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alisonoropeza Alison Oropeza

Apoline Pourtoi, luego de haber vivido varios años de noviazgo con el seductor Jacques Montalbán, se ve obligada a separarse de su amado. Quedándose sola en un pueblo cercano a Bordeaux, con la sola compañía de una sortija de compromiso y una promesa de reencuentro, Apoline espera el regreso de su prometido. Con veinticinco años, Apoline emprende un viaje para reencontrarse con Jacques en París. ¿Qué haces cuando la persona que mejor te conoce en el mundo, recuerda todo sobre ti exceptuando tu voz, tu rostro y tu nombre? ¿Abandonas esos sentimientos, o luchas por recuperar su corazón?


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Prólogo

  

Francia, 1998.


    Todo comenzó a algunos kilómetros de Bordeaux. Había un pequeño pueblo de bajos recursos ubicado a cincuenta kilómetros de Étang de Batourot. Las calles estaban adoquinadas. Las pequeñas casas de aspecto viejo y rústico tenían la fachada pintada de color blanco, las puertas estaban talladas en madera y cada propiedad estaba bordeada con una cerca del mismo material. Había una plaza en el centro del pueblo, en la cual había un mercado del cual entraban y salían mujeres cargando sus compras en bolsas de papel y algunos cestos tejidos. 

    A la derecha del mercado estaba construida una pequeña pero hermosa iglesia. Había un grupo de palomas sobre el campanario y algunas personas escuchaban desde fuera la celebración eucarística que se llevaba a cabo dentro. A la izquierda, una pequeña escuela rodeada de algunos otros negocios concurridos. 

    Por las calles paseaban animales de carga. En cada esquina había faroles y una que otra cabina telefónica. Dos carreteras conducían a la ciudad, aunque rara vez eran utilizadas para autos que no fueran los camiones de carga que llegaban para abastecer los negocios.

    Una comisaría y negocios familiares tales como una barbería, un bar, cantidad de fondas que ofrecían comida deliciosa, y un recién construido consultorio médico.

    Estaba también la alcaldía, que era una casa grande y elegante, adornada por un hermoso jardín.

    Y había una casa que estaba construida en las afueras del pueblo, a pocos metros de un pequeño arroyo. Era de un sólo piso y la fachada estaba pintada de color celeste. Tenía pocas, pero grandes ventanas, cubiertas por cortinas de color blanco. 

    Aquella mañana, un elegante auto de color negro y con cristales polarizados llegó al pueblo, llamando la atención de los vecinos. Estaban acostumbrados a ver los camiones y los autobuses, pero aquella era la primera vez que veían un automóvil de semejante porte.

    El vehículo aparcó frente al consultorio médico, que estaba conectado a una pequeña farmacia.

    Ahí esperaba un hombre moreno y regordete vestido con un traje de raya diplomática de color negro azabache. Llevaba el cabello peinado hacia atrás y usaba demasiado fijador, tanto que su cabello estaba endurecido y reluciente.

    Lo primero que llamaba la atención al verlo era su prominente nariz, ancha y con las foses nasales tan grandes que recordaba a un cerdo.

    El hombre se acercó resollando al vehículo. Del lado del conductor salió un muchacho moreno que usaba gafas ahumadas. Su cabello era tan largo que debía peinarlo con una coleta. Vestía con un traje negro y usaba guantes blancos para cubrir sus manos. El muchacho se acercó a la puerta trasera del vehículo y tomó la manija para abrirla. Retrocedió para que el pasajero saliera. Y al encontrarse fuera aquella persona, el muchacho repitió el acto con la puerta del lado contrario. 

    Del vehículo salieron tres personas.

    El primero fue un hombre de ancho espaldar, alto y un poco fornido. Su piel era blanca. Su cabello, de color paja, lo llevaba peinado hacia atrás. Sus rasgos eran angulosos. Sus diminutos ojos verdes se ocultaban tras un par de gafas de montura dorada. Sus labios eran quizá demasiado delgados, y su barbilla era cuadrada. Llevaba un traje de color negro, y lucía una camisa de color azul celeste pulcramente abotonada, adornada con una corbata de color vino. Llevaba puestos un par de mocasines negros, perfectamente lustrados. En la muñeca derecha llevaba un ostentoso reloj chapado en oro. Su expresión era fría e indiferente.

