Libro 1: Memorias del gitano Albert Cathal (5) Seguir história

caelgitanoblanco Carlos Alberto (ElGitanoBlanco)

"La magnífica hechicera de Piim-Asud". Los hechiceros del bosque Piim-Asud, han vivido tranquilamente por años, hasta que la hija mayor vive una aventura épica, que cambiará su vida y la de varios conocidos suyos. Quinta narración que forma parte del "Libro 1: Memorias del gitano Albert Cathal".


Fantasia Medieval Todo o público.

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Prefacio

LA MAGNÍFICA HECHICERA DE PIIM-ASUD


Esta es la segunda historia que recopiló Philippe la primera vez que visitó al gitano mayor.

Solo se enteró de media historia; el resto lo escuchó días después de su nombramiento.

Ya es de noche en el bosque de Güíldnah; otro día que termina para la comunidad que vive ahí. Antes de irse a dormir, el patriarca romaní decide patrullar los alrededores; puede ser que haya enemigos cercanos, ya sean animales o humanos. Un grupo mediano de arqueros decide acompañar a su jefe.

Por estos tiempos, el gitano mayor aún no ha tenido la fortuna de conocer al enano Philippe.

No pasa mucho tiempo, cuando uno de los guardias zíngaros descubre una luz más adelante, en un pequeño claro de la arboleda; es el líder gitano quien reconoce que la fuente del resplandor es una fogata. Actuando rápidamente, el grupo de vigilancia se acerca al lugar; todos ellos moviéndose lo más sigilosamente posible. Utilizan cada tronco y matorral para ocultarse, evitando ser descubiertos por los invasores; inclusive, han apagado las antorchas que habían encendido al comienzo de la ronda de patrullaje. Cuando por fin llegan a escasos metros de los desconocidos, el líder romaní y sus hombres se tranquilizan completamente.

Acaban de descubrir a una feliz pareja junto con sus tres hijos (un muchacho y dos niñas), que al parecer se encuentran de viaje; eso suponen los gitanos, por una carreta simple que acompaña la escena, a unos pocos pasos de la reunión familiar. Dos caballos se encargan de halar el medio de transporte rudimentario, medio llenado con cofres de diferentes tamaños. Todos visten ropas típicas de la región.

—Esto sí que es buena suerte —dice un zíngaro en voz baja.

—¿A qué te refieres? —le pregunta un compañero.

—Por fin se presenta la oportunidad de conseguir un buen botín.

—No podemos hacerlo —asegura otro arquero—. Recuerda el juramento de hace tres años y medio.

Dando gruñidos silenciosos, es como gimotea el gitano rebelde.

—Jefe, ¿va a desperdiciar la ocasión tan especial? —le pregunta él.

—Lo dejé bien claro ese día —contesta aquel, recordándole una parte del discurso que dijo hace pocos años atrás—. "Yo ya no quiero seguir por el mal camino, y tampoco quiero que ustedes lo hagan. Solamente estamos apresurando nuestra muerte". Desde ese día, juré ya no robar o hurtar, ni siquiera una migaja de pan; recuerdo a la perfección que sus familias, amigos y ustedes mismos me imitaron, realizando el mismo compromiso. Yo no voy a romper mi palabra, y no crean que dejaré que quiebren la suya.

—Además, ¿para qué quieres ropa usada? —le pregunta un compañero al gitano ambicioso—. Porque eso es lo que contienen aquéllos cofres. Te lo aseguro.

—Tenemos de sobra en el campamento —comenta un tercer guardia arquero.

—¿Qué hay del dinero? —insiste el hombre neciamente—. Forzosamente tienen que traer algo; ya sea en los arcones de la carreta o en los morrales de ellos dos —dice él, refiriéndose a la joven pareja de casados—. Los escudos y doblones nunca son demasiados.

—No les vamos a robar —asegura el líder zíngaro, levantando levemente el volumen de su voz—; y menos enfrente de las niñas.

—Entonces, ¿qué hacemos? —indaga otro gitano arquero.

—Invitarlos al campamento, ¿qué otra cosa se puede hacer? —responde el gitano mayor—. Primero me acercaré yo solo; después, cuando escuchen la señal, todos ustedes se reúnen conmigo.

Los hombres afirman con la cabeza, entendiendo el plan. Saliendo con tranquilidad de su escondite, el patriarca zíngaro se aproxima con los desconocidos; desafortunadamente, la familia completa se asusta por la interrupción repentina.

