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oliviaortiz Olivia Ortiz

Era 1967 cuando Winter le preguntó a Oliver que sabor tenía la muerte. Esa misma noche de octubre, él le respondió abriendo paso a una historia de terror, que por años se había contado entre los habitantes de Falkland. Era 1985 cuando Oliver volvió a Falkland, para darse cuenta que las leyendas pueden tener vida propia, y que la realidad es más aterradora cuando supera las palabras del narrador.



Suspense/Mistério Todo o público.

#thriller #bosque #homicidios #crimen
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PRIMERA PARTE Escalofrío

1

FALKLAND, ESCOCIA, 31 DE OCTUBRE DE 1967



La lluvia mojaba el asfalto de las calles de Falkland. En el cielo, estruendosos rayos se dibujaban descendiendo en zigzag y dejando rastros de su luminiscencia. Afuera de algunas pequeñas casas, se podían apreciar unas cuantas calabazas, las cuales se encontraban cortadas, formando grandes sonrisas maquiavélicas y ojos observadores. Con cada estallido del cielo, éstas parecían iluminarse por dentro, dando el aspecto de ser más profundas de lo que realmente eran.

A las afueras de Falkland, escondido tras la frondosidad de los árboles, con una carretera atravesando justo por el frente; se encontraba el orfanato Saint Galloway. El cual en su interior albergaba a poco más de seis niños. En su historia, éste había pertenecido al doctor Evan Duncan, uno de los primeros habitantes en Falkland. A través de una de sus pinturas, los niños y las monjas sabían de su aspecto, e incluso habían podido imaginarse su personalidad.

Era de nariz aguileña, frente amplia, profundas ojeras, cabello blanquecino y labios caídos. Vestido de un traje que aparentaba ser azul imperial, con unos holanes blancos rodeándole el cuello. Los hombros hacia atrás, y una media sonrisa que parecía amistosa y tímida a la vez.

«Creo que era amable» decía a menudo Winter.

En la entrada de Saint Galloway, se encontraba una gran plaquilla de metal adherida al muro de ladrillos, donde podía leerse el nombre del orfanato y por debajo de éste, el del doctor Duncan. No había ninguna especie de reja que pudiese impedir la entrada al sitio, la casona estaba abierta a cualquier persona. Pues las monjas creían, que eso ayudaba a que los niños sin hogar, pudiesen acceder fácilmente sin sentir Saint Galloway como una prisión. Pues estaba muy lejos de serlo. Ellas buscaban darle un hogar a los pequeños; algo que quizá muchos nunca hubieran conocido de no haber estado allí.

Con la mano bajo el mentón, Winter se encontraba mirando a través de la ventana, delineando con uno de sus dedos, cada gota de agua que se adhería al cristal, para después escurrir hasta perderse entre la porosidad de los ladrillos que construían Saint Galloway.

Su rostro angelical y ensortijado cabello pelirrojo; la hacían parecerse a una de las muñecas de porcelana, que Oliver recordaba haber visto en más de una ocasión en la habitación de la madre Aili.

—Parece una pelea de dragones —comentó Winter.

Pisando los bajos de aquel pantalón celeste de lana, Oliver se aproximó en medio de la oscuridad en dirección a la niña. Sus pies se sumían en el alfombrado de la sala a cada paso, mientras su cabello caía cubriéndole la frente.

—Deben de ser cientos de ellos —opinó el niño.

Winter emitió una risilla, mas se cubrió la boca con ambas manos para evitar hacer algún ruido.

En un rincón de la sala, bajo una tenue lámpara de mesa, se encontraba sentada la hermana Sheena con un libro sobre el regazo. Se había quedado dormida luego de haber cuidado de los niños. Pues al ser una noche de fiesta, les había permitido la madre Aili, quedarse despiertos poco más allá de las nueve.

Habían llevado un gran platón de golosinas a la sala, y luego de ver películas en el viejo televisor, habían decidido reunirse en un círculo para contar historias de terror.

—Los dragones no existen… son solo estupideces —externó Kendrick, el rubio de nariz grande y ojos saltones.

Llevaba un pijama azul de rayas; mientras parado con los brazos cruzados, mostraba como siempre, una actitud poco condescendiente hacia los demás.

