Valentine's Day of Death Seguir história

baltazarruiz154 Baltazar Ruiz

Mateo es un inspector de la policía que ha sido suspendido por una orden judicial. Acude a un citatorio para intentar resolver su problema con un asesor legal cuando una rara enfermedad infecta una a una quienes tiene contacto con ella. El día V ha iniciado y con él, el fin de la civilización humana...


Horror Horror zumbi Impróprio para crianças menores de 13 anos.

#horror #misterio #muerte #amor #zombies
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El día V

08:30

I


—Buenos días. Tengo una cita programada a las nueve de la mañana —saludó con cierto entusiasmo un hombre de traje.

—¿Con quién tiene la cita? —preguntó la secretaria sin levantar la mirada.

—Con el delegado Miranda.

—Pasa al segundo piso, a mano derecha. Ahí anuncie su llegada con la asistente del delegado, él llegará en breve.

—Se lo agradezco...


El hombre de traje observó el elevador y al verlo lleno optó por subir las escaleras. Al llegar al segundo piso, fue directo hasta la asistente del delegado al cual se veía obligado a visitar. La muchacha ordenaba su escritorio, era alta y de piel pálida.


—Señorita, me enviaron con usted.

—Buenos días, me imagino que usted es Mateo Pereira, ¿no es así?

—Si, ese soy yo, ¿me estaban esperando?

—El señor Miranda siempre me deja los nombres de sus citas para buscar los expedientes o crearles uno nuevo si es la primera vez. Como en su caso. Siéntese, solo necesito unos datos, ¿me presta su documento?

—Claro... —dijo el de traje y tomó una silla para sí.

—Mateo José Andrade Pereira, 30 años. Inspector. ¿vive en la misma residencia?

—Si, en la misma.

—¿Es la primera vez que es suspendido?

—Si, es la primera vez.

—¿Soltero?

—¿Es una pregunta personal o si está en el formulario?

—Si, aquí está —respondió mostrando la página una fracción de segundo a Mateo.

—De acuerdo, soltero. Aun no sé su nombre.

—Carla Fonseca, para servirle.


Carla respondió sin dejar de observar la hoja donde anotaba los datos recolectados. Mateo, dedicó entonces un momento a observar el lugar. Varios oficiales también esperaban, como él, asesoría jurídica. Una persona le llamó la atención, era un subteniente a quien conoció en la academia. Veía su celular con el rostro pálido, como nunca había visto antes.


—Señorita —dijo el subteniente acercándose a Carla—, disculpe, ¿podría encender la televisión?

—Si, claro.

—Es que me llegó una notificación, al parecer sucede algo en el aeropuerto.

—¿El aeropuerto? Si, pondré las noticias...


«...el vuelo 113 el cual provenía de Sudamérica, ha tenido algún tipo de desperfecto y realizó un aterrizaje forzoso, la aeronave no parece tener mayores daños, sin embargo nadie ha bajado de esta y los pilotos no han intentado comunicarse de alguna manera. Se sospecha que ha sido secuestrada por terroristas... Las autoridades se han hecho presentes junto a las fuerzas de seguridad...»


—En redes sociales dicen que es un atentado terrorista —añadió alguien desde atrás.

—¿Terroristas? Los terroristas ni siquiera saben donde queda este país en el mapa —otro respondió al comentario anterior.

—Estas cosas me ponen nerviosa —dijo Carla.

—Si, a mí también. Aunque existen diversos planes de contingencia para estos casos, tanto para las fuerzas policiales como para militares.

—¿Crees que de verdad sean terroristas?

—Es probable —aseguró con un tono sombrío— quizás solo esperen el momento para hacer sus demandas.

—Mira, pasa algo...


«Reportes indican que ha habido diversos ataques terroristas en todo el mundo. Nueva York, Londres, Tokio. Los aeropuertos han sido el blanco de estos ataques, al parecer el primer incidente ocurrió en el Aeropuerto Internacional de São Paulo-Guarulhos en Brasil. No se sabe de que manera se desarrollaron dichos ataques... Esperen... Hay personas saliendo del edificio a mis espaldas... parecen estar lastimadas...»