—¡¿Quien anda ahí?! —pregunta preocupado el hombre.

—Cálmense —contesta el gitano—. Soy el jefe romaní de la comunidad cercana.

—¡No nos haga daño, por favor! —pide la mujer muy preocupada—. No fue nuestra intención invadir su territorio.

Todos los desconocidos se ponen de pie en un segundo, quedándose en su lugar y sin saber qué hacer: el padre de familia se prepara para una posible pelea cuerpo a cuerpo; su esposa, apresura a sus hijos para que apaguen el fuego, mas ellos se están alejando poco a poco, en caso de que tengan que correr por sus vidas.

—¡Esperen, esperen! —suplica el líder zíngaro—. No quiero lastimarlos de ningún modo. Mis camaradas y yo, queremos invitarlos a pasar la noche con nosotros; en la comunidad hay espacio de sobra.

—¿Crees que nací ayer? —responde el viajero—. Hemos escuchado bastantes historias horrorosas de tu gente. De seguro quieren despojarnos de nuestro dinero y pertenencias.

—No crean todos los chismes que dicen de nosotros. Mis hermanos son honestos, al igual que mis hermanas.

—Pruébalo —ordena el padre de familia.

Pensando rápidamente, el gitano mayor se desamarra una pequeña bolsa de cuero, la cual cuelga de su fajín.

—Entonces acepten estas pocas monedas como un regalo de bienvenida —dice el zíngaro supremo, entregándole el diminuto talego al hombre desconocido y añadiendo al final—. Espero que disfruten de su estadía en el bosque.

El viajero toma el obsequio, aún desconfiando del gitano; así que abre cuidadosamente la pequeña bolsa de cuero. Toda su parentela se reúne en torno a él, sorprendiéndose conjuntamente al ver un puñado de monedas de plata y unas cuantas de oro.

—Es... es... ¿Habla en serio? —pregunta la mujer.

—Claro que es en serio. Soy dueño de una gran fortuna; ese poco dinero no es nada en comparación del resto de mis riquezas. Si quieren comprobar que son auténticas, pueden ir con Joseph; él es un comerciante de telas en el pueblo de Brumn, justo al final del bosque. Además de ropa y alfombras, las monedas son su segunda especialidad.

—No creo que sea necesario. Yo también soy un experto en el tema: estas monedas son auténticas —asegura el joven esposo mientras examina de cerca el dinero—. Perdóneme por desconfiar de su palabra.

—No se preocupe. Siempre me pasa lo mismo cuando conozco gente nueva —afirma sonriente el jefe gitano.

—Mi nombre es Bárem —dice el padre de familia mientras estira su brazo derecho; invitando amablemente a un apretón de manos.

—Mucho gusto —contesta el zíngaro supremo, correspondiendo al mismo tiempo con el saludo de su nuevo amigo. Ahora que se encuentra lo suficientemente cerca, el gitano mayor puede distinguir los rasgos físicos del hombre.

Bárem tiene el pelo lacio corto, color castaño oscuro, ojos color azabache y cuerpo saludable; mide un metro con sesenta y seis centímetros. El viajero empieza con la presentación de la familia.

—Ella es mi esposa: Sibisse.

El cabello de Sibisse es medio largo y lacio, color pelirrojo zanahoria intenso; sus ojos son color verde primavera claro. Es cinco centímetros más baja que su esposo.

—Gusto en conocerlo —saluda ella con el mismo movimiento de brazo de su esposo.

—El gusto es mío —dice el patriarca romaní al tanto que toma la mano de ella.

—Este muchacho es mi hijo Ixus —dice Bárem, mientras coloca su mano derecha sobre el hombro izquierdo del joven de quince años.

—Hola —saluda secamente él.

No confía plenamente en el gitano.

—Hola —contesta el líder romaní, con un poco más de ánimo que el jovenzuelo.

Al momento de buscar a sus hijas, el viajero las descubre escondidas justamente atrás de su esposa. Bárem les invita a salir y saludar al gitano mayor, mas ellas se niegan a hacerlo; no porque tengan miedo, sino porque son tímidas.

—Esas dos niñas son mis hijas —explica alegre el padre de familia mientras las señala.

—La mayor tiene diez años, se llama Kéilan; su hermana Zulr tiene cinco años —complementa Sibisse, ayudando a su esposo.

