u15519752281551975228 Ibán José García Castillo

Carlos es un chico de 18 años que quiere meterse al ejército, el típico niño que se cree que lo sabe todo y que es el mejor en todo lo que hace, hasta que tiene que enfrentarse a un verdadero reto del que no pude escapar ni mentirse, el fin del mundo se avecina y todo va girando en torno a él, teniendo que madurar y darse cuenta de golpe que no puede seguir engañándose a si mismo, es humano y comete muchos errores y esa será su mayor virtud para sobrevivir a lo que se avecina.


Horror Horror teen Todo o público.

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Día treinta

Ese día me levanté temprano, a pesar de mi pereza habitual, eso no lo puedo evitar, me gusta mucho la cama. Las seis de la mañana y aun era de noche. Tenía la ventana abierta y desde allí vislumbraba una bonita imagen panorámica de toda la calle, en ese momento desierta y vacía. El camión de la basura llegó con su habitual ronroneo puntual a su cita con la acera de enfrente y no tardó en perderse en la lejanía.

Quería presentarme a las fuerzas armadas, ser un soldado profesional. Para ello tenía que prepararme para las pruebas físicas. Desde hacía unos años, los exámenes de acceso se habían endurecido, puede que tuviera algo que ver la incipiente crisis de la que todo el mundo hablaba, aun así quería sacar la máxima puntuación y nada lo iba a impedir. Iba a ser un gran soldado.

Había terminado la E.S.O , enseñanza secundaria obligatoria, el año anterior y había perdido la motivación por todo, ya no sabía cuál era mi lugar, ni donde encajaba; sentía que nadie me comprendía, por eso la vida de ser soldado era tan atrayente, quería aprender a sobrevivir, no sentirme pegado a ningún lugar , aprender a esquiar, escalar, ser un nómada, no tener que encajar en ningún lado, ni integrarme en esta sociedad tan fría. Quería ser un alma errante, que viviera aquí y allá disfrutando de hacer lo que quisiera y de tener tiempo libre.

Yo creía por aquellos días, que me gustaba la acción, el riesgo y la aventura. Por este motivo me estaba levantando toda la semana a las seis, para acostumbrarme, para irme a correr, hacer flexiones y abdominales, para estar preparado para la semana siguiente. Al menos eso ocurría en mi mente, otra cosa era lo que en realidad terminaba pasando; no me levantaba hasta antes de las 11:00, con un dolor de cabeza muy grande por haberme quedado el día anterior jugando a juegos en línea hasta altas horas de la noche. Me apunté al ejército la semana anterior. Todo lo que tuve que hacer fue entregar los papeles en un cuartel de Valencia y me dieron cita para presentarme al examen "psico-técnico". Decían que era complicado pero yo no creía en aquel momento que hubiera mucho de que preocuparse, aunque como más adelante vería, no tuve la oportunidad de llegar siquiera a intentarlo.

Era un chico normal, moreno, de pelo corto y de punta. Llevaba siempre una gorra negra y un colgante con una bala de 9 mm vacía, que me había dado un amigo de mi padre, que era militar, luego me enteré que "ese amigo" la había comprado en los "chinos". Parecía más joven de lo que era y quería creer, en aquel momento, que se notaba algo el esfuerzo de las últimas semanas en el gimnasio, sobretodo al enseñar mi pecho y brazos, estaba orgulloso de ello. Ahora en la distancia admito que el gimnasio durante 3 semanas a intervalos irregulares apenas había tenido un gran efecto en mi, pero eso de haberme depilado el pecho y los brazos y algo de mi mermada autoestima ayudaban a sobrevalorar los efectos conseguidos. No era un chico muy corpulento muy a pesar de mi ego interior. Tenía 18 años y creía que lo sabía todo, creo que es un gran defecto de estas edades, nuestro afán de independencia y de sentirnos diferentes y mejores nos llevan por caminos poco realistas sobre nuestras capacidades y virtudes. Hoy en día puedo decir que mi mejor característica era la soberbia, de la cual me emborrachaba a diario, cuando quise darme cuenta de que no lo sabía todo ya era tarde...

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La calle estaba desierta... mi ritmo era rápido, aunque nunca se me había dado muy bien "correr", me gustaba. Durante una hora te olvidabas de que el mundo existía y lograba sumirme en un trance sanativo, que cicatrizaba todas las heridas que mi mente juvenil se autoinflijía con supuestos atentados a mi persona, cabreos impersonales contra el mundo, por no dejarme vivir sin necesidad de tener que trabajar y esforzarme, todo parecía ir contra mi, tenía que limpiar, lavarme, tratar bien a los demás y todo a pesar de mi rabia creciente por no saber hacer nada y no querer tampoco esforzarme en ello, el mundo no era justo conmigo.Cada día estaba recorriendo cerca de 10 km, como imagináis eso era de lo que intentaba auto-convencerme, de eso y de mi ritmo sobrehumano, si puede decirse que una hora y media es un récord para ello, cosa que no creo. Solía pararme a la media hora como mucho, con la lengua fuera y jadeando como un perrito insolente, que quisiese burlarse de su dueño y luego andaba tres cuartos de hora antes de animarme el último tramo a llegar corriendo a casa y meterme en la ducha, creyéndome invencible.
Así pasó la mañana, recorriendo a paso rápido los alrededores de la ciudad, viendo como las farolas empezaban a apagarse a medida que se hacía de día. Esa mañana no tenía muchas cosas que hacer. Ya le dije a mi madre que no quería seguir estudiando que me iba a preparar para el ejercito y ella con un bufido me dejó, como hacía siempre, no sin antes advertirme lo que ya sabía que iba a pasar y yo terminaba entre gritos saliendo de casa y diciendo que me dejarán en paz, no me comprendían. A día de hoy puedo decir que mi madre solía tener razón "SIEMPRE" y puede que fuera eso lo que más me cabreara.

