Un viaje a la aventura Seguir história

u15519752281551975228 Ibán José García Castillo

Esta es una historia verídica de un viaje inesperado que empezó en un verano cualquiera de hace veinte años. Nuestro narrador nos lleva a través de su memoria por todos los acontecimientos que le llevaron a una aventura inesperada. Aquí viviremos las desventuras que sufrirá nuestro protagonista al embarcarse en un inesperado viaje.


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Un viaje a la aventura

Hace veinte años, a finales de Septiembre no podía imaginar que iba a depararme el futuro próximo.

Era un viernes cargado de nubes, el frío de la mañana no pudo pararme. En aquellos años me consideraba invencible.

Llevaba todo un mes trabajando en la cooperativa de vino de mi pueblo. Cada año lo hacía para ganarme un dinero con el que poder estudiar en la Universidad. Quería ser independiente, estudiar aquello que me hiciera sentir libre, y por supuesto que lo hice. No fui el típico empollón sabelotodo y prepotente que se sacó la carrera en los cinco años de rigor o menos, pero no iba a amargarme. Tampoco quería ser una persona mantenida por sus padres, mientras estudiara al menos, no más de lo indispensable.

Todos los años lograba sacarme, en un solo mes, cerca de trescientas mil pesetas de aquella época, un verdadero “dineral”, la verdad. La mitad estaba destinada a pagar la matrícula de mi universidad, la otra mitad me permitiría sobrevivir hasta Enero, aproximadamente, sin necesidad de tener que trabajar. Así podía dedicarme los primeros meses de cada curso, a un estudio más intenso. Pero para que todo esto se pudiese hacer realidad, trabajaba no solo mis horas, sino todas las extras que me dejasen.

Ese año fue especial, el químico, una persona contratada desde hacía más de veinte años, era el encargado de gestionar el personal, elegirlo y por supuesto, de realizar su trabajo más especializado en la cooperativa. Al menos, ese había sido su puesto el año anterior, pero estaba cargado, en exceso, de trabajo y sus procedimientos y limpieza se habían ido degradando con los años, hasta, que una situación límite llevó a la directiva a hacer que cesara en su puesto.

Un mes antes me propuso a mí para el puesto de encargado de personal. Me sentí honrado, hasta que pensé que sus motivos eran menos altruistas de lo que realmente él sugería. Yo era un chico joven y trabajador que me llevaba bien con él. Había aprendido a realizar casi todas las tareas que debían llevarse a cabo en la cooperativa, y lo más importante, él creía que podría manejarme. Pero no acepté. Mis metas estaban más allá. Yo quería convertirme en el próximo Einstein.

El verdadero encargado, empezó ese año. Un hombre joven y enérgico que acababa de venir del servicio militar. Creía que todo se arreglaría siendo mucho más estricto y demostrando su mando.

Conmigo no le sirvió mucho.

Yo sabía todo lo que había que hacer en cada momento. Terminaba una tarea y ya me había puesto a hacer la siguiente. Terminaba mi turno y encontraba una ocupación necesaria para poder hacer todas las horas extras que pudiese durante ese exclusivo mes.

El “químico” fue cesado y otro chico llamado Carlos, ocupó su lugar. El tiempo que estaba con nosotros, se llevaba bastante bien conmigo. En algunos casos hasta me dejaba ayudarlo en sus comprobaciones.

La tensión vino cuando, por alguna causa del destino, mi antiguo jefe puso la condición para irse sin dar problemas de que a mí, al que me habían ofrecido el puesto antes que al actual jefe, me tenían que dejar hacer ese año, todas las horas extras que me apeteciesen hacer.

Imaginaos por un lado a Antonio, nuevo en el cargo, joven y lleno de energía, deseando reforzar su puesto y necesitando demostrar que era indispensable y que él era la solución a todos los problemas de aquella cooperativa, y por otro lado a mí, el chico al que habían propuesto para su cargo, al que él no podía imponerse, ni mandarle, ni gritarle, por qué simplemente iba por libre, haciendo todo lo que hacía falta hacer antes de que su sabiduría “divina” viniera a decirme que tarea urgente debía, sin duda realizar. Por otra parte, debía dejar que yo me ocupara del turno de noche.

