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chio-alvarez1552621087 Chio Alvarez

Bajo de la ventana para ponerme de pie frente a Alfred, su mirada se baja hacía mí, su altura llevándome ventaja por unas cuantas pulgadas. Hago aletear las pestañas como las alas de la mariposa que segundos antes sostenía en mi dedo; él solo levanta la mano hacía mi rostro para acariciarlo con los nudillos. Instintivamente, cierro los ojos dejándome llevar por las caricias, unas caricias lejanas a ser iguales o mejor que las de él. Caricias imposibles de llegar a ser iguales porque él se fue y no regresaría. Entonces sus manos acunan el rostro húmedo por las lágrimas silenciosas y se inclina dando un beso cálido en los labios. Pero no es lo suficientemente cálido para apartar el frío que existe dentro de mí. Nadie puede calentar mi corazón.


Ficção adolescente Impróprio para crianças menores de 13 anos. © Derecho a la integridad de la obra

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PRÓLOGO

Pude haberlo seguido, yo pude haber bajado del auto a tiempo y entonces alcanzarlo, yo pude haber hecho la llamada de ayuda que él me exigió hiciera, yo pude...


Yo pude haberme evitado todos esos problemas si no hubiera salido a cenar esa noche con él.


Una mariposa se detuvo en mi dedo índice haciendo cosquillas con sus patas diminutas, sonreí, pero no de la manera en que todos esperaban que volviera a hacerlo. Era una sonrisa vacía de interés, sin color, sin significado... Como todo lo que quedó después de esa pelea.


Suspiro. Un suspiro lleno de dolor, de vacío, de falta de consuelo, de abandono.


— Entonces usted no tenía ni idea de lo que el chico era. —Dice el doctor Alfred, como sí dejara al aire un par de puntos suspensivos que mostraba su claro desacuerdo con mí anterior afirmación.


Mi psicólogo.

Un psicólogo que más bien parece un chico que apenas ha empezado a hacer sus primeros servicios como tal.


Trago saliva ignorando el hecho de que como las sesiones anteriores ya no se refiere a él por su nombre, supongo que después de tantos chillidos y gritos por parte mía ha decidido cambiar la estrategia con lo que respecta a asuntos relacionados a él.


— No puedes culparte por lo que sucedió.


— ¿Qué, exactamente, pretende que haga? —dejo ir a la mariposa antes de cerrar la ventana y girarme hacía él. Sus ojos están posados en los míos como si intentara leer lo qué pasa por mi cabeza.


El problema es que nadie —al parecer —puede hacerlo. Nadie. A excepción de él.


Bajo de la ventana para ponerme de pie frente a Alfred, su mirada se baja hacía mí, su altura llevándome ventaja por unas cuantas pulgadas. Hago aletear las pestañas como las alas de la mariposa que segundos antes sostenía en mi dedo; él solo levanta la mano hacía mi rostro para acariciarlo con los nudillos. Instintivamente, cierro los ojos dejándome llevar por las caricias, unas caricias lejanas a ser iguales o mejor que las de él. Caricias imposibles de llegar a ser iguales porque él se fue y no regresaría.


Entonces sus manos acunan el rostro húmedo por las lágrimas silenciosas y se inclina dando un beso cálido en los labios. Pero no es lo suficientemente cálido para apartar el frío que existe dentro de mí.


Nadie puede calentar mi corazón.

15 de Março de 2019 às 04:11 0 Denunciar Insira 0
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