Viví con ella a solas prácticamente toda mi infancia. Mi mamá se llamaba Amanda, era una mujer atractiva de 40 años, muy bien conservada, rubia, de ojos color miel, dulces y duros al mismo tiempo. Mi padre murió cuando yo tenía 5 años y apenas tengo un gran recuerdo de él. Un "bicho" de esos microscópicos se le metió por una herida pequeña y le infectó parte del brazo. Él creyó que sólo era una pequeña hinchazón debida a un golpe, grave error. El brazo se le gangrenó por no haber acudido de inmediato al hospital y antes de poder darse cuenta, llevaba 20 operaciones de limpieza de pus, que terminaron en un "shock tóxico" provocado por las toxinas que liberaba la gangrena en su avance, causándole un falló multi-orgánico que terminó finalmente con su vida.

Habían pasado ya 13 años desde aquello y mi madre estaba aun intentando rehacer su vida. Creo que recuerdo haberla oído llorar todas y cada una de las noches que recuerdo desde que pasó. En algunas ocasiones entraba y la abrazaba y hacia como si no me afectara la situación, eso si lo recordaba, al menos antes lo hacía, ahora creo que mi rabia y mi orgullo habían anestesiado esa parte importante de un ser humano llamada comprensión. No quería entrar, no quería ayudar, solo quería olvidar que alguna vez había tenido padre, estaba rabioso con él, por habernos abandonado, por haber muerto, lo culpaba de todo lo que iba mal en mi vida, por que si, era más fácil culparlo de todo, que darme cuenta del verdadero culpable de lo que pasaba en mi vida día a día.

Ahora ella empezaba a salir otra vez un poco con amigas y alguna vez había quedado con un hombre que conoció a cenar. Pero no era nada serio y no creía que en mucho tiempo pudiera serlo. Mi padre hecho raíces alrededor de su corazón y aun estaban ahí, acompañándola en cada bombeo de su vida, aun guardaba todas sus cosas en un caja, que revisaba cada semana como si fuera un ritual, recordando su cara, no quería olvidar nada de él y eso le seguía causando mucho dolor.

Yo era un chico duro, sin sentimientos, cierto que tenía 5 años cuando lo perdí y cierto que lo echaba de menos y lloré durante mucho tiempo en silencio su muerte los primeros años y aun lo hacía en esa época, pero en el fondo de mi sabia que yo era un chico duro, jamás admitiría el recuerdo de haber llorado.

Seguro que ahora estaría en un lugar mejor, la vida era una mierda.

Cuando llegaba de correr por las mañanas, mi madre me tenía preparado el desayuno en algunas ocasiones como aquella. Me lo tomaba con rapidez. La verdad es que soy muy nervioso, excepto cuando me ponía hasta el culo de porros o cuando me pasaba la tarde entera sin hacer nada hasta que me dolía todo el cuerpo al levantarme del sillón, claro.

Cuando llegué a casa, me tomé la leche con cola-cao, una magdalena y me duché. Al salir la tele estaba puesta en el salón y se oían las noticias. Eran las nueve y mi madre se iba a trabajar ya. Entraba en media hora, así que no tardaría mucho en irse. Era limpiadora del hogar y tenía una serie de pisos que limpiar todos los días. Era un trabajo duro y que no dejaba mucho dinero en casa, pero lo suficiente para que pudiéramos salir adelante, aunque tal vez si yo hubiera decidido trabajar también, habríamos pasado menos penas.

En la tele escuché la noticia de varios grandes incendios ocurridos a lo largo de todo Madrid. Una sala de cine, unas oficinas del centro y un listado de otros lugares menores que tenían en jaque a todo el cuerpo de bomberos y policía de la zona. Lo más raro es que en ninguno de los lugares se habían encontrado ninguna víctima.

No había cuerpos, aunque se sabía de docenas de desaparecidos en cada uno de los incendios.

La caja tonta siguió dando sus reportajes y ya no le presté demasiada atención. El día pasó rápido. Yo en el ordenador, jugando a "call of duty" y bebiendo 2 litros de coca-cola de. Por la tarde llegó mi madre sobre las ocho, preparó la cena y me fui a dormir, supuestamente claro, ya sabéis que continué haciendo durante prácticamente toda la noche, ¿no?

9 de Março de 2019 às 12:43 2 Denunciar Insira Seguir história
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