En la pequeña pantalla de la sala de espera, el reportaje continuó. Mateo, Carla, el subteniente y otros más se reunieron alrededor del televisor a ver lo ocurrido. Observaron a la reportera encargada de la nota en el lugar de los hechos acercarse a una de las personas que salían despavoridas del aeropuerto, gritando sin control mientras huía de algo. El equipo periodístico accede al edificio encontrándose a cuatro desconocidos que se abalanza sobre ellos. El reportero coloca la cámara en el suelo para socorrer a su compañera. Los golpes vuelan antes los ojos atónitos de los televidentes. En medio de la locura. Una persona muerde el cuello de la reportera, manchando de sangre su blusa blanca, luego otra y una más. Lo último que se ve antes de cortar la transmisión es al camarógrafo recibiendo el mismo ataque. Solo quedó el silencio de la señal muerta.


—Eso debe ser una broma...

—Mierda, ¿acaso no lo acabas de ver?

—Es lo que vi en mi celular... —susurró en subteniente.

—¿A la notificación que recibió? —preguntó Mateo.

—Si, era un video que me envió mi hijo... Las personas hablaban en portugués y una de ellas empezó a morder a las demás...

—Tome —Carla le alcanzó un vaso con agua.

—Gracias... Dice mi hijo que esto anda rondando en redes sociales desde hace unas horas


El silencio se trasmitió del televisor a sus espectadores. Su rostro reflejaba una mezcla de terror y desconcierto. Mateo se percató que el pánico estaba a segundos de estallar.


—Escuchen, eso pudo ser cualquier cosa. El aeropuerto está a casi cuatro horas en coche y se debe pasar por dos destacamentos militares. No es hora de volverse locos.

—El inspector Pereira tiene razón. Debemos mantener la calma —agregó Carla con seguridad.

—Creo que lo que venimos a hacer puede realizarse otro día, sería mejor que casa quien regrese a casa, con calma.


Una explosión hizo retumbar los pisos del edificio judicial. Mateo se asomó a las ventanas, una columna de humo negro se levantó de formar abrupta. Una nube espesa y oscura proveniente del centro de la ciudad se cernió sobre a ellos. Los gritos de pánico se escuchaban a lo lejos, sin embargo, a medida que pasaban los segundos daba la impresión de acercarse cada vez más. Mateo, quien había intentado mantenerse sereno, a estas alturas sentía la inquietud del "no saber" apoderarse de su mente. La incertidumbre empezaba a ser dolorosa.


—Inspector Pereira... Mi hijo estudia en esa dirección, cerca de la carretera Panamericana...

—Señorita Carla —Mateo observó en los ojos de la muchacha la misma inquietud que debería reflejarse en los suyos—, ¿cerca del centro de gobierno?

—Si, atrás prácticamente.

—Ese debe ser el lugar más seguro en este momento, debe confiar en ello o dejará de pensar con claridad.

—Inspector... Es cierto, ¡señores! —Carla intentaba llamar la atención de los presentes, quienes intentaban realizar llamadas telefónicas a sus seres queridos— Según el protocolo, se suspenderán todas las citas hasta nuevo aviso, pueden retirarse en orden.

—No hay señal —añadió alguien en la multitud.

—Es cierto, no hay nada —dijo otra persona.


Mateo observaba desde la ventana el ambiente de abajo. Tenía frente a él la calle principal que llevaba hasta el edificio judicial donde se encontraba. A lo lejos, a unas cuatro cuadras. Contempló a un grupo de personas corriendo desde la avenida principal. Unas ochos personas parecían huir de algo. De inmediato vino a su mente las imágenes de la reportera que había sido atacada minutos antes. Antes de poder reaccionar, sucedió algo que de alguna manera sospechaba de forma subconsciente.


—Los vienen persiguiendo...

—¿Persiguiendo a quienes?

—Mire, allá...


La mano de Mateo señalaba al grupo que venía de la avenida. Otro grupo más pequeño corrían tras de ellos. Carla cubrió con sus manos su boca, ahogando un grito al intuir que estaba pasando lo mismo que en el aeropuerto. Una de las personas que corría adelante se tropezó, cayendo de forma pesada al suelo. Aquellos que iban a sus espaldas se lanzaron a ella sin dudarlo. De haber sucedido más cerca, hubieran escuchado sus gritos de dolor. Luego de unos segundos. La persona que había sido atacada se levantó junto a sus agresores y se unió a ellos.


—Inspector, esto no puede estar pasando.

—Iré a alertar a seguridad, deben cerrar el edificio de inmediato...


