Sesenta Seguir história

wereyes Waldo Reyes

Este era otro día de trabajo para J.B. Otro más de tantos. Como siempre debía tener la mente clara para concentrarse en los algoritmos de manejo del Hiper-colisionador. Él no lo sabía, pero este día tenía de todo menos el ser uno ordinario. A las fuerzas que se enfrentaría no se las hubiese imaginado jamás... Este es el primer cuento de una compilación registrada en: Safe Creative Identificador: 1902280069083


Ficção científica Todo o público. © Todos lo derechos reservados

#waldo-reyes #reyes #waldo #80 #sesenta #vacuones #masa #relato-fantastico #amor-cuento #ingeniero #scfi #colisionador #colider #fisica #cuento-corto #laboratorio #corto #ciencia #amor #ficcion
Conto
0
3.7mil VISUALIZAÇÕES
Completa
tempo de leitura
AA Compartilhar

Sesenta

A principios de los ochenta se había puesto en marcha la primera versión del hipercolisionador espiral de protones. El científico a cargo: Antonio Burgos, revisaba la tuberías del aparato por posibles defectos.

Una anomalía hizo funcionar el instrumento antes de lo previsto.

La radiación protónica de un rayo de energía concentrada de tres mil greys suficiente para matar a ciento cincuenta personas había entrado por la coronilla de su cabeza... y salido por su nariz.

«¿Qué es esto?, fue como un destello brillante de mil soles atravesando mi cerebro», pensó.

Quedó con secuelas: la mitad izquierda de su rostro paralizada, perdida de audición en ese mismo lado, tinnitus crónico, convulsiones y algunos nervios dañados. Sin embargo sobrevivió por razones, hasta aún hoy, desconocidas. Fue profesor de varios científicos nuevos uno de los cuales trabajaría en el moderno colisionador y tal vez encontraría, al fin, la respuesta a su “milagrosa” supervivencia…

—¡José está listo el desayuno trae al niño que tenemos que irnos!

—Era necesario, ¿huevos con tocino? —preguntó un preocupado padre.

—¡A mi me encantan papá! —exclamó el pequeño que bajaba las escaleras desde su habitación, vestido, peinado y listo para ir al colegio.

—Pero mi amor eso es para el niño, él está en crecimiento. Tu tienes tus batidos de siempre —aclaró su mujer dándole un cariñoso beso en la mejilla, limpiando luego el lápiz labial con su mano.

—En tú día especial no se vería muy bien la marca de un beso en la cara.

—Me temo que no —rieron juntos.

José Bernardo de la Peña López, hijo de antiguos inmigrantes mexicanos. Era difícil para los americanos pronunciar su nombre. Desde la primaria tuvo que lidiar con ello. Para sus compañeros fue más fácil llamarle J.B. y en su casa era José. Ese fue el menor de sus problemas, el ser obeso le trajo innumerables episodios de bullying, sobretodo en la secundaria, lo menos que le dijeron fue chubby. Se lo pasó en estudios de informática, física, matemáticas, álgebra y química. Como pasatiempo tenía los juegos de vídeo, su único vicio aparte de comer, que terminó por bautizarlo como nerd ante el resto. Hasta que llegó a sus tiempos de universitario; ahí conoció al gran amor de su vida y actual pareja. A la que le hizo la promesa de estar bien de salud, física y mental, para poder pasar la eternidad a su lado.

Había cumplido una meta. Llegó a su peso ideal, que alcanzó con rigurosas dietas y ejercicios. Los días de exceso de tamales, nachos, fajitas, tacos, burritos, enchiladas, y tortillas por fin quedaban atrás. Por una década cargó con cincuenta kilogramos extra y le tomó otra más para bajarlos. A sus treinta y cinco años, por fin, lo logró.

Su mamá Rosa Edelmira de la Santa Virgen de Guadalupe López Rodríguez. Le repetía siempre lo mismo, al visitarlo, como los discos rayados de Miguel Aceves Mejía que ponía en el viejo tocadiscos.

—Tu papá era gordo tu abuelo era gordo y tu bisabuelo era gordo, y todos chaparros como tú, no se porque le das y le das con ese asunto de la dieta y el peso. Dios nos hizo gordos a unos y a otros flacos. Disfruta la vida mi niño, si de algo hay que morirse, órale pues. —Enseguida le servía sendos platos con los burritos más grandes que podía hacer.

