Milagro Seguir história

samisami Virginia Rodríguez

Buscaba encontrarme conmigo misma en ese viaje. Lo que encontré fue mucho mejor.


Histórias da vida Todo o público.

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Milagro

Para Rocío


Viajar a Buenos Aires, para mí, es un ritual de purificación. Es el lugar donde fui, he sido y soy feliz, con esa mística arrabalera y esa calidez que trasciende sus paredes de cemento. El buque es un punto especial en la travesía, no solo porque amo el agua, sino porque es la instancia donde mi ansiedad crece, mi corazón late con más fuerza, y la cara me duele de pura felicidad. Es una experiencia que me retrotrae a la infancia, a los viajes con mis padres a ver a mi familia. Cuando crecí, adquirió un tinte más personal, profundo e introspectivo: deambular por sus calles tiene un aire catártico, de búsqueda. Parece que es mi válvula de escape, adonde voy a encontrarme conmigo misma. Sus esquinas exudan el perfume del pasado a cuestas del presente; es eso, tal vez, lo que me mueve a pensar. Casi podría decir que es el lugar donde me siento yo misma. Y después de los eventos del último tiempo en mi vida, necesitaba el exorcismo de sus calles.


Aunque no me caracterizo por mi paciencia, también encuentro encantadora la espera en el puerto. En ese edificio minimalista y aséptico, brillante, blanco, panóptico, en el medio de las aguas poco agraciadas del “charco” rioplatense, convergen tantas historias como personas. Es de las pocas veces en las que disfruto sacarme los auriculares y dejarme invadir por los acentos e idiomas. ¿Qué motivos tendrán para hacer ese viaje? ¿Serán agradables y felices, como siempre han sido los míos? ¿Habrá alguien que viaje después de una llamada fatal? Veo a los niños, aunque no me sienta demasiado a gusto con su presencia, y me pregunto si ellos se sentirán igual de ansiosos como yo cuando tenía su edad y asociaba Argentina con el abrazo de mi primo. Trato de escudriñar sus rostros, el tono de sus voces; busco adivinar sus historias. ¡Hay tanta belleza en este mundo! Resulta intimidante pensar en formar parte de ello; es más cómodo ser un mudo espectador.


Tras atravesar la manga, donde mis pasos se sincronizan con los latidos de mi corazón —motivo por el cual me fastidia un poco que los demás caminen lento, ¿cómo es que no los emociona lo que vamos a vivir? —, me recibe ese hermoso hall dorado y pulido que se me antoja desde la infancia como lo más lujoso del mundo. Segura de que será un viaje como tantos, me acomodo en mi asiento contra la ventana (a través de la cual se aprecia el radiante sol besando la superficie del Río de la Plata), y con Alejandro Dolina en mi reproductor de mp3, simplemente me entrego al disfrute. Soy un bicho de costumbres, y esta no es la excepción: entro al buque y voy automáticamente a la parte posterior, lado derecho, últimas filas contra la ventana.


No pasa mucho tiempo hasta que una chica, permiso mediante, se sienta en el asiento contiguo. Nunca comprendí muy bien esa costumbre de pedir permiso a un extraño para ocupar un sitio a su lado... ¿Qué haríamos si nos dice que no? ¿Por qué no podría sentarme? ¿Qué soy, un monstruo, que no me dejarías sentarme al lado tuyo? Bueno, de todas formas yo también lo hago, así que no debería quejarme. Pero esto no viene al caso. El buque todavía no sale, y por el rabillo del ojo veo que ella empieza a comer un refuerzo de salame. Normal, aunque pienso que es una elección algo fuerte para las cuatro de la tarde. Se comienzan a percibir las vibraciones en el piso que anuncian que Colonia pronto será un punto en la lejanía.


—Yo no sé para qué pasan eso, si igual nadie le hace caso...


Asocio la voz con la figura menuda de la extraña. Habla suavecito, de modo que, de no ser porque no me había vuelto a poner el auricular izquierdo después de hacer los trámites de abordaje, no la habría escuchado. Se refiere al video de las medidas de seguridad. Sonrío por cortesía sin decir una palabra, o tal vez digo que es necesario, ¡qué sé yo! Hablar con extraños no es mi fuerte.


—...Igual, te digo: si llega a pasar algo, ni me voy a acordar de esto... ¡Me da terrible miedo el agua!