I.I


La barricada que colocaron los agentes de seguridad fue efectiva. A pesar de que casi cien personas la empujan con todas sus fuerzas, apenas pueden moverla. Mateo observa desde la entrada del edificio a esas personas. Su comportamiento es por demás extraño. No atienden indicaciones y son violentas antes cualquiera que intente acercarse. Su piel es pálida y sangran de los diversos orificios de sus cuerpos. El inspector observaba con detenimiento y realizaba notas mentales de todo aquello que veía. Después de un rato, volvió a subir.


—Parece que las cosas están bajo control en la entrada.

—Esas personas parecen enfermas —dijo Carla, estaba temblando.

—Si... Supongo que es el efecto de un virus o gas neurotóxico.

—¿De verdad cree que sea cosa de terroristas?

—Es una posibilidad... —agregó Mateo—, ¿pudo comunicarse con su hijo?

—¡Si! Hablé con su profesora. Están resguardados en el centro de gobierno, hay muchos militares en esa zona. Dice que ellos se harán cargo de todo y que me mantendrá al tanto. Si llego hasta ahí me dejaran pasar para estar con él. Lucas estaba nervioso, pero tranquilo. Es muy maduro para su edad.

—Eso es bueno. Ahora podemos poner tosa nuestra atención a lo que sucede aquí.

—El canal de noticias funciona de vez en cuando, hace unos minutos informaron que hay incidentes de violencia en todo el mundo...

—Estaba pensando en algo —interrumpió Mateo—, esto ha sucedido demasiado rápido. Su hubiera sido algo que traían consigo los del vuelo 113, hubiera tardado varias horas en llegar hasta aquí. Sea lo que sea, cualquiera que sea el medio con el cual se disemine, no debió llegar así hasta el centro del país. Creo que la enfermedad ya estaba aquí desde antes.

—¿Las personas estaban enfermas sin saberlo?

—No soy experto en la materia, pero sé que hay enfermedades que no muestran síntomas hasta cierto tiempo después de la infección.

—Inspector, mire, pasa algo allá abajo.


Los agentes de seguridad se amontonaron en la entrada. Parecían querer dispersar al tumulto de personas que se aglomeraban contra las rejas. Los agentes pateaban a quienes asomaban sus manos y otros los golpeaban con las culatas de sus escopetas.


—Esos idiotas...


Mateo bajó a calmar los ánimos. Al llegar a la entrada, uno de los enfermos logró tomar del brazo a un agente de seguridad. Lo haló como queriendo sacarlo, pero no era posible. Pereira tomó un palo de escoba e intento con este liberar al hombre, pero no le fue posible. El extraño movía su boca como si buscara morderlo. Sin que Mateo pudiera evitarlo, un compañero del agente se acercó y disparó al sujeto. El inspector tomó al pistolero alejándolo de la multitud, al ver de nuevo hacia la reja, observó al agente ser liberado por sus amigos y al extraño caer al suelo, sin señales de vida. Justo en ese momento, Mateo fijó su mirada a unas protuberancias que salían de la cabeza del enfermo. Parecía emerger del cuero cabelludo y de estas, cuando el cuerpo yacía inerte, salió un polvo amarillento, muy fino, como polen. Él estaba a varios pasos y no se vio afectado, no obstante; aquellos a unos metros de este, respiraron del polvo sin notarlo.


—¡Todos, aléjense del enfermo! ¡es peligroso!


La advertencia llegó demasiado tarde. Dos agentes fueron los primeros en reaccionar. De sus bocas salió espuma, que al igual al polen del infectado, era amarillenta. Cayeron al suelo convulsionando. «Eres infectado si te muerden y si inhalas ese polvo», pensó para si. Sin dudarlo subió por Carla, era hora de abandonar el edificio.


—Carla, debemos irnos.

—Vi lo que pasó abajo, ¿que fue todo eso?

—Ellos... No tengo tiempo para explicarte. El edificio ya no es seguro, debemos salir. ¿Hacia donde debemos ir?

—Si, si... Hay dos salidas. Son las de emergencia.

—¿Cual es la más segura?

—¿Como puedo saber eso?

—Escuche, las personas del exterior son peligrosas, así que donde haya menos personas es mejor.

—Si es así, debemos ir por la derecha. Por la izquierda hay muchas ventas ambulantes.

—¿Y por la derecha?

—Es una zona residencial, sale al bulevar América.

—Decidido.