    La segunda persona era una hermosa mujer. Su piel ligeramente apiñonada hacía juego con su larga melena castaña que caía como una cascada por su espalda. Tenía una nariz pequeña y respingada. Ojos grandes y de color gris. Usaba un elegante y sencillo vestido de color café con un escote que dejaba al descubierto una parte de su pecho, con curvas perfectamente remarcadas. Con una mirada curiosa y traviesa examinaba su entorno. Era un polo opuesto en comparación con el hombre.

    Y el último era un chiquillo no mayor de diez años, delgado y de estatura promedio. En su rostro infantil resaltaba una mirada cálida, con un brillo travieso e inocente que era casi idéntico al de la mujer. Su cabello era corto y castaño, tan alborotado que parecía como si se hubiese despeinado luego de que alguien le aplicara una considerable cantidad de fijador en gel. Sus ojos eran de color aceituna. En sus mejillas esbozaba un ligero rubor, y aquello le otorgaba un toque de ternura. Vestía tan sólo con una camisa que le quedaba quizá demasiado suelta, pantalones vaqueros y zapatos Nike relucientes e impecables. 

    El hombre regordete tendió una mano hacia el hombre fornido, diciendo con una sonrisa:

    —Bienvenido a Le Village de Tulipes. Usted debe ser el doctor…

—Montalbán —completó el hombre fornido estrechando la mano del hombre regordete—. François Gérard Montalbán —se presentó. Señaló a la mujer con un movimiento de la cabeza y dijo—: Ella es mi esposa, Marie Claire.

    —Encantado de conocerla, madame Montalbán —dijo con tono servicial el hombre regordete estrechando la mano de la mujer—. Mi nombre es Pierre Gaudet. Soy el alcalde del pueblo.

    —El placer es mío, monsieur Gaudet —respondió Marie Claire con amabilidad.

    —Y él es mi hijo, Jacques Zaccharie —continuó François señalando al pequeño.

    El pequeño saludó con una sonrisa y Gaudet devolvió el gesto. Acto seguido, avanzó resollando hacia el frente para señalar con un ademán de la cabeza el consultorio médico. Y sin borrar su sonrisa, dijo:

—¿Hermoso, no es así? Está listo para la inauguración de la próxima semana.

    — ¿Ya está lista la vivienda que ocuparemos nosotros, monsieur Gaudet? —preguntó François.

    —En plenas condiciones para ser habitada —aseguró Gaudet servilmente—. Podrán mudarse esta semana.

    —Es un pueblo muy pintoresco, monsieur Gaudet —concedió Marie Claire—. Aunque la idea de mudarnos aquí me inquieta un poco —confesó un poco apenada.

    —¿Puedo saber a qué se refiere con eso, madame? —dijo Gaudet.

    —¿Hay escuelas en este lugar, monsieur Gaudet? —Preguntó Marie Claire dirigiendo una mirada a los alrededores—. Comprenderá que nuestro hijo necesita continuar con sus estudios.

    —Hay una escuela de buena calidad cerca de la iglesia —afirmó Gaudet—. Le aseguro que no tendrá que preocuparse por la educación de su retoño.

    —Eso es discutible, monsieur Gaudet —dijo François—. ¿Va a llevarme a ver a ese paciente que es tan importante? 

    —Sí, doctor —respondió Gaudet—. Su nombre es Raoul Pourtoi. Vive en las afueras del pueblo con su esposa Odile, y su hija Apoline.

    —¿Cuál es su situación? —preguntó François.

    —Tiene una pierna rota. Es un gran problema carecer de apoyo médico en el pueblo, sobre todo para los Pourtoi.

    —¿Se puede saber la razón? —quiso saber Marie Claire.

    —Los Pourtoi son, por mucho, la familia más pobre del pueblo. Raoul es un simple agricultor. Sus ingresos son escasos ya que todos los productos son proporcionados por camiones que vienen de Bordeaux. Odile es un ama de casa que de vez en cuando viene a la plaza a vender artesanías que ella fabrica con sus propias manos. Y Apoline, bueno, es tan sólo una niña.

