Mark of Madness Seguir história

khbaker K.H Baker

En un mundo donde la guerra fue testigo de una masacre que acabó con la vida de cientos de personas, la locura se instaló en una mente inocente, retorciéndola hasta que ni ella misma lograra reconocerse.


Fantasia Épico Impróprio para crianças menores de 13 anos. © https://www.safecreative.org/?wicket:interface=:13::::

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Capítulo 1

19 de mayo de 1780; Nueva Inglaterra, Estados Unidos.


—¡Ocuparán nuestros cuerpos y nos obligarán a vivir como marionetas! ¡Se harán con el control! ¡El fin ha llegado! ¡El ángel rojo dará el último grito antes de que el mundo se suma en el silencio eterno!

Walter Monroe era un hombre venido de la guerra, una mente perturbada que decía haber visto cosas horribles en el campo de batalla, cosas que iban más allá de la masacre incontrolable de soldados cumpliendo su función. Un hombre que había blandido su espada por proteger a aquellos a los que algún día había amado más que a su propia persona. Ahora, cuatro meses después de la masacre, Walter solo era un pobre hombre con la mente maltratada, un adicto a la bebida al que esforzaban por mantener sobrio para que su tratamiento no fuese tan agresivo. Ahora era un hombre que veía enemigos en cualquier esquina, incluyendo el propio espejo en el que se reflejaba. Ahora era la viva imagen de una persona maltratada, sufriendo el tormento eterno que sería el resto de su vida. Ahora ya no era nadie de vital importancia.

Vestido con una bata harapienta, Walter Monroe estaba sentado en la silla de ruedas en la que había quedado postrado tras los actos perpetrados en el campo de batalla. Hacía su trabajo, aquello para lo que había entrenado la mayor parte de su vida, ¿quién iba a imaginar que una autentica pesadilla al galope iba a cortarle las alas?

Durante el día, Walter no salía de su habitación, sostenía que los rayos de sol que se colaban a través de las ventanas del salón común eran demasiado fuertes como para que sus ojos pudiesen soportarlo. A parte de estar postrado en una silla de ruedas, sus ojos padecían una alteración y ya no eran capaces de enfocar con claridad lo que ocurría a su alrededor, tal vez aquella era la razón por la que su mente le jugaba malas pasadas. Pero cuando el sol comenzaba a caer, alrededor de las cinco de la tarde, Walter salía de su habitación, impulsando las ruedas de su silla hasta que llegaba a la ventana y sus rodillas tocaban la pared bajo la misma. Entonces, y solo entonces, posaba las manos sobre su regazo, observaba el sol sin apartar la mirada, hasta que este se escondía tras las colinas lejanas que se observaban en el horizonte. Cuando el paisaje ya mostraba las sombras tétricas de la noche, volvía a su habitación sin decir nada y aguardaba hasta que llegaba una enfermera que le ayudase a meterse en la cama.

—Aquel hombre no era un hombre, lo vi en sus ojos, le cortó el cuello a mi caballo con brutalidad. Sus ojos estaban inyectados en sangre —dijo por enésima vez en aquel día, cuando una de las enfermeras se acercó para cambiarle las vendas de la cabeza.

—Señor Monroe, debería descansar —respondió la enfermera, como cada vez que se acercaba a él, y como cada vez que lo hacía, él emitió un gruñido de desprecio.

Acariciando su incipiente barba, dirigió una mirada a la enfermera. A aquella distancia, podía verla de forma totalmente nítida, sin embargo, aunque su ojo izquierdo la miraba a ella, el derecho se le desviaba hacia donde le venía en gana. Una silueta sinuosa le llamó la atención, estaba a un par de metros y era incapaz de enfocarla con claridad, pero para él era suficiente. Suficiente para que sus especulaciones salieran a la luz y turbaran la calma de la sala común y de los demás pacientes del sanatorio.

—¡El demonio blanco! —gritó mientras se agitaba en su silla—. ¡La muerte ha llegado!