Le costó tanto que se obsesionó con ello. Llevaba siempre con él una balanza de bolsillo para pesar su comida. Creó un programa y diseñó un sensor que permitía tener acceso a su peso en cualquier momento, con la simple activación de una aplicación en su móvil.

Uno de los beneficiados de este “nuevo” J.B. era Joseph, su hiperactivo hijo de seis años. En sus días libres, jugaban cuanto podían hasta quedar exhaustos, carreras, béisbol, soccer, a la escondida, a todo lo que fuera posible.

—Hey J.B. necesito esos enlaces cuánticos disponibles lo más pronto posible —solicitó la doctora May.

—Enlace cuántico listo.

El laboratorio en investigación de fusión cuántica era en realidad impresionante, no solo por su tamaño, alrededor del área de diez campos de fútbol, sino por el equipamiento de última tecnología: hiper colisionador con diseño en espiral doble que abarcaba desde la superficie hasta diez kilómetros de profundidad —que le valió el coloquial nombre de “el alambique”—, condensadores de plasma súper-calentado, computadoras cuánticas, generadores de campo de Higss de alta energía entre otros. Lo más impresionante, sin embargo, era el peculiar proyecto que se manejaba.

Toda la estructura del acelerador ocupaba casi por completo la superficie del laboratorio. Quedaba una, relativa, reducida área, de la sala de control. De ochenta metros cuadrados, en donde se situaba el personal de apoyo, personal militar, altos funcionarios gubernamentales y algunos reporteros. Todos ubicados en sillas dispuestas, a la ocasión, para presenciar el hecho histórico.

Ese era un día clave. El galardonado premio nobel Robert E. Rutherford junto a la doctora Ernestine May lideraban el experimento de concentración de ultra energía y búsqueda de partículas de dimensiones entrelazadas. Si todo resultaba bien se podría encontrar la prueba de la existencia de universos múltiples que consituiría una respuesta adicional a la materia oscura que en el fondo no sería otra cosa que energía filtrada hacia otros universos y explicaría la que falta en el nuestro.

En palabras de la eminencia:

—Encontraríamos la prueba de Universos incrustados en otras dimensiones imperceptibles que atraviesan el nuestro, en forma de interferencia cuántica intangible.

—Doctor, dicen que planean encontrar la prueba de que en la nada hay pues bien… nada —afirmó divertido y con una sonrisa socarrona, un reportero.

—Oh no, le aseguro que es más que eso, estamos en la búsqueda de vacuones, partículas que explicarían la existencia del vacío y la energía…

—Profesor, sería un alambique muy caro como para destilar nada, debiera destilar whisky mejor —acotó otro reportero, mientras le tomaba fotos al desconcertado físico nuclear.

—Chicos, basta —interrumpió, Sally Jones, la secretaria de prensa del laboratorio—. Preguntas serias y después del experimento, ¿estamos claros? De lo contrario nuestro personal de seguridad los expulsará de la sala.

—Ya oyeron, a la señorita, caballeros —replicó seco un oficial.

Los reporteros asintieron con la cabeza.

«Que ignorancia, mas grande si destilásemos alguna cosa, sería la existencia misma», pensó atribulado. —Disimulando con dificultad la cólera que le habían causado los reporteros con sus vulgares afirmaciones.

—Doctora haga los honores por favor.

Procedió a abrir el seguro con su llave y presionó un interruptor verde.

—¡J.B. dale toda la potencia!

—Si señora.

—Rumbo al conocimiento —dijo Rutherford.

Por un momento se escuchó un zumbido particular, como una carga de condensadores eléctricos, luego una sensación en el aire.

—Tranquilos todos —explicó May— el aire quedo ionizado, lo esperábamos.

—Tenemos blindaje a cualquier energía parásita que pudiese aparecer —informó uno de los ingenieros eléctricos.

J.B. se sintió molesto le llegaban antecedentes de un movimiento telúrico, y la estructura comenzó a temblar con fuerza.

—¡Profesora nos llega información que estamos ante un evento sísmico que podría tratarse de un terremoto grado nueve punto ocho! —explicó J.B.

—¡Se compensará con nuestro sistema de control de vibraciones de rodamientos flotantes! —exclamó el arquitecto en jefe. En ese momento el edificio se estabilizó.

—¡Que rayos ocurre! —dijo el Secretario de Defensa John McNamara.

—Parece que tenemos una actividad inesperada. J.B. que dicen tus datos —inquirió la científica.