—En los libros dice que podrían haber existido —protestó Winter.

—¿En qué libros? Yo no he leído tal tontería —refunfuñó Kendrick.

Oliver abrió la boca para pretender hablar, pero pronto intervino William (el más grande de todos, quien se encontraba sentado en medio de la sala con los demás niños, y una linterna en la mano).

—Ya basta. ¿Piensan seguir contando historias de terror? O de lo contrario me iré a dormir.

—Sí, es verdad. Dejen de pelear —comentó una pequeña de trenzas (trenzas que le había hecho la hermana Sheena).

—Sigues tú, Oliver. Era tu turno, aunque dudo que tengas algo bueno que contar —dijo Kendrick.

—Pues te equivocas, tengo una muy buena historia que contar —señaló Oliver.

El chiquillo avanzó por la sala, y tras sentarse junto a William, cogió la linterna que éste tenía.

—¿Están listos para escuchar una historia que no los dejará dormir?

—Sí, sí… ya empieza —balbuceó con fastidio Kendrick.

Winter sonrió divertida ante la entrada de Oliver, y pronto se les unió sentándose frente a éste.

—Por muchos años, la gente de Falkland ha hablado acerca de una criatura que habita en las profundidades del bosque… —Oliver encendió la linterna, e iluminando únicamente su rostro, continuó hablando—: Nadie lo ha visto nunca, pero dicen que su platillo favorito son los niños. Las personas lo llaman Bogeyman; algunos cuentan que la criatura ofrece caramelos a sus víctimas y con ello consigue llevárselas hasta su cueva.

—¿Caramelos? ¿Cómo los que nos ha dado la hermana Sheena? —interrumpió la pequeña de trenzas.

—Cállate, Amy —riñó Kendrick.

Amy entornó los ojos y soltando un resoplido, prefirió no hablar más.

—No, estos caramelos son especiales. Son caramelos con sabor a muerte.

—¿La muerte tiene sabor? —inquirió Winter, deleitada ante las palabras de Oliver.

—La muerte tiene un sabor muy especial… es una mezcla agridulce, que una vez que pruebas no puedes dejar de comer… entonces quieres más y más. Los caramelos funcionan de esa manera. El Bogeyman te los obsequia, y mientras te pierdes en su sabor, lo continúas siguiendo hasta que consigue desaparecerte. Cuando te das cuenta, ya es demasiado tarde para regresar; el bosque es tan grande, que sus caminos se convierten en laberintos —la susurrante voz de Oliver se acompañó del estruendo de un rayo alcanzando uno de los árboles del bosque.

Los niños gritaron, pero pronto Kendrick se levantó y fanfarroneó.

—¡Ja! Yo no le tengo miedo a nada. Esas cosas no existen, es solo una estúpida leyenda.

—¿Leyenda? —preguntó Amy.

—Sí… es una leyenda —respondió William relamiéndose los labios—. Algunos pueblerinos cuentan la leyenda del Bogeyman. Un depredador que come niños, las personas dicen que puede adquirir cualquier forma para engañar a su presa, pues necesita cazar para sobrevivir… es una leyenda muy antigua, nadie sabe de dónde provino.

—¿Y solo come niños? —Abrazó sus rodillas Amy, plegándolas hacia su pecho.

—Son la presa más fácil —dijo Oliver.

—Pero… pero… es… es solo una leyenda, ¿no? —tartajeó Eugene.

Un niño de nueve años, que se encontraba sentado junto a Winter.

—Sí, lo es. Es una estúpida leyenda. ¿Quién podría creerse esa historia? —soltó de nuevo Kendrick.

—No importa quien la crea o quien prefiera ignorarla. Yo estaba contándola, y únicamente te la has pasado molestándome desde que comencé —manifestó con enfado Oliver.

—Es verdad, Kendrick. Ya deberías cerrar la boca y dejar que Oliver continúe con la historia —comentó Winter.

—Todos ustedes son unos tontos, siempre se dejan impresionar por lo que Oliver hace o dice… como si fuera tan especial. Solo es un huérfano más de este maldito lugar.