Me siento comprometida a responderle, y me viene a la mente aquella vez que un amigo me explicó que en realidad el Río de la Plata es muy poco profundo, que si no fuera por el dragado la navegación de buques sería inviable, y que, de hecho, en caso de accidente, es más probable que encalle a que se hunda. Admito que nunca verifiqué esta información, pero creo que puede resultarle tranquilizador. Evidentemente no es así, y me lo hace saber. Además, me cuenta que es la primera vez que viaja sola, y que está muy nerviosa. Me mira con sus ojos oscuros muy abiertos, tanto, que es como si en el fondo se acurrucara asustada una versión pequeñísima de ella misma. Vuelvo a sonreír, un poco más relajada y un poco menos por compromiso. Comento que, cuando viajo en el otro buque rápido de Buquebus, el que tiene el ventanal, me encanta ir en la primera fila, bien de frente. Que me parece hermoso el dique de piedras que indica —tal vez solo para mí— que ya estamos navegando en aguas argentinas. Ese mismo en el que mi abuelo del corazón, un uruguayo de pura cepa viviendo en Lanús hace años, dice siempre que quiere que viertan sus cenizas cuando muera. Veo como el horror crece en su rostro; lo veo en el arco de sus cejas que se acentúa. Un “¡No, por Dios!” se le dibuja en el entrecejo, y me pregunta si hay otras embarcaciones en el río. Hablamos de veleros, de otros buques y enormes barcos grises de nombre y bandera desconocidos. Su gesto se aligera un poco. El mío, también.


Y ese es el momento —cuando me veo a mí misma desde afuera derramando años y años de recuerdos adorados sobre una chica que acabo de conocer—, en el que me doy cuenta de que no va a ser un viaje como otros.


Quiero compartir mi experiencia con ella, persuadirla a sentir también ese amor por el agua y por Buenos Aires. Evoco esa imagen que construí en el último paseo, en diciembre:


—...y mi parte favorita es el momento en el que el barco va entrando al puerto en Buenos Aires. No sé, hay algo… Mágico en eso, es como si esos edificios altísimos me abrazaran…


Mi compañera de viaje sonríe, pero no concuerda conmigo. Me pregunta si he volado alguna vez, y le respondo que no. Me aconseja que lo haga, y lo repite varias veces a lo largo de la conversación. Se le ilumina el rostro evocando la sensación de libertad que le provoca, a ella que ama la libertad. Encuentro fascinante cómo podemos asociar dos elementos tan diferentes a la misma sensación, y se lo hago saber. Luego, explica algo que me hace entender mejor su descontento con esa ciudad que tanto quiero. Ella es argentina, de provincia, aunque vive en Capital Federal hace mucho. Y que cuando era pequeña ir a Buenos Aires le parecía fascinante, pero ahora trata de huir tanto como puede. Me hace partícipe de historias graciosas y tiernas de su infancia y adolescencia, como la vez en que la llevaron a conocer el Obelisco (lugar del que ella no sabía nada, ni siquiera había visto una foto). Creía que era un parque hermoso, y la realidad fue tan decepcionante que rompió a llorar y ya no quiso hacer más nada ese día. Yo le cuento de la vez que me perdí en San Telmo, y un viejito me llevó hasta la puerta del supermercado que buscaba. Señalo que habitualmente me siento más cómoda en Buenos Aires que en Montevideo, que la gente es mucho mejor llevada. Tampoco parece estar tan de acuerdo con esto. Ella, que tiene familia del otro lado del charco a la que visita frecuentemente, declara su amor por mi país, y que considera que el estereotipo de porteño tiene su razón de ser. Por mi parte, alego que no me ha tocado lidiar con uno de ellos. “Dicen que tiene que ver con los inmigrantes italianos que llegaron a Uruguay y a Argentina”, comento, “como que los del norte eran más adustos, y los del sur, más abiertos”. Aunque no le damos muchas más vueltas al asunto, de cuya certeza histórica tampoco tenemos mucha idea, ella asiente. También lo hace cuando digo que es raro, que los albicelestes nos aman, y nosotros los odiamos. En ese vaivén de anécdotas y observaciones (todavía sin saber nuestros nombres), es imposible no concluir (y reírnos de ello) que, por más que uruguayos y argentinos nos juramos diferentes, al final somos muy parecidos. Prontamente, cualquiera que nos escuchara charlar pensaría que nos conocemos de toda la vida. De hecho, creo que la señora que levanta el respaldo de su asiento y se dirige al free shop lo hace más por el fastidio de su siesta frustrada que por un impulso consumista, porque no regresa hasta pocos minutos antes del arribo. Y a pesar de que me da un poco de vergüenza hacer sentir incómodos a otros, creo que inconscientemente agradezco que no pase nada que interrumpa ese alegre y vivaz parloteo en el que estamos sumidas. No nos cuesta pasar de hablar del amor casi patológico de los del país de Borges hacia los del país de Onetti y del complejo del "hermano menor" de los charrúas, a los conflictos sociales y económicos que nos aquejan. Y es entonces, mientras hablamos de la polarización de la sociedad, y cual un apéndice de un enunciado que nada tiene que ver, que me extiende su mano y me dice:


—Rocío.


