La Cuadra Seguir história

l-dy Dylan Laferte

No tengo más prueba que los recuerdos en mi memoria, pero puedo apostar, a que la verdadera magia ... existe.


Conto Todo o público.

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Antonio Morgan

Conforme ha pasado el tiempo he ido haciendo de mi insignificante vida, algo con importancia. Nací y crecí en un barrio tradicional de la capital, siendo el único hijo de un matrimonio de lo más común. Hubo ocasiones en las que la mitad de un pan tenía que compartirse entre tres personas, y días de rebosante comida sobre el mesón. Viví entre llantos, risas, reprimendas y amor.

Mamá odiaba que juegue a la pelota en las calles pavimentadas de la cuadra, por lo que me vi obligado (en demasiadas ocasiones como para dar un número en concreto) a escapar de casa, juntarme con los muchachos, y correr por horas tras un balón.

Niños, niñas, creyendo ser jugadores profesionales abarrotaban la Antonio Morgan, gritos de alegría de seguro importunaban a más de un lector. Sol y luna fueron testigos que ni la lluvia amainaba nuestra juvenil energía.

Pero cada inicio tiene su fin, irremediablemente la jornada tenía que terminar, ya sea porque el disparo furibundo del cuero arremetía contra las ventanas de algún vecino, o porque alguna de nuestras madres acudía a la clandestina cita, al grito de:

¡Muchachito de mierda, te he dicho que no salgas! ¡Pero ahora que entres, vas a ver, vas a ver!

Bueno, estaría mal de mi parte asegurar que cada una de nuestras viejas gritaba lo mismo, creo que encapsulo cada estilo, citando la frase favorita de la mía.

Bastaba el alarido de reproche de cualquiera de las mamás, para que toda la pandilla sienta el terror en su pecho, y dependiendo de la señora que se encuentre gritando, su hijo (o hijos), con mirada al suelo, falsamente arrepentidos y más que dando pasos, arrastrando los pies, aceptaban su cruento destino.

En varias ocasiones me salvé de la tunda en casa, porque en el momento en el que mamá iba a comenzar su aleccionamiento, llegaba papá. Oír el rechinar de su llave al entrar en el cerrojo de la puerta, siempre fue gratificante, ya sea que el viejo llegue para salvarme, o no.

Dos o tres veces por semana, durante años, rompimos las reglas de casa y uno que otro ventanal vecino, pero por alguna razón nuestras travesuras se empeñaban en arremeter contra la misteriosa casa embrujada N 35.

Tengo que aclarar que el lugar del que les hablo, no era una casa, ni mucho menos se encontraba embrujada, simplemente fue un viejo lote baldío al costado de mi vivienda. No soy bueno con la geometría espacial pero el terreno debía haber tenido unos 40 metros de largo por 25 de ancho, a veces lo amplio me resulta angosto, pero si de algo estoy seguro, es que ese espacio, contenía más magia que la que se puede expresar en números.

30 años han pasado desde la última vez que desbordé energía sobre el pavimento de la Antonio Morgan, y aún no se si soy la mitad de bueno con mi hija de lo que fueron mis padres conmigo, cosa que no es fácil, pero el chirriante ruido de mi llave entrando en el cerrojo de la puerta de casa, es música para los oídos de Eleonora y Berenice, por tanto, creo que el papel lo llevo bastante bien.

A las 21:00 horas, cada noche, ingreso en la pequeña habitación que uso como despacho, teniendo cuidado de dejar siempre la puerta a medio cerrar, sin encajar la aldaba de la perilla dentro de la ranura. Una habitación de algunos pies de ancho por unos cuantos más de largo (ya saben, deficiencia para la Geometría Espacial) que he adornado con estantes de caoba repletos de libros. Obras que van desde el género de la novela negra, hasta desconcertantes relatos juveniles. Aún no puedo alardear de haberlas leído todas, pero es de conocimiento popular (lo popular que se puede ser en una familia de 3) que cuando entro en esta recámara, me sumerjo en mundos ajenos.

Sentado sobre la silla tapizada en cuero, el cuerpo encuentra la paz que las horas de trabajo le han robado. Suelo declinar el espaldar unos cuantos grados hacia atrás, un brinco corporal me hace entender que he encontrado el equilibrio, y con las manos entrelazadas sobre el abdomen cierro los ojos, pensando, fingiendo no oír el leve ruido de las bisagras de la puerta al abrirse.

Fisgoneo en los resquicios de mi memoria, meditando en lo que leí ayer, lo que leeré hoy, y lo que espero para mañana (inician los pasos tras de mi), logro ver letras desordenadas sobre un tapiz negro, como el marinero contempla estrellas en el cielo, de aquella forma en la que sólo para los que entienden del oficio, tendría sentido (los pasos aceleran). Se acerca, la premura de su caminar la delata, acepto mi destino e inhalo una bocanada de aire apaciguador, escucho el sonido que escapa de sus labios al intentar disimular ansiedad, prisa y … esa risa.