Un relámpago iluminó el cielo, haciendo que el rostro de Kendrick se vislumbrara en la oscuridad. Tenía el ceño fruncido y los labios apretados uno con otro; mientras Oliver permanecía en silencio mirándolo fijamente desde su sitio.

—Eres un tonto, ¿lo sabías? —espetó William.

Kendrick se dio vuelta sin más, para después abandonar el recinto. La hermana Sheena ladeó la cabeza, y con ligeros ronquidos provenientes de su boca, continuó durmiendo sin percatarse de aquella discusión.

De haber escuchado las palabras de Kendrick, posiblemente le hubiese dado un castigo ejemplar, pues ella solía incomodarse ante expresiones tan peyorativas; y más aún, si éstas provenían de los niños.

—Kendrick es muy grosero —opinó Amy.

—No solo es grosero, a veces pienso que es muy cruel —añadió William.

Oliver continuó en silencio, apagó la linterna y después se la entregó a William. Se levantó de su lugar, y caminó en dirección a la ventana, donde momentos antes Winter había estado observando la lluvia caer.

William procuró no prestar mucha atención a tal acción, y se dirigió a una de las repisas de la sala, para coger una pequeña caja de madera. Regresó con sus compañeros, se sentó junto a Amy, y entonces preguntó:

—¿Qué tal si jugamos Dominó?

—Sí, eso estaría bien —opinó Hugh (un niño con un suéter tejido color moka).

William abrió la cajita de madera, y dejó caer las fichas de Dominó sobre la alfombra.

Oliver los miró de reojo, se sentó en el cojín que se encontraba junto al ventanal, y recargó su cabeza en el cristal.

La lluvia torrencial continuó, el cielo se iluminaba a ratos. El bosque parecía gruñir, mientras los árboles se abrían como si dieran paso a algo grande surgiendo de su interior para hacerse presente en el mundo de los humanos.

La imaginación de Oliver desbordó, y pensó en los monstruos de sus historias; uno de ellos saliendo de la penumbra del bosque, para irrumpir en el orfanato y aterrorizar a los niños. Kendrick decía no temerles, pero Oliver estaba seguro de que, si en algún momento algo así ocurría, éste terminaría por mearse en los pantalones.

—¿Te encuentras bien? —se escuchó la vocecilla de Winter.

Oliver ladeó un poco la cabeza mirándola con discreción.

—Sí.

Winter se mordió los labios y examinó a Oliver. No podía verle el rostro, pero podía sentir cierta melancolía revoloteando a su alrededor. Incluso llegó a asociarla a los recuadros que aparecían en las historietas que ambos solían leer en el periódico, aquellas en las que el personaje era perseguido por una nube gris y cargada de lluvia, que a lo largo de la historia no le dejaba en paz. Kendrick era la tormentosa nube de Oliver.

—Él no debió decir eso —articuló Winter.

Rodeó a su compañero, y no tardó en sentarse junto a él. Ambos eran iluminados por los relámpagos, y acompañados de la densidad de la noche.

—No pude terminar la historia. —Encogió los hombros.

—¿Quieres contármela?

Oliver llevó la vista más allá del bosque que se encontraba al otro lado de la calle. Si se miraba de frente, no había nada más allá de los árboles.

El cielo rugió con fuerza, y la lluvia empañó el cristal de la ventana. El agua era tanta, que aparentaba ser una neblina interminable devorando todo Falkland.

—El Bogeyman captura a los niños cuando los encuentra vagando solos en el bosque. Después de ofrecerles caramelos; se los lleva a su cueva… y los devora. —Desvió la mirada y la posó en Winter. Ella lo observó con la boca entreabierta, y los ojos brillándole como dos aros luminosos en la sombra de la oscuridad.


2

FALKLAND, ESCOCIA, 2 DE OCTUBRE DE 1966


Winter se encontraba sentada en el pasto, mientras sostenía con sus dedos una hoja seca. Haciéndola girar por el peciolo, la colocaba frente al sol, para ver como la luz del atardecer atravesaba hasta tocar suavemente su blanca piel.

Los árboles parecían arder en llamas durante aquellas épocas de otoño, las hojas secas y caídas crujían cuando los niños corrían sobre ellas, el cielo era pálido y el sol tenue.