Yo nunca he sido una persona que haga las cosas a medias, si me pongo, las hago al completo. Tenía vía libre para hacer todas las horas que quisiese durante ese mes de Septiembre, así que, ¿cuántas horas necesitaba para dormir?, no muchas. Con cuatro o cinco horas sería suficiente.

Así que mis turnos empezaban a las seis de la tarde, estaba hasta las once de la noche, cuando todo el mundo me dejaba solo al cargo de la cooperativa, y a las siete u ocho de la mañana, volvían y me daban la opción de irme a casa. ¿Me iba yo?, ¡no!, me quedaba hasta las doce, una o dos de la tarde, que era cuando me iba a comer rápido y echarme en la cama hasta las seis, que volvía de nuevo al trabajo. Por supuesto, me traía cena y merienda, sino habría sido imposible aguantar así un mes. Además no tenía ni siquiera fines de semana.

El cabreo de Antonio conmigo era monumental. Yo no era perfecto la verdad, en algunos momentos dormía durante la noche dos o tres horas a escondidas, cuando suponía que nadie podía venir a ver que hacía ya, y cuando tenía gran parte de mi tarea hecha, por supuesto.

Una noche, Antonio me pilló medio adormilado en una baldosa cerca de la entrada a los depósitos, eso teóricamente, era algo sumamente peligroso, por el dióxido de carbono que se desprende de ellos, aunque realmente estaba al aire libre. No me dijo mucho y no volvió a pillarme, pero le sirvió de excusa para, al año siguiente, decir que era muy alarmante que se quedase una persona sola por la noche. Debían quedarse dos al menos, aunque el turno nocturno no volvió a ser igual que aquel año y tampoco me dejaron nunca más hacer esas horas.

Algunas noches, cuando había limpiado los depósitos, me metía por el laberinto de casi túneles y grandes grutas de cemento y hierro que poblaban aquellas dos inmensas naves consecutivas, y utilizaba el teléfono rojo que allí había.

Nora, la chica que compartió mis primeras experiencias en el amor, estaba en Alemania, una beca de estudios creo, y yo allí trabajando duro. Ahora que lo pienso, menos mal que no estaba más cerca, sino me habría sido imposible realizar hazaña tal como la de aguantar un mes completo aquel horario.

Me tiraba horas incluso hablando con ella. Tenía toda la noche. La verdad es que nunca llegué a ver un problema en ello. Ni siquiera años después, cuando me comentaron que no dejaban que hiciese las noches debido a la factura del teléfono, que imagino sería inusualmente desproporcionada. Pero, nunca me dijeron nada sobre el asunto, así que no fui consciente en absoluto de que estaba haciendo algo un poquito salido de tono en un trabajo. Estaba bien considerado, era un chico trabajador, puede que fuese eso lo que me salvase.

La verdad es que no me aburrí en absoluto en aquel insólito mes.

Recuerdo a Maripaz, la chica del piercing en la nariz que un año antes, justo cuando fueron las bodas de plata de mis padres me invitó al cementerio. Ese año habían venido todos mis primos y junto a mi hermano mediano estaban correteando por toda la casa. Yo me escaquee y la encontré apoyada en una pared, aburrida y me dijo que si la acompañaba. Terminé en la puerta del cementerio, besándola mientras ella lo que realmente quería era hacerse un canuto conmigo. La metí en mi casa a escondidas en una habitación del segundo piso, en la que casi nunca nadie entraba, la de los fantasmas, la llamábamos. Trajo consigo un perro grande que tenía, que estuvo quieto todo el rato mientras desnudé su cuerpo, lo besé y la penetré sin mucha gloria. Al poco, oí a mi familia por la casa. No se como conseguí salir de allí, sin que se notara mucho mi ausencia en un día tan especial para mis padres.

Con esa misma chica quedé horas más tarde, por la noche. Me estaba esperando en su balcón y como un príncipe poseído por un apetito más banal escalé hasta su lado, para evitar que su familia supiese de mi existencia allí arriba. Fue algo más pausado lo que pasó, realmente disfruté del cuerpo de aquella chica.

