el corazón de Anne se aceleraba todavía más. Los temblores de sus rígidas manos se extendieron por todo su cuerpo. Una mano pesada, al igual que los pasos que habían reverberado en el suelo unos segundos antes, agarró el brazo de Anne con firmeza y, sin ningún cuidado, la giró hasta que quedó boca arriba. Anne tenía la mirada perdida, ya no podía apreciarse el blanco de su esclerótica, en su lugar, el rojo predominaba, síntoma de que los vasos sanguíneos oculares habían reventado. La baba burbujeante ahora resbalaba por su barbilla, llegando a pringar el cuello de su jersey.

—Interrumpan la fase —dijo el hombre. Después, sacó una jeringuilla de su bolsillo y atravesó el cuello de Anne con la aguja.

El líquido escocía, Anne no se inmutó pero no porque no quisiera, sino porque su cuerpo todavía estaba rígido. Poco a poco, sus músculos comenzaron a relajarse a causa de la inyección, pero su mirada continuaba perdida.

El hombre cogió la mano de Anne y le tomó el pulso. Era débil pero estable.

El oxígeno comenzaba a restablecerse en el organismo de Anne y, cuando tuvo la suficiente fuerza y autosuficiencia en su propio cuerpo, aferró la mano del hombre antes de que él se la soltara. Le miró a los ojos, los de ella todavía estaban enrojecidos y los de él resplandecían con el brillo de la sorpresa por su acto. Aquel hombre llevaba una mascarilla de doctor que le cubría la parte inferior del rostro, y un gorro de cirujano que le cubría la parte superior. Tan solo los ojos quedaban al aire y estos eran de un intenso color verde.

A medida que su consciencia iba volviendo, Anne apretaba más la mano de aquel hombre que parecía un doctor pero, por mucha fuerza que hiciera, él tenía más y logró deshacerse del agarre.

Por un instante, aquel hombre se quedó mirando como Anne luchaba por ponerse en pie pero, en vista de que no parecía que fuera a conseguirlo, se marchó retumbando el suelo con sus pasos pesados, hasta que desapareció tras la puerta.

Tardó más de lo que esperaba en volver a sentarse en la cama, su apartamento se veía diferente. Por un momento creyó ver un espejo donde antes había un cuadro del día de su boda, pero aquella alucinación desapareció tras pasarse la mano por el rostro.

Miró la hora como tenía por costumbre después de un ataque de tal calibre. Eran las nueve en punto. Había dormido un día completo.

Solo había algo en todo aquel asunto que le escamaba. Entendía las alucinaciones, las sufría desde que tuvo aquel accidente en el que su marido murió. El mismo día en el que la ciudad se sumió en el caos absoluto pero, ¿por qué habían cambiado? ¿Por qué las alucinaciones de pronto ya no eran las mismas? ¿Por qué ahora su marido se le presentaba como si fuera un alma en pena? Y sobre todo, aquel hombre que vestía como un doctor, ¿era real o también formaba parte de sus alucinaciones?


3

No pudo volver a dormir. Tenía la extraña sensación de que la observaban, de que si cerraba los ojos, su marido volvería a atormentarla con su presencia o que aquel extraño doctor volvería a drogarla.

Alrededor de las tres de la madrugada, las manecillas del reloj parecían ir más lentas, o tal vez Anne tenía una percepción distinta a causa del cansancio. A pesar de haber dormido un día completo, seguía estando cansada, tal vez por culpa de los ataques que había sufrido.

Un susurro traspasó sus oídos, primero el derecho y después el izquierdo. Anne miró en esas direcciones pero no vio a nadie con ella. Encogió las piernas y se abrazó a ellas. Otro susurro la llamó de nuevo. Esta vez procedía de la pared de enfrente. Anne llevó la mirada hacia el cuadro y esbozó una amarga sonrisa. Después, llevó la mirada a la ventana, la humareda podía verse desde allí.

—Ahora sonarán las alarmas de los coches —susurró para sí misma. En efecto, ocurrió aquello que había dicho.

No estaba loca, al fin y al cabo, o al menos no del todo. Las situaciones se repetían día tras día y, ahora que no podía dormir, se daba cuenta de que por la noche también se repetían.

Comenzó a pensar en lo que hacía cada vez que se levantaba. Iba al baño, se lavaba la cara, desayunaba, se vestía y salía del apartamento para buscar provisiones. Anne frunció el ceño y se miró la ropa. Llevaba puesto el mismo jersey de rayas de siempre y los mismos pantalones de deporte. Entonces, cayó en la cuenta de que hacía tiempo que no recordaba haberse cambiado de ropa, no sabía exactamente cuánto tiempo, pero el suficiente como para que la ropa oliese mal. Sin embargo, estaba impoluta.