Es como si fuera necesario ese toque de formalidad para seguir hablando de algo tan importante. Respondo con mi nombre, a lo que mi compañera acota que "ahora sí”, continuando su alegato. Mentiría si dijera que presto atención a todo lo que dice. Siempre he envidiado un poco a las personas que tienen esa facilidad de hablar con extraños... Ratifico mi pensamiento de la espera del puerto: ¡cuánta poesía se anida en las almas de esos seres que deambulan invisibles en nuestra cotidianidad!


Habla sobre sus principios, creencias e intereses con una convicción increíble. Si bien hay puntos de digresión, no me atrevo a mencionarlos. No porque no pueda argumentar, sino porque siento que algo maravilloso está sucediendo. Y me da miedo romper el hechizo. Por esas cuestiones del azar, ya no soy una espectadora ante el apabullante espectáculo de la vida y los otros. Estoy metida y navegando en esas aguas, sin miedo y hasta con comodidad. Es una persona espiritual, sensible, socialmente comprometida… Pero también despistada y algo perezosa, según deja entrever a lo largo de la charla. Me parece verme a mí misma. No puedo evitar pensar en una frase que leí en un cuento alguna vez, y que trabajamos varias veces con mis alumnos. Hablaba sobre dos personas que habían encontrado la una en la otra “una mirada equivalente del mundo, no igual, similar aunque enriquecida por historias y percepciones diferentes”. Es exactamente lo que estoy experimentando (quitando el hecho de que aquella era una historia de amor, y esta no). Lo curioso del asunto es que, aunque todo se desenvuelve con naturalidad, y más allá del entusiasmo genuino de las dos, parece haber un temor subyacente a cortar la conversación. ¿Qué pasa si no podemos retomarla, y nos condenamos a continuar el viaje en ese silencio incómodo de dos personas que se sienten obligados a compartir un espacio, por simple cortesía?


En algún punto, ella me dice que tiene 24 años. En otro punto, yo comento que soy profesora. Habitualmente me incomoda decirlo, no porque no ame mi profesión, sino más bien porque habla de una edad con la que me siento conflictuada. No obstante, esta vez no es así. Parece interesada, aunque se disculpa por no mirarme a la cara:


—Perdoná, pero encontré el punto justo para hablarte sin ver el agua— admite. Y nos reímos.


Rápidamente como nunca, arribamos al puerto. Tantísimos temas se han disuelto en la blanca estela del Atlantic III. Me agradece, diciendo que hice de su viaje una experiencia mucho más agradable de lo que esperaba; de hecho, confiesa, es la primera vez que se anima a mirar por la ventana. Le digo, en broma, que vivo para servir, pero agrego que para mí también había sido lindo. “No es que hable así con todo el mundo”, digo, con más vergüenza que ganas de bromear. Poco después, nos volvemos un par de puntos más en la marejada de gente que quiere salir en tropel por la puerta hacia la manga. ¿Tan desesperados están por finalizar el viaje? ¡Pobres de ellos, que no comprenden la solemnidad del momento! ¡Pobres de ellos, que no saben lo que es la magia de lo simple!


De aquí en más, me desconecto. Hace ya un buen rato que solo una pregunta ocupa mi mente: ¿cómo sigue esto? ¿Nos pedimos el Facebook? ¿El número? Había sido muy linda la experiencia, la charla, la compañía... Pero me incomodaba la idea de intercambiar números, como si todavía no me sintiera lista para ese compromiso, para compartir esa intimidad. A tal punto, que aproveché el momento en que ella fue a cambiar los pesos uruguayos que le habían quedado por pesos argentinos para cambiar el chip de mi teléfono, y de esta forma evitar la incomodidad de tener que darle mi número por compromiso. ¡Qué ridiculez!


Estúpida posmodernidad. ¿Cómo puede ser tan fácil exponernos al mundo en la virtualidad, pero tan duro estar dispuestos a compartir nuestros espacios físicos?