Para aquella fecha, Winter tenía tan solo diez años, recién había llegado a Saint Galloway. Era tímida, pecosa y pequeña. Con una nariz que parecía un pequeño botón en el centro de su rostro. Su cabello era de color zanahoria, y su piel diáfana estaba llena de pequeñas pecas. Sus ojos grandes y vivaces eran de un verde tan claro que a veces parecía transparentarse aún más. Mientras sus labios carnosos se desplegaban cuando sonreía, dejando ver unos grandes dientes frontales.

No tenía amigos, era bastante retraída. Las monjas no solían decirles a los niños el origen de los otros, era información que no consideraban apta para nadie más que para ellas. Sin embargo, entre ellos algunas veces compartían lo que recordaban.

Algunos venían de otros orfanatos, otros cuantos habían sido abandonados por sus padres. Pero la verdad era que, la mayoría prefería no hablar al respecto, estar en Saint Galloway era como iniciar de nuevo, con otra vida donde podían ser lo que ellos desearan.

William tenía los ojos vendados con un pañuelo negro, mientras Eugene le daba vueltas, y los demás niños corrían a esconderse. Oliver siempre era el último en ser encontrado, por lo cual eso le daba ventaja sobre los demás, para así ganar el juego al final.

Eugene se detuvo y después corrió con los otros. William tanteó el terreno ante cada andar, y a paso lento fue intentando atrapar a sus compañeros.

Oliver vislumbró a Winter sentada al otro extremo del jardín, dejó de correr, y amusgó los ojos para apreciar su delicado rostro mirando la hoja amarillenta. El viento se coló entre los rizos de la pequeña, elevando su cabello hacia un lado, y dejando pasar la luz en éste. El color se hizo más radiante, Oliver la comparó a una muñeca de la madre Aili, fue la primera vez que pensó en eso.

Se alejó del resto de los niños y avanzó hasta la pequeña Winter. La había visto llegar el día anterior a ese, pero no le había hablado. Era solitaria y callada, desde el instante en el que se había unido a Saint Galloway. Oliver no había pensado nada acerca de ella, pero esa fue la primera vez que lo hizo.

Atado por la curiosidad, siguió avanzando sin mirar a los demás. El resto continuó correteando, mientas William giraba en sí mismo tratando de atraparlos.

—¿Quieres jugar con nosotros? —preguntó Oliver con toda seguridad, una seguridad que pocos niños podían poseer a esa edad.

Winter levantó el rostro y lo miró con recelo.

—No, gracias.

—¿Por qué? —continuó.

Se metió las manos a los bolsillos de sus pantalones cafés, aquellos que no hacía mucho, había obtenido entre la ropa donada por los pueblerinos de Falkland.

—Es que... —Apartó la mirada, y extendió—: No sé cómo.

—¡Oh! —exclamó con una sonrisa—. Es bastante sencillo, ¿sabes?

Oliver echó un vistazo a sus amigos, y pudo ver que ahora Kendrick era el que se encontraba vendado de ojos.

—Aunque… tengo una mejor idea.

—¿Cuál? —inquirió Winter.

—Hay algo que encontré hace unos días, no lo he compartido con nadie. Puedes verlo si quieres.

—¿Qué es? —Dejó de lado la hoja, la cual no tardó en llevarse el viento.

Oliver le sonrió con tanta confianza, que hizo sentir por primera vez a Winter en un hogar. Le extendió la mano, y ella la sujetó sin miedo. Pronto se levantó del pasto, y quedando frente al chico, pudo percatarse que era sutilmente más alta que él. Sin embargo, la diferencia era tan mínima, que quizá hubiese pasado desapercibida a simple vista. Donde había estado anteriormente, ella había sido la más pequeña; siempre incomprensible y solitaria.

Oliver comenzó a caminar hacia el otro extremo del lugar, Winter lo siguió sin poder dejar de mirar hacia atrás.

—Pensé que no nos dejaban entrar al bosque —dijo confundida, tras ver que se aproximaban a éste.

—Por eso es un secreto. Pero descuida, volveremos antes de que lo noten.