¿Izquierda o derecha?, su delicada mano toma una de las mías, y entiendo que ha decidido abordarme a babor.

-¡Buuu!- grita apenas me toca. No abro los ojos de inmediato, disfruto sentir el tacto de la tierna piel de Berenice, y, a decir verdad, me deleita su frustración.

- ¡Papi! No he logrado asustarte – Replica con tono de voz altisonante. La contemplo abriendo únicamente el ojo izquierdo. Su infantil rostro denota la molestia que, acompañada de aquel cruce de brazos, se hace más evidente. El largo cabello negro (heredado de Eleonora) baña sus hombros hasta perderse unos centímetros antes de iniciar las pantorrillas, y las finas hebras rebeldes que, al no querer seguir el camino de otras tantas, se han desviado a su rostro, son alejadas por el soplido de sus enojados morros.

-Claro que me has asustado amor mío, casi termino de espaldas en el suelo – Le respondo, aun sabiendo que a sus 7 años es tan, o más, suspicaz que la propia Eleonora.

Arquea la poblada ceja derecha y con las manos sujetas a su cintura, arruga los labios como intentando lanzarme un beso a distancia, lo sé, me está analizando, y es seguro que pronto responderá que …

-Papi, La milla verde, es el destino de los mentirosos – Ríe arrojándose a mis brazos. Ya con el tiempo y la práctica ha ido superando el obstáculo que le representaba brincar a mi regazo, desde un costado de la silla.

Es inevitable no dejarse llevar por las carcajadas de la pequeña, conoce que, por debilidad, tengo extrema sensibilidad a las cosquillas, y añade más risas a nuestras risas, aprovechándose de eso. Pero ya que no podía ser una copia exacta de su madre, también obtengo ventaja de esa delicadez mía, heredada en ella. Nuestro mundo, descansa sobre el respaldo giratorio de la silla.

Tengo el paisaje volteado, ella me enreda con su melena, el pequeño rostro se hunde en mi pecho, haciendo que las carcajadas de padre, se oigan como alaridos de niña. Nuestro universo gira y gira, a veces contemplo el techo, a veces los estantes, y a veces la puerta abierta. Todo en un ciclo que podría repetir de por vida.

Cuando las fuerzas merman, y ya no es suficiente el aire en los pulmones como para producir risotadas, nuestro mundo se detiene. Estamos mareados, exhaustos, más juntos, más locos, más nuestros.

-Papi, voy a vomitar- dice Berenice, para luego dejar escapar unas cuantas risitas.

-Si lo haces, vomitaremos ambos – Respondo. Existe una ligera posibilidad de que ella lo haga, y de ser así, la secundaré.

Una de sus mejillas descansa sobre mi agitado pecho, el loco palpitar del corazón que llevo dentro, se desboca al sentirla cómoda, sus infantiles brazos me rodean con la extensión que le permite su estatura, y yo … no me siento digno de tanta magia.

Recoge algo de cabello por encima de su oreja – Papi, hoy quiero que me hables de ese lugar... del Valle del Césped Multicolor. - Y es así que inicio con aquella historia del barrio en el que crecí.

Jamás se me habría ocurrido llamarle <<valle>> al lugar en el que viví, ya que las calles que lo conectan con el centro de la ciudad, se disponen como lomas pavimentadas, que entre más alto ascienden, más empinadas se vuelven, como si cada sector fuese la cima de un Guagua Pichincha a escala, pero, desde el momento en el que descubrí a la pequeña dormida en su cama, abrazada a mi ejemplar de Narraciones Extraordinarias, no deja de llamar valle a la Antonio Morgan. Esa noche salí de mi habitación con rumbo a la cocina para robar un pan, de los que siempre compra Eleonora por la tarde, para el desayuno de la mañana siguiente. Ejecutar el plan, me obliga a pasar frente a la recámara de Berenice, pero la luz que delatora se escapaba por las rendijas de la puerta cerrada, me detuvo.

De esto, ya deben ser 5 años. Ingresé con la cautela que permiten mis torpes reflejos, pretendiendo que el replicar de las bisagras de la puerta no me delaten (como si las malditas bisagras hicieran caso de las pretensiones de alguien en esta casa) y la vi, sujetando el libro en edición de pasta dura. La primera vez que fui vencido por el sueño y el amanecer me descubrió con un texto al costado, debí haber tenido 13 años cuando menos, y la lectura tenía una censura de más de 18, pero la pequeña se encontraba aferrada y en paz a un ejemplar de Poe, a los 2.