Cada vez que venía al pueblo intentaba pasar cerca de su casa para ver si la encontraba, aunque coincidí pocas veces más con ella. Una de esas veces fue unos días antes de aquella mañana, a las ocho, cuando acaban de venir todos mis compañeros y yo estaba en lo alto de un depósito. Me habían dado la opción de irme a casa pero con tal de hacer horas extras, continué allí. Desde lo alto, veía el balcón de Maripaz y también la vi a ella asomada, sonriéndome y diciéndome con gestos que quería que recordáramos viejos tiempos.

La cosa es que en las películas estas situaciones se saben aprovechar mejor. Cuándo quise irme, no sabía como decirlo mientras Antonio, desde abajo, me iba mandando más y más tareas. Así que por inercia continué trabajando y no me fui. Maripaz esperó allí, en su habitación, hasta que el sueño la hizo olvidarse de mí y yo pasé el resto de aquel día maldiciendo el no haber sabido aprovechar aquella ocasión.

Cabe mencionar que no recordé a Nora en ningún momento de aquella mañana.

Aunque, los humanos somos seres extraños. A la noche siguiente seguí hablando con ella como si nunca hubiera existido tentación alguna.

Mi tío había acabado separado de su mujer, posiblemente por mi culpa. Aunque creo que después de saber todas las aventuras que de seguro había tenido, mientras duró su buena fortuna, me hizo sentir menos culpable. Aurelio era el tipo de hombre que se creía muy “macho” y que era muy generoso y culto por haber estudiado magisterio, aunque en realidad, en los tiempos que mis padres necesitaron mucha ayuda no se si realmente estuvo alguna vez ahí para ayudar. Era de los que se hacía con la barra de un bar, decía que él se ocupaba de todo, gritaba a todo el mundo lo que tenían que hacer, sin moverse él mucho del sitio mientras bebía cerveza tras cerveza. Solía gritarme al oído, en esas ocasiones, lo borracho que supuestamente era mi padre y se hacía con el control de la tele.

Desde que su mujer lo echó, estaba viviendo con nosotros.

Mis padres tenían un bar en la plaza del pueblo, la verdad es que al principio fue muy bien, pero los inviernos, con las pandillas de chicos que entraban a consumir cinco una sola coca cola para pasar la tarde, no andaba mucho la cosa. Cuando yo terminaba de la cooperativa a la una, iba corriendo al bar a prepararme algo de comer y devorarlo todo para dormir unas horas.

Ese día mi tío estaba en la barra, nada más entrar se vanaglorió de lo bien que sabía hacerlo todo y volvió a recordar aspectos turbios de mi padre. Luego con un grito me dijo: “Tranquilo, vete a casa, yo me encargo de todo, te llevo ahora la comida”.

Me fui a casa, confiando que las palabras esta vez no se las llevase el viento, estaba demasiado cansado para discutir.

Sin embargo la comida no vino. Eran las tres de la tarde, me tenía que levantar a las cinco o seis para ir de nuevo a trabajar y la comida no estaba.

La rabia de días se acumuló en mi cabeza, no sabía como razonar con ella o tratarla. Mi mente parecía querer explotar, sin embargo, me calmé. Al menos lo suficiente para que ideas funestas se hicieran con el control de mis manos.

Diez minutos antes de que mi tío apareciera por la casa, sin la comida prometida, yo había deshinchado todas y cada una de las ruedas de su coche.

¡Sí, lo sé, me pasé!

Fui bueno y no las pinché al menos. Pero no pude aguantar.

Mi tío vino y no se como lo recibí en la puerta. Sin palabras, simplemente nos miramos y vino hacia mí. Aún no se como supo que había sido yo. Tal vez fuera mi mirada lo que me delatara. Sólo se que tiró los brazos hacia mí y yo se los sujeté, empujándolo hacia atrás.

Sin saber que hacer y lleno de rabia y de ira se fue.