La actitud osada de Oliver cautivó a Winter; y el encanto en ella causó curiosidad en su pequeño compañero, por lo que aquella inocente conexión entre ambos había surgido de manera natural e inevitable.

—¿De dónde vienes? —indagó Oliver sin detenerse.

—De un sitio muy lejos de aquí. —Apartó una rama que estaba a punto de golpearle en el rostro.

—Entiendo, ¿en otra ciudad?

—Sí.

—¿Tenías amigos allí? —continuó Oliver, se detuvo y subió con cautela una de las grandes y gruesas raíces que sobresalía de un árbol.

—Eh… no precisamente… éramos solo niñas.

—¿Solo niñas? —cuestionó incrédulo, dejando escapar de manera imprevista, un chillido agudo ante pronunciar la última sílaba.

Winter rio divertida ante el cambió de voz, luego respondió:

—Sí… solo niñas.

—Que aburrido, ¿no? —La miró con una discreta sonrisa.

—Algo… parece que aquí se divierten más.

Oliver apretó los labios y continuó caminando sin responder. Winter lo siguió hasta llegar a un claro del bosque.

—Aquí es… mira. —Señaló con el dedo una vieja casa de árbol que se encontraba por encima de ellos.

Winter miró hacia arriba, percatándose de como el gran árbol sostenía entre sus ramas, aquella vieja casa de madera. Adheridas a su tronco, se encontraban unas tablas irregulares, las cuales habían sido fijadas con clavos, para formar una especie de escalera que ayudaba a llegar hasta la casa.

—Es asombrosa… —externó maravillada.

—¿Quieres subir? —averiguó.

Winter dudosa respondió:

—¿Es segura?

—Claro, ya he estado en ella un par de veces. —Colocó una mano en la primera tabla fijada al tronco.

—¿Y cómo es que nadie sabe de ella?

—No lo sé. —Se encogió de hombros—. Quizá se deba, a que pocas veces alguien viene al bosque.

—¿Y cómo es arriba?

—Tienes que verlo por ti misma.

Oliver escaló ágilmente por los tablones, Winter le vio alejarse hasta llegar al penúltimo tablón.

Con temor, la chiquilla tanteó las tablas, y luego se decidió a seguirlo.

—Puedo ver el orfanato desde aquí. —Vislumbró Winter mientras continuaba subiendo.

—En realidad, no estamos tan lejos —añadió Oliver.

—Pero… está muy alto —titubeó.

Winter miró por encima de algunos árboles, para percatarse de la distancia que tenían con respecto a la casa. Cuando regresó su rostro a Oliver, pudo notar que éste ya había llegado a la casita.

—¿Ves? No era tan difícil —comentó el chiquillo con una sonrisa traviesa.

Winter colocó ambas manos en el piso de madera, e impulsándose con sus delgados brazos, subió sus piernas hasta poder colocarse de pie en la casa.

—No, no lo fue —mintió.

Intentó disimular su miedo a las alturas, se sujetó con fuerza a uno de los pilares de la casucha, mientras temerosa se abstenía de aproximarse a la orilla.

No entendía como Oliver podía mantener el equilibrio. Caminaba despreocupadamente por la orilla. Eran solo unos centímetros de suelo, los que podían protegerle de una caída. Pero él parecía no temerle a nada.

—Ven, no tengas miedo. —Extendió su mano hacia la niña.

Winter lo sujetó con fuerza, y a paso lento se fue acercando hacia el borde.

—No me gustan las alturas —admitió.

—No mires hacia abajo, mira hacia el cielo.

Winter levantó la cabeza, y vio como las nubes se tocaban una con otra, cubriendo por ratos el sol, y haciendo sus destellos cada vez más sutiles.

—Se ve tan hermoso —expresó la pequeña.

—A veces vengo aquí para leer un poco. La hermana Sheena nos presta libros, y con el ruido que hacen los demás es difícil concentrase.

—Pensé que te gustaba estar con tus amigos.

Oliver apartó la mirada y se mantuvo en silencio por un momento, después cambió el tema e hizo una pregunta:

—¿Quieres escuchar una historia?

—Claro.