    —Bien, quiero conocerlos —anunció François—. ¿Podría indicarme el camino, monsieur Gaudet?

    —Será un placer —sonrió el aludido.

    Volvieron a abordar el auto y se pusieron en marcha a la casa de la familia Pourtoi. 

    Atravesaron un camino terroso que los condujo hacia la pequeña casa de fachada de color celeste cerca del arroyo. Marie Claire la miró embelesada. Una casa humilde pero acogedora, pensó. 

    Bajaron del vehículo y el conductor apagó el motor. Marie Claire y Jacques se tomaron su tiempo para admirar su entorno e inhalar profundamente el aire fresco. La mujer dirigió una mirada al arroyo y esbozó una sonrisa. Sin duda, Le Village de Tulipes era un lugar hermoso.

    —¿Te gusta el lugar? —preguntó su esposo rodeando la cintura de la mujer con un brazo.

    —Es hermoso —concedió Marie Claire—. Esta familia, los Pourtoi, seguramente llevan una vida muy tranquila en este lugar.

    Siguieron a Gaudet hasta la puerta de la casa. El hombre llamó, golpeando la puerta con sus obesos nudillos. La respuesta fue inmediata, pues una mujer abrió la puerta. Era morena y lucía una larga cabellera de color negro azabache, peinada en una ajustada coleta. Sus hermosos ojos de color avellana quedaban ocultos tras un par de gafas de media luna. Llevaba puesto un vestido celeste y un delantal de impecable encaje blanco. Calzaba un par de zapatos de cuero, viejos y gastados. Iba secando sus húmedas manos con una toalla pequeña de color rojo.

    —Buen día, madame Pourtoi —saludó Gaudet con una sonrisa.

    —Buen día, monsieur Gaudet —respondió ella gentilmente—. ¿Qué puedo hacer por usted?

    —Permítame presentarle al doctor François Montalbán y a su esposa, Marie Claire —anunció señalando a los aludidos.

    —Es un verdadero placer conocerlos —sonrió Odile al tiempo que estrechaban sus manos.

    —Y éste es nuestro hijo, Jacques —anunció Marie Claire señalando al niño.

    —Es encantador —concedió Odile.

    Jacques le dedicó una sonrisa. 

    —¿Dónde se encuentra su esposo, madame Pourtoi? —Preguntó François—. Me gustaría darle un chequeo.

    —Raoul está en nuestra habitación —respondió Odile y se movió un poco para dejar pasar a los recién llegados—. Adelante, están en su casa.

    —¿Puedo esperar en el auto? —Preguntó Jacques dándole un tirón al vestido de su madre. Ella lo reprimió con una severa Mirada, así que el chico añadió—: Papá tardará mucho.

    —Un poco de aire fresco no te vendría nada mal —respondió su padre con indiferencia—. ¿Por qué no vas a pasear por los alrededores?

    —Tan sólo no te alejes —secundó su madre.

    —Quizá te encuentres con mi hija —intervino Odile—. Ha ido a jugar cerca del arroyo.

    Jacques asintió con la cabeza. Se despidió de los presentes con una sonrisa y se retiró.

    El pequeño caminó a paso lento hacia el arroyo. El aire fresco era agradable. Inhalaba profundamente hasta que sus fosas nasales no podían abrirse más y tampoco sus pulmones podían seguir expandiéndose. Miraba con ilusión la cantidad de árboles que crecían al otro lado del arroyo. Había crecido en la ciudad, siempre rodeado de enormes edificios, así que ese ambiente tan rústico le resultaba fascinante.

    Se agachó para tomar un guijarro del suelo y lo guardó en su bolsillo, para llevarlo como un souvenir.

    Y al levantar la mirada, la vio.