Al rato mi padre vino y me obligó a, sin dormir, que fuera a hincharle las ruedas, cosa que hice encantado, a pesar de que no dormí apenas aquel día.

Al día siguiente mi tío Aurelio le dijo a mi madre: “O tú hijo o yo, elije”

Mi madre eligió. Mi tío se fue del pueblo.

Pasaron dos días más después de aquello antes de llegar a la mañana en la que terminé de trabajar. Por fin el último día había llegado.

La noche anterior estuve hablando con Nora. Estaba muy feliz en el extranjero. Era su sueño, conocer muchos lugares y personas diferentes.

Yo estaba exhausto, sin saber que hacer ese verano. Ella me dijo en que ciudad alemana estaba, y más o menos por donde vivía. Estaba cerca de la universidad, en un piso compartido con dos españolas más, según recuerdo.

La cosa es que días antes había recibido una carta de ella. Era un sobre rosado, con un pequeño lazo de papel en un lateral. Dentro, una hoja del mismo color, doblada con cuidado, escondía unas palabras bonitas, las que todo enamorado espera escuchar.

Puede que tuviéramos nuestros más y nuestros menos después, pero no estábamos en una mala época de nuestra relación, al menos no en la peor. Miré el papel mientras leía. La carta no se donde se quedó, pero el sobre lo guardé en los pantalones de mi trabajo.

Ya no iba a verle más la cara a Antonio. Aunque el “químico”, Carlos, fue bueno conmigo, tenía ganas de perderlos de vista. Adelgacé cinco kilos ese mes. Tenía una barba desaliñada y unos pelos parecidos. Mis manos presentaban callos nada envidiables y mi semblante parecía el de un pordiosero, más que el de un futuro profesor de física.

Estaba subido en uno de los últimos tractores de la fila, cuando me di cuenta de que ya era la hora. Mis pies estaban enterrados en la vid, mientras sujetaba el “pincho” con una de mis manos, este era un gran armatoste que tenía que clavar en la uva para recoger una muestra variada. Y no hacerlo una vez, si no varias, a lo largo de varios puntos de cada remolque. Esa era mi tarea a esas horas de la mañana, la una.

No tardé en dejar los guantes, despedirme de la simpática esposa de Antonio, que había puesto a mi lado de jefa, en lo que llamábamos la báscula, imagino que para recordarme que siempre iba a haber alguien por encima de mi. Pobre diablo. Yo iba a ser algo más de lo que él jamás aspiraría pensé, por lo que realmente no me afectaban sus cavilaciones o planes conmigo. Yo había conseguido ganar un dinero suficiente para estudiar mi carrera y vivir sin necesidad de estar apurado hasta Enero. Con eso ya estaba feliz.

Llegué a casa y lo primero que hice fue darme una gran ducha, quitarme las botas que llevaba y mirarme atentamente al espejo. Estaba destrozado.

Incluso me tambaleaba un poco. Pensé en afeitarme. Pasé.

Pensé en ir a cortarme el pelo, pero no me apetecía.

No sabía que hacer conmigo mismo aquel día, mi cuerpo me pedía dormir, pero mi mente hervía pensando en todas las posibilidades que me ofrecía esta nueva libertad. En una semana tendría que ir a la Universidad, pero tenía aún una semana.

Mi yo del espejo me miraba intensamente.

Pensé: “¡Qué narices!, me merezco un premio!”, abofeteé mi cara y me palpé el pantalón. Llevaba en la ropa del trabajo el sobre que me había enviado Nora. El lazo rosa que lo adornaba estaba manchado de grasa y el papel estaba doblado dos veces sobre si mismo, pero se leía en el anverso perfectamente, la dirección desde donde lo había mandado.

La ciudad se llamaba Mainz y el resto no supe muy bien como pronunciarlo. “¿Sabrían hablar bien allí inglés?”, esperaba que sí.

Mi madre vino a casa y me trajo un bocadillo de tortilla de patatas y una coca-cola, que devoré y bebí con ansia, mientras seguía dándole vueltas a la idea.

Iba a irme ese mismo día a Alemania, a hacerle una visita sorpresa a Nora. ¡Estaba decidido!