—A veces cuando vengo aquí, me imagino que esta casa pudo pertenecerle a un niño del orfanato. Pero pienso que fue hace muchos años, por lo que no pudimos haberlo conocido ni tú ni yo. Él venía todas las tardes a leer, no tenía amigos… pero un día… escuchó un extraño ruido, algo así como un rugido. Asustado decidió bajar a averiguar. Pero ese fue el peor error que pudo haber cometido.

Winter se dejó transportar por la suave voz de Oliver, mientras se sentaba en la orilla del suelo de la casa, dejando suspendidos sus pies en el aire.

No pasó mucho para que Oliver ocupará un sitio junto a ella, apreció la copa de algunos árboles, y continuó narrando:

—Cuando bajó, vio lo que pocos han visto… un ser del infierno que se alimenta de los niños. Después de esa tarde, no volvió al orfanato… y su casa del árbol, se fue quedando olvidada en el bosque. Se llenó de polvo y de hojas que crecían por doquier.

Las ramas se arrullaron con el viento, y desde aquella altura, ambos pudieron contemplar el bosque de una manera inigualable.

—¿Te has inventado esa historia? —Meneó los pies lado a lado.

—Sí, a veces me invento historias como esa —confesó Oliver.

—Me ha gustado mucho —expresó con timidez Winter.

Oliver se ruborizó, y apartó la mirada depositándola en sus pies. Comenzó a moverlos al igual que Winter, a lo que ella habló de nuevo.

—Creo que deberíamos volver, se darán cuenta de que nos hemos ido —propuso la niña.

—Entonces es momento de irnos —externó el chico levantándose, y dirigiéndose a la primera tabla que lo llevaría de regreso a la tierra.

—Oliver… —pronunció Winter, el niño ya estaba por debajo de ella, por lo que levantó la cabeza para verla—. No le diré a nadie de tu secreto.

—Gracias. —Le sonrió.

Ella le regresó tal gestó mientras lo observaba descender.

—Podemos volver. —Dio un brinco Winter, una vez que había llegado al último tablón.

—Sí, entonces quizá podamos enfrentarnos a la criatura del bosque —bromeó Oliver.

—Prefiero que eso no suceda. —Echó a reír.

—De igual forma, no creo que vaya a torturarte.

—Eso espero. —Comenzó a avanzar rumbo a la salida del bosque.

—Seguro que no lo hará —insistió Oliver.

—¿Y cómo estás tan seguro de ello?

—Eres demasiado bonita para ser atormentada por los monstruos.

Winter se detuvo a unos pasos de la salida, vio a Oliver, y le regaló una sonrisa que pareció sincera.

Oliver la contempló, aunque ni la eternidad le hubiera servido para terminar de contar sus pecas.

—¡¿Qué hacen aquí?! ¡Oliver! ¡Winter! Nos tenían angustiadas, hemos estado buscándolos por todas partes. Ya pronto anochecerá, saben que tienen prohibido ir al bosque. Y más aun estando solos, ¿en qué pensaban? —reprendió la hermana Sheena.

Su rostro estaba enrojecido, y unos delgados cabellos se asomaban por debajo de su toca.

—Lo… sentimos… —balbuceó Winter.

—¿Sentirlo? Con sentirlo no basta, recibirán un castigo ambos.

—No, hermana, no por favor —intervino Oliver.

—No me contradigas, Oliver.

—Es que… ha sido mi culpa. Yo fui el de la idea de venir aquí.

—Pues eso estuvo muy mal. Oliver, tú conoces las reglas mejor que Winter, ¿por qué se te ocurrió tal idea?

—Es que… no fue apropósito. Estábamos jugando a las escondidillas y nos alejamos demás —explicó el chiquillo.

—Vuelvan adentro, pronto será hora de cenar. Mañana pensaré en que castigo darles —expuso tratando de serenarse.

Oliver bajó la cabeza y caminó rumbo a la casona, Winter lo siguió. Y tras correr un poco más, se aproximó a él.

—Podemos ir durante las noches, así nadie se dará cuenta.

Oliver le sonrió con complicidad, y sin que la hermana lo percibiera, le susurró:

—Será nuestro secreto.