Sus ojos se movieron impacientes por la sala, sus manos comenzaron a temblar y su cuerpo convulsionó mientras sus ojos se ocultaban tras sus párpados. Su semblante le daba la apariencia de un hombre poseído y allí, donde todos pensaban que estaban ante la presencia de la muerte, no faltaron los gritos que le acusaron de llevar el demonio dentro.

Lauren Bolton, la enfermera encargada de repasar el historial de cada paciente antes de administrarle una medicina u otra, se acercó rauda al contemplar la escena. Su compañera, la señorita Brandy Wilmer, aferraba el cuerpo de Walter para evitar que cayera al suelo por culpa de los movimientos espasmódicos.

—¡Hay que llevarle a su habitación! —clamó a media voz mientras sacaba unas correas del bolsillo de su bata para anclarlo a la silla. No era la primera vez que un paciente había sufrido convulsiones, eran bastante frecuentes en veteranos de guerra. Sus mentes estaban colapsadas de recuerdos nefastos que aguardaban el momento de emerger tras los efectos de los medicamentos que los retenían, pero de vez en cuando, alguno de esos recuerdos emergía, sumergiendo a su portador en una recreación que podía con él. Poco podían hacer más que evitar que pudiera dañarse de forma inconsciente, o que pudiera dañar a otros, y esperar a que saliese de aquel trance.

Con la ayuda de Lauren, Brandy Wilmer pudo tumbar a Walter en su cama y, entonces, cambiar las correas que le aferraban a la silla por otras que le anclaran a la cama. Era demasiado pronto para que estuviese allí, pero Brandy supuso que no existía horario para las crisis. Fue entonces cuando Walter volvió en sí y miró a Lauren con los ojos inyectados en sangre y salivando como si tuviera la rabia.

—Los señores de la oscuridad se alzaran y nadie podrá hacer nada para impedirlo —dijo, mientras su saliva salpicaba por doquier—. Vendrán a lomos del dragón de dos cabezas y os exterminarán a todos. Harán del mundo su hogar. Pronto vendrán a por ti y deberás postrarte ante ellos, de nada servirá que te resistas.

Walter había cambiado su posición respecto a Lauren, ya no parecía temerle, sino que sentía por ella un odio inexplicable que rozaba peligrosamente con la paranoia.

Lauren le miró vagamente, sin prestarle real atención, tampoco era la primera vez que veía algo así. Ya no se podía hacer nada para que aquellas almas torturadas volvieran a ser las mismas. Sin embargo, Brandy se quedó inmóvil por un instante, era totalmente normal que entrara en shock ante una situación así, ella era prácticamente una recién llegada pero, como si estuviese de pie ante el cráter de un volcán, su rostro comenzó a enrojecer, y eso si que no era normal de ninguna de las maneras.

—No le hagas caso —clamó Lauren, llevando la mirada después hacia su compañera—. Brandy, ¿estás bien?

Pero no lo estaba. La piel del rostro de Brandy continuaba enrojeciéndose por momentos, sus ojos hinchados también comenzaban a enrojecer y el color marrón de sus iris estaban palideciendo con cada segundo que pasaba. Entonces, como si un rayo la hubiese fulminado en el acto, Brandy cayó al suelo sin pulso.

Lauren, cuando logró volver en sí tras ver a su amiga y compañera caer al suelo, con la boca impregnada de saliva ensangrentada, alertó al personal. Gritó hasta casi quedarse afónica, se cogió al marco de la puerta de la habitación del señor Monroe y se agitó mientras la vena de su cuello comenzaba a hincharse debido a la fuerza con la que expulsaba sus palabras, pero ya era demasiado tarde, Brandy Wilmer había muerto en el acto.

Las imágenes pasaban a cámara lenta para Lauren, que yacía sentada en el suelo de la habitación mientras los sanitarios procedían a llevarse el cuerpo de Brandy. Agrupadas en la puerta como si estuvieran viendo algún tipo de espectáculo macabro, esperaban todas las enfermeras que en ese momento estaban cumpliendo su turno, todas sin excepción parecían horrorizadas, sin embargo, si había alguien que parecía disfrutar con lo que estaba pasando, ese era Walter Monroe, el cual se reía y lloraba simultáneamente, como si dos personalidades internas lucharan por cual era el sentimiento que debía exteriorizar.

A medida que la noche iba haciendo su aparición, las enfermeras iban dispersándose, volviendo a sus puestos de trabajo. Lauren fue la última en hacerlo, ella fue la única que permaneció inmóvil en el duro y frío suelo ante la cama de Walter, observándolo como si fuese un experimento, un enigma que estaba dispuesta a resolver.

Una hora después de la muerte de Brandy, Walter no había dejado de desvariar, diciendo cosas sin sentido, y pasando por todos y cada uno de los estados de ánimo hasta quedar profundamente dormido. Fue entonces cuando Lauren, exasperada por el ruido que hacía Walter al respirar mientras dormía, se levantó del suelo y se dirigió a la salida, dirigiéndole una última mirada de desprecio al viejo que acababa de causar la muerte de su amiga. No estaba seguro de aquello último, pero dados los acontecimientos, era la única explicación posible que podía darle.

La luna azul brillaba en todo su apogeo, sus rayos iluminaban la sala en silencio. Todos los pacientes dormían ya, sin embargo, no flotaba la paz y la armonía en el ambiente. Las enfermeras hacían sus últimas rondas afligidas por la prematura muerte de su compañera; alguna incluso había tenido que interrumpir su trabajo para llorar la pérdida de quién, en tan poco tiempo, había sabido ganarse el corazón de los empleados y los pacientes del sanatorio, llegando a convertirse también en una de las mejores enfermeras del mismo.

El recuerdo de lo que había pasado allí no iba a quedar aislado en las paredes de la institución, de eso todos estaban seguros.

A pesar de que hacía meses que ninguna amenaza se alzaba contra ellos, las enfermeras sentían que volvían a estar en los puestos de enfermería de la retaguardia, esperando a que enviaran soldados con la esperanza de ser sanados y enviados de nuevo al campo, aunque en el fondo sabían que no regresarían. No eran capaces de dar dos pasos sin vigilar sus espaldas, ni eran capaces de controlar los espasmos de su cuerpo cuando escuchaban el ruido del viento azotando las ramas que acababan golpeando los cristales. Un nuevo grito resonó en los pasillos de aquella institución, seguido de estertores que no auguraban nada bueno.

Como si una fuerza invisible las hubiera atraído hacia allí, todas las enfermeras se agazaparon ante la puerta de Walter Monroe, y aguardaron allí, cogidas las unas a las otras mientras esperaban al doctor al que habían avisado antes siquiera de que el grito llegara a su fin.

Intentando ser discretas y mantener el pánico a raya, cerraron todas las habitaciones con llave tras explicar que estaban tratando el asunto con profesionalidad y que no se preocuparan por ello. Fue difícil, teniendo en cuenta que la mayoría de los que estaban allí, compartían las creencias de Walter y aseguraban –aunque en menor medida– que un ángel exterminador iba a llevarse sus almas y a usar sus cuerpos como recipientes.

Con el corazón en un puño, las enfermeras contuvieron el aliento cuando el doctor Callum se abrió paso entre ellas y se puso frente a la puerta mientras sentía como su corazón bombeaba con fuerza, palpitándole en las sienes.

Ninguno esperaba encontrarse con aquello cuando el doctor abrió la puerta, el horror fue mucho mayor que lo que sus mentes habían estado conjeturando. Una mezcla de hedor comprendido entre el olor a podredumbre y la sangre les golpeó sin miramientos. Las enfermeras que llevaban menos tiempo en la institución tuvieron que retirarse para vomitar debido a la repulsión. Las que estaban más alejadas de la puerta asistieron a las que se iban retirando, el hedor les había bastado para no querer ser espectadoras de lo que fuera que había pasado. Sin embargo, las que se encontraban en las primeras filas, observaban la escena con una mezcla de asco y curiosidad hipnótica que les impedía apartar la vista.

El doctor se adentró en la habitación después de cubrirse la boca y la nariz con un pañuelo, para evitar exponerse a aquella pestilencia que incluso provocaba que le lloraran los ojos. Las paredes blanquecinas yacían decoradas con palabras escritas con sangre en un idioma desconocido para ellos, palabras que ocupaban todo el ancho y el largo de la pared. La sangre escurría de cada letra hasta acabar formando charcos independientes en el suelo, por lo que el doctor llegó a la conclusión de que debían haber escrito las palabras con la fuente directa de la sangre, y no tan solo impregnando cualquier objeto para valerse de ello.

Una gota pegajosa de sangre se precipitó contra el suelo y Alec Callum dirigió su mirada al techo, descubriendo el horror que allí se encontraba. Un símbolo mal definido estaba plasmado con la misma sangre con la que habían escrito aquellas palabras, y el doctor Callum no fue capaz de concebir que clase de persona podría haber hecho todo aquello en tan poco tiempo sin uso de una escalera y sin ser visto por ninguno de los trabajadores.

El doctor no se había atrevido a mirar siquiera el lugar donde Walter Monroe había estado durmiendo hasta la perpetración de aquel crimen tan cruel, pero cuando lo hizo se dio cuenta de que el paciente, o lo que quedaba de él, yacía hecho un amasijo de tripas y vísceras sobre un colchón que una vez había llegado a estar impoluto. El colchón había absorbido la mayor parte de la sangre, aún así, no faltaba el pertinente charco bajo la misma, que se extendía hasta emerger entre las patas. Sin duda era demasiada sangre la que se había derramado en aquel lugar, sin motivo para ello.

Fue entonces cuando el doctor, aturdido y acongojado por lo que había ocurrido, salió dando tumbos de la habitación, cerrando la puerta tras de sí para que nadie tuviese que observar aquella barbarie ni un minuto más.

El cuerpo de Walter Monroe fue retirado media hora después, cuando el doctor acabó de redactar en un informe lo que había pasado, intentando ser lo más fiel posible a lo que había presenciado. Tras ello, los sanitarios encargados de la morgue, se llevaron el cadáver, sirviéndose de palas y cubos para poder sacarlo de allí.

Las teorías y especulaciones comenzaron a correr como la pólvora, aún cuando el cuerpo de Monroe no había sido retirado del todo. Los que no habían llegado a observar el escenario del crimen sino que tan solo habían sido testigo de las habladurías, sostenían, debido a la brutalidad del asesinato, que alguna bestia había hallado la forma de entrar. Otros, los más devotos, aseguraban que aquello había sido un castigo divino por sembrar el pánico en la pobre Brandy y causarle una muerte súbita. Las personas restantes, pensaban que todo había sido obra de un asesino que había comenzado por Monroe por puro azar, pero que sin duda seguiría por cada uno de los demás pacientes, si es que no se decidía por hacerle lo mismo a alguno de los empleados. Era algo descabellado, pero aquella absurda teoría hizo que todos se hicieran la misma pregunta, una en la que nadie se había parado a pensar hasta el momento en el que aquella última conjetura salió a la luz.

Todos estaban allí, todos habían visto aquella brutalidad, todos habían expuesto sus teorías, sin embargo…

¿Dónde estaba Lauren Bolton?

7 de Maio de 2019 às 10:48 3 Denunciar Insira 8
Leia o próximo capítulo Capítulo 2

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Baltazar Ruiz Baltazar Ruiz
Que buen inicio!
23 de Maio de 2019 às 20:32
F. Ciamar F. Ciamar
Interesante capitulo... tendré que ver como sigue esta historia.
17 de Maio de 2019 às 17:07
Posthumano Posthumano
Me ha gustado bastante, es el primer capítulo que leo en esta plataforma y la calidad ha sido bastante grande. Tengo ganas de leer los siguientes capítulos.
9 de Maio de 2019 às 07:56
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