El jefe zíngaro saluda a las pequeñas, únicamente con un gesto de la mano derecha y una sonrisa en la cara. Zulr se esconde aún más; en cambio, su hermana Kéilan reúne un poco de valor para poder responder el saludo de igual manera.

—Me has presentado a tu familia; déjame mostrarte a la mía —invita el romaní supremo—. No podrás conocerlos a todos hoy. Son demasiados. Antes que nada, déjanos ayudarte con tu carreta, así llegaremos más rápido a mi campamento.

Acto seguido, da un silbido largo hacia el bosque; es la señal que están esperando los demás. Por unos segundos, Bárem piensa que ha caído en una trampa; mas al ver la actitud amable de los gitanos, se tranquiliza totalmente.

«Esto es una locura», piensa el romaní rebelde, tratando de mantener su cara de buena gente. «Deberíamos de robarles, no ayudarlos».

—Si no lo veo con mis propios ojos, nunca lo hubiera creído: gitanos honestos —exclama asombrada Sibisse, al tanto que saluda a algunos hombres.

—Mis hermanos les ayudarán con sus pertenencias y a apagar la fogata; ustedes solo síganme.

Dos hombres se encargarán de la carreta y los caballos, mientras que otros dos camaradas apagarán el fuego; antes, tienen que encender sus propias antorchas. Uno de los guardias, le entrega su fuente de luz al patriarca zíngaro. Muy pronto, la pequeña caravana de viajeros y gitanos inicia el recorrido. Al llegar a la comunidad del bosque, los romaníes le dan una cálida bienvenida a toda la familia.

Ixus es invitado por jóvenes gitanos para acompañarlos en varias partidas de apuestas, utilizando un mazo gastado de baraja inglesa. Pidiendo disculpas, el joven rechaza la propuesta, explicando que no trae consigo mucho dinero; la verdad, es que aún desconfía de ellos. Tranquilizandolo, ellos le regalan una bolsa pequeña con monedas de oro. Sorprendido por el presente, el muchacho por fin se convence de la actitud caritativa de los anfitriones, animándose a unirse al juego. Sigue a los gitanos hasta una mesa de madera con sus cuatro sillas. Ya han servido perada en cuatro vasos de madera. Kéilan y su pequeña hermana son invitadas a jugar por un grupo de niñas zíngaras, quienes les prestan sus muñecas de trapo.

Bárem y Sibisse se han sentado sobre uno de los cuatro troncos que hay alrededor de la gran fogata del campamento. Es una noche tranquila. No hay mucho movimiento en la comunidad; la mayoría de ellos ya se ha ido a dormir. Acercándose con una charola rectangular de oro puro, sobre la cual hay tres vasos de madera, llega el líder romaní con Bárem, ofreciéndole a él y a su esposa algo de cerveza.

—¿No gustan algo de beber? —invita el líder romaní.

―Muchas gracias ―agradece Bárem, tomando un vaso. Sibisse también coge su bebida, imitando a su esposo.

Acompañando a los invitados el patriarca zíngaro se sienta en el tronco de al lado. Ha cogido su vaso de madera, dejando la charola en el suelo. Antes de iniciar una conversación, se aclara la garganta con un poco de cerveza.

―¿Qué los han traído por estas tierras? Además de sus caballos.

Bárem deja escapar una pequeña risa.

―Solamente la necesidad de un nuevo hogar ―responde el hombre―; el pueblo de dónde venimos, se ha vuelto algo... aburrido.

―¿Qué pueblo es?

―Se llama Céfok, al Oeste de aquí ―detalla la esposa.

―Tengo recuerdos agradables de ese lugar. Hace mucho tiempo que no lo he visitado ―comenta el jefe zíngaro, dando algunos consejos al final―. Hay varios pueblos pequeños cercanos donde pueden hallar su nuevo hogar. Yo les aconsejaría que dejaran como última opción a la ciudad principal. ¿A qué se dedican?, ¿granjeros, artesanos o comerciantes? Con ese detalle, es posible que les pueda recomendar una aldea en especial.

La pareja no sabe qué responderle.

―¿Es muy complicada su labor?

―No es que sea complicada, sino que es... ―dice Bárem, sin saber cómo terminar la frase.

—Algo... inusual. —Sibisse termina la oración, con dificultad.

