El rostro en todos Seguir história

srta-paz Rocío Paz

Casa nueva, vida nueva...¿o no?. Los fantasmas del pasado regresan y ya no hay lugar donde estar a salvo. ¿Qué harías si fueras testigo indirecto de la violencia constante?


Conto Todo o público.

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El rostro en todos

Día 1

Las cajas sobre el suelo esperando a ser abiertas y así redescubrir mi vida, con forma de pertenencias varias. Treinta y cinco años de vivencias caben en diez cajas, no más que eso. La promesa de una nueva y mejor vida está ahí, lo puedo sentir. Mudanza.

El calor es agobiante y siento el sudor empapar mi cara, mi espalda. La ropa empieza a tomar un color amarronado y húmedo. Polvo, cajas y calor. Nuevo departamento, nueva vida en el tercero “C” de una calle cualquiera.

Lo primero que escucho: ruido de ascensores, palomas en el balcón, un hombre que grita: “vos andá a lavar los platos, que para eso están las mujeres”.

Día 2

Es de noche y no puedo dormir. La ola de calor obliga a tener las ventanas abiertas: mala idea cuando se vive en un edificio que suele albergar turistas. Miro la hora y ya son las tres de la mañana. Trato de dormirme, trato de leer. Hago lo que sea por distraerme de los ruidos, de los gritos.

Lo escucho gritar y tirar cosas. No sé de dónde proviene el sonido. ¿Es acaso de este edificio o del de al lado? Y si es en éste ¿de qué piso proviene? Ya está: mi cabeza no para de pensar. Tengo miedo de que suceda algo, de ser testigo. Me obligo a prestar atención. Cada palabra, cada golpe en la pared. ¿Lo que escuché fue un cachetazo?

Día 3

Llegué de trabajar. El calor y el encierro del departamento me agobian y desesperan, al cruzar la puerta. Las persianas están bajas para que no entre tanto el sol, las ventanas cerradas para que no entre aire caliente. Todas las ventanas menos una: la de mi habitación.

El departamento es pequeño, por lo que se vuelve un concierto demencial de sonidos: un bebé que llora, la vecina que a los gritos le cuenta las noticias a su marido, quien también responde a los gritos, las palomas –las malditas palomas-, una cama que golpea contra la pared en el éxtasis de la parejita de turno de la vecina de al lado. Presto atención y escucho gritos, sus gritos. Los de él. Hoy le dice: que su comida es un asco, que para ser mujer deja mucho que desear. ¿Qué no se supone que las mujeres tienen que saber cocinar? Le dice que es una inútil. Que la cebolla le quedó cruda y que nada tiene gusto a nada.

Se escucha un plato estrellarse contra el piso. Se escucha un llanto bajito, acallado por la humillación constante. La que ya no duele.

Día 4

Anoche no pegué un ojo. Se vé que él se juntó con amigos y entre el alcohol y otros vicios se decidió a humillarla. Ya lo puedo ver, lo imagino con esa media sonrisa socarrona. Mezcla de burla y desprecio, mientras le decía que estaba gorda: que era una gorda horrible y que tiene suerte de que le haya dado pelota. Que seguro fue a alguna de esas brujas que se anuncian en los diarios y que lo enganchó como a un boludo porque él jamás se fijaría en una gorda horrible, que no puede hacer ni unas empanadas decentes. No feliz con eso, presumió toda la noche de las mujeres a las que se quiso levantar y con cuantas se acostó, mientras la “gorda panza de bola de fraile” estaba en la casa barriendo el piso –y mal-.

Día 5

Temo por ella. Casi ni se la escucha.

Ella es pasos ausentes en un rostro demacrado de tanto llorar. De tanto detener los golpes. Piensa que si no hace ningún ruido, si no lo molesta, si tiene la casa bien limpita y lo espera con la comida hecha él le va a perdonar el día, le va a dejar pasar el hecho de que respire.

Temo que los golpes que él da contra la pared, empiecen a ser sobre ella. ¿Qué se supone que haga? No sé dónde vive, no tengo cómo averiguarlo, no tengo cómo preguntar. Creo que si tan solo me la cruzara, si pudiera hablar con ella la convencería de que lo deje de una buena vez, que empiece una nueva vida, como la empecé yo.

Sé que la reconocería, podría reconocerla en cualquier parte: el rostro abatido, los hombros caídos, la actitud de quién no tiene nada para perder. La actitud de quien ni siquiera se tiene a sí misma. La actitud de quien dejó de ser.

La reconocería en cualquier parte porque yo fui ella, fui sus ojos surcados por las lágrimas, la piel pálida y ojerosa. Fui los moretones cubiertos, hasta que ya ni tenía fuerza para disimular los golpes ni para inventar una excusa. Tampoco tenía a nadie que preguntara.

Sé que la reconocería, podría reconocerla en cualquier parte: el rostro abatido, los hombros caídos, la actitud de quién no tiene nada para perder. La actitud de quien ni siquiera se tiene a sí misma. La actitud de quien dejó de ser.

Sé que los reconocería a los dos, que cada vez que él le grita es como si me gritara a mí. Cada vez que la golpea, soy yo quien siente su puño en el estómago. Soy yo quien friego mi propia sangre del suelo.