Resuelvo disfrutar de lo que queda, no sin un dejo de tristeza en mi interior. Desembarcamos hablando de muchas cosas, entre ellas alguna experiencia horripilante de la que fue parte en Uruguay, la que comienza con un alegre “¡Ah! Casi me secuestran en tu país”. A pesar de que lo cuenta con jovialidad, admite que en ese momento estaba muy asustada. Respiramos juntas el aire único del atardecer de Buenos Aires, y nos dejamos invadir por el bullicio de la hora pico de un viernes. "Bienvenida a la Argentina", dice alguna de las dos. Y no es en vano el comentario: llegar a esa ciudad es algo abrumador, sobre todo después de la calma anterior, de la aparente inmensidad del río. Cuando uno asoma la nariz fuera de la terminal portuaria, la mente necesita unos instantes para cambiar el engranaje y adaptarse a su ritmo ordenado y frenético, su tránsito que evoca una procesión neurasténica, su gente apurada y en enormes grupos, sus ruidos indefinibles, sus luces dispersas, su olor característico que para mí es el olor de la infancia y la ilusión, sus edificios impresionantemente altos para quien está acostumbrado a la gris y patricia monotonía de una ciudad como Montevideo (a la que amo y odio a la vez, cabe aclarar, aunque a estas alturas me parece que ella la ama más que yo). Pero en una compañía así de agradable, la transición es más leve. Nuestras carcajadas se unen al enjambre de sonidos que conforman ese hipnótico paisaje. Es difícil saber de qué hablamos entonces. Nos quejamos de la gente que usa paraguas bajo los techos y esquivamos a los transeúntes, mientras le cuento que 18 de Julio es peor, a cualquier hora del día. Los uruguayos somos muy desordenados, le digo. Le cuento de la vez que una mujer salió de un local abriendo su paraguas y casi me arponea con la punta. Ella se queja en voz alta: “¡Que dejen los techitos para los que andamos sin paraguas!”.


Atardece en la ciudad, y en esa parte del viaje que se nos concedió compartir. Así, llega el momento.


—Yo me voy por acá—, me dice. Y nos despedimos, no sin antes volver a agradecernos el viaje.


Camino espectralmente por esa avenida entre tantos que ansían llegar a casa tras una pesada semana, tratando de ordenar mi cabeza. Sé a dónde tengo que ir, qué tengo que hacer, y que tengo que apurarme porque oscurece mucho más rápido de lo que creía. Sin embargo, solo deseo caminar un poco más, para continuar elaborando ese sentimiento de inconclusión. Algo en mi interior me reprocha la cobardía de no haber propuesto seguir en contacto. También me echo un poco en cara el no recordar exactamente de qué hablamos (en realidad, ni siquiera soy capaz de hacerlo en retrospectiva); siento que voy a lamentarlo después. Pero no tengo mucho tiempo para esto: su voz cantarina vuelve a acompañarme. Su voz primero, luego su figura, igual que en el barco. Es increíble cómo su voz suavecita puede competir con el vozarrón del crepúsculo porteño. Prefiere tomar otro camino, un par de cuadras más adelante. “Te acompaño otro poquito”, concluye. Algo nos está dando una segunda oportunidad. Algunos lo llamarán Dios (con o sin mayúscula), otros, destino; personalmente, prefiero creer en las casualidades: le da más magia al asunto saber que no estaba escrito, pero pasó. Como sea, la oportunidad está ahí, pero no la tomo, y no sé por qué. Tampoco sé ya de qué hablamos: la felicidad de compartir con ella esos minutos extra es suficiente. No necesito más.


Cuando nos despedimos, esta vez sí definitivamente, en Avenida Córdoba y Alem, yo sigo sonriendo tanto o más como al comenzar mi periplo, sin saber lo que me esperaba. Aunque mi aventura porteña recién comienza, ya no soy la misma que se sienta siempre en el fondo, a la derecha, casi en las últimas filas y contra la ventana. Todo eso, todos mis rituales de viaje, ahora tienen un significado diferente. A partir de este momento, cruzar el charco se recubrió del halo especial de un nuevo recuerdo. El exorcismo comenzó en el momento en que un pedacito de Buenos Aires, por cosas de la vida, pidió permiso para ocupar el asiento de al lado.


En esa esquina llena de gente, donde perdí de vista la figura menuda de esa persona que una hora antes era una desconocida, me dí cuenta de por qué no necesitaba nada más. Fui parte de un milagro esa tarde: uno de esos espíritus anónimos e invisibles, dados por sentado, decidió corporizarse, imponerse, tal vez sin saberlo, en mi realidad, e hizo por mí una de las cosas más maravillosas que un ser puede hacer por otro: me regaló una historia. Me regaló la magia de encontrar un espíritu hermano en medio de la masa anónima e invisible. Me regaló algo más que buscar en el reparador abrazo de Buenos Aires.

14 de Maio de 2019 às 04:32 2 Denunciar Insira 2
Fim

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Virginia Rodríguez Esta es mi redención, un guiño a la niña que se desvelaba escribiendo y que se adormiló en medio del tedio y la rutina. Amo leer y escribir. Mi gata es mi compañera de ambas actividades.

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F. Ciamar F. Ciamar
No suelo leer este tipo de cosas, pero la narracion me atrapó.
15 de Maio de 2019 às 11:31

  • Virginia Rodríguez Virginia Rodríguez
    ¡Muchas gracias por tu comentario! Me hace muy feliz que otros se tomen el tiempo para leer lo que escribo, y más todavía saber que lo disfrutan. Un saludo. 18 de Maio de 2019 às 20:09
~

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