—Algo muy extraño ocurre no tengo resultados en el acelerador, no se han obtenido trazas de partículas, parece que incluso se hubiese detenido, aunque está a toda potencia.

El profesor empezó a murmurar entre dientes y masculló ideas ininteligibles para el común de los mortales.

—J.B. ¿Qué hay del campo de migración subatómica también está en cero?

—No hay resultados en ningún aparato, cero sería algo pero no tengo datos es como si estuviera apagado.

—¡Agáchense, póngase a cubierto con algo!

Apenas terminaba de decir esto, el doctor, cuando en medio de la habitación de control apareció una esfera negra, opaca, del tamaño de una naranja grande. Una rayo de energía oscura proveniente de ella impactó sobre uno de los reporteros gráficos.

La escena no tenía parangón la cámara fotográfica se fusionó con la cabeza del fotógrafo, y la parte inferior de su cabeza se fundió con sus manos. La silla donde estuvo sentado era una sola con sus piernas, y una sección del respaldo atravesaba su espalda. Intentó exclamar algo mientras movía la porción de la boca que se encontraba en lo que fue su cabeza y lo que quedaba entre sus manos. No había una gota de sangre, pero se notaba que estaba muerto.

De inmediato el ingeniero informático trató de apagar el colisionador, pero no obtuvo respuesta.

—¡Apaguen el maldito aparato! —gritaba el Secretario de Defensa, que había entrado en pánico.

La esfera aumentó al doble de su tamaño hubo una pausa y salieron dos rayos: uno de ellos golpeó en la estructura y dio sobre un acumulador que quedó en posición inversa y los componentes dispersos de manera azarosa. El otro cayó sobre la secretaria de prensa. La pobre Sally chilló por un instante y se apagó su voz. Las patas de la silla salían por sus ojos y el respaldo agujereó su cuerpo, sus brazos quedaron donde iban sus piernas, su trasero quedo en su pecho, y sus pechos sobre su cabeza.

Todos quedaron atónitos.

J.B. conservaba la calma, era uno de los pocos, la mayoría intentó esconderse donde pudiese. Otros quedaron paralizados y blancos como el Secretario de Defensa. Un par de soldados que lo custodiaban trataban de protegerlo, formando un escudo con sus cuerpos.

—Obtuve múltiples cifras discordantes y además me informaron del exterior de una anormalidad. Hay un desfase de energía se estaría colando cierto tipo de un... “algo” hacia nuestro universo. Me llegó comunicación del exterior, que sigue el terremoto y que se está derritiendo el suelo de manera concéntrica formando lava que sigue creciendo de...

—De manera exponencial —dijo el doctor.

—Sí, además estaría enlazado al fenómeno de la sala, cada vez que crece esta esfera negra crece la zona de escoria fundida alrededor del laboratorio.

—J.B. “¿Un cierto tipo de un algo?” —preguntó May.

—Como usted bien sabe, nuestros instrumentos pueden señalar diversas partículas subatómicas, pero no sabemos nada de este trazo su actividad no encaja.

—El patrón de comportamiento de esto se parece mas bien a…

—¿A qué?

—A un célula cancerígena —dijo anonadado—, no tiene sentido.

—Tenemos que solucionarlo. Tengo una idea, ve si los acumuladores siguen operativos, podríamos abrir las compuertas de emergencia, introducir una cantidad de material sobre el reactor de fusión auxiliar e intentar desviar su potencia, para forzar el apagado.

—¡Profesora debe ser la cantidad justa, si es muy poca seguirá la situación actual y si es mucha provocaría un explosión nuclear que destruiría medio planeta! —señaló el sabio.

El ingeniero tecleó en la pantalla el comando de configuración y desvío, el cual quedó pendiente de ejecución hasta que la cantidad de materia sea introducida.

—¿Cuál es la masa necesaria? —preguntó May.

—De acuerdo a los cálculos sería… —Palideció y supo lo que debía hacer.

—¡Los números rápido!

—No hay tiempo profesora, venga a mi puesto apenas le diga presione el interruptor de emergencia para abrir la entrada de alimentación. Cuando lo haga saltarán los seguros sobre el reactor y se abrirá la toma.

—Pero J.B...

—Por favor confíe en mi, dese prisa, le repito, no hay tiempo.

Lo vio en algún lugar, sí cerca de la entrada al laboratorio al parecer. Se dirigió en busca de un carro de arrastre y lo encontró. Le faltaba un poco más agregó una laptop y el móvil, con eso estaba listo.