Estuve contemplándola unos instantes desde el umbral de la habitación, un poco sorprendido, un tanto enamorado, pero luego de unos segundos, me acerqué (¿Qué haces aquí parado tonto, la nena podría lastimarse con las esquinas del libro?).

Yacía ahí, sobre la cama, cubierta a medias por el edredón que, por lo que vi, se empeñó en apartar. Con la mayor delicadeza que mis temblorosas manos permitieron, separé hija, de relatos. A decir verdad, resultó más sencillo de lo que supuse al principio, creí que interrumpiría su sueño al desenredarle las narraciones de entre los brazos, pero Berenice no hizo más que acentuar la intensidad de su respirar, y girar el cuerpo sobre el costado izquierdo.

Ya con la obra entre las manos, resistí el deseo de contemplar a la niña por más tiempo del necesario (hasta el amanecer), así que inicié mi retirada. En el momento justo en el que pretendía apagar el interruptor de luz al costado del umbral de la puerta, y como si hubiese esperado el instante oportuno para hacer su entrada, me dice:

-El Valle del Césped Multicolor, papi. -Se erizó mi piel y los pasos se detuvieron en seco, volteé a verla, y no me avergüenza admitir que el frío en la espalda fue efímero, pero abrumador.

- ¿Qué dices tesoro? - Le pregunto, con una de mis manos apoyada en la pared, la otra apretando el libro, y juro por lo más sagrado que con otra sujetando el corazón. Me miraba con los ojos entrecerrados, como a una figuradistante.

-Aquella historia de la que siempre me hablas papi, el lugar en el que creciste, lo imagino mágico, como los jardines en los que murió Eleonora- Acarició su ojo derecho ya cerrado por completo, y suelta una de sus risitas- Tiene el nombre de mami.

-Si mi amor, como mami. Ahora duerme preciosa, mañana tienes escuela - Apagué la luz.

Mi esposa y yo, compartimos un intenso amor por los libros, y ya no recuerdo el tiempo que llevo leyendo cuentos, recordando anécdotas e inventando aventuras para Berenice, lo importante es que mi niña tiene la capacidad de aprender sobre la marcha, muchas personas dirían que posee una mente prodigiosa, mas yo sé que lo heredó de mí, o de alguno de mis antepasados, pero se nota que hay mano de padre en esto.

Sobre la silla, y ya menos agitados por el intenso ataque de cosquillas, mi hija parece irse entregando de a pocoa Morfeo, mientras yo reclino aún más el espaldar, supongo que para encontrar el equilibrio de un cuerpo y medio. De nuevo, la habitación de cabeza, el tope de la entrada justo en el lugar en el que debería estar su base, y ahora... ella

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3 de Março de 2019 às 03:39 7 Denunciar Insira 11
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Domingo Kawsay Domingo Kawsay
* Asu. En pocas ocasiones suelo ver un estilo de narración tan fluido. * Tanto asi que incluso algunas descripciones, que suelo considerarlas algo innecesarias, se me hicieron disfrutables. * Nada como tener un enfoque en la relacion padre - hija junto a una historia que desprende parte de su magia con cada párrafo. * Saludos :3.
LO Loreto Orihuela
me ha impresionado, a pesar de ser un comienzo común, la forma como relatas es realmente deleitante, algo que no se consigue de manera fácil, la verdad me tendrás como un fan de tus palabras.
29 de Junho de 2019 às 11:37

  • Dylan Laferte Dylan Laferte
    ¡Es un honor para mi que disfrutes de mis garabatos! 29 de Junho de 2019 às 12:02
Ayatan Mestre Ayatan Mestre
Si comienza muy bueno! sobre todo la recreación del amor paterno, Laferte te voy a decir esto que luego de descubrir me hizo editar mis historias XD un detalle poca cosa pero que igual sirve: con alt+0151 haces el guion largo — para los diálogos, o alt+174 y alt+175 para las comillas latinas « »
20 de Maio de 2019 às 09:04

  • Dylan Laferte Dylan Laferte
    Jajajajaja.. Trucos que me servirán. Gracias. 20 de Maio de 2019 às 13:39
MariaL Pardos MariaL Pardos
Decididamente tienes el don de la descripción! ¡Qué bonita esa relación padre-hija! ¡y qué vívidos los recuerdos de infancia! No pueden por menos que trasladarte hasta ese lugar y ese momento. 👏👏👏
19 de Março de 2019 às 03:09

  • Dylan Laferte Dylan Laferte
    Es un honor para mi, leer tus palabras. Las agradezco mucho. Te envío un fuerte abrazo desde mi ECUADOR. 22 de Março de 2019 às 20:12
~

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