3

FALKLAND, ESCOCIA, 1° DE NOVIEMBRE DE 1967


El asfalto se encontraba húmedo, consecuencia de la lluvia que la noche anterior había capturado al poblado. El cielo estaba cubierto de nubes grisáceas que apenas dejaban visible la presencia del sol.

Los árboles se mecían suavemente, provocando un ruido que el viento se encargaría de llevarlo a todo el pueblo. Parecía un silbido arrullador, traído de lo más profundo del bosque, como si fuera el lamento de las flores.

Algunos habitantes se hallaban abriendo sus comercios, la noche anterior había dejado rastros del festín en las calles, que horas antes de la tormenta se había dado. Envoltorios de golosinas, y papeles de colores que se habían ocupado para adornar.

La hermana Sheena abrió los ojos de par en par, la luz opaca del día la había despertado. Se estiró de brazos, y vio a los pequeños durmiendo a su alrededor, metidos bajo sus cobijas que habían llevado a la sala, para dormir todos juntos aquella noche de tormenta.

—Ya es hora de empezar el día —anunció la hermana.

Caminó hacia los niños, y uno a uno comenzó a despertarlos.

—¿Qué hora es? —averiguó seguido de un gran bostezo William.

—Las ocho de la mañana —respondió la mujer tras mirar el reloj adherido en lo alto de la pared.

—Ya pronto estará listo el desayuno, será mejor que se apresuren —indicó la hermana Christina mientras ingresaba a la sala.

—Recojan todas sus cosas y llévenlas a sus habitaciones. Después bajen a desayunar.

Los niños cogieron sus cobijas y almohadas, y adormecidos caminaron rumbo a las escaleras.

—¿Qué tal dormiste en el sillón? —preguntó la hermana Christina, mientras se aproximaba a los ventanales y descorría las cortinas.

—No tan mal, aunque admito que desearía seguir durmiendo. —Bostezó.

—Fue una noche larga, ¿no crees?

—Esos niños tienen demasiada energía —comentó la hermana Sheena.

—Lo sé, la navidad anterior que me tocó estar con ellos, no dormí nada. Estuvieron hablando y riéndose toda la noche —contó.

Los pequeños fueron bajando uno a uno. La hermana Sheena se colocó en la entrada de la cocina junto con la hermana Christina, y en orden fue dejándolos entrar a ocupar su lugar, en la gran mesa de madera donde solían reunirse junto con las hermanas y la madre Aili.

La cocina era uno de los lugares más acogedores de la casa. Tenía el típico estilo rústico usado a menudo en Falkland. El suelo de madera, las paredes de ladrillos, y algunos viejos utensilios. Las gallinas correteando en la parte trasera, también podían escucharse desde allí.

—¿Qué comeremos hoy? —preguntó Amy.

—El Sheriff nos ha enviado pato, por lo que la hermana Hannah lo ha preparado. Así que eso comeremos —respondió la hermana Christina.

Llevaba unos huevos dentro de una canasta, los había recolectado esa misma mañana, y estaba a punto de acomodarlos, en una de las mesas que se encontraba repleta de platos y vasos que los niños solían ocupar.

—Les gustará, el pato es mi especialidad, además hice puré para acompañarlo. —Sonrió la hermana Hannah, mientras se daba vuelta con el cucharon en la mano y el delantal con rastros de comida.

—Huele bien —comentó William, quien ya se encontraba sentado en la mesa, con las manos entrelazadas sobre ésta.

—Vamos a empezar dando gracias al Señor —indicó la madre Aili, como siempre ocupando su lugar en el extremo de la mesa, donde todos pudiesen verla.

Las hermanas se ubicaron en sus respectivos sitios, la madre esperó a que todos se sentaran, y entonces prosiguió a decir:

—Hermana Christina, ¿puede dar las gracias hoy?

—Claro que sí, madre Aili. —Unió sus manos, y bajando el rostro comenzó con la oración.

La hermana Sheena con inquietud miró a los niños, tratando de contarlos. Pues sentía que hacían falta dos, dos en especial que no podían pasar desapercibidos nunca.

—Amén… —finalizó la hermana Christina.

—Bien, ya pueden empezar a comer —externó la madre Aili, entonces sujetó su tenedor y picó un pedazo de pato para luego llevárselo a la boca.