―¿Que tanto? Porque yo sé de algunos temas fuera de lo común o... extraños. Soy todo un experto en lo que respecta a las hadas, duendes y magia.

―Entonces… no habrá problema si le decimos que somos hechiceros ―manifiesta Bárem.

―¿De verdad? ―pregunta sorprendido el gitano mayor―. ¿Cualquiera puede ver su magia o solo unos cuantos?

―Casi nadie ―aclara la mujer.

―Sé de un lugar perfecto para ustedes. Mañana los llevaré ahí.

—¿Qué pueblo es? —inquiere ella.

—No es un pueblo o aldea —precisa el romaní—; prefiero que sea una sorpresa. Es un lugar muy especial para mí.

Pasa otra media hora de plática entre ellos, cuando Ixus y sus hermanas llegan con sus padres. Ya quieren merendar para irse a dormir; por fortuna, todavía hay algo de comida en la carpa de banquetes. El jefe zíngaro acompaña a la familia todo el tiempo, conociendo un poco más a cada integrante. Ya con el estómago satisfecho, ha llegado la hora de descansar.

—Gracias por la comida. Disculpe, ¿dónde podemos levantar nuestras tiendas provisionales? Están en la carreta —dice Sibisse.

—¡Oh! No, no, no y no —repite el romaní anfitrión—. No puedo dejar que hagan eso. Cómo invitados de honor, les pido que se acomoden en mi casa.

—¿En la carpa principal?, ¿no es mucha molestia? —pregunta el hechicero.

—Por supuesto que no. Hay espacio, paja, mantas y cojines de sobra. Yo me acostaré aquí; ya lo he hecho antes.

Al principio, la pareja declina la invitación; pero el patriarca insiste demasiado, que terminan por aceptarla.

En las primeras horas de la mañana siguiente, el patriarca romaní guía a la familia de hechiceros al bosque Pi-Ud. Adentrándose en el mar de árboles, el gitano mayor se presenta con los reyes, quienes descansan en sus tronos. Apenas han acabado de disfrutar de la merienda temprana, y ahora han decidido relajarse por unos momentos. La princesa está tomando una siesta.

—Buenos días, sus majestades reales.

―Buenos días, líder gitano.

―¿Algún motivo en especial para visitarnos hoy? ―pregunta el rey Kírill.

―Le quiero presentar a unos viajeros que encontré ayer. Necesitan donde establecerse y pensé que su bosque es el indicado.

―Y, ¿por qué piensas eso? ―indaga el rey hechicero.

―Será mejor que ellos mismos le respondan. ¡Ya pueden mostrarse! —llama el zíngaro en voz alta, volteando en todas direcciones.

Una abeja y un perro husky, color gris y blanco, se acercan al gitano mayor. La abeja se posa en su hombro y el perro se sienta al lado del romaní.

―Tu presentimiento fue acertado ―menciona la reina Zelinda―; claro que son bienvenidos.

―Muchas gracias, su majestad ―ladra el perro―; ahora, será mejor presentarnos con nuestra verdadera forma.

En solo segundos, el perro y la abeja se transforman en seres humanos, con sus ropas puestas.

―¡Vaya! ¡Esta vez sí me sorprendiste, patriarca gitano! ―expresa Kírill con sobresalto.

―¿De dónde vienen? ―indaga Zelinda.

―Venimos de un poblado alejado, llamado Céfok ―contesta la mujer.

―Mi nombre es Bárem y el de mi esposa es Sibisse ―continúa el hechicero.

―¿Para qué utilizan la magia ustedes? ―inquiere el rey en tono serio.

―Nosotros no ambicionamos poder o riquezas, si es lo que quiere saber ―responde Sibisse―. La utilizamos para tareas cotidianas; como lavar la ropa, el aseo de la casa o preparar la comida. Tratamos de no utilizarla demasiado, para evitar la holgazanería.

―Tenemos conocimientos de poderosos hechizos sobrenaturales; no obstante, los usamos en caso de que nuestras vidas corran peligro ―termina de aclarar Bárem.

―Y solo afectarían a cierta clase de personas o enemigos ―complementa su esposa.

―¿Dejaron su hogar anterior por alguna razón en especial? ―indaga Zelinda.

―Queríamos conocer otras tierras y gente nueva, solamente eso ―responde Sibisse.

―A mí me parece que todo está en orden, querida ―menciona Kírill a su esposa, luego se dirige a la pareja de hechiceros―. Si solo utilizan su magia para el bien, son bienvenidos al bosque.