    Ahí, de rodillas junto al hilo de agua cristalina, se encontraba una niña pequeña. En aquella posición era imposible describir su estatura, pero Jacques adivinó de inmediato que tenía su misma edad. La piel de la niña era apiñonada. Su cabello era largo y lacio, de un brillante color negro azabache y que caía como una cascada por su espalda hasta llegar a su cintura. En su rostro infantil estaban esculpidos rasgos tan finos como los de una muñeca de porcelana. Sus ojos eran de color marrón. Mordisqueaba una hoja arrancada de algún árbol con sus pequeños dientes astillados.

    La pequeña estaba intentando construir una montaña de guijarros. 

    Jacques sonrió y se acercó a ella, diciendo amigablemente:

    —¿Cómo te llamas?

    Al escucharlo, la pequeña se sobresaltó y terminó por derribar su montaña de guijarros con un torpe movimiento de su mano derecha. Un intenso sonrojo apareció en sus mejillas. 

    Jacques se arrodilló junto a ella y le ayudó a reconstruir la montaña.

    —Lamento haberte asustado —se disculpó Jacques.

    —No te disculpes —dijo la pequeña con timidez.

    La montaña de guijarros se encontró en pie nuevamente.

    Jacques se levantó, sacudió la tierra de sus rodillas y le tendió una mano a la niña.

    Ella agradeció el gesto con una sonrisa y se levantó igualmente.

    —Me llamo Jacques —dijo el pequeño con una sonrisa—. Jacques Zaccharie Montalbán. ¿Cuál es tu nombre?

    —Apoline —dijo la pequeña con un hilo de voz—. Apoline Pourtoi.

    —Es un placer conocerla, mademoiselle Pourtoi —dijo Jacques aun sonriendo. Y en un dulce arrebato de galantería, tomó la mano de Apoline para besar sus nudillos.

    Apoline se sonrojó.

    —Tú debes ser la hija de madame Pourtoi —puntualizó Jacques. Apoline asintió—. Yo soy hijo del nuevo doctor del pueblo. François Montalbán. Nos mudaremos aquí esta semana.

    —¿Vienes de la ciudad? —preguntó Apoline ilusionada, hablando una voz más fuerte de lo que se proponía.

    —De París —asintió Jacques.

—¡Siempre he querido conocer París! —Exclamó Apoline—. Madame D'Compt, la bibliotecaria de la escuela, me ha mostrado fotografías de la Tour Eiffel. Siempre he querido verla de cerca.

    —Desde nuestro apartamento en París puede verse la Tour Eiffel tan cerca que puedes tocarla —alardeó Jacques.

    —París debe ser un sitio precioso… —suspiró Apoline.

    —Lo es —concedió Jacques y dio una mirada a su entorno para añadir—: Pero no se compara con este sitio. ¡Será como ir de vacaciones!    

    —¿Cuánto tiempo vas a quedarte? Porque vas a quedarte, ¿no es así?

    —Monsieur Gaudet nos consiguió una vivienda, pero no estoy seguro del tiempo que nos quedaremos aquí —respondió Jacques con aire pensativo.

    —Bueno... Si te quedas, podríamos ser amigos —ofreció Apoline con una sonrisa—. Puedo mostrarte el pueblo. Y tú podrías contarme más cosas de París.

    —Eso suena divertido —concedió Jacques con una sonrisa.

    En ese momento, escucharon una voz a sus espaldas.

    —¡Jacques, es hora de irnos! ¡Monsieur Gaudet nos llevará a nuestra residencia!

    Era la voz de Marie Claire.

    Jacques le sonrió a su madre y le dedicó una cálida mirada a Apoline.

    —Disculpa, tengo que irme —dijo.

    —Hablaremos en otro momento —respondió Apoline con una sonrisa.

    Jacques devolvió el gesto. Nuevamente tomó la mano de Apoline y le dedicó un beso en los nudillos. Apoline se sonrojó y Jacques corrió junto a su madre.

    Marie Claire, Jacques, François y Gaudet abordaron el automóvil y se alejaron a moderada velocidad, levantando una nube de polvo a sus espaldas.


24 de Fevereiro de 2019 às 21:21 1 Denunciar Insira 3
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H Hamlett
excelente, felicitaciones! te invito a leer mis historias!
30 de Março de 2019 às 21:44
~

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