Tan pronto como la idea vino se asentó con tanta fuerza que no hubo nada que pudiera pararme. Llené una vieja maleta que encontré en el desván de mi casa. Mis padres tenían de todo allí arriba. Cinco pares de calcetines, seis calzoncillos, dos vaqueros, siete camisetas, dos chandals y algo de presión fueron suficientes.

Lo metí todo como pude. Después no dude en buscar el libro que me estaba leyendo: “El resurgir de los titanes”, una obra de un autor nuevo que me había cautivado. Llevaba ya más de la mitad del libro, que formaba parte de una trilogía llamada trilogía de los dotados. Sin duda los leería todos. La trama enganchaba de tal manera que no podías dejar de leerlo hasta que se te cerraban los párpados.

El libro iría en mi equipaje de mano, al igual que algunos apuntes sobre electrodinámica y mecánica cuántica. Disfrutaba aprendiendo cosas nuevas, eso creo que ha sido algo que nunca ha cambiado en mi vida hasta el momento.

Lo peor fue llamar a las estaciones de tren, autobús y avión a ver que medio de transporte me acoplaba mejor. Mi presupuesto era limitado, no podía gastar demasiado, así que con mis barbas y pelos desaliñados pasé por el bar, le di un beso a mis padres y les dije: “ Papás, me voy a Alemania”

Mi padre me contestó que estaba como un cencerro.

Me fui rápido, antes de que mi madre reaccionara. En diez minutos llegaba un autobús de línea que llevaba a Valencia.

Corrí, apenas llegué a cogerlo, ufff.

¡Al fin estaba en marcha!

Había terminado de trabajar y ahora me estaba embarcando en una gran aventura.

Estuve leyendo El resurgir de los titanes durante todo el camino. Una hora más tarde, cuando el joven “Jack”, protagonista del libro se enfrentaba cara a cara con la muerte, llegué a mi destino. Apenado bajé del autobús y cogí mi maleta. Me tomé un café esperando al autobús que debía tomar. Había decidido que la opción más barata era la que más me convenía, así que iba a hacer un gran viaje hacia Alemania en un autobús que tardaba cerca de veinticuatro horas en llegar a nuestro destino.

El café lo tomaba siempre con leche, nunca he sido muy amigo del café solo. Justo cuando apareció mi autobús estaba terminándome el café. Menos mal que el bar estaba ahí abajo, donde llegaban los autobuses, siempre he sido un poco despistado con los horarios.

Dos horas más tarde roncaba en el asiento trasero de un incómodo autobús que iba a ser mi compañero de viaje durante muchas horas más. Pensé que iba a ser un viaje pesado, pero parábamos cada pocas horas y la lectura de mi libro hicieron que fuera más amable el trayecto.

Allí conocí a Miguel, un hombre de treinta y dos años que iba a comprar un todoterreno a Alemania. Me contó que allí eran mucho más baratos los vehículos caros ya que el gobierno daba ayudas para cambiar de coche cada cuatro o cinco años, de manera que era fácil encontrar coches a un precio muy asequible, que poder traer y vender por más dinero luego en España.

Me pareció interesante encontrar sujetos como este. Nunca había pensado en estos temas, aunque me pareció un viaje un poco largo para hacerlo a menudo.

Al día siguiente llegué allí, a Alemania, nunca supe como me aclaré para coger el transbordo hacía el tren que me condujo directamente a Mainz una hora más tarde.

Llegué a la estación de tren sobre las cuatro y media de la tarde y ya era allí tarde entrada. Me sorprendió mucho la rapidez con la que el día moría en ese país. Nada más llegar chapurreé en plan tarzán, en inglés, algunas frases y conseguí en un kiosco comprar un mapa de la ciudad. Realmente no tenía ni puñetera idea de donde debía ir.

Con el mapa podría haber ido directamente a la casa de Nora, pero creí que a esas horas estaría en la Universidad aún, así que andando, con el mapa en mano, fui hasta la Universidad. Era Sábado por lo que aquello estaba cerrado, no había prácticamente nadie por allí, menos mal que el día era luminoso, por lo visto los alemanes se transforman en seres oscuros y malhumorados cuando el tiempo no acompaña.