―Yo tengo una inquietud ―interrumpe Zelinda, con tono alegre―, ¿tienen hijas o hijos?

―Estábamos esperando esa pregunta ―contesta Bárem.

El hechicero convoca a sus hijos, llamándolos fuertemente por sus nombres. De entre el bosque sale un zorro, una mofeta y un pato.

Al verlos, los reyes del bosque sueltan unas ligeras risas. La pareja de hechiceros desvía la mirada, dándose cuenta que es lo gracioso. El zorro es todo normal, de un color naranja, negro y blanco; en cambio, el zorrillo y el pato no lo son. La mofeta es de color azul claro con rosa. El pato es más extraño aún: su pico y patas son de color púrpura. Todo el cuerpo es color café muy claro; además, está moteado completamente con pequeños círculos de diferentes colores.

―¿Por qué se presentan de esa forma? ―pregunta Sibisse entre risas.

―Solo queríamos hacer una pequeña muestra de nuestros poderes ―responde el zorro―; mis hermanas decidieron hacerlo más extrañamente.

―¡Hermano! ―grazna el pato―. ¡No seas aguafiestas!

―Ya fue suficiente demostración ―asevera Bárem seriamente―. Vuelvan a su forma humana.

En un santiamén, desaparecen los animalillos y aparecen dos niñas y un muchacho con sus ropas de pueblerinos.

―Bien, por mi parte es todo ―comenta el gitano mayor, quien todavía está ahí; luego se dirige con la familia de magos, estrechándoles las manos―. Les deseo lo mejor y una vida prospera. Los visitaré seguidamente ―ahora se despide de los reyes del bosque―. Nos veremos otro día, sus majestades.

―Otro día será, patriarca ―responde la reina.

Dejando atrás a los nuevos residentes, el gitano mayor regresa a su campamento.

Lo primero que buscan los hechiceros es un lugar donde establecerse; encontrándolo cerca del claro real del bosque, en otro claro mediano. Piden permiso a los reyes para talar unos cuantos árboles y poder construir su casa.

―Solo los necesarios ―acepta el rey―. Si quieren leña para calentarse o para sus muebles, tendrán que ir a otro bosque para conseguirla.

Con la ayuda de varios gitanos voluntarios, hadas, duendes, algunos animales del bosque y magia, la familia tala y trabaja la madera para poder construir una cómoda cabaña; también utilizan piedras, traídas de las cercanías de la montaña Kudh-Luoth. Construyen la vivienda con un piso extra: en la planta baja, acomodan una gran sala, la cocina, un pequeño cuarto y una chimenea; subiendo unas escaleras de madera, hay dos cuartos separados. El cuarto de baño se encuentra separado de la vivienda; es una pequeña choza, a varios metros de la parte trasera de la cabaña.

Para hacerse de los muebles, Bárem y Sibisse visitan el campamento gitano, donde son recibidos por su amigo patriarca; junto a él y un grupo mediano de gentes talan unos cuantos árboles; los gitanos les ayudan a construir todos los enseres que necesitan. La pareja de casados pasa unos días viviendo en el campamento romaní; mientras que sus hijos se han quedado en Piim-Asud, vigilados por los reyes y la princesa. Al estar todos los muebles listos, una caravana sale del bosque de Güíldnah, llevando una carga extra de ropas, telas y cojines; regalos de las mujeres gitanas. Todas las cinco carretas son propiedad de los zíngaros, sumando la que le pertenece a los hechiceros de Pi-Ud.

En pocos minutos toda la cabaña está lista para ser habitada, gracias a los romaníes que ayudan en la mudanza. Toda la familia vive en plena paz durante un año y dos meses.

Al mes siguiente, Bárem y Sibisse ayudan a los reyes del bosque a enfrentarse al malvado mago Ymn. Fue una pelea agotadora, venciéndolo al final. Pasan dos años y seis meses, cuando el gitano mayor los visita, presentándoles a un nuevo amigo suyo: un enano del pueblecillo de Toen. Nueve meses después, reciben la noticia de que ahora es el bufón preferido del rey de Güíldnah.

Seis meses después, ocurre lo siguiente.

29 de Janeiro de 2019 às 21:13 0 Denunciar Insira 1
Leia o próximo capítulo CAPÍTULO I “Kéilan es rescatada y luego raptada”

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