—Hola, no pude evitar escucharlos. Soy la agente Elena Hernández. ¿Planean escapar de aquí?

—Inspector Mateo Pereira. Las cosas se salieron de control allá abajo, saldremos de inmediato. ¿Lleva su arma reglamentaria junto a usted?

—Si, con un cargador lleno extra.

—La necesitaremos.

—¿Y la suya? —preguntó Elena.

—Estoy con una suspendido por una investigación.

—Entiendo. ¿Salimos?

—Carla, iremos hasta el centro de gobierno, quizás nos dejen entrar si vamos junto a usted.

—Estoy segura de que si, deseo ver a Lucas más que nada.

—Esto sonará mal, pero si vamos a hacer esto no llevemos a nadie más, los grupos pequeños son mejores en estos casos —agrego Elena.

—Pero mis compañeras...

—La agente tiene razón, aunque parezca egoísta.

—Inspector...

—No los llevaremos, pero al menos deben saber que el centro de gobierno es seguro y que deben abandonar este recinto.

—¡Pereira!

—Lo siento, pero los egoístas no llegan lejos. ¿Existe algún tipo de intercomunicador que podamos utilizar?

—Si, en la recepción del tercer piso.

—¡Vamos!


Carla no tomó nada de su escritorio además de una cartera que mantenía cerca de sus pies. En el tercer piso, tomó el intercomunicador y luego de tomar aire anunció lo que sería sus últimas palabras en ese edificio, lugar en el que llevaba laborando casi cinco años.


—Este lugar ya no es seguro, deben abandonarlo de inmediato. Sé de una buena fuente que el centro de gobierno es seguro. Salgan con calma, no se acerquen a las personas que parecen enfermas. Que Dios los proteja...


El silencio de Carla dio paso a diferentes reacciones de quienes escucharon sus palabras. Ella se aferró a sus propios brazos intentando no llorar. Mateo y Elena le dieron su espacio. Luego de un momento, Carla sacó la cartera que había traído consigo, un par de zapatos cerrados, más cómodos que los de tacón que llevaba puestos, cambiándoselos de inmediato. Al levantar la mirada hacia los oficiales con lo que había hecho equipo, estaba llena de resolución.


—Saldremos por la escalera de emergencias —indicó Mateo.

—Es la mejor opción —añadió Elena.


Los tres bajaron lo más rápido posible, encontrando a uno que otro que también buscaba abandonar el edificio. Al fondo, unos agentes de seguridad cogían armas de una caceta que servía para ese propósito. Mateo vio una oportunidad.


—Deben adelantarse, no me esperen.

—¿Inspector?

—Solo háganme caso, las alcanzo en seguida.


Mateo se separó del resto y corrió hacia caceta, abriéndola puerta con patada. En un estante había dos equipos con el emblema de la agencia de seguridad. Una maleta grande y pesada y otra más pequeña.


—Supongo que es mejor algo liviano si pretendo correr —dijo tomando la pequeña.


Puso todo su esfuerzo en alcanzar a su recién formado grupo. Alcanzándolas justo antes de salir de las instalaciones judiciales.


—¿Encontraste algo?

—Si, creo que tuve suerte. En el maletín que tomé se encontraba un revolver con munición para varias rondas. Me sentía desnudo sin un arma.

—Me siento más segura —dijo Carla—, ¿nos vamos?


El grupo salió de las instalaciones. Caminaban de la forma más furtiva que les fuera posible. A varios metros, otros tres los vieron salir y decidieron hacer lo mismo. En cuestión de minutos, tres cuartas partes de aquellos que por alguna razón no lograron salir a tiempo fueron infectados.


El reloj marcaba la hora a las 9:45 a.m. y la infección afectaba ya a un tercio de la población mundial.








13 de Fevereiro de 2019 às 16:30 3 Denunciar Insira 7
Leia o próximo capítulo Enemigo interno

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Florencia Aquileia Florencia Aquileia
desesperante !! me imagine toda la situación. muy bien!!!
24 de Fevereiro de 2019 às 16:19
Fausto Contero Fausto Contero
Una historia con mucha acción e intriga. He podido empatizar con los personajes y sentirme verdaderamente angustiado por la situación. Sigue así, amigo!
14 de Fevereiro de 2019 às 19:35
Wonder  Cloud Wonder Cloud
Está bien la historia :)
13 de Fevereiro de 2019 às 14:32
~

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