Observé extrañado como un par de chicas jóvenes alemanas, se paraban ante un paso de cebra. A ambos lados una vía larga se extendía, dejando ver que no venía ningún coche en al menos doscientos metros por cada lado, sin embargo, ellas junto con una docena más de personas, esperaron tranquilamente hasta que el semáforo cambió de color para poder cruzar. Creo que nunca entendí eso.

En una cafetería entré a tomar algo, aunque no tenía muy claro el qué, estaba cansado y ya se hacía tarde, así que le dije al camarero, que me miró con cara de “aún no te has decidido”, que esperase un minuto. Dicho y hecho, a un minuto de reloj volvió con más prisas que antes para ver si ya había tomado una decisión.

Lo que más me sorprendió fue ver bicicletas con candados muy pequeños en medio de la calle o simplemente sin candado, apoyadas sobre una pared en una gran ciudad, “¿allí la gente no robaba?”

Ya estaba por irme cuando a lo lejos la vi. Allí estaba Nora, hablando entre risas con dos chicas. Se la veía feliz, en su ambiente. No se ni como di con ella, una de esas casualidades que solo me ocurren a mi, la cosa es que me acerqué por detrás y la besé en el cuello.

Ella se giró sobresaltada y al verme casi se cae de la sorpresa. No podía creer que estuviera allí y más sin avisar, sin ni siquiera saber yo donde vivía ella exactamente ni nada.

La realidad es que casi se cae porque no me reconoció con mi aspecto tan demacrado. Pero aún así terminamos fundidos en un beso que acabó esa noche con nuestros cuerpos enredados en una pequeña habitación en la que apenas cabíamos de lado ambos. Aún así este fue mi viaje. Un viaje inesperado que sacó de mi, mi lado más aventurero y me llevó a la otra punta de Europa a conocer un lugar diferente y a estar con la persona con la que había hablado tantas y tantas noches durante horas.

Ese soy yo, espero que esta historia, casi verídica os haya gustado y os paséis por el relato que estoy creando que realmente, tiene mucho mimo de mi parte: El resurgir de los titanes.

17 de Maio de 2019 às 19:08 5 Denunciar Insira 7
Fim

Conheça o autor

Ibán José García Castillo Soy un pequeño alma errante devoradora de historias que quiera aportar su pequeño granito de arena a las cientos de palabras escritas para el deleite de las personas. La historia que traigo lleva muchos años en mi cabeza y algunos otros en el papel. Ya tenía cerca de 60 páginas escritas a máquina hasta que pasó lo impensable, me atasqué, la di de leer a más gente y decidí reestructurarla toda y dar más profundidad y un enfoque de tiempos a mi novela diferente.

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Raül Gay Pau Raül Gay Pau
Ya veo
18 de Maio de 2019 às 04:34
F. Ciamar F. Ciamar
Me agrada la narracion y me da curiosidad saber adonde va a llevar esto... pero creo que al menos la sinopsis deberia decir un poco mas de que va la historia, que con la sinopsis sola no se puede adivinar ni de que genero es.
17 de Maio de 2019 às 15:52

  • Ibán José García Castillo Ibán José García Castillo
    En eso tienes razón, he tenido que dejarla a medias ya que no me han dejado mucho más tiempo en el PC. Ya lo he arreglado en la medida de lo posible. Se trata de una historia que tiene que ser verídica o simularlo para uno de los retos propuestos para la Copa de Autores . 17 de Maio de 2019 às 16:47
  • Ibán José García Castillo Ibán José García Castillo
    En eso tienes razón, he tenido que dejarla a medias ya que no me han dejado mucho más tiempo en el PC. Ya lo he arreglado en la medida de lo posible. Se trata de una historia que tiene que ser verídica o simularlo para uno de los retos propuestos para la Copa de Autores . 17 de Maio de 2019 às 16:47
  • Raül Gay Pau Raül Gay Pau
    Ya veo. 18 de Maio de 2019 às 04:34
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