—Winnie —llamó a la pequeña Winter, quien comía frente a ella.

—¿Sí, hermana Sheena?

—¿Dónde están Oliver y Kendrick?

La niña se encogió de hombros y miró a cada extremo de la mesa.

—No lo sé.

—¿Qué sucede, hermana Sheena? —cuestionó enseguida la madre Aili.

—Ahora vuelvo, iré por Oliver y Kendrick.

—Adelante, pero sabe que ese comportamiento no está permitido. Todos deben estar presentes cuando se va a comer —señaló con severidad.

—Sí, madre. Yo me encargaré de repetírselos.

La madre Aili asintió, a lo que la hermana Sheena se levantó de la mesa y salió de la cocina.

Pronto comenzó a buscar por las habitaciones, mas no encontró a ninguno de los niños. Al inicio intentó mantener la calma, pero conforme fue recorriendo cada rincón de la casa, terminó por angustiarse.

—Dios mío… ¿dónde están? —dijo para sí misma apretando los dientes.

Se rascó la cabeza acongojada, con los ojos enrojecidos y las manos sudorosas. Entonces volvió a subir las escaleras.

—¡Oliver! —exclamó al ver al niño saliendo del baño con una toalla cubriéndole el cuerpo.

—Hermana Sheena, ¿qué sucede? —preguntó confundido.

—Eso es lo que yo me pregunto. ¿Dónde estabas metido? Te he estado buscando por todas partes. Casi me matas del susto.

—¿Dónde están todos? —inquirió relamiéndose los labios.

—Están desayunando en la cocina. ¿Dónde está Kendrick? —Volteó a ver hacia todas partes, incluyendo el baño.

—No tengo idea. Yo entré a bañarme porque quería estar limpio para el desayuno… pero creo que me demoré demás, lo siento. —Algunas gotas de agua escurrían de su cabello, y sus mejillas rojizas se hallaban empapadas.

—Ve a vestirte, buscaré a Kendrick.

Oliver asintió con inocencia, y se dio vuelta para ir a la habitación. Preocupada, la hermana Sheena continuó buscando a Kendrick por toda la casa.

Después de estar ausente durante todo el desayuno, la hermana Sheena volvió resignada a la cocina. Tenía el rostro pálido y los nervios al borde.

Se percató de que los niños habían terminado de comer, y la hermana Christina se había encargado de llevarlos fuera de la casa para que jugaran un poco. Puesto que al otro día tendrían que retomar sus lecciones.

—Madre Aili… —pronunció temerosa.

La madre se hallaba sentada en la cocina leyendo el periódico local. Mientras la hermana Hannah acomodaba los trastos, que previamente los niños habían lavado.

—¿Qué sucede, hermana Sheena?

—Kendrick no aparece por ningún lado.

—¿Kendrick? ¿Pero que no estuvo con ellos toda la noche?

—Sí, y le juro que él estaba en la sala con los demás. Pero para serle honesta, no recuerdo haberlo visto desde que amaneció.

—Bien, hermana, tranquilícese. Por el amor de Dios, tiene un aspecto fatal. Vamos a buscar a Kendrick, debe estar metido en algún lugar de la casa.

—Pero ya he buscado por todos lados, en las habitaciones, en el baño, revisé el jardín. Incluso entré a la habitación de usted, pero Kendrick no está. No aparece —remarcó—. Me temo que haya podido ir al bosque.

El rostro de preocupación de la hermana Sheena, terminó por alertar a la madre Aili, quien pensativa intercambió miradas con la hermana Hannah.

El ambiente se tensó como preludio de un mal augurio, el viento sopló abriendo la puerta de la cocina que llevaba a la parte trasera de la casa, y el velo de las tres monjas ondeó suavemente.



...

18 de Março de 2019 às 19:36 2 Denunciar Insira 3
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Aria Ravelo Aria Ravelo
Genial, espero con ansias seguir leyendo.
24 de Março de 2019 às 09:26

  • Olivia Ortiz Olivia Ortiz
    Pronto estará terminada y la leerás completa ;) 24 de Março de 2019 às 16:11
~

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