Día 10

Llevo días de no dormir, de no comer. Sólo vivo con el oído atento. Trato de escuchar sus pasos, su respiración: trato de comprobar todo el tiempo que siga con vida: tiene que vivir.

Se escuchan golpes. Cajones que se cierran, puños sobre la mesa. Gritos. “No vuelvas a tocar mis cosas, nunca más toques mis cosas. No me toques ni una media, ¿me escuchaste?. ¿Me escuchás o no, retrasada?. No vuelvas a tocar nada mío hija de puta”. Le está pegando. Lo escucho, lo sé. Se escucha su mano estrellarse en su cara –¿o mi cara?- Sólo escucho el latido de mi corazón y mis oídos retumbando. Me paralizo.

Quiero correr, quiero detenerlo, quie…

Día 15

Otra vez reunión con sus amigos. Otra vez la risa burlona, la cara de asco. El desprecio. Se enoja, y no sé por qué. Le pega un cachetazo en la cocina. Ella ya no llora. Sabe que si llora, el próximo golpe será más fuerte, o tal vez será el último.

Cuando vuelve al comedor, el borracho de su amigo le dice:

– Ehhh por qué la golpeas. ¿por qué le pegás a la piba?

Él le responde:

– Nada que ver. Nunca le pegué. Jamás en mi vida le levanté la mano. Y mirá que más de una vez se lo merece, eh.

Cuando todos se van, ella está en la cocina limpiando. Son las cuatro de la mañana y él le pide que le haga de comer. Se enoja. No hay motivo: sólo explota. Tal vez algún gesto equivocado, poner algo en el lugar incorrecto: cualquier motivo es válido, en su mente retorcida.

Le pega. Su ira se percibe en el aire. Es palpable en la atmósfera. Le pega y no la va a dejar, no puede dejarla: no quiere. Ella se lo merece, se lo buscó –piensa-. Por puta, por fea, por insulsa, por mujer. Algo lo detiene, el cansancio del alcohol, tal vez. Pero le advierte:

– Te voy a matar, ya vas a ver. Te voy a matar y con razón.

Yo lloro. Lloro y siento que es todo lo que puedo hacer. Me duele saberla muerta en vida. Me angustia saberla sentenciada. Saber que dónde quiera que vaya nunca va a escapar de él. Nunca nada es demasiado lejos.

Día 21

Es como si todos los días fueran el mismo día. Siempre se repite. Es un patrón: grito y golpe. Nunca se detiene. Es agónico.

Salir afuera cada día me significa un esfuerzo enorme, como cargar con el peso del mundo. Con el peso de la culpa.

Salgo al sol de la mañana. Espero volver pronto, tengo que saber que ella sigue bien. No la escuché esta mañana y me invade el temor. Revuelvo mi bolso buscando las llaves. Nunca están donde deberían. Levanto la cabeza y lo veo, está charlando con el portero y con otro vecino. Me ve y sé que por dentro se muere de las ganas de hacerme esa media sonrisa burlona. Que me quiere empujar al pasar, que quiere escupirme en la cara, lo sé, lo siento, lo percibo.

Pero ahora me animo, soy valiente. Estoy forjándome una nueva vida. Saco mi cuchillo del bolso, despacio, sin que lo note. Saboreo el final de esta historia, siento el peso del cuchillo en mi mano, sonrío por dentro. Una calma me invade, la paz mental de la justicia propia. Lo miro y con mi mirada quiero transmitirle que sé quién es, que se qué hace de las puertas para adentro. Decirle que reconocería ese rostro en cualquier lado. Paso a su lado y dejo que el puñal se hunda en su carne. Me mira con sorpresa, no entiende qué es lo que está ocurriendo. No puedo reprimir una sonrisa de venganza, de justicia.

Saco el puñal y lo vuelvo a hundir una y otra y otra vez. Hay algo placentero en el acto de la repetición. Hasta que siento que me agarran de atrás, que unas manos tratan frenarme. Unos brazos fuertes que contienen lo inevitable. Al voltear la cara para ver el rostro de mi captor me doy cuenta: tiene su rostro. La sonrisa burlona, el aire de desprecio.

Siento que me hundo, miro el cuerpo inerte y el gesto está ahí en ese estropajo lívido. Pero me doy vuelta y lo veo en quien tiene mis manos atrapadas y miro atónita a mi alrededor y todos los rostros, son el mismo rostro. Todos con su media sonrisa burlona, con el desdén marcado. No es posible me digo a mí misma, mientras me empapan la sangre y las lágrimas.

Libero mis manos de un tirón, la solución parece obvia. El cuchillo, que todavía aferro con una fuerza tal que entumece mi mano, me quita de mi pena. No vale la pena estar viva, no en un mundo en que él es todas las personas. Que su rostro son mil rostros. Que mi vida, que la vida de ella, que la vida de muchas <<ellas>> se consumen por el miedo, los golpes y las pesadillas de las que nunca es posible despertar. En un mundo que es de <<ellos>>, quienes creen que les pertenecemos.

Mi cuerpo cae al suelo y siento mis hombros liberarse de su peso. Me siento liviana, segura. Nunca me va a poder alcanzar a donde voy. Sonrío -con media sonrisa burlona- mientras mi cuerpo yace en el suelo, con la garganta lacerada.

12 de Fevereiro de 2019 às 12:37 0 Denunciar Insira 0
Fim

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