No podía explicárselo, como no podía explicarse el hecho de que tampoco tenía el recuerdo sólido de haber salido de su apartamento desde hacía mucho. Aún así, todos los días a las nueve, cuando se suponía que llegaba del exterior, miraba por la ventana. Era entonces cuando le sobrevenían sus ataques.

El dolor de cabeza se instaló en sus sienes, no tenía ni idea de lo que estaba pasando y aquello le estaba haciendo rozar el delirio. No podía soportar más el hecho de sentir que no tenía ni un recuerdo sólido que pudiera considerar completamente suyo. Necesitaba sentir la brisa fresca del exterior y asegurarse de que no era una alucinación, pero tenía la sensación de que hacía mucho que su vida había dejado de ser real.

Se levantó de la cama cuando se aseguró de que no iba a caer al suelo. Aferró la sábana con fuerza y tiró de ella hasta que salió de debajo del colchón. Alzó la mirada hacia el techo, su apartamento tenía unas escaleras que conducían a la terraza superior, pero hacía tiempo que no subía. Tampoco pensaba hacerlo en ese momento, pero la escalera de caracol le serviría para su propósito.

Subió la mitad de los escalones, allí se sentó y enrolló la sábana hasta que pudo hacer un pequeño lazo en uno de los extremos. Después, ató el otro extremo al escalón, le hizo un par de nudos y dejó caer el lazo por el otro lado. Aquello no era fácil, no sabía si tendría el valor para hacerlo, pero no le quedaba otra opción, y si le quedaba alguna, ella no era capaz de verlo.

Bajó de nuevo los escalones, puso una silla bajo el lazo y, tras subirse, se colocó el lazo alrededor del cuello. Respiró profundamente y, antes de poder meditarlo y echarse atrás, empujó la silla con su pie.

Los segundos se hicieron eternos, la sábana se cerró firme entorno a su garganta y Anne sintió como el oxígeno cada vez era más escaso. Sus ojos, que casi habían vuelto a la normalidad, volvieron a teñirse de rojo. Fue entonces cuando, a pesar de que ya no veía nada, escuchó el chirrido de la puerta al abrirse.

Una alarma incesante retumbaba en sus oídos y unas luces estroboscópicas rojas se apreciaban por debajo de la puerta cerrada. La visión de Anne era borrosa, sin embargo, era capaz de percibir con ligera nitidez lo que estaba cerca de ella. Ahora yacía tendida en el suelo, y el mismo hombre vestido de doctor que le había administrado la dosis que desentumeció su cuerpo, ahora le tomaba el pulso una vez más.

La adrenalina recorrió su cuerpo como un espasmo, pero fue suficiente para que hiciera acopio del poco valor que tenía. Introdujo los dedos en los ojos del doctor y apretó con todas sus fuerzas. La sangre comenzó a manar por sus dedos y sus manos, apenas podía escuchar los gritos agónicos del doctor, que había llevado las manos al rostro de Anne en un intento de estrangularla.

Los gritos aparecieron de golpe, como si hubiese pulsado el botón que activaba el sonido, y estos se unieron a la alarma que parecía haberse vuelto más aguda.

Anne empujó a un lado al doctor y corrió hacia la puerta. No estaba en su apartamento, sino que a ambos lados de la puerta había un largo pasillo blanco sin puertas ni ventanas. No sabía qué era aquel lugar, pero no era bueno. Eligió un camino y comenzó a correr.

En el interior de la habitación, el doctor todavía se retorcía con los ojos sangrantes. De su bolsillo sacó un intercomunicador y pulsó el botón que tenía en el lateral.

—¡Cierren todas las puertas! ¡El sujeto se ha escapado!

30 de Maio de 2019 às 06:04 3 Denunciar Insira 14
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Conheça o autor

K.H Baker Escritora, melómana, amante del terror y de los retos en general. Hago lo que esté en mi mano para cumplir mis objetivos y si es con una buena historia y un buen café, mucho mejor ^^ Instagram: @khbaker_writer

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Norma Vega Norma Vega
Está increíble, la forma en la que escribe logra engancharte muy rápido espero con ansias las próximas actualizaciones :3
1 de Junho de 2019 às 04:25
Walas Mu Walas Mu
Me gustó. Esperaré el próximo capítulo. Un fuerte abrazo!
30 de Maio de 2019 às 21:07
Baltazar Ruiz Baltazar Ruiz
Muy intenso! Espero que sigas escribiendo esta historia, me quedé con ganas de más!
30 de Maio de 2019 às 01:16
~