La esfera de “nada” volvió a expandirse, al cuádruple esta vez. Uno de los guardaespaldas de McNamara le disparó. En el mismo instante salieron cuatro rayos de ella: uno golpeó al escolta, otro a un condensador dejándolo inutilizado, otro cayó cerca de la puerta de emergencia y el último sobre el arquitecto. El espectáculo de horrores continuó: el soldado quedó con su anatomía invertida de dentro hacia afuera, por fuera estaba su esqueleto completo que rodeaba sus intestinos y por debajo los músculos, el uniforme salía por su boca, y de una de las mangas de la camisa colgaba la pistola fusionada con su lengua y ojos, en uno de los cuales permanecía la bala recién disparada. El arquitecto quedó reducido a un amasijo gelatinoso de agua y polvo de color marrón unido con el piso.

—No podemos perder otro condensador, de lo contrario nos faltará potencia y no podremos detener la anomalía, es nuestra última oportunidad.

—Me lo imaginaba. Doctor arroje la palanca, que está en la caja de herramientas a su lado, hacia mí. El acceso está trabado.

Se la lanzó a sus pies.

—¡Ahora, doctora, ahora, oprima el interruptor! —Hizo fuerza con la barra al mismo tiempo y después de un crujido la compuerta cedió, una potente luz y una fuerte ráfaga de aire surgieron en el momento en que se abrió.

—¡Ernestine una vez que la alimentación este completa debes apretar el botón rojo y el sistema se apagará! —gritó, escuchándose con dificultad por el ruido del viento.

—¡Pero cual es la masa, donde está el objeto a introducir!

—Tengo todo aquí.

Iba a arrojar el conjunto completo: el carromato, la laptop y el móvil. Entonces notó que a una de las ruedas del carro le faltaba un trozo.

El centro de control vibró, con fuerza, otra vez. Partes del edificio empezaron a caer. Tenía que apurarse. Una loza de la cerámica de protección térmica del techo se soltó y quedó a punto de desprenderse sobre el punto de ingreso.

Miró al cielo para buscar alguna respuesta y se iluminó.

Se desnudó por completo. Chequeó su móvil. Se sacó el camafeo que llevaba al cuello y lo depositó sobre sus ropas. Miró con ternura a la doctora mientras le sonreía y hacía un ademán de darle un beso con sus dedos, cruzó sus brazos como entregándole un abrazo lejano y eterno.

Y se arrojó al aparato. El pedazo de techo se desprendió y cayó.

La luz se puso verde y el botón rojo parpadeó.

—¡J.B. no, no, no! —gritó. No pudo reprimir el llanto.

—¡Despierte presione el botón! —exclamó el profesor.

Conteniendo sus lágrimas con dificultad lo presionó... una décima de segundo antes que el desprendimiento entrara en el reactor.

Una luz blanca provino de el y llenó la sala. Todos cerraron los ojos.

Hubo un zumbido, de nuevo, como al principio. El acelerador se apagó, la esfera negra desapareció, de forma instantánea, y el fenómeno sísmico también, como así el derretimiento del suelo alrededor del laboratorio cesó.

La cerámica desprendida rebotó sobre el alimentador apagado.

Solo quedó el circo de horrores en la sala, como mudo recordatorio que a veces lo desconocido es mejor que quede como tal.

May, sollozando, corrió al sitió donde quedó la ropa del ingeniero, dibujó el símbolo del infinito en el móvil de J.B. En la pantalla se mostraba: estatura un metro sesenta y dos centímetros, peso sesenta kilogramos con cincuenta gramos. Movió los ojos y pesó el camafeo en la balanza portátil, cincuenta gramos se desplegó. Guardó la reliquia en su bolsillo.

Volvió presurosa a la pantalla de control con las lágrimas perlando sus ojos y nublando su vista, leyó: masa de equilibrio crítica sesenta kilogramos, correcta, desvío de energía correcto, secuencia completada, apagado de emergencia correcto.

Abrió el relicario. Apareció la fotografía de Ernestine a la izquierda y la de Joseph a la derecha. Lo cerró y llevó con infinita ternura a su doliente pecho.

—Gracias José, nuestro hijo y yo te echaremos de menos.

4 de Março de 2019 às 03:09 0 Denunciar Insira 1
Fim

Conheça o autor

Comentar algo

Publique!
Nenhum comentário ainda. Seja o primeiro a dizer alguma coisa!
~