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Bajamar

Me despedí de Playa con una caricia y cerré la puerta detrás de mí. Como siempre la oí ladrar suavemente, como pidiéndome que me quedara. Pasé la llave por si acaso, aunque sabía que nadie intentaría entrar. No tenía nada que valiera la pena robar. Sí, la pintura era cara pero costaba de vender y además nadie la querría. Aunque iba cargada con el caballete y un buen número de pinceles y colores, llegar hasta el acantilado me llevó menos de treinta minutos. El sol aún no había salido y el cielo tenía un resplandor mortecino. A mis pies, el mar susurraba suavemente. Por un momento dejé que eso fuera todo. El sonido del mar y yo que pretendía entenderlo. El sonido del mar y el sabor de sal en mis labios. El sonido del mar y el mar, esperado, tan cerca y tan lejos, el mar, el mar, el mar y yo que lo miraba, el mar y yo que esperaba entenderlo. Yo y el mar, el mar y yo, para siempre.


Planté el caballete, guardé la pintura al lado y dejé que mis ojos vagaran por la línea desdibujada del horizonte, atravesaran la eterna extensión azul y se posaran en las olas que rompían contra las rocas. Traté de absorber todos los detalles, la espuma alargándose como manos, la herida del sol que empezaba a salir, el perfil cambiante de la oscuridad debajo de la superficie. Como una sola imagen. Como una sola imagen que fuera todo, mil veces todo y a la vez nada. Como una sola imagen que fuera, con eso tenía bastante. Necesitaba una imagen que fuera, y que yo pudiera ser con ella. Cerré los ojos. A veces esa era la única manera. Tanteé a ciegas y cogí un pincel cualquiera. Llegado el momento, ya no importaba. Sin colores, esbocé sobre el lienzo, pasada tras pasada sin alterar el blanco. Pero estaba en mi mente, y con eso tenía bastante. Volví a abrir los ojos. Azul. Tanto que dolía. Escogí sin pensar uno de los botes de pintura. Azul claro, casi inocente, casi vacío. Rozando la incertidumbre. Me recogí el pelo, corto, detrás de una oreja y empecé a dibujar. Pasada tras pasada, sin pausa, sin parar, sin esperar. Azul sobre azul sobre blanco y el mar susurrando como si supiera el secreto. Una vez más, buscando algo, ni yo sabía qué, que daría sentido al lienzo. Algo verdadero, quizás. O una mentira, tampoco importaba. Pero faltaba algo. Algo, algo, algo.


Aparté el pincel y exhalé profundamente. Otra vez las repeticiones. Nunca terminaban bien. Alejé la mirada del cuadro, inacabado como siempre. Al instante el mar me quitó el aliento. El mar. Como una puñalada en el pecho, pero dulce. Dulce de veneno, pero inocua. Inocua como el agua, pero sembrada de sal. Sal y sangre y metal, pero en la lejanía. Lejano, pero dentro de mi. Dentro de mi, pero como si quisiera llevarme. Llevarme dentro, hasta el fondo, hasta lo más profundo, hasta el mar. El mar verdadero. Hasta algo para entenderlo. El mar, maldito sea. Maldito sea él, yo y el cuadro. Muerte al mar y a su inmortalidad, muerte a mí que no soy sin el mar y muerte al cuadro que no es sin mí. Muerte a todo y muerte a mí. Muerte al mar, en el mar, para el mar, con el mar. Cerré los ojos. A veces esa era la única manera. Cuando los volví a abrir, estaba preparada. Recogí con cuidado todo lo que había llevado: el caballete, el lienzo, los seis pinceles y las doce sombras de azul, el negro y el blanco. Treinta minutos hasta casa, el mar gritando para que volviera y yo con el gusto de sal aún en los labios. Abrí la puerta, Playa ladró y el mar dejó de gritar. Silencio otra vez. Lo dejé todo donde debería estar, o por lo menos donde pudiera encontrarlo con una ración razonable de suerte. Ni siquiera era mediodía, tenía un cuadro a medias y Playa dormía en mi regazo. Fuera, el mar se deshacía en silencio.

21 de Abril de 2019 às 12:11 0 